En el dolmen de Las Agulillas

viernes, 11 de marzo de 2016

Objetos de los Pedroches de época de al-Andalus en los museos arqueológicos de Córdoba y Madrid

     La cora Fash al-Ballut es el nombre de una provincia de al-Andalus en la que estaba la actual comarca de los Pedroches. Además de ella se incluían en la cora el valle del Guadiato (también de Córdoba), la zona de Cabeza del Buey (Badajoz) y la comarca de Almadén y el Valle de Alcudia (Ciudad Real).
     Sobre los límites de la cora de Fash al-Ballut escribe el arabista cordobés Antonio Arjona Castro (2003, 214-215): “El término Fash puede traducirse bien por llano o por campo. El Campo de las Encinas comprendía todo el sector de las aldeas de Fuente Obejuna hasta Pedroche… Por el norte comprendía los actuales términos de Chillón y Almadén situados en el Yabal al-Baranis con sus criaderos mercuriales denominados Shillum (la antigua Sisapone), montañas que se corresponden a la llamada Sierra de Almadén o Chillón. Después continuaba hacia la actual Cabeza del Buey, que es la población que al-Razi señala en el Fash al-Ballut como Luca… Después de esta entrada o cuerno se mete el Fash al-Ballut en la zona de Alcudia y Badajoz, el límite seguía por el Zújar, límite del término de Gafiq (Belalcázar) y Fuente Obejuna con Azuaga. El río Zújar sirve de línea divisoria con la cora de Mérida donde estaban las poblaciones de capilla (=Kabbel), Garlitos (Bitrlash) y Balá (=Navalvillar de Pela)”.
     Fash al-Ballut superaba ampliamente los límites de los Pedroches de hoy en día, como puede apreciarse en este mapa (A. Arjona Castro, 2003, 284):

     En un artículo de reciente aparición titulado "El poblamiento islámico en la kura de Fahs al-Ballūt: una aproximación arqueológica" se dice (págs. 116-117: “[En la comarca de los Pedroches] a partir del siglo V comienzan a producirse cambios en la ocupación territorial por la llegada de los contingentes visigodos (hay testimonios de su presencia en Majadaiglesia –El Guijo y La Losilla –Añora)”. Por mucho que me guste, y quiera, el tiempo de los visigodos, es una opinión que no comparto. En primer lugar, porque los visigodos se asentaron definitivamente en la península a finales del siglo V y comienzos del VI, pero antes de su venida, durante el siglo V, tras el colapso del imperio romano, llegaron invasores bárbaros (aunque los centroeuropeos actuales los llaman emigrantes...) a la península: suevos, vándalos, alanos. También hubo tropas de federados de los romanos de diversos orígenes. No todos los invasores se fueron con los vándalos al norte de África, y durante buena parte de la primera mitad del siglo V los suevos dominaron el occidente peninsular, conquistando Mérida y Sevilla. El rey suevo Requila derrotó en el año 438 a orillas del río Genil, afluente del Guadalquivir, a un noble llamado Andevoto, por ejemplo. Así que no sólo hubo visigodos, quienes no llegaron a Hispania en el siglo V, sino a inicios del VI.
     En segundo lugar, no sabemos ni cuándo ni cómo llegaron a la actual comarca de los Pedroches poblaciones foráneas, que no tuvieran sus orígenes en los habitantes de la comarca de época romana.
     En tercer lugar, porque decir que la posible iglesia que se está excavando en la Losilla (Añora) es “visigoda” no fue sólo un brindis al sol, sino la manera de obtener fondos del Instituto Arqueológico Alemán de Madrid para excavarla (si hubieran llegado diciendo que se habían encontrado una mezquita del siglo VIII, les hubieran contestado que se alegraban mucho, pero cuartos no hubieran soltado; los neogermanos, como los chivos, tiran para su monte, y la palabra mágica para ellos en la antigua Hispania es: “Visigodos”). Lo que hay y lo que fue la Losilla se sabrá cuando se acabe la excavación, no antes.
     En Majadalaiglesia (El Guijo) ya vimos en este blog que la inmensa mayoría de sus documentos arqueológicos se remontan a los siglos I-III d.C., y que de época visigoda no hay más que el fragmento de una inscripción (en realidad, la letra “R”) del siglo VII y una patena litúrgica de  finales del mismo siglo. El baptisterio tetralobulado dentro de la actual ermita debe corresponder con una iglesia de época de la Hispania Tardía. Ni la patena ni el baptisterio tienen que ser, necesariamente, “visigodos”.
     La única referencia a germanos en los Pedroches de hoy es la lápida de Ilderico, fallecido el 26 junio 665 y enterrado a un kilómetro de donde hoy se encuentra Villanueva de Córdoba.
     Es cierto que en el registro arqueológico de los Pedroches del tiempo de la Hispania Tardía hay objetos que no tienen relación con la tradición nativa hispanorromana, y que encuentran tremendos paralelismos con otros similares de Renania, norte de Francia o Bélgica: los platos de vidrio depositados en las tumbas del NE de Córdoba, y que por su número y rareza se convierten en algo único en toda la antigua Hispania. Pero, por el momento, su origen y significado se nos escapan.
     Se dice también es ese artículo (pág. 117: “El mayor esplendor [de la comarca de los Pedroches] se alcanza en época islámica, cuando los asentamientos se multiplicaron y la zona se explotó tanto en el ámbito minero, como en el ganadero y en menor medida el agrícola”. Dado que, según tu título, la comunicación pretende entablar una aproximación arqueológica, esta opinión es difícilmente defendible si comparamos las pocas docenas de testimonios arqueológicos de al-Andalus con los varios centenares de sepulturas y otros tantos objetos (cerámicas, bronces, vidrios...) de época tardoantigua y visigoda que descubrió Ángel Riesgo entre 1921-1935 y depositados en los museos arqueológicos de Córdoba y Madrid; a los que hay que unir los objetos que se encuentran en los de Torrecampo y Villanueva de Córdoba. Son un millar de documentos arqueológicos de los siglos V-VII, frente a pocas decenas de los pertenecientes a al-Andalus. Los dos grandes periodos de auge de los Pedroches, a tenor del volumen de documentación arqueológica conocida, son el Calcolítico, en la Prehistoria Reciente, y la etapa tardoantigua y visigoda.
     Por ejemplo, la Colección Riesgo del Museo Arqueológico de Córdoba se compone de 287 piezas, trece de las cuales son de lugares ajenos al noreste de Córdoba. De los 274 objetos restantes, casi la mitad (47,45%) son de la Antigüedad Tardía y periodo visigodo; un tercio (37,59) son de la Prehistoria Reciente, especialmente del Calcolítico; un décimo (10,95%) corresponden al periodo romano. Sólo hay cinco objetos datados en al-Andalus, aunque es incorrecto (como se verá a continuación), pues hay tres cuencos clasificados como “platos de barro vidriados árabes” que en absoluto corresponden a ese tiempo. Sólo hay en el museo cordobés dos lucernas andalusíes, frente a ciento treinta objetos de los siglos V-VII. No hay comparación posible.


     (Una aclaración antes de continuar: Ángel Riesgo Ordóñez realizó numerosas excavaciones en el NE de Córdoba entre 1921-1935. Los objetos procedentes de ellas se encuentran actualmente en dos museos: en el Arqueológico Nacional de Madrid (en la denominada “Colección Aulló”) y en el Arqueológico de Córdoba (“Colección Riesgo”).
     Veamos a continuación los objetos procedentes de los Pedroches correspondientes al tiempo de al-Andalus conservados en los museos madrileño y cordobés:

Dedal de bronce del Califato Omeya (siglos X-XI).
     Perteneciente a la Colección Aulló, nº de inventario 1964/43/89 del Museo Arqueológico Nacional de Madrid.

      No aparece en los cuadernos de campo del excavador, Ángel Riesgo, pero hay que considerar que fueron parcialmente destruidos a comienzos de la guerra civil cuando fue saqueada su casa, y que los recompuso, ayudándose de su memoria, al concluir la contienda.

     Es un dedal de bronce de tres centímetros de longitud, con cuerpo en forma de bellota; tiene su superficie puntear para que la aguja no resbalase, y el borde decorado con trazos incisos.
     Se considera que este tipo de objetos está relacionado con la industria textil, y que fue empleado por guarnicioneros, albarderos, talabarteros y alpargateros, aunque se ha valorado asimismo que podrían haber sido una protección de los dedos en el uso de arcos y ballestas. Hay otro tipo de dedales más cortos y achatados, que habrían sido empleados en sastrería.

Candiles de piquera.
      Instrumentos imprescindibles hasta no hace mucho en los cortijos, escribe sobre ellos Juan Zozaya: "Ya desde la Prehistoria el hombre descubrió el valor de las grasas como materia poderosa para la iluminación, y esto le permitió, aunque de manera limitada, poder ver en las horas oscuras. El auge de las culturas protohistóricas mediterráneas, con el cultivo del olivo, permitió que el sistema fuera más económico al ser renovable el combustible con relativamente poco costo de producción. Dicho de manera jocosa, ya no fue necesario matar a un bisonte para iluminarse mal un par de noches, pues no había que desarraigar el olivo para producir aceite e iluminarse bastante tiempo... El principio de acción de un candil se basa en la combustión de una materia grasa vegetal, en este caso el aceite de oliva, material de gran calidad por su luminosidad clara y por su lenta consunción, que se refleja en una larga duración de luminosidad... El elemento combustible se ayuda de la presencia de una mecha o "torcida" de hilo de algodón, parcialmente inmersa en el aceite, que es necesario mover periódicamente a medida que el punto de ignición, en un extremo fuera del aceite, va destruyendo el tejido orgánico que lo compone... El candil cuenta con diversas partes, aunque parezca que es un útil relativamente simple":


                       (Juan Zozaya: "Los candiles de piquera", Tierras del Olivo, Jaén, 2007-2008)


      Griegos, fenicios, cartagineses o romanos emplearon los candiles (o lucernas en la denominación clásica), que los especialistas pueden identificar a tenor de sus formas. Lo que define y distingue a los candiles de piquera andalusíes es su alargada piquera, una pieza unida al depósito, en la parte opuesta al asa, sobre la que se sitúa la mecha, y que adoptó diversas formas que fueron cambiando a lo largo del tiempo.
     En la colección Riesgo del Museo Arqueológico de Córdoba se conservan dos candiles, fragmentados, del tiempo de al-Andalus, con número de inventario 27914 y 27915.
 
 (Fotografías de María Jesús Moreno Garrido, Museo Arqueológico de Córdoba.)
 
     El color de la arcilla de ambos candiles, blanquecina o amarillenta muy clara, indica una procedencia foránea, pues el barro local da tonos anaranjados oscuros, rojizos o marrones.
     Del número 27914 no hay información de su procedencia, pero sí del 29715, que conserva una pequeña etiqueta manuscrita por Riesgo, en la que indica que apareció en un villar de la Charquita, un par de kilómetros al este de Villanueva de Córdoba. En sus libretas de campo dice Ángel Riesgo sobre este candil: "Una lucerna o candil. En los restos de villares de esta zona hallé un candil fracturado en el asa, tapa y boca. Tosca construcción. Arcilla fina amarilla, presenta en la boca y parte alta restos de sustancia vítrea, como gotas saltadas al bañar con ella otras vasijas". Cierto, el candil tiene unos goterones de vedrío verde en el depósito y en la piquera. (Una observación: puede comprobarse que la descripción de Riesgo se ajusta perfectamente a lo que vemos en la fotografía, lo que confirma la fiabilidad de sus registros).
      El lugar donde apareció la lucerna 27915, la Charquita, está próxima a la actual Villanueva de Córdoba y al camino que une a este localidad con Pedroche, es decir, con el ramal que unía a Bitrawsh (capital de la cora de Fash al-Ballut) con el camino del Armillat, principal eje viario entre Córdoba y Toledo durante el califato.
     Es el único objeto de la Charquita de este periodo, aunque en la colección Riesgo del museo cordobés hay más objetos de este yacimiento que parecen pertenecer al anterior periodo de la Hispania Tardía: dos jarros de barro, un plato de vidrio y objetos de adorno en bronce, cinco zarcillos y un anillo.


Cuencos vidriados posteriores a al-Andalus.
      Las tres piezas del Museo de Córdoba con número de inventario 27999, 28000A y 28000B corresponden a tres cuencos vidriados.
 
  (Fotografías de María Jesús Moreno Garrido, Museo Arqueológico de Córdoba.)

     En el registro constan como "platos de barro vidriados árabes" pero, como dije arriba, no son del periodo de al-Andalus, sino posteriores, pues ni las formas, ni la decoración, ni el tipo de aplicación de la misma corresponden a lo que se sabe que salía de los talleres musulmanes. Esto es muy fácil de comprobar si comparamos el cuenco número 27800B con un ataifor elaborado en la corte califal de Medina Azahara en la segunda mitad del siglo X:


  (Cuenco: fotografía de María Jesús Moreno Garrido, Museo Arqueológico de Córdoba;
Ataifor: https://amigos-madinatalzahra.culturalspot.org/)


     Las circunferencias perfectas del cuenco de los Pedroches contrastan con las líneas de óxido de manganeso que trazó el artesano califal a mano alzada; además, y aunque parezca contradictorio, el vidriado de al-Andalus es de mucha más calidad y se ha conservado mejor que el más reciente del cuenco. Es posible que al ingresar la colección Riesgo en el museo de Córdoba, al anotar las piezas y ver una descripción de "plato vidriado" se diese por supuesto que fuesen de al-Andalus, que, en la Córdoba capital del califato, sería de lo más normal.

     En definitiva, de Fash al-Ballut se conocen algunas referencias literarias y escasos vestigios arqueológicos, además de los expuestos una quincena en el Museo de Villanueva de Córdoba. Sin embargo, de la etapa visigoda en los Pedroches no hay ninguna cita conocida en las fuentes textuales, mas los documentos arqueológicos se cuentan a centenares.

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