En el dolmen de Las Agulillas

martes, 2 de junio de 2020

La peste en los Pedroches (confinamientos de la población en 1678).


     En sus algo más de cinco siglos de existencia la población de Villanueva de Córdoba ha tenido que afrontar distintas epidemias: peste en 1649; de paludismo en 1679; tifus exantemático en 1684 y 1738; nuevamente malaria en 1785-1787 y 1804; viruela en 1827, 1839 y 1874. Al menos se libraron de la fiebre amarilla de 1804, y de las cuatro oleadas de cólera en el siglo XIX que asolaron España. Pero la gripe de 1918 ocasionó 107 muertes solo en Villanueva. Así que la pandemia actual de este siglo XXI no es algo nada nuevo.

     Ya afirmó Cicerón que la Historia es testigo de los tiempos y mensajera del pasado. Podemos recordar a la epidemia que más miedo produjo en los primeros siglos de historia jarota: la peste.


La peste.

     La peste es una enfermedad causada por una bacteria, Yersinia pestis, y fue responsable de la pandemia que estalló durante el reinado de Justiniano (siglo VI), y de la gran pandemia medieval de 1346-1353. En principio su principal reservorio eran roedores de Asia central, aunque a lo largo de su historia evolutiva tuvo tres mutaciones que le permitieron ampliar su rango de acción: la primera le permitía inyectar a las células unas proteínas que inutilizaban el sistema inmunológico; la segunda creó una enzima que la hizo capaz de invadir los tejidos profundos; con la tercera creaba una biopelícula que le permitía sobrevivir en el estómago de las pulgas. “Cuando la ruta digestiva quedaba bloqueada, las hambrientas pulgas mordían desesperadamente en busca de comida y en el proceso regurgitaban bacterias en nuevas víctimas. Esta adaptación genética permitió a la Y. pestis utilizar con mucha más facilidad vectores artrópodos para saltar de un huésped a otro y la convirtió en un viajero sumamente eficiente” (Kyle Harper, El fatal destino de Roma, pág. 252).

     Esta capacidad de viajar en las pulgas le permitió saltar desde sus huéspedes tradicionales, roedores asiáticos como jerbos y marmotas, a otros tipos, como la rata negra (Rattus rattus), una especie asiática que llegó a Europa en la época romana republicana tardía, hacia el siglo II a.C. “Sus hábitos, su personalidad y sus poblaciones masivas la convierten a la vez en una víctima indefensa de la peste y en un recluta involuntario para la propagación de la bacteria. No es una reserva permanente ideal, pero sí de especial importancia para facilitar pandemias humanas. La peste negra es inseparable de la historia de la peste tal como la conocemos…
En el siglo VI las condiciones genéticas y ecológicas previas se alinearon con mortíferos resultados… La difusión de la rata negra y la conectividad del imperio sentaron las bases para la propagación de una cepa letal de Y. pestis a escala pandémica…  La cepa que ocasionó la primera pandemia habría surgido de un lugar ancestral situado en las tierras altas de la China occidental” (Kyle Harper, El fatal destino de Roma, págs. 254-257), logrando llegar hasta Pelusio, en el extremo occidental del delta del Nilo en el año 541. Desde aquí se expandió por el norte de África, Próximo Oriente y Europa, causando estragos. Según el contemporáneo Juan de Efeso solo en Alejandría produjo 300.000 muertos en una población de medio millón de habitantes.

     La del siglo VI fue la primera gran pandemia de peste en Europa. La segunda, en el siglo XIV, marcaría toda una época, convirtiéndose en uno de los cuatro jinetes del Apocalipsis. Se estima que la Peste Negra medieval acabó con la vida de la tercera parte de la población europea. A pesar de estas cifras catastróficas, lo paradójico es que “los humanos son tan solo víctimas fortuitas atrapadas en el fuego cruzado de lo que en realidad es una enfermedad de roedores. Desde la perspectiva de la bacteria somos tristes huéspedes, ya que tenemos tendencia a morir antes de que la concentración de bacterias en sangre sea suficiente para que las pulgas la lleven a futuras víctimas. La mayoría del tiempo, un ser humano infectado de peste es una terminal, no un transmisor” (Kyle Harper, El fatal destino de Roma, pág. 250).

La peste en los Pedroches.

     En su Callejero de Villanueva de Córdoba (1972, pág. 5) don Juan Ocaña Torrejón recogía que “la tradición nos dice que el primer núcleo de pobladores de nuestra villa lo constituyó el grupo de vecinos que huyendo de la peste en el año 1361 vinieron a establecerse en estas tierras, quedando definitivamente en ellas. Otros testimonios nos dicen que mucho antes de esta fecha ya había moradores en estos lugares…”.

     En realidad, eso es lo que escribió en 1840 Luis María Ramírez y las Casas-Deza en su Corografía histórico artística de la provincia y obispado de Córdoba, pero refiriéndose a Torrecampo: “Es tradicion que despues del año de 1236 en que fué conquistada Córdoba, algunos vecinos de Pedroche buscando terrenos que cultivar más feraces y productivos que los de su pueblo, hicieron varios caseríos hacía el norte á no mucha distancia del lugar que ocupa Torre-campo; y que despues los que huyendo de una peste horrorosa (que fué sin duda la que principió en 1345 y corrió todo el globo) emigraron de su patria Pedroche, y se unieron á dichos colonos, hicieron asiento permanente en aquel parage…”. 

(Villanueva de Córdoba tiene un origen muy posterior a la gran peste del siglo XIV, pues comenzó a poblarse por la década de 1480 y, como adelantó Ocaña Torrejón, nació a consecuencia de los caminos).

     No sabemos en qué medida la Peste Negra afectó a los habitantes de entonces de los Pedroches, ni cuánto hay de cierto de su importancia en la fundación de Torrecampo, pero sí que el temor a ella quedó reflejado en la toponimia religiosa de la comarca, pues en todas y cada una de las Siete Villas de los Pedroches existía bien una ermita, bien la parroquia, bajo la advocación de San Sebastián, tradicional abogado contra la peste.

      La ermita de San Sebastián de Villanueva se hizo pronto, apenas cuarenta o cincuenta años después de que el lugar comenzara a poblarse, pus ya consta en documentos de 1534. Su ubicación no fue arbitraria, al pie del camino a la Campiña, que comunicaba a Pedroche con el camino real de la Plata (la principal vía de comunicación entre el centro de la Meseta y el Valle del Guadalquivir en le Edad Moderna), y casi fuera del lugar, lo que le permitía servir de lugar de cuarentena para personas sospechosas de portar la peste. Además, San Sebastián era el especial protector contra la peste (al igual que lo había sido Apolo en otra epidemia que asoló el imperio romano en el siglo II d.C.).

     Después de la terrible Peste Negra del siglo XIV la provincia de Córdoba se vio afectada cíclicamente por nuevas epidemias de la enfermedad. José Luis Fortea Pérez (Córdoba en el siglo XVI) y Juan Ballesteros Rodríguez (La peste en Córdoba) han analizado su incidencia provincial, de la que se deduce que en contadas ocasiones llegara a atacar a alguna villa de los Pedroches. La provincia cordobesa se vio afectada sobre todo en 1523, 1583, 1600-1602, 1648-1650 y 1680-1682.
Solo tenemos noticia de que la peste atacara a dos villas de las siete de los Pedroches en la epidemia de 1648-1650. Casas-Deza, en su Corografía… escribía que en Alcaracejos “en la peste que se padeció en 1649 murió la tercera parte del vecindario, por lo que se arruinaron muchas casas y calles de que aun se ven los vestigios.”

     Juan Ballesteros Rodríguez (La peste en Córdoba) incluye a Villanueva de Córdoba entre las poblaciones afectadas en 1649, sin aportar más información. 


(Juan Ballesteros Rodríguez, La peste en Córdoba, pág. 133.)


No tenemos las actas del Concejo de esos años, ni contamos con datos de cuánto afecto a la población de Villanueva la epidemia de peste de 1649, pero sí conocemos los datos demográficos de nacimientos y matrimonios, que suelen mostrarse como un termómetro indicador de los distintos procesos y circunstancias. 

     En la serie de nacimientos de la segunda mitad del siglo XVII se observa que la tendencia lineal aumenta en todo el periodo, desde una media de 123 anuales al comienzo a 152 a finales de siglo. En 1650 y 1651 los nacimientos disminuyen a 108 y 101, respectivamente, pero a partir de 1652 vuelven a remontar en número durante una década.


     En cuanto a los matrimonios, es previsible que tras una epidemia aumentase el número de viudos, incrementándose el número de nuevas uniones. Es lo que ocurrió, de los 18 matrimonios de 1650 se pasó a 42 en 1651, y 50 en 1652, volviendo a recuperar su número normal a partir del año siguiente.
Los descensos en las series de nacimientos y matrimonios del año 1650 son notables, pero si se observa el gráfico se ve cómo hubo otro momento, entre 1678-1685, en que los nacimientos descienden aún más. En este caso la causa fue la concatenación de malas cosechas durante varios años consecutivos y “nuevas” enfermedades (paludismo y tifus). Esta combinación parece que resultó más desastrosa que la peste de 1649. Si en esa ocasión se hubiera producido una alta mortalidad, con una disminución notable de los individuos reproductores, el número de nacimientos en años posteriores hubiera sido muy inferior al que ocurrió.

     Parece pues que la peste de 1649 no tuvo una especial relevancia en Villanueva de Córdoba en cuanto al aumento de la mortalidad, como sí parece que ocurrió en Alcaracejos. Otras villas de los Pedroches se libraron del mal, lo que atribuyeron a la protección de santos intercesores, a los cuales le mostraron su agradecimiento: el voto a San Roque de Torremilano:
El día 26 de junio de 1650 se congregaron en la iglesia de Santa María (actual parroquia de Ntra. Sra. de la Asunción), el Clero, Cabildo, Justicia, Regimiento y numerosos vecinos de la antigua villa de Torremilano para, en presencia de Jesús Sacramentado, elegir a San Roque como patrono perpetuo de la villa, en acción de gracias por haberles librado de la peste mediante su intersección y para que mediara por los entonces habitantes de Torremilano y por los que en adelante lo fueran, pues hacía ya muchos años que los vecinos de Torremilano, temerosos del mal de la peste, dedicaron imagen, ermita y cofradía a San Roque, “con que no hay memoria de que se haya padecido en esta villa el dicho mal”. Y prometieron honrar y guardar el día y fiesta de San Roque todos los años, ellos y sus sucesores, así como celebrar dicha fiesta “con público regocijo para mayor memoria y recordación de este voto; y para ello, cada vecino pagará veinte y cuatro maravedíes cada año al obrero y mayordomo del dicho santo”. Como la cofradía de San Roque, por tradición antigua, el 16 de agosto le decía vísperas, maitines y misa en su ermita y, para mantener dicha costumbre y devoción, resolvieron celebrar la fiesta con vísperas y misa solemne en la iglesia de Santa María, en la que estaban reunidos, a la que llevarían en procesión la imagen del santo, después de la función religiosa de la cofradía. Ésta de 1650 fue la primera ocasión en que los vecinos de Torremilano celebraron la festividad del patrono de la villa.” (https://dostorres.es/voto-de-san-roque/)
              
     Años después, a finales de la década de 1670, la peste volvió a presentarse en algunos lugares de España, y las autoridades locales de los Pedroches tomaron medidas para evitar el contagio.

Medidas: confinamientos y prohibición de corridas de toros.

     La gente de la Edad Media y Moderna a la que le tocó lidiar con la peste nada sabía de bacterias, o de la importancia de la pulga y la rata para su propagación. Para ellos la peste, además de ser un castigo divino por sus pecados, estaba originada en una conjunción astral de Saturno, Júpiter y Marte, que producía una corrupción del aire que era la causa de la peste. No es extraño pues que peste sea una palabra polisémica, que da nombre tanto a la enfermedad como a un olor fétido. De ahí que hubiera medidas encaminadas a purificar el aire, bien eliminando las acumulaciones de basura, bien quemando plantas aromáticas como romero y tomillo. 

     Por esta teoría aerista de la peste el Concejo de Pozoblanco ordenó el 17-03-1687 “que no se pueda quemar estiércol ni paja ni otras cosas que causen mal olor, y que la basura se llebe al campo, desbiado del cerro, donde no puedan perjudicar sus malos olores…” (García Herruzo y Carpio Dueñas, Pozoblanco en sus actas capitulares, pág. 283).

     “La concepción aerista de la enfermedad, heredera de la antigüedad, gozó de enorme predicamento en la medicina oficial de la época. Pero la realidad del contagio era tan evidente y estaba tan enraizada en la población que esa misma palabra sirvió de sinónimo de la peste… La idea de su transmisión por contagio directo de personas y mercancías está claramente expuesta y sobre esa realidad evidente actuarán las autoridades… De esta forma, las ciudades se aislarán unas de otras, se supervisará la procedencia de viajeros y mercancías, se atenderá a que los mercados estuviesen bien provistos de mantenimientos, se establecerán medidas de cuarentena para enfermos y familiares, se hará, en definitiva, todo lo posible para poner muros al contagio… En el siglo XIV el médico almeriense Ibn Hatimah advertía que ‘la mortalidad es menor en las ciudades que prohíben la entrada a los viajeros procedentes de otros lugares’. Esta observación empírica será, en lo sucesivo, ampliamente reproducida… Uno de los recursos más generalizados para asegurar el aislamiento era el exigir a todo viajero la presentación de testimonios de salud de los lugares de donde procedían” (Fortea, 1981, 189-197).

     En 1678 la peste volvió a hacerse presente en algunas partes en Málaga, extendiéndose al resto de Andalucía. Aún se tenía vivo el recuerdo de la última epidemia en los Pedroches, en 1648-1650, por el que el Concejo de Villanueva tomó en noviembre de ese año las medidas habituales, como se refleja en las actas capitulares:

Sobre que no se introduzcan personas afectadas de peste.
En la villa de Villanueva de Córdoba, a doce días del mes de noviembre de 1678 años, sus mercedes, Pedro Martín Pozuelo y Martín Muñoz de la Cámara, Alcaldes Ordinarios; Juan de la Cruz del Castillo y Pedro Díaz de Luna, Regidores, Oficiales del Concejo de esta villa, dijeron que por la noticia que se ha tenido de la falta de salud y enfermedades contagiosas que hay en algunas ciudades y lugares del Reino, se ha mandado cercar y cercado las bocacalles de esta villa, y se han puesto guardas para que ninguna persona pueda entrar en ella sin testimonio ni despacho legítimo donde conste venir de parte donde hay salud, y es así para que los vecinos de esta villa no den mal ejemplo, ni quebranten los cercados y tapias para que los demás que no lo son pretendan hacer lo mismo, y por ello suceda alguna desgracia infectándose la salud, que Dios nuestro señor es servido dar en esta villa. Tanto que vía de buen gobierno en la mejor ha lugar en derecho, mandaron se publique por voz de pregonero en la plaza pública y demás cantones acostumbrados que ningún vecino ni forastero sea osado a salir ni entrar en esta villa si no es por las puertas que se han dejado para su comercio pena de mil maravedís y tres días de cárcel al que lo contrario hiciere y quebrantare las cercas y tapias…”.
Acta capitular del Concejo de Villanueva de Córdoba sobre medidas para que no se introduzcan personas afectadas de peste. 12-11-1678.


     El Concejo de Pozoblanco tomaba el 07-06-1680 medidas similares:


(fol. 16rº) Estando en las Casas del Ayuntamientto desta villa de Pozoblanco en siete dias del mes de junio de mill seiscientos y ochenta años juntos en su ayuntamientto sus merzedes los señores lizenciado Don Pedro Camacho Madueño, abogado de los Reales Consejos, Governador y justicia maior destas Siete Villas de Los Pedroches y de La Conquista, Antonio Venitez Bejarano, Juan Moreno de Pedrajas, alcaldes hordinarios, Miguel Sanchez Cantador, Juan Porras de Sepulveda, rexidores, y Alonso Lopez de la Torre, procurador sindico del Conzejo, todos capitulares del y asi juntos y congregados acordaron y dijeron que por quanto la peste y contajio que se a padezido estos años pasados en algunas ziudades, villas y lugares de Andaluzia este presente se a thenido notizia se ba estendiendo y azercando mucho y se deven poner para la preservazion desta reppublica los medios mas eficazes que ser puedan asi dibinos como umanos y poniendolo en efecto y dando prinzipio a esta probidenzia sus merzedes acordaron lo siguiente.
Que se zerquen todas las bocas calles desta villa y se barden de forma que no pueda entrar persona alguna a pie ni cavallo por ninguna dellas de forma que solo tenga comerzio esta villa por las puertas que se señalaren para ello.
Y asi mismo acordaron que respecto de thener muchas casas de los vezinos desta villa, postigos que salen al campo (fol. 16vº) y asi mismo otras las paredes de los corrales de chalidad que las pueden saltar y abanzar a pie y a cavallo y otros bezinos tienen guertos y zercados en la misma conformidad se les notifique a todas las personas cuias casas tienen postigos dentro, zercas, guertos y corrales en la conformidad referida se les notifique dentro de segundo dia tapien los dichos postigos y asi mismo las zercas y corrales quedando todo de forma que por ellas no pueda entrar persona alguna theniendo de altor dos tapias con aperzevimiento que no haziendolo se les apremiara a ello y se haran a su costa las dichas zercas y tapias de postigos.
Asi mismo acordaron que aya en esta villa solo dos puertas para su comerzio que es la una la del Pilar y la otra la de el Callejon de la Yndiana en las quales an de asistir dos guardas una maior y otra menor los que por este cabildo se nombraren los quales an de entrar a las quatro de la mañana y an de asistir hasta el segundo dia a la mema ora  sin hazer ausenzia de dichas puertas si no es a ora de comer a medio dia que a de ser a las doze para lo qual an de zerrar la puerta con su llave y an de bolver a las dos a dicha puerta.
Asi mismo acordaron que por una de las dos puertas sea solo a donde se rezivan los testimonios la qual a de ser la dicha del Callejon de la Yndiana escepto los que binieren con harina, trigo y azeitte que traiendo sus testimonios lexitimos an de entrar por la Puerta del Pilar en considerazion de la mucha utilidad que se le sigue a esta villa de que la socorran con estos alimentos (fol. 17rº) pues de otra forma obligandoles a dar la buelta que ay para yr a la otra puerta se ponia en ocasion de que se fuesen a otras villas.
Asi mismo acordaron que para la maior custodia desta villa tengan obligazion las guardas y diputados que asistieren a las puertas de zerrarlas a la ora que queda referida de dia o de noche a las diez della sin abrirlas a persona alguna sin lizenzia espresa de la justicia hasta las quatro de la mañana.
Asi mismo acordaron que respecto de ser el trato mas jeneral en esta villa el labrar ropa y paños y este jenero ser de chalidad que perzibe en si qualquiera mal contajioso que para que aya de entrar en esta villa la lana a de ser de las que estubieren linpias y sanas constando por testimonio que son dellas y los que las trujeren se detengan en la puerta y el diputado della no los dexe entrar hasta que por los señores capitulares deste Cabildo se reconozcan los testimonios y se provea sobre ello lo que conbiniere.
Y respecto de que algunos vezinos desta villa hasta aora an hecho algunos biaxes por ropas al Puertto y otras partes acordaron que ningun vezino no continue en dichos biajes pena de dos años de destierro y en la puerta destinada en esta villa no se les deje entrar.

Todo lo qual sus merzedes mandaron se guarde, observe, cumpla y ejecute y todo lo demas que estrajudicialmente sus merzedes acordaren en esta raçon para su maior azierto y que los gastos que en esta raçon se hizieren y causaren se libre de propios deste Conzejo y que el presente escribano (17vº) en las puertas destinadas ponga testimonio con precauzion de las condiziones que requieran saver los diputados dellas para que las observen y executen y lo firmaron =".

En aquellos tiempos se creía que uno de los medios del contagio era la ropa, de ahí las medidas relacionadas con el comercio de la lana. Pero interrumpir ese abastecimiento en una localidad como Pozoblanco, que basaba su economía en "labrar ropa y paños", suponía un desastre, como le exponía al Concejo el procurador síndico de la localidad el 26-07-1680:
"(fº 34r) Yo, Alonso Lopez de la Torre, procurador general sindico desta villa, en nombre de todos los veçinos della ante vuestras mercedes como mas aya lugar de derecho. = Digo que por (mandato de) vuestras mercedes esta prohibido entrar lana en esta villa de fuera parte de qualesquiera lugares, assi achacosos como sanos, por qualesquiera personas assi veçinos como forasteros, lo qual a sido y es en grave perjuizio de los veçinos y contra la utilidad publica deste Conçejo por las causas y raçones siguientes. Porque como es notorio y a todos consta el prinçipal trato de esta villa y donde mas personas se ocupan, se entretienen y trabaxan, y de que mas probecho y utilidad viene comunalmente a todos los moradores, es de el obraxe y fabrica de los paños, pues se a experimentado (muchas veçes) que quando este cessa [o anda] poco corriente se an hallado todos, en particular los pobres, muy alcanzados y desvalidos, sin poder pagar (los pechos) a Su Magestad ni prevenir el alimento corporal quotidiano como se vee oy sucediendo esto mesmo, y que para remedio de tantas neçesidades cada uno que tiene malbarata sus heredades malbendiendo y tomando çensos sobre ellas, y el que no las tiene haze lo mismo en sus bienes muebles y alajas de casa, y las mas veçes no halla por estas ni por otras vias de donde remediarse, sino (es) del trato y comerçio referido. Y aunque ay el trato de los ganados este es muy corto y de poca utilidad, y solo es de alguna a sus dueños y no a otros porque luego que venden tienen el dinero parado (mucho tiempo) hasta que buelben a emplear (en) ganado nuevo, y asi no aprobecha a todos en comun, si solo a algunos veinte personas que tratan. = Y porque con la baxa de la moneda y aver tan poco dinero, y con los muchos años que an venido tan esteriles y calamitosos an venido los veçinos en tan grande quiebra y disminuzion de sus haçiendas y caudales que si no buscan lana fuera fiada o por el dinero con algunas combeniençias en lugares buenos y sanos abran de pereçer o dexar esta villa desierta. = Y porque en esta villa se desquila alguna lana es muy poca respecto de ser tan grande el trato y quando se a permitido no a çesado de entrar forastera y toda se a gastado en dicha fabrica, y aun con todo eso ha faltado muchas veçes. Y prohibiendose del todo (fº 34v) la entrada no abra ningun cosechero que la quiera vender si no es a muy muy (subre) preçio de manera que no la podran [arear] los fabricadores, antes si [perder] muc[ho] y cesara del todo el dicho trato en grave perjuiçio de los veçinos y de Su Magestad por la imp[osi]bilidad de pagar sus tributos y de los recojedores de ellos, y finalmente de toda esta republica porque =
Supplico a vuestras mercedes que contestando por testimonio de escrivano que de fee con todas las circunstancias que se requieren para el buen gobierno y guarda de esta villa por la lana que a ella se truxere de la villa de Palma, por ser de aquella con esta el m[a]yor comerçio y mas util y provechoso, o de otro qualquier lugar desde el rio de [Gua]dalquivir aca que no padezca achaque, y de toda La Mancha y Estremadura, mande se abra el comerçio y se permita entrar la dicha lana, o que se haga cabildo abierto llamando a todos los veçinos a sonido de campana como es costumbr[e], y que a los mas votos se determine sobre ello lo que mas combenga oy en todo el dia, por ser caso que no sufre dilaçion. Y de lo contrario hablando con el respeto de[bi]do apelo por ante Su Magestad y pretesto los daños, perjuicios e yntereses de los veçinos. Y pido testimonio, justicia etcetera y juro lo necessario =".
El Concejo permitió que siguiera entrando lana de lugares donde no hubiera contagio. Como se observa, el conflicto entre salud y economía no es actual.

     Al año siguiente la peste continuaba en España, y el procurador síndico de ese año de Pozoblanco, Bartolomé Muñoz Bravo, pidió al Concejo que se hicieran rogativas a la Virgen de Luna y volviera a cercarse el pueblo dejando puertas para el comercio:

"Bartolome Muñoz Bravo, procurador sindico y general deste Conzejo, digo que la peste y contajio que se padeze en algunas çiudades, villas y lugares de la Andaluzia e tenido notizia ba en aumento y para que en esta villa seamos preserbados del mediante la dibina misericordia es nezesario solizitar i poner todos los medios asi divinos como umanos aziendo nobenarios y rogativas a Nuestra Señora de Luna patrona desta villa ymajen propia della trayendola de su santuario a la parrochial de ella a donde los fieles le rindan los devidos obsequios para que ynterçeda con su presiosisimo hijo nos libre desta epidemia y a los que la padezen le por libre y consuele =
Por tanto a vuestras merzedes pido y supplico den probidenzia de que se trayga a esta billa dicha santa ymajen de Nuestra Señora de Luna para que se le agan los nobenarios y rogativas que [llevose siendo] pues asi se a acostumbrado en esta villa sienpre que se a estado en alguna aflizion o trabajo comun disponiendo asi mismo se çerque esta dicha villa dejando las puertas nezesarias para su comerzio donde se pongan personas para su guarda...".

     El 14-08-1681 el Concejo de Pozoblanco aprobaba que se trajera a la Virgen de Luna desde su santuario, pero nada dispuso sobre volver a cercar la población.

     Además de estas medidas preventivas, otras que tomaron los concejos era contar con los recursos sanitarios necesarios, algo de lo que se percató José Luis González Peralbo: “Una prueba más del pánico que comenzaba a afectar a la zona es que buena parte de las villas de los Pedroches se afanó en la contratación inmediata de facultativos de la salud. Pozoblanco, en concreto, escrituró convenio en el citado 1680 con un nuevo médico –Pedro Fernández Calero- y un nuevo boticario –Juan Francisco Birto Buitrago, que traslada su farmacia desde Torremilano-. Conocemos otros ejemplos de la comarca en igual sentido y en las mismas fechas” (José Luis González Peralbo, “Rivalidad entre Pozoblanco y Villanueva por la Virgen de Luna. El pleito iniciado en 1681”, Boletín de la Cofradía de Nuestra Señora de Luna de Pozoblanco, 33, 2008).

     A esta búsqueda de profesionales sanitarios se debe la decisión del Concejo de Villanueva tomada el 28-02-1678:

En la villa de Villanueva de Córdoba, en 28 días del mes de febrero de 1678 años, sus mercedes Bartolomé Sánchez Pescuezo y Pascual de Vacas Pozuelo, Alcaldes Ordinarios; Francisco de Contreras y Pedro Martínez Moreno, Regidores Oficiales del Concejo de esta villa, dijeron que por cuanto don Francisco Fernández de Castro, doctor de medicina que asiste en esta villa con salario cerrado para la curación de los enfermos vecinos de ella, ha hecho trato y asiento con la villa de Pedroche de ir a visitar los enfermos de ella dos días en la semana, con el cual dicho asiento se ha experimentado hace mucha falta a la curación de los enfermos de esta villa, y aunque este Concejo le ha requerido cese en el concierto que tiene hecho con dicha villa de Pedroche, no lo hace, antes si continúa el ir, como hizo el día de ayer dejando tres o cuatro enfermos de cuidado sin la asistencia que se requiere, por tanto dijeron que mandaban y mandaron se le notifique no cobre el salario que esta villa le da desde hoy, para que si gustare de ir hasta Pedroche lo haga, o tome la resolución que convenga a su bienestar, que sus mercedes, por dichas razones y otras que les asisten, acuerdan no cobra ni se le dé salario a dicho don Francisco desde hoy en adelante, y que si algo se le debe se le pague luego y sin dilación, y así lo proveyeron, mandaron y firmaron.”

     Según un censo para reclutamiento de soldados (Calvo Poyato J. (1983): “Medio siglo de levas, reclutamientos y movilizaciones en el reino de Córdoba”, Axerquía 7) en 1694 Pedroche contaba con 262 vecinos, y Villanueva con 837. El médico don Francisco Fernández de Castro tuvo que decidir a cuál de las dos poblaciones atender.

     El de 1682 fue el último asalto de la peste a los Pedroches, aunque a cambio otras “nuevas enfermedades”, no menos dañinas, le tomaron el relevo: tifus y paludismo.

     En 1738 una nueva epidemia afectó a Villanueva, existiendo constancia que también lo hizo en la capital cordobesa. Los jarotes, viendo el buen resultado que les había ido a los de Torremilano con San Roque, los emularon fundando ese año una cofradía bajo su advocación (Juan Ocaña Torrejón, Callejero…, pág. 88).

     San Roque era un noble provenzal del siglo XIV que vendió sus bienes y viajó por Italia, cuidando a los afectados por la peste. Fue canonizado en 1584, por lo que es un santo mucho más reciente que San Sebastián, mártir de los primeros tiempos del cristianismo, y con quien compartía su carácter antipestífero.

Aunque, a pesar de la elección, no fue la peste la causa de la epidemia de 1738, sino que, como vimos en otro artículofue por una “fiebre maligna catarral”, una forma de la época de denominar al tifus exantemático.

En 1720 hubo noticia de que la peste había llegado al puerto francés de Marsella, que no llegó a afectar a nuestra tierra. El Rey Felipe V envió a los corregidores una serie de medidas a tomar para prevenir el contagio, entre las que se incluía la prohibición de asistir a corridas de toros y comedias, para evitar acumulaciones masivas de gente.

     Como se aprecia, hay una gran similitud entre las medidas adoptadas hace más de tres siglos con la situación creada con el estado de alarma actual: inmovilización de la población, guardas controlando el cierre urbano, espacios concretos habilitados para el comercio, fuertes multas y sanciones para los incumplidores... Incluso pasaportes sanitarios, llamados testimonios de proceder de lugares no afectados, y prohibición de espectáculos públicos; y el debate por las medidas que podían confrontar salud y economía. Nada nuevo bajo el sol. 

PS.- Agradezco a Javier Torralbo Gallego los documentos que me ha facilitado del Concejo de Pozoblanco para elaborar este artículo.



domingo, 17 de mayo de 2020

Apellidos jarotes: Gutiérrez-Blanco, un apellido que se convirtió en dos


     En la actualidad hay personas en Villanueva que portan los apellidos Gutiérrez y Blanco. Son, obviamente, distintos, pero, paradójicamente, tienen el mismo origen, un tronco común del que se separaron ambas ramas en el siglo XIX. Es un magnífico ejemplo de lo lioso que resulta el estudio de las genealogías de los distintos linajes locales. 

     Hay que dejar bien claro que la transmisión de apellidos entre padres e hijos, tal y como la conocemos y empleamos hoy, se debe a la imposición del Registro Civil en toda la nación en 1871; y que hasta esa fecha, sobre todo en los siglos XVI al XVIII pero también hasta mediados del XIX, hubo una completa libertad para llevar los apellidos que se prefiriesen en el ámbito rural del norte de Córdoba, de tal modo que el hijo podía tener unos apellidos absolutamente distintos de los de sus padres. No es que esto tuviese que pasar obligatoriamente, pero sí algo que hay que tener en cuenta. 

     Era también frecuente que los apellidos, como los nombres de pila, se transmitieran de abuelos a nietos aunque fuera por vía materna, como es en el linaje que veremos a continuación, los Gutiérrez-Blanco. Esa libertad en la imposición de apellidos a la que nos referimos motivo que Gutiérrez-Blanco, apellido que se mantuvo unido al menos durante siete generaciones, diese lugar a dos apellidos diferentes que tienen como propios hoy en día personas de Villanueva de Córdoba: Gutiérrez y Blanco.

     El apellido Gutiérrez-Blanco tiene al menos más de cuatro siglos de antigüedad en Villanueva: Benito Gutiérrez-Blanco se casaba en 1617, por lo que debió de nacer hacia 1590.

     Siguiendo la norma de la libertad absoluta, la hija de Benito Gutiérrez-Blanco se llamó Catalina Martínez (nacida en 1620), y se casó en 1641 con Bartolomé Sánchez Barroso (si se prefiere, es recomendable seguir la relación de nombres y fechas siguiendo el árbol genealógico del linaje Gutiérrez-Blanco que se adjunta; también por la confusión que genera el mismo nombre a lo largo de varias generaciones).



     El matrimonio de Bartolomé y Catalina tuvo al menos un hijo que, por su abuelo materno, fue llamado Benito Gutiérrez-Blanco, quien se casaba en 1670 con Juana Ruiz la Pozuela (es también muy característico de los siglos XVI al XVIII que el apellido de las mujeres se feminizara, adelantándose en esto a las tendencias actuales).

     Benito Gutiérrez-Blanco y Juana Ruiz tuvieron un hijo que sí tuvo los mismos apellidos (y nombre) que su padre: Benito Gutiérrez-Blanco (nacido en 1674), casado en 1705 con María López.
La transmisión del apellido Gutiérrez-Blanco se hizo por la hija de Benito y María López, Ana Ruiz Orozco (nacida en 1710) quien se casó en 1733 con Bartolomé Ruiz Cachinero y tuvo un hijo, llamado, como no podía ser de otra manera, Benito Gutiérrez-Blanco (nacido en 1736), quien a su vez se casó en 1762 con Catalina Ximénez Rico (debe pronunciarse “Jiménez”, pues hasta 1804 el sonido [j] se escribía indistintamente con “J” o con “X”).

     Debemos detenernos ahora en el matrimonio entre Benito Gutiérrez-Blanco y Catalina Ximénez de 1762, pues si durante seis generaciones el apellido Gutiérrez-Blanco se había ido transmitiendo aunque fuese de abuelo a nieto, este matrimonio tendrá dos hijos (Bartolomé y Miguel) que darán lugar a dos apellidos diferenciados en la actualidad: Blanco y Gutiérrez.

     El primero de estos hijos de Benito Gutiérrez-Blanco y Catalina Ximénez, llamado Bartolomé Gutiérrez-Blanco, nace en 1772. El hijo de éste también se llamará del mismo modo, Bartolomé Gutiérrez Blanco (nace en 1806). A partir de las dos generaciones siguientes, el hijo de este segundo Bartolomé Gutiérrez Blanco, Juan Basilio–nacido en 1847– y su nieto Julián –nacido en 1879­ se produce la alteración en el orden de los apellidos, pasando “Blanco” a primer lugar. Veamos la documentación que permite hacer esta afirmación, desde la más reciente a la más antigua:



(Inscripción del nacimiento de Julián Blanco, nacido en 1879.)

     En la partida del nacimiento de 1879 de Julián Blanco consta que sus padres son Juan Blanco y Catalina Díaz; abuelos paternos, Bartolomé Blanco y María Mohedano; abuelos maternos, Francisco Díaz y Catalina Moreno.

     Sin embargo, en la inscripción de matrimonio de sus padres Juan Basilio y Catalina en 1874, éstos aparecen con otros apellidos. Aquí se llaman Juan Basilio Gutiérrez y Catalina Díaz; los nombres de sus padres son, evidentemente, los mismos que los de los abuelos de Julián (nacido en 1879): Bartolomé Gutiérrez y María Mohedano por rama paterna; Francisco Díaz y Catalina Buenestado (“Moreno” en la inscripción de nacimiento de su nieto Julián).



(Inscripción del matrimonio de Juan Blanco y Catalina Díaz en 1874.)

     Como comprendemos que con los cánones que rigen hoy en día esto suena muy raro, no nos cansamos de insistir que hasta que no se implantó el Registro Civil en 1871 fijando el modo de poner los apellidos de forma constante, la libertad en adjudicarlos fue completamente absoluta. No es una confusión con otro matrimonio con componentes llamados también “Juan” y “Catalina”, ningún otro Juan Basilio se casa con una mujer llamada Catalina en ese tiempo en esta localidad. Los nombres de los padres de ambos concuerdan completamente.

     En la partida de nacimiento de Juan Basilio de 1847 consta que su padre es Bartolomé Gutiérrez (nacido en 1806). Por lo tanto entre la generación de esta persona y la de su hijo Julián (nacido en 1879) es cuando se produce el cambio pasándose a apellidar “Blanco”.



(Inscripción del nacimiento de Juan Basilio Blanco o Juan Basilio Gutiérrez, nacido en 1847.)

     La descendencia del segundo hijo de Benito Gutiérrez-Blanco y Catalina Ximénez, Miguel Gutiérrez Blanco, mantuvo la primera parte del apellido compuesto, Gutiérrez. La sucesión patrilineal es la siguiente: Miguel Gutiérrez-Blanco (nacido en 1777), Matías Gutiérrez-Blanco (nacido en 1803), José Félix Gutiérrez-Blanco (nacido en 1845), Juan Antonio Gutiérrez Madero (nacido en 1874) y Juan Gutiérrez Cano (nacido en 1917).

     Así, estas personas de nuestra localidad con apellidos completamente diferentes, Gutiérrez y Blanco, tienen el mismo origen que podemos remontar hasta el matrimonio de Benito Gutiérrez-Blanco con Magdalena Martínez el 08 de mayo de 1617.

     D. Patricio Bermudo, en su libro Notas sobre la evolución de la propiedad rústica privada en Villanueva de Córdoba en el último tercio del siglo XVIII y en el siglo XIX (páginas 177-178), nos trae un ejemplo de cambio de apellidos. La familia Martínez Moreno, de las más opulentas de nuestra localidad en el último tercio del siglo XVIII, estaba compuesta por tres hermanos. Francisco Martínez Moreno fue durante muchos años Párroco de San Miguel Arcángel, y a sus expensas costeó el retablo del altar mayor de la iglesia, en madera de ébano y con un coste nada desdeñable de 10.400 reales. Su hermana María Josefa Martínez Moreno se caso con Juan Cañuelo Pozo, y al morir éste y quedar viuda, “antepuso su apellido Moreno como primero de ellos”, escribe don Patricio Bermudo.

Otro linaje jarote Blanco.

     En Villanueva también hay otras personas que tienen el apellido Blanco pero que pertenecen a un linaje diferente del que hemos visto arriba de Gutiérrez-Blanco.

     Son descendientes del matrimonio (celebrado en 1828) entre Juan Rafael Blanco Moreno y Catalina Josefa Moreno Sánchez. Catalina era hija de D. Bartolomé Moreno Luque, escribano y sobrino de don Bernardo Moreno de Pedrajas. Consta en la documentación que estudiamos que Juan Rafael Blanco, nacido en 1804 era hijo de Juan Blanco y nieto de Pedro Blanco y Antonia de la Cerda, naturales todos de Torrecampo, pero su descendiente (y amigo nuestro) Juan López Blanco nos dice que se ha conservado en la tradición oral familiar que su origen está en Castuera, Badajoz. Es muy probable que este apellido Blanco viniese desde Extremadura a Villanueva pasando por Torrecampo.


(Inscripción del nacimiento de Juan Rafael Blanco, 1804)

viernes, 8 de mayo de 2020


LA CASA HOSPEDERÍA DEL SANTUARIO

     Por la documentación que conocemos junto a la ermita de la Virgen de Luna existía un edificio hacia 1680, conocido como la casilla de los santeros, en la que vivía el santero que se encargaba del mantenimiento del santuario junto con su familia. En las romerías que celebraban los jarotes anualmente en Pentecostés, tras la misa y procesión los miembros de la Hermandad se unían para tomar el habitual refrigerio de vino y garbanzos tostaos junto a una encina inmediata al sur de la ermita, “como demostración de gratitud al árbol que durante largos años fue cobijo y templo de la imagen que se venera” (Juan Ocaña Torrejón La Virgen de Luna. Bosquejo histórico, 1963, pág. 26). Es la que hace pocos años sucumbió víctima de un rayo, pero una hija suya, procedente de una de sus bellotas, ocupa su lugar. (Hay otra encina que también nació de una bellota de la encina del santuario, en el patio del Hospital de Jesús Nazareno de Villanueva de Córdoba.)

     No sabemos exactamente cuándo, pero sí que a mediados del siglo XIX Villanueva ya contaba con una casa propia en el santuario de la Virgen de Luna, a cuyo cargo estaba el Ayuntamiento. En la relaciones de bienes del Concejo en el Catastro de Ensenada (1752) el Concejo poseía tres casas, pero no se especifica que ninguna estuviera en el santuario.

     Siendo edificio en el santuario de propiedad municipal en el acta de la sesión celebrada el 10 diciembre 1865 por la corporación de Villanueva de Córdoba se exponía: “Por el señor alcalde se manifestó que según parte del Santero de la Hermita de Nra. Sra. de Luna la casa de dicho Santuario se hallaba en completa ruina, por haberse undido el tejado de ella, peligrando el resto del edificio si no se acude pronto a su reparación. Enterado el Ayuntamiento acordó que inmediatamente se proceda á la reparación de la casa del Santuario, y que en atención á la prontitud con que debe acudirse a la reparación, se proceda a ella por administración para evitar la dilación de una subasta que sería sumamente perjudicial a el edificio; y que mediante a no haber consignada cantidad alguna en el presupuesto vigente para atender a dicho reparo, se satisfaga del capital de imprevistos según las facultades que concede a esta corporación el artículo ciento dos de la Ley de Ayuntamientos, a cuyo efecto se autoriza al Primer Teniente de Alcalde Don Matías Moreno y Moreno para que vigile las obras, y se haga con la posible economía.


Acta del Ayuntamiento de Villanueva de Córdoba, 10-12-1865.

Las obras se consideraban de especial importancia, y de ahí que el Ayuntamiento tomara las medidas inmediatas por el modo más rápido que permitía la ley, sin tediosos trámites burocráticos. El edificio resultante debe ser el que se aprecia en algunas fotografías de la década de 1950, que fueron publicadas en la revista de la Hermandad.




La casa hospedería de Villanueva en el santuario de la Virgen de Luna, en una romería de la finales de la década de 1950.

     Al ser una secular propiedad municipal, al implantarse el Registro de la Propiedad la casa de Villanueva en el santuario de la Virgen de Luna fue inscrita en él. Por eso aparece en el inventario de bienes pertenecientes al municipio que dio Juan Ocaña Prados (Historia de la villa de Villanueva de Córdoba, 1911, págs. 366-367): Una casa hospedería del santuario de la Virgen de Luna, en el sitio denominado de La Jara, quinto de Navarredonda. Ocupa una superficie de 100 metros cuadrados y está comprendida dentro de los muros que guardan la ermita y otra casa hospedería que pertenece a Pozoblanco. Se halla inscrita en el Registro al folio 30 del tomo 272, libro 45, finca núm. 3.423, inscripción 1ª, y ha sido valorada en 500 pesetas.

     Pasado más de un siglo, la casa hospedería del santuario estaba amortizada y nuevamente en ruina, como escribía el alcalde Juan Blanco Mohedano en la Revista de Feria de Villanueva de Córdoba de 1971 (la primera que se celebraba en agosto): “Como todos sabéis, la casa-hospedería que el pueblo de Villanueva tiene en la ermita de la Virgen de Luna está en estado ruinoso y diría más, vergonzoso, por lo que quiero anticiparos que tenemos el proyecto de construir una nueva, que además de servir para la celebración de las fiestas en los días de la romería estará a la disposición de cuantos quieran servirse de ella para que tengan lugar bodas u otros actos de índole familiar o social.
Las obras se concluyeron pronto, pues en la Feria de Villanueva de Córdoba de 1972 daba cuenta el alcalde: “En el recuento de las obras municipales realizadas este año tenemos que anotar la terminación de las captaciones y electrificación del futuro abastecimiento de agua, la red de distribución que se está llevando a cabo, y la Casa Hospedería en la ermita de la Virgen de Luna”.
La nueva obra, a la entrada del recinto del santuario por el camino de Villanueva, quedó a la altura de las expectativas, pues al estar dotada de todos los elementos de nuestra arquitectura tradicional se integra plenamente en el paisaje de la ermita entre las dehesas, a la par que equilibra el conjunto arquitectónico.




     El interior, amplio, despejado y luminoso, permite, como decía el alcalde, la celebración de actos sociales, además de los convites anuales de la Hermandad tras las romerías. Destaca la calidad de su techo de bóveda de aristas, peculiar de las construcciones de los Pedroches, y cuenta con amplio pórtico que también permite realizar ceremonias al aire libre.

LA CASA DE LA HERMANDAD EN VILLANUEVA

     La Hermandad de la Virgen de Luna de Villanueva está rehabilitando para casa de la misma el antiguo local del Círculo Recreativo, en la calle Ramón y Cajal. El solar sobre el que se asienta es el más antiguo de tipo civil, que sepamos, en uso continuado en Villanueva, pues se remonta a antes de la independencia de Pedroche en 1553.

     El año anterior a la concesión del rango de villa, el 18-07-1552 el mayordomo del Concejo (encargado de la administración de los bienes del mismo), Anton Martin Serrano, dio cuenta de los gastos e ingresos del municipio, entre los que se encontraban seis reales y medio que pagó a Anton Lopez, carpintero, por ciertas obras “que hizo para la carneçeria desta villa”.


Pareçio por otro libramiento firmado del alcallde y escribano aver dado el dicho mayordomo a Anton Lopez, carpintero, quatro rreales de una esanpra que hizo para la carneçeria desta villa, y otros dos rreales y medio de una tablilla que puso al bajon de la dicha carneçeria”: Acta del Concejo de Villanueva de Córdoba, 18-07-1552.

     La carnicería se encontraba a la salida de la plaza, en la esquina del camino del Torno (nombre primigenio de la calle, hoy calle Ramón y Cajal) y a Obejo. La carnicería tenía la función de la del abastecimiento a la población de un bien básico, pues, como nos informa don Juan Ocaña Torrejón en su Callejero de Villanueva de Córdoba (pág. 92), hasta 1936 el mercado de abastos estuvo enclavado en la plaza.

     La carnicería tenía, además, una importante labor recaudatoria, para controlar la cantidad de consumo y pagar los impuestos pertinentes.

     Así, el 04-12-1592 Gonçalo Maduenno se obligaba de pagar a Juan Gonzalez de la Tejera, vecino de Córdoba, de 4.000 reales de plata castellanos “por la compra de la pierna de los borregos y cegajos dezmados y por dezmar perteneçientes a la dicha pierna del menudo de esta villa del presente año”. El diezmo era un impuesto que se pagaba sobre diversos productos. El más importante era el de cereal, pero también se pagaba por el vino, aceite o ganado, y en el Reino de Córdoba la carne se incluía en el denominado “menudo” del diezmo. La “tercia” del diezmo, dos novenas partes, correspondía a la hacienda real, siempre ávida de recursos. Usualmente se hacía un encabezamiento, un acuerdo de cuánto y cuándo había que pagar, y los municipios decidían si hacían un reparto entre los vecinos o se arrendaba el impuesto, en este caso el vecino de Villanueva pagaba una cantidad bastante importante por “la pierna del menudo” de borregos y cegajos, para controlar lo cual era importante que el Concejo contase con una carnicería.

     El lugar, a la entrada a la plaza por el camino del Torno y Obejo, mantuvo su ocupación a lo largo del tiempo, pues en la 23ª respuesta del Catastro de Ensenada (1752) decía el Concejo de Villanueva que “tiene por propios bienes de ella las casas de su ayuntamiento [el edificio de la Audiencia]; la escribanía de él; la cárcel pública en que está su pósito [el actual Ayuntamiento]; tres casas, que la una ha servido de cárcel; las carnicerías; corral de Concejo…”

     El tiempo fue haciendo mella en su estructura: en la sesión del ayuntamiento del 08-01-1865 el alcalde, don Francisco Herruzo Moreno, “dijo que el estado en que se encontraba el edificio matadero y carnicería de esta villa era casi ruinoso, y que careciendo de medios la municipalidad para su reparación, lo hacía presente al Ayuntamiento para que en su vista acordase lo más conveniente. Enterado el Ayuntamiento, y después de una larga discusión acordó: que se imponga un arbitrio a cada cabeza o res menor de cincuenta céntimos, y de cuatro reales a cada res mayor, con destinos estos productos a la reparación de aquel edificio”.
No debió de ser suficiente la medida, pues en la misma sesión en que se informaba de la caída del tejado de la casa del santuario de la Virgen de Luna, el 10-12-1865, el responsable del matadero, Justo Márquez, informaba que lo había cerrado por estar “amenazado su próximo undimiento” y evitar desgracias, entregando las llaves al Ayuntamiento. La corporación decidió que los alarifes de la corporación reconociesen el edificio y elaborasen un presupuesto.

     El 15-04-1866 la corporación municipal aprobaba el presupuesto para la construcción de la carnicería en la calle del Torno Baja “por la completa ruina del edificio existente”, que ascendía a 1.333 escudos con 70 milésimas.

     Nuevamente, el 07-10-1866, el concejal don Justo Márquez informó que “á virtud de la obra de la carnicería que se está practicando no había matadero, y se estaba en el caso de proceder a su construcción”. Otra vez por la corporación se “acordó que por el alarife del municipio José Pedrajas se forme el presupuesto de dicha obra”.

     Las obras comenzaron, pero parece que no con firmeza, pues el 10-02-1867 Francisco Luis de la Cámara y María de los Ángeles Bermudo “manifestaban los perjuicios ocasionados á sus casas por el hundimiento de la carnicería en construcción”. Se acordó que los peritos reconociesen la parte de la carnicería que había quedado en pie y derribar la considerada ruinosa, pero el 17 de dicho mes el arquitecto provincial disponía la demolición total de la carnicería por no ofrecer seguridad.

     Hubo intentos posteriores para rehabilitar la carnicería en la calle del Torno. En la sesión del ayuntamiento del 15-03-1868, se trató de “acordar los medios que se creyeran convenientes a ocupar la multitud de jornaleros que carecían de trabajo y poder sofocar así la crisis que amenazaba ya por el crecido precio que tienen los granos y también por la escasez de trabajos que a consecuencia de la sequía se experimentaba”. Se acuerda la transferencia de 2.729,209 escudos para reedificar la carnicería, pero como los jornaleros no podrían participar en dicha obra, se prefirió emplear ese dinero en los empiedros de caminos y calles, que generaban más mano de obra.

     El 21-11-1869 se decidía construir en el lugar una escuela, cosa que tampoco se llevó a efecto, pues el edificio de la Audiencia, sede tradicional del Ayuntamiento, quedó libre de tal función, instalándose dos escuelas en ella.

     El proyecto de reconstrucción del matadero de la calle del Torno quedó sin retomarse, convirtiéndose el lugar en un solar abandonado. Según informa don Juan Ocaña Torrejón en la última década del siglo XIX había desaparecido el casino Círculo de la Unión (frente al solar de la carnicería, en el edificio que ocupa hoy la Caja Rural, antes de Banesto), y al sentirse la necesidad de una asociación de este tipo, “vuelve la idea de vender por el municipio el solar de lo que había sido carnicería, adquiriéndolo y edificándolo con el propósito de que sirva a la futura asociación. Un grupo reducido de personas destacadas e influyentes acometen esta tarea con entusiasmo y sacada a subasta pública la adquieren con dicho fin esos señores de manera mancomunada, aunque figurase como rematante de la subasta don Juan Moreno Sánchez, según se desprende de escrituras de propiedad más modernas de las casas colindantes al señalar en éstas los linderos” (Juan Ocaña Torrejón, Villanueva de Córdoba en el siglo XIX. (Datos históricos), 1977, pág. 77).

     La obra, continuaba don Juan Ocaña, fue planeada y ejecutada por un maestro albañil de origen portugués, con apellido Barbosa, que ya había construido otros edificios en el pueblo sólidos y de gran firmeza. En la década de 1880 comenzó una gran actividad constructiva en Villanueva, y no solo se habrían nuevas calles con edificios de nueva planta, también se construyeron nuevos edificios en el casco antiguo, como es este caso.

     El lugar continuó con su fin de club social con el breve interludio de la guerra civil, en que según hemos oído decir sirvió de farmacia. Acabada la contienda continuó con su fin, hasta que la sociedad para el que estaba hecho, el Círculo Recreativo, dio por concluida su existencia.

     Estando el local cerrado y sin un uso previsible, las familias Herruzo Sotomayor, Reina Benítez y Torrico Torrico lo donaron generosamente a la Hermandad, que se ha hecho cargo de su remodelación.

     En definitiva un emblemático edificio, sobre un solar histórico, para una institución cuatro veces centenaria: la Hermandad de la Virgen de Luna de Villanueva de Córdoba.