En el dolmen de Las Agulillas

martes, 6 de agosto de 2013

Nombres propios (1691-1710) en Villanueva de Córdoba

       Hasta finales de la década de 1680 no se aprecia que hubiera ningún cambio en la imposición de nombres a los niños. Hasta ese momento la onomástica de Villanueva de Córdoba se caracterizaba por la exclusividad de nombres simples y por el predominio de ciertos nombres, mucho más acusado en los femeninos.
       Pero a partir de 1685 comienza una nueva tendencia, que va surgiendo poco a poco para afianzarse en la década de 1690: la imposición de nombres compuestos, con una riqueza y variedad propia de la época barroca.
       Se han recogido los nombres de 2.924 personas bautizadas entre 1691 y 1710 en Villanueva de Córdoba, 1.489 varones y 1.435 mujeres.
       En cuanto a los nombres masculinos:
* En estos dos decenios se emplearon 141 nombres, lo que supone una media de 10,56 personas por nombre.

* Los 47 nombres simples supusieron el 92 % del total de varones; los 92 nombres compuestos se emplearon en el 8% restante.

* Hubo 87 nombres que fueron llevados sólo por una persona.

Relación completa de nombres, y porcentaje, de los varones nacidos en Villanueva de Córdoba, 1691-1710.


 * Los nombres de varón más frecuentes siguen siendo Juan, Francisco, Pedro y Bartolomé; aunque disminuye algo su porcentaje, entre los cuatro abarcaban al 45,94% de los niños nacidos en ese periodo. El nombre de Alonso (y también ya algún Alfonso) asciende en detrimento de Martín.

Porcentaje de los nombres masculinos más frecuentes en 1591-1610, 1649-1668 y 1691-1710.


 Sobre los nombres femeninos:
* Se aplicaron 139 nombres, equivalentes a 10,32 mujeres por nombre (una cifra prácticamente similar a la de los varones).

* Los 39 nombre simples agruparon al 82% de las niñas nacidas en ese periodo, y los 100 compuestos al 18%. Esto significa que hubo una mayor incidencia de los nombres compuestos en las mujeres que en los hombres.

* Un total de 84 nombres de mujer sólo tuvieron una representante.

Relación completa de nombres, y porcentaje, de las mujeres en Villanueva de Córdoba, 1691-1710.



* Continúa la abrumadora mayoría de María, Catalina y Ana, aunque su proporción desciende al 52% frente al 64% de medio siglo antes. Aunque el predominio de María se afianza con los nombres compuestos, pues será el preferido entre los femeninos para formarlos: 52 nombres compuestos (el 37,4% del total del repertorio onomástico femenino) tomarán a María para formarlos.

Porcentaje de los nombres femeninos más frecuentes en 1591-1610, 1649-1668 y 1691-1710.
* Debe quedar bien claro que para la formación de los nombres compuestos no se empleó como norma la costumbre, frecuente hasta no hace tanto, de imponer el segundo nombre por el santo del día. Tras ir comprobando los nombres y fechas de nacimiento con el Santoral completo del Dr. Ángel Fábrega Grau (auténtico mano santo para este cometido, nunca mejor dicho) se comprueba que los nombres relacionados con el santoral no suponen más de un tercio, y no siempre fueron el segundo: por ejemplo, en 4 de diciembre (día de la patrona de los mineros) nacieron Bárbara Brígida o Bárbara María. Esta misma circunstancia, de imponer el nombre del santo del día como el primero también se observa en los formados con Eulogio, Lorenza, Cayetana o Melchor de la Cruz (nacido, evidentemente, un 6 de enero).

* Nombres compuestos como Ana María o María Josefa llegan a tener unos niveles relativamente elevados, estando en los puestos 10-11 de la relación. En los masculinos, el nombre compuesto más frecuente, José Francisco, ocupa el lugar 32.

* La principal vía de transmisión de nombres fue la de abuelo-nieto, pero también se comprueba que hubo entonces, como ahora, un efecto que puede denominarse de "mimetismo": es lo evidente tras verse casi seguidas en la serie de bautismos a dos personas con el mismo e infrecuente nombre, como María Agustina o María de San Lorenzo.

* Otro aspecto interesante a destacar es que tras afianzarse los nombres compuestos, en los femeninos comienzan a aparecer las primeras advocaciones marianas. La primera, y no es raro, fue en 1695, con una niña a la que impusieron de nombre María de Luna; continuaron con María Candelaria y Catalina María de las Nieves. Porcentualmente, son muy poco significativos aún, pero le están abriendo las puertas a las Lolas, Cármenes o Conchas del futuro.

* En la elección de los nombres no parece que se buscasen siempre "nombres bonitos", de sonoridad o evocaciones agradables, como puede ser Rosa María, también nacida la primera jarota con este nombre en 1695, sino que por la propia elección de los padres (acaso mediatizada por la atávica costumbre de nombre de abuelo al nieto) surgieron nombres compuestos que hoy resultarían imposibles (al menos no figuran en la base de datos onomásticos del Instituto Nacional de Estadística, o existen menos de veinte personas con dichos nombres en todo el territorio nacional, según los datos procedentes de la Estadística del Padrón Continuo a fecha 01-01-2012 en el censo de 2010), como Josefa Bernarda, Felipe Lucas, Martina Micaela o Pelagio Antonio. Aunque mis preferidos con Toribio José y Francisca Matea. Más que barrocos, son nombres churriguerescos.

* Con todos los nombres nuevos da la impresión de que se busca una identificación de la persona, frente a la monótona marea de María, Juan, Pedro y Catalina.

* Debemos preguntarnos el porqué de este cambio del repertorio de nombres, y también por qué precisamente en estas fechas. Normalmente, los cambios en la onomástica son consecuentes a transformaciones sociales o culturales. Todos conocemos un claro ejemplo de esto, cuando con la Transición, e incluso algo antes, se introducen muchos nombres de pila hasta entonces desconocidos, muchos de ellos procedentes de la cultura anglosajona. Planteo la hipótesis de que el cambio de nombres del periodo 1691-1710 fue una consecuencia de la grave crisis por la que atravesó la población de Villanueva de Córdoba entre 1679-1685.
       Durante la segunda mitad del siglo XVII la población de Villanueva se mantiene estacionaria: 817 vecinos en 1657 y 837 en 1694. Estamos en el periodo más frío de la Pequeña Edad del Hielo, conocido como Mínimo de Maunder (1645-1715), con inviernos muy rigurosos en el interior peninsular. No disponemos de la serie de defunciones, pero sí las de nacimientos, que muestran en 1679 y 1685 los mínimos de toda la segunda mitad del siglo XVII, inferiores aún al volumen de nacimientos de 1651, cuando Villanueva de Córdoba se vio afectada por la peste. En las actas del Ayuntamiento de Pozoblanco de estos años se muestra la preocupación de las autoridades locales en mantener un cordón sanitario para evitar el contagio de la peste, lo que consiguieron, pero no pudieron evitar verse afectados por "nuevas enfermedades" y una terrible crisis de subsistencias.
       El notario de Bujalance D. Juan Díaz del Moral cita la serie de calamidades que afectaron a la población cordobesa en esta época: “[Hubo] en 1679, epidemia de palúdicas; en 1682, peste; en 1683 se pierden las cosechas por sequía; en 1684, exceso de lluvias, peste de tabardillos; en 1685, pérdida de cosechas por sequía; en 1687, 1689 y 1690, sequía” (Díaz del Moral, 1929, 64). Los mínimos de nacimientos en Villanueva coinciden con la epidemia de paludismo (1679) y la de tifus (1684-1685), unida esta última a una carestía de alimentos, algo que resultaba frecuente en esta época: los ingleses llamaban al tifus la "fiebre del hambre". (Por cierto, que aunque en el siglo XVII se llamase con el nombre de "tabardillo" indistintamente al tifus exantemático y a las fiebres tifoideas -las típicas salmonellas estivales-, tanto la etiología como el vector de transmisión -piojo en el primer caso; humanos y agua o alimentos contaminados en el segundo- de cada una son completamente distintos.
       El periodo de 1679-1685 fue especialmente crítico, y aunque la población reaccionó con un tremendo vigor (los 87 nacimientos de 1685 se convirtieron en 196 en 1690) esta etapa dejó su recuerdo en quienes la padecieron y, quizá como ocurrió mucho después durante la Transición, comenzaron a imponer nuevos nombres a los recién nacidos con la esperanza de que tuvieran un futuro mejor. Es sólo una hipótesis, pero lo significativo es que el cambio de la onomástica se produjo, precisamente, después del periodo de crisis, y no antes o durante ella.

lunes, 29 de julio de 2013

"Madre Amorosa" (música jarota I)

       Según el Diccionario de la RAE, la música es el "arte de combinar los sonidos de la voz humana o de los instrumentos, o de unos y otros a la vez, de suerte que produzcan deleite, conmoviendo la sensibilidad, ya sea alegre, ya tristemente". O sea, sería como la organización intelectual de las ondas sonoras para producir una emoción.
       Isidoro de Sevilla, en el tercer libro de sus Etimologías, ofrecía una definición y la etimología de ella: es "el arte de modular los sonidos y los cantos, y se llama música porque proviene de las musas, Ars musica". También en el capítulo XVIII del mismo libro, proseguía reflexionando sobre su significado, comenzando con la tesis pitagórica: "Sin la música no hay disciplina perfecta; nada hay sin aquélla. Porque hasta el mismo mundo, se dice, ha sido formado con cierta armonías de sonidos, y el mismo cielo tiene sus evoluciones bajo la modulación de la armonía. La música mueve los afectos, provoca de diversas maneras el hábito del sentimiento. En las guerras enardece también a los luchadores el sonido de las tubas, y cuanto más vehemente sea el sonido del clarín, más se fortalece el ánimo para la lucha. También a los remeros incita el canto. Y para sobrellevar los trabajos, la música dulcifica el alma y el canto alivia la fatiga de todos los quehaceres. Templa la música los ánimos excitados, como se lee en David, que con el arte musical arrancó a Saúl el espíritu inmundo. La música aplaca al oído de su modulación, a las bestias, serpientes, aves y delfines. Y hasta todo lo que hablamos y nuestra conmoción interior reflejada en el pulso, bien se ve que se asocia por el ritmo de la música a la virtud de la armonía". Hala, ahí queda eso, para que digan que los pobrecicos visigodos eran todos unos bárbaros insensibles.
       Más escueto, pero más espiritual, fue Agustín de Hipona cuando afirmó que quien reza cantando reza dos veces. Un capuchino de Granada, Fray Eloy Rivas, nos envió una carta a la coral San Miguel Arcángel en 1999, en la que nos decía: "La música no sólo une los corazones, sino que, creo, es la escala que dejaron los ángeles en la tierra para que los hombres lleguen a Dios". Preciosa metáfora que redunda en la misma idea, la capacidad de la música para provocar sensaciones y sentimientos.
       En Villanueva de Córdoba se ha mantenido viva una gran tradición musical, y podemos decir con orgullo que la banda de música de la localidad puede acompañar a una procesión interpretando sólo composiciones de autores locales. No creo que existan muchos municipios en Andalucía de la misma entidad de población (algo menos de diez mil habitantes) donde también puedan afirmar lo mismo.
       Por ejemplo, Luis Ochoa Amor compuso en 1911 una "Plegaria a la Virgen de los Dolores" titulada Madre Amorosa. Tiene el carácter que le corresponde a una Dolorosa, y ha sido la "banda sonora" de la Semana Santa jarota durante un siglo. No desentonaría en absoluto en La Madrugá sevillana. Para escucharla sólo hay que pinchar en el enlace de abajo.
http://www.goear.com/listen/89b6d60/madre-amorosa-luis-ochoa-amor





     

domingo, 28 de julio de 2013

"Valle" de los Pedroches, una invención de los ingenieros de minas

       La comarca más septentrional de Córdoba es conocida como “Valle de los Pedroches”, nombre equívoco para los geógrafos. Como explica un catedrático de Geografía, Bartolomé Valle Buenestado, los dos anticlinales que cierran la comarca al norte y sur provocan “una paradoja visual, pues si bien es cierto que de visu da la sensación de que la zona central de la comarca está deprimida con relación a estos conjuntos, la altimetría y los perfiles topográficos demuestran lo contrario, con lo que el mencionado topónimo, que data de mediados del siglo XIX, tiene más de alegoría romántica que de morfológica” (Valle, 1985, 24).
       Esta apelación de “Valle de los Pedroches” está muy extendida, aunque su uso no está generalizado por toda la comarca, empleándose más en unos lugares que en otros. En Villanueva de Córdoba apenas si se utiliza en las conversaciones de la gente, ni existe casi alguna empresa que lo emplee, quizá porque intuitivamente resulta “raro” y sin sentido: cuando se llega a la Cuesta de la Pizarra por la carretera de Obejo la blanca silueta de Villanueva se sitúa sobre la línea del horizonte, porque muy poco al norte de ella discurre la divisoria de aguas entre las cuencas del Guadiana y del Guadalquivir. Es el resultado del domo, del abombamiento, del centro del batolito, que tan visible se ve desde la “raya de la Pizarra” o desde la ermita de la Virgen de Luna; y esa elevación central en una enorme planicie ondulada no tiene nada que ver con lo que se entiende por “valle” desde la Geografía.
       Durante los siglos XVI al XVIII no se emplea ningún nombre de origen geográfico para designar a la comarca. Los diecisiete municipios que hoy la integran estaban separados en tres subcomarcas perfectamente definidas bien por pertenecer a un señorío (condados de Santa Eufemia y Belalcázar), bien por ser de realengo (las Siete Villas de los Pedroches, con un interludio entre los siglos XVII y XVIII en que fueron de señorío). Conquista se formó a partir del territorio de Pedroche en el siglo XVI, y en 1930 Cardeña se independizaba como municipio, formándose su término con unas tierras que habían pertenecido a Montoro desde la Baja Edad Media. Pero, insisto, no había en esos siglos, XVI-XVIII, ninguna denominación de orden geográfico para designar al territorio.
       La denominación de “valle” es una invención relativamente reciente, del siglo XIX, extendiéndose su metástasis rápidamente, como demuestra la cita de D. Juan Ocaña Torrejón en 1911 (pág. 47): “Dícese por algunos historiados antiguos que los pobladores de nuestra península mostraron predilección por el Valle de los Pedroches, y que los fenicios, cuando lo ocuparon, llamáronle por sobrenombre Valle de las Maravillas; los cartagineses, Valle de las Conquistas; los romanos, Valle de los Metales, y los árabes, Valle de la Ilusión”. Ignoro quiénes fueron tales historiadores, y la verdad es que la descripción les quedó muy mona, preciosa líricamente, pero históricamente tiene el mismo valor que las aventuras de Caperucita.
       No han llegado hasta nosotros fuentes escritas púnicas que hablen de su presencia en la Península ni de sus guerras con Roma, así que malamente podemos saber el nombre que fenicios ni púnicos dieron a la comarca, si lo hicieron.
       Durante el periodo romano los diecisiete municipios actuales estuvieron englobados en el conventus cordubensis, aunque la denominación geográfica general, y un tanto indeterminada, para designar el territorio entre el Guadiana y el Guadalquivir fue Beturia, dividida en dos secciones según sus habitantes: célticos al oeste y túrdulos al este. Los Pedroches de hoy estarían en la Beturia de los túrdulos. No conozco entre los historiadores y geógrafos de la Antigüedad ninguna referencia a que el NE de Córdoba fuera conocido como “Valle”, ni creo que nadie la pueda aportar, porque las fuentes literarias antiguas que nos han llegado guardan silencio sobre los Pedroches. Las dos ciudades romanas de las que tenemos constancia que existieron (Solia y Baedro) han sido conocidas por las inscripciones que dejaron labradas en piedra. Así que el Valle de los Metales romano es otra bonita invención.
       También lo que es los musulmanes designaran a estas tierras como Valle de la Ilusión o, para colmo de la vesania, Valle de las Bellotas, como dicen algunos ignaros actuales, cucúrbitos vocacionales. Hay unanimidad entre quienes estudian el periodo de al-Andalus en decir que los Pedroches (o al menos su parte granítica) formaron parte de una kura, provincia, llamada Fash al-Ballut. Y todos, desde Gil Pérez, el cura que en el siglo XIV tradujo al cristiano la Crónica del Moro Rasi, hasta el arabista contemporáneo D. Antonio Arjona Castro, traducen Fash al-Ballut como "Llano de las Bellotas" o "Campo de las Encinas". La descripción que hacen los geógrafos árabes se ajusta a la realidad: “Desde el punto de vista geográfico se ha definido a Fash al-Ballut como una extensa y fértil región, donde había un llano rodeado de montañas… A nivel global se considera un lugar habitado por beréberes y con minas de mercurio, una extensa y fértil región donde “non ha otros árboles sino azijeros, e por eso le llaman el llano de las Bellotas; e son tan dulces e tan sabrosas que las non ha tanto en España’ ” (Del Pino y Carpio, 1998). En ausencia de grandes ciudades o núcleos urbanos de interés se la denominó, no por el nombre de algún núcleo de población importante, sino atendiendo a sus particularidades paisajísticas de región llana y fértil, en la que la encina, su principal protagonista, le dabe el nombre y la identidad.
       ¿De dónde procede el apelativo de “Valle de los Pedroches”? Pues ni en las descripciones que hacen los párrocos de cada municipio de la comarca a finales del siglo XVIII y que hacen llegar al geógrafo Tomás López; ni en la Corografía o descripción histórico-geográfica que redactó Luis María Ramírez de las Casas-Deza en 1840, aparece la palabra "Valle" (y Casas-Deza, médico de profesión, vivió algunos años en los Pedroches y Fuencaliente (Ciudad Real), por lo que sabía perfectamente cómo se denominaba al lugar.) El primer artículo sobre la serie referente a la minería en Villanueva de Córdoba que escribió el ingeniero de minas D. Antonio Carbonel Trillo-Figueroa en El Defensor de Córdoba, en enero de 1928, comenzaba así: “En 1861 decía el ingeniero Sr. Arrúe que la comarca minera al NE de Córdoba comprende el Valle de los Pedroches y parte del término de Montoro, que es si continuación, es sumamente rica en minerales”.
       Ésta es la referencia más antigua que conozco al apelativo “Valle de los Pedroches”, y parece ser coherente con su posible carácter exógeno a las gentes de la comarca, pues el propio D. Antonio Carbonell lo emplea frecuentemente en su abundante bibliografía. Es muy probable que fueran los ingenieros de minas quienes crearan y propagaran el erróneo término de “valle” para designar a los Pedroches. “Los Pedroches”, simplemente, les debió parecer muy vulgar, había que darle rimbombancia anteponiéndole el “Valle”. Y lo que hicieron fue caer en un vulgarismo (según el DRAE, “dicho o hecho vulgar que carece de novedad e importancia, o de verdad y fundamento”).
       El pueblo llano, que comenzó a emplear este nombre porque así lo hacían personas ilustradas y de formación como los ingenieros de minas o historiadores antiguos, es inocente de su uso, pues la comarca no es un valle ni por equivocación. ¿Y qué más da que se llame de una manera u otra? Pues la verdad es que sí da, porque entiendo que esa designación ni nos define, ni nos distingue; ni nos interesa a los habitantes de la comarca de los Pedroches que nos identifiquen o confundan con un valle suizo. Aquí no hacemos relojes de cucú, sino jamones ibéricos de bellota de los mejores, que para eso estamos en plena Fash al-Ballut..
      

sábado, 27 de julio de 2013

El origen de la advocación de la Virgen de Luna

       Cuál es el motivo por el que la Virgen de Luna recibió tal nombre es una cuestión que ha suscitado diversas opiniones.
       Antonio Merino Madrid considera que la construcción de su santuario a mediados del siglo XV estuvo condicionada por el conflicto entre los vecinos de los Pedroches y el hambrón señor de Santa Eufemia, que intentó usurpar todas las tierras de realengo que pudo. Parece que es una hipótesis que está bien traída, pero no trata sobre lo que estamos indagando, el motivo de la advocación, de ese nombre tan peculiar.
       Con tal nominación, Luna, son muchos los que se han ido de cabeza a relacionarla con el Apocalipsis 12,1 (“En esto apareció un gran prodigio en el cielo, una mujer vestida del sol, y la luna debajo de sus pies, y en la cabeza una corona de doce estrellas”). Sin embargo, los especialistas en arte le atribuyen a esta forma de representar a la Inmaculada Concepción de María un origen no demasiado antiguo, de finales del siglo XV. Desde Flandes y el norte de Francia, donde surgió esta forma de representar a la Inmaculada, se habría expandido por el resto de Europa. Durante la Edad Media ni un marianista convencido como Bernardo de Claraval, ni un maestro teólogo como Tomás de Aquino tomaron en consideración que María hubiese sido concebida de forma distinta al resto de los humanos. Serían los franciscanos, y luego los jesuitas, quienes promovieron que  tuvo que ser Inmaculada desde antes de su nacimiento para poder ser la Madre de Dios. Así que hasta este momento, siglo XV, no hubo representaciones iconográficas de María Inmaculada, porque tal concepto no existía. Ninguna representación de la Virgen de la Iglesia bizantina o ninguna Maestà medieval italiana tuvo nunca ninguna luna a sus pies.
       Escribe un especialista en iconografía cristiana, Louis Réau: “Los... atributos de la Inmaculada Concepción están tomados del Apocalipsis 12,1... La luna, que nunca se representa llena como en la Crucifixión, sino recortada en forma de creciente, evocaba la castidad de Diana. Después de la victoria de Lepanto, la cristiandad gustó interpretar el creciente de la luna bajo los pies de la Virgen Inmaculada como un símbolo de la victoria de la Cruz sobre la Media Luna turca". Con el barroco español esta forma de representar la Concepción Inmaculada se elevó a las altas cimas del arte (Alonso Cano, Murillo, Zurbarán...), y también a su popularización.
       Pero como sabemos que el santuario de la Virgen de Luna es anterior a que los primeros flamencos representaran a la Inmaculada con la luna a sus pies, se ha descartar esta hipótesis.


       Fue Juan Ocaña Torrejón (1963, 6) el que presentó una hipótesis sumamente atractiva, que, aunque carezca de una prueba literaria, epigráfica o arqueológica, no resulta en absoluto descabellada: el origen de la advocación de "María de Luna" estaría en los cultos de los pueblos del norte de Córdoba anteriores a la romanización y posterior cristianización. Exponía como argumento varias advocaciones astrales de la comarca y zonas adyacentes, a las que he he añadido tres más: además de la Virgen de Luna en los Pedroches, están la Virgen del Sol en Adamuz y Montoro (Córdoba); la Virgen de la Estrella en Espiel (Córdoba); Almadén, Agudo y La Viñuela (Ciudad Real); y Santos de Maimona (Badajoz). Ocho advocaciones marianas relacionadas con los astros (que no son las más frecuentes, precisamente) en un espacio no demasiado amplio parece que sobrepasan ampliamente la barrera de la casualidad, y que entre ellas existe una relación causal. Y esa relación puede existir, porque la zona donde se encuentran las vírgenes de Luna, Sol o Estrella, es la región que fue llamada por Plinio como "Beturia de los túrdulos", y es conocida la "importancia de las especulaciones astrales entre los pueblos de la Hispania indoeuropea" (Marco Simón, 2008, 294) [adelanto, aunque ya se desarrollará en el blog, D. m., que se puede encuadrar a los Pedroches en este ámbito, pues lo ibérico, aquí, deslumbra por su absoluta ausencia].
       Dentro de la misma perspectiva, de sincretismo entre el cristianismo y religiones anteriores, puede contemplarse la tradición según la cual la encina donde se apareció la Virgen ofrece bellotas con su silueta. Sería reveladora de antiguos cultos dendrolátricos, de adoración a elementos naturales como los árboles. (Recordemos que la tradición del árbol de Navidad se la inventó San Bonifacio cristianando a los germanos, aprovechando para expandir su nueva fe elementos religiosos de los nativos paganos, en este caso un árbol perenne que simbolizaba al árbol del Universo.) La Virgen de la Encina de Ponferrada (León) y la de Baños de la Encina (Jaén) también tienen la misma característica, las bellotas de la encina donde se encontró a la Virgen conservan su figura en la cáscara.
       El nemeton, la claridad sagrada en el bosque, fue el espacio sagrado por excelencia entre los pueblos de la Hispania indoeuropea (es decir, entre los pueblos de Hispania que hablaban lenguas indoeuropeas). "El propio árbol constituye uno de los elementos que pueden simbolizar el axis mundi, sus raíces se hundiéndose en la tierra y sus ramas tocando el cielo" (Marco Simón, 1994, 357). El propio nombre de los sacerdotes galos, druidas, proviene del radical protoindoeuropeo *deru-, *dru-, "roble, encina". "Diversos rituales relacionados con el bosque y los árboles han persistido hasta tiempos muy recientes en algunas zonas del ámbito peninsular que nos ocupa [los pueblos hispanos de habla indoeuropea]... En Manjarrés (Rioja) se siguieron celebrando cultos mágicos en un prado situado al sureste del pueblo rodeado por enormes robles -auténtico nemeton, en consecuencia-, lo que acarreó la condena sistemática de los párrocos del lugar. Y en localidades de la zona de Nájera ha existido la costumbre de colocar imágenes de la Virgen en oquedades de los troncos arbóreos, en lo que parece la cristianización de cultos mucho más antiguos, y la tradición dice que fueron los ángeles los que pusieron la imagen de la Virgen de Valvanera en un roble" (Marco Simón, 1994, 358).
       Hay más indicios en los Pedroches de cultos fisiolátricos prerromanos, como la Virgen de Piedras Santas de Pedroche, o la Virgen de la Peña de Añora; posibles lugares de culto en espacios naturales que fueron asimilados para la religión cristiana. Pues aunque a partir del siglo IV hubo facciones de integristas cristianos que intentaron acabar con el paganismo por la fuerza (como se cuenta en la película Ágora de Alejandro Amenábar, narrando la muerte de Hipatia), los espíritus más inteligentes optaron por otra vía, menos violenta y más eficaz.
       Como afirma Louis Réau, "desde siempre hubo lugares sagrados que parecen llamar a la oración y que el pueblo había continuado frecuentando pese a cualquier excomunión. La Iglesia se adelantó marcándolos con el signo de la cruz. Numerosas iglesias cristianas fueron simplemente "instaladas" en los templos paganos... La Iglesia intentó conservar no sólo los lugares de culto, sino también las denominaciones. Así, según la tradición, San Florentino de Borgoña habría ocupado el lugar de un templo de Flora". Es interesante para nuestro objetivo esta observación de que se quiso mantener no sólo el lugar, sino también el nombre.
       El Papa San Gregorio Magno se lo explicó bien a los monjes misioneros que se fueron a cristianar a los paganos de Inglaterra a finales del siglo VI: "Es a saber, que los templos de los ídolos de ese país no deben ser destruidos, sino solamente los ídolos que están en ellos; prepárese agua bendita y rocíense con ella esos templos, constrúyanse altares, colóquense reliquias... pues la gente no debe ver sus templos arruinados, para que más de corazón abandone su error y esté mejor dispuesta a acudir a los lugares que acostumbraba a conocer y a adorar al verdadero Dios... Pues es sin duda imposible arrancar de una vez todos los abusos de unas mentes endurecidas, así también el que ve que tiene que subir a un sitio muy alto, lo hace por grado o por pasos, y no a saltos". (Con reflexiones así es comprensible que a este monje convertido en Papa le pusieran por sobrenombre "Magno".)
       Por todo lo expuesto, no es sólo posible, sino hasta probable, que la Virgen de Luna recibiera tal denominación como consecuencia del sincretismo, de la fusión interactiva, de cristianismo y cultos fisiolátricos de los pueblos prerromanos de la comarca que, por sus características generales, se relacionan con los de los otros pueblos de esa parte peninsular conocida como Hispania indoeuropea (en la acepción explicada arriba).

Guerrilla histórica

     He tenido muy abandonado el blog, mas no por desidia, sino por prioridades, al ultimar una cosa que ha requerido toda mi atención. Concluida la obligación, proseguimos con la devoción por la historia mostrada en este blog.
     Un amigo me ha llamado guerrillero histórico. Tras la sonrisa al leer aquello me di cuenta de que es cierto, y no sólo metafóricamente. La explicación se encuentra en este texto de un gran arqueólogo y maestro de arqueólogos, Desiderio Vaquerizo Gil (La cultura ibérica en Córdoba, pág. 56):
     "En la actualidad... nuestro conocimiento del poblamiento pre-, protohistórico y romano en las tierras septentrionales cordobesas resulta todavía de todo punto insuficiente, hecho que tiene como causa más inmediata la considerable falta de interés por parte de los investigadores, centrados de manera tradicional en áreas más gratificantes desde la óptica de las comunicaciones, el relieve y la secuencia cultural. No se trata, pues, de ausencia estricta de yacimientos -que de todas formas son muy inferiores, cuantitativa y cualitativamente, a los de la Campiña y Subbética-, sino de un cierto abandono por parte de la comunidad investigadora ante unas comarcas agrestes, mal comunicadas y en las que la ausencia de labores agrícolas dificultan enormemente su localización."
     [Debo discrepar con don Desiderio en cuanto al valor de los yacimientos de los Pedroches. No tenemos aquí el Neolítico de la Cueva de los Murciélagos de Zuheros, por ejemplo, pero en la Campiña y Subbética no hay las docenas de sepulcros megalíticos calcolíticos que orlan todo el batolito de los Pedroches. P. Bueno sólo ha documentado cinco menhires decorados en Andalucía, uno de ellos a cuatro kilómetros escasos de Villanueva de Córdoba.
(Menhir de Los Frailes, Villanueva de Córdoba.)

     Un santuario ibérico como el de Torreparedones (Baena-Castro del Río) sin duda que es interesante, pero mucho más extraño, y significativo, es un altar de sacrificios prerromano como el que hay en el norte de Córdoba en la Loma de la Higuera-Las Pilillas, similar a los de Panoias o Ulaca.
     Las trescientas sepulturas tardoantiguas descubiertas por Riesgo en los años veinte y treinta del pasado siglo ofrecen centenares de objetos de los depósitos rituales, y si los de barro son tan abundantes como los de la necrópolis de El Ruedo (Almedinilla, Córdoba), son mucho más variados en las formas (ollas, platos, jarros... frente a la uniformidad de jarros de El Ruedo). También las tres docenas de platos de vidrio procedentes de esas sepulturas no tienen parangón con ningún otro lugar de la provincia.
     El número de placas de cinturón articuladas de perfil liriforme, del siglo VII, conservadas en los museos de Torrecampo y Villanueva de Córdoba, no es menor que el de ese tipo de piezas depositadas en el Museo Arqueológico Nacional. No es pobreza, es desconocimiento por parte de los historiadores.]
     Tras haber aprendido el oficio de historiador en la Universidad Nacional de Educación a Distancia nos liamos la manta a la cabeza y nos tiramos al monte, como un neo ibn-Hafsún. Sí, este blog es una guerrilla contra ese abandono y desinterés por parte de la comunidad científica, no se combate a ninguna persona. Si los investigadores no asoman las orejas por los Pedroches creyendo que no van a encontrar nada, o porque les resulta más cómodo andar por la Campiña, pues ellos que se lo pierden; en el pecado llevan la penitencia.
     También está en el objetivo guerrillero poner en su justa medida aquellas informaciones o interpretaciones erróneas sobre la historia de los Pedroches, y que se repiten una y otra vez por medio de las citas. O las interpretaciones ripiosas e imaginativas que están reñidas con el más mínimo sentido común: los peores, en este sentido, son los aborígenes metidos a indagadores del pasado.
     La principal arma es la misma que emplearon todos los guerrilleros a lo largo de la historia, el conocimiento del medio. Y como única herramienta de combate, la razón.
     Adopto también como principio una frase del Heródoto jarote, D. Juan Ocaña Prados, verdadero precursor de la filosofía de los Annales: "Grande es la historia de los palacios, mas si se escribiese la de las cabañas quizá hallaríamos en ella más enseñanzas y tanto o mayor interés que en aquélla, por ser los hechos más naturales y verdaderos".

miércoles, 5 de junio de 2013

Los vecinos de Azuel construyeron su iglesia en 1881.

       Cardeña, Azuel y Venta del Charco fueron en su origen ventas en el camino que desde Montoro se dirigía hacia la Mancha por Fuencaliente. Estas ventas se convirtieron en los catalizadores que aglutinaron a las familias naturales de Villanueva de Córdoba que desde finales del siglo XVIII colonizaron lo que entonces era la parte más septentrional del término de Montoro.
       Azuel contaba en 1839 con 47 vecinos (entre 165 y 190 personas), y con 435 habitantes en 1882. Aunque estuviese enclavada en lo que ese tiempo era término municipal de Montoro, sus habitantes procedían de Villanueva de Córdoba, y eran los sacerdotes de esta localidad los encargados de su tutela espiritual. (Lo mismo ocurría para Cardeña y Venta del Charco.) Ello ocasionaba molestias tanto a los vecinos como a los sacerdotes, que debían desplazarse desde Azuel hasta la villa matriz para la administración de los sacramentos. Me contó mi amigo José Antonio Merchán que el antiguo camino entre Azuel y Villanueva fue conocido como “Camino de los Muertos”, pues por él se llevaban al cementerio de Villanueva los cadáveres de las personas fallecidas en Azuel.
       En la obra Cardeña en busca de su historia se narra cómo los vecinos de Cardeña consiguieron del general Serrano y del obispado de Córdoba que se les construyera una iglesia, bendecida el 1 de julio de 1881. Los autores del libro dejaban abierta la posibilidad de que hubieran sido los habitantes de Azuel quienes construyeran su iglesia, pues ni el Gobierno ni el obispado parecían estar por la labor de sufragar dos iglesias en localidades tan cercanas.
       Y así fue, los habitantes de Azuel levantaron su iglesia a sus expensas. No les hizo falta nadie. Consideraban que les era necesaria y la hicieron, siendo consagrada el 30 de diciembre de 1881. A partir de este momento, y hasta que en 1890 se creara la Parroquia de Nuestra Señora del Carmen, que aglutinaba a las localidades de Azuel, Cardeña, Venta del Charco y Venta del Cerezo, los sacerdotes de la iglesia de San Miguel de Villanueva se desplazaban periódicamente a Cardeña y Azuel para administrar los sacramentos y celebrar los oficios religiosos.
       El acta de consagración de la iglesia de Azuel, realizada por el sacerdote Blas Sanz Caballero, dice así:

“En la Aldea de Azuel, a treinta de diciembre de mil ochocientos ochenta y uno, yo, el infrascrito Presbítero, Rector y Cura ecónomo de la Iglesia Parroquial de Villanueva de Córdoba, competentemente autorizado por el Excmo. y Rvmo. Sr. Obispo de Córdoba, D. Fray Zeferino González, bendije y habilité, para celebrar en ella el santo sacrificio de la misa y demás funciones del culto religioso, una capilla construida en dicha Aldea por los vecinos de ella, protegidos y ayudados por el referido Excmo. y Rvmo. Sr. Obispo de Córdoba. Y para que conste, extiendo esta acta que firmo juntamente con algunos de los vecinos de la referida aldea, que saben hacerlo y asistieron a la ceremonia, en el día arriba expresado, treinta de diciembre de mil ochocientos ochenta y dos = uno.
[Firma] Blas Sanz.
= dos tachado, no vale =uno entre renglones, vale =
[Firmas de vecinos de Azuel]

Acta de Consagración de la capilla de Azuel, 30 diciembre 1881.

Edito para hacer un pequeño comentario sobre las primeras advocaciones de las iglesias de Azuel y Cardeña, cuando fueron coadjunturías de la de San Miguel de Villanueva. La de Cardeña se dedicó a San Ceferino, y la de Azuel a Santo Domingo de Guzmán. Ambas están relacionadas con el Obispo de Córdoba, Fray Ceferino González, miembro de la Orden de Predicadores (dominicos), fundada por Santo Domingo de Guzmán. Al emanciparse como parroquias propias, tomaron las advocaciones actuales de Nª Sª del Carmen en Cardeña y San José en Azuel.
El primer coadjutor de las iglesias de Cardeña y Azuel fue D. Juan Buenestado Gómez.


jueves, 23 de mayo de 2013

El (lioso) camino de Idrisi de Córdoba a Toledo a mediados del siglo XII.


     Cuando se busca información sobre los caminos de Córdoba a la Meseta en la Edad Media, raro es no toparte con Idrisi debido a la popularización de su obra, Nuzhat al-Mustaz fi ihtiraq al-afaq (“El placer de quien está poseído por el deseo de ampliar los horizontes”, conocido generalmente por el nombre de Kitab ar-Ruyari, “Libro de Roger”), a partir de su traducción por Antonio Blázquez en 1901 (Descripción de España por Abü Abd Alläh Muhammad al-Edrisi).
     Su texto ha dado lugar a numerosas interpretaciones, no sólo discrepantes, sino incompatibles. El problema, en mi opinión, es de orden metodológico: se le ha concedido una gran credibilidad, haciéndolo el pivote sobre el que acoplar los demás datos de los que se disponen sobre la materia. Pero como la obra del geógrafo árabe no es la verdad revelada, nos proponemos hacer el ejercicio inverso, es decir, establecer una serie de premisas a partir de toda la información disponible sobre los caminos entre Toledo y Córdoba en la Edad Media y ver cómo encaja ahí lo que dice Idrisi.
     Como es sabido, al-Idrisi (1100-1165) escribió para los reyes de Sicilia, Roger II (1121-1154) y su hijo Guillermo (1154-1166) de acuerdo a observaciones directas y no por obras ya escritas. Nacido en Ceuta de familia andalusí, antes de recalar en Sicilia Idrisi viajó y conoció de primera mano al-Andalus, como se demuestra en su detallada descripción de Córdoba; de ahí la importancia que se la dado, y que se merece. Otra cosa es que, como decían las abuelas de mi pueblo, Idrisi diga el Evangelio a voces (en su caso, el Corán, claro).
     La ruta que da para ir desde Córdoba a Toledo cuando él escribió, hacia el año 1150, es la siguiente (en la traducción de A. Blázquez):
“El que partiendo de Córdoba quiera ir a Toledo, ascenderá el monte de Arles, 11 millas.
Desde allí a Dar al Bacar (Castillo del Bacar), 6 millas.
De allí a Pedroche, 40 millas.
Pedroche es una plaza fuerte, bien construida, bien poblada y provista de altas fortificaciones. Sus habitantes son bravos y siempre dispuestos a combatir. Las montañas y llanuras inmediatas producen una especie de encina, que lleva un fruto que excede en calidad a todos los demás; también los habitantes de este lugar cuidan y cultivan este árbol, porque sus frutos les son muy útiles en los años de escasez.
De Pedroche a Gafic, 7 millas.            
Este último fuerte es un lugar de refugio; sus habitantes son bravos, atrevidos, emprendedores. A menudo, cuando los cristianos han hecho una excursión al país de los musulmanes, éstos encomiendan a los habitantes del fuerte el cuidado de alejarlos del país y quitarles el botín, del cual se han apoderado; también los cristianos, conociendo el valor y bravura de los habitantes de Ghafic, se mantienen cuanto pueden a distancia de este fuerte y evitan aproximarse a él.
Desde allí a Gebel Azur, una jornada…”.

     Lo primero es ubicar los topónimos. A. Blázquez traduce directamente “Pedroche” por el nombre árabe que da Idrisi, “Bitraws”. Hay una práctica unanimidad, cosa rara en Historia, en arabistas y medievalistas en hacer esta equiparación. En cuanto a Gafiq, D. Félix Hernández Giménez demostró en 1944, en un trabajo impecable, la equivalencia de “Gafiq, Gahet, Gahet = Belalcázar”.
     El problema está en que para ir desde Pedroche a Toledo hay que dirigirse al nordeste, y Belalcázar se encuentra a 45 km al oeste de Pedroche, en la dirección opuesta al trazado ideal. Como eso es absurdo, el padre Fidel Fita, en su artículo sobre el trifinio de Villanueva de 1912 (y siguiéndolo, muchos más), situaba a Gafiq en el castillo de Almogábar, que sí está desde Pedroche a las 7 millas (más o menos) que dice Idrisi, y en la dirección correcta, al saliente. Pero ello significaría hacer de Idrisi la piedra angular, y contradecir el magnífico trabajo de D. Félix Hernández, en el que se demuestra fehacientemente que la ciudad musulmana de Gafiq corresponde con la actual Belalcázar. Un arabista cordobés actual de prestigio, D. Antonio Arjona Castro, lo afirma con rotundidad: “No voy a entrar ahora en demostrar que la árabe Gafiq es la actual Belalcázar, pues esto ya lo hizo el gran investigador don Félix Hernández Giménez en 1944”. Lo que hizo don Félix en su estudio sí es de esos pocos de los que decía Tucídides que es un bien que dura para siempre (las abuelas antes citadas hubieran dicho que eso queda hasta que San Juan baje el deo).
     Por la información que da Idrisi de la bravura de los guerreros de Gafiq, de tal modo que los cristianos se mantenían a distancia de ella, se deduce que no debería situarse muy cercana a Pedroche, pues estando a siete millas para evitar Gafiq también deberían haber evitado Pedroche. Además, el castillo de Almogábar, candidato para ubicar la Gafiq de Idrisi, no tiene ni la entidad, ni la categoría ni la capacidad logística necesaria para hacer de él ese feroz bastión que dice el geógrafo ceutí. Esas cualidades sí las tenía Gafiq-Belalcázar, alejada de los caminos más empleados por las algaradas cristianas por el centro y este del norte de Córdoba, y capaz de recibir los suministros y contendientes necesarios.
     Así pues, como primera premisa doy por válida la equivalencia “Bitraws = Pedroche” y “Gafiq = Belalcázar”.
     Idrisi no es la única fuente de información sobre caminería de la Edad Media. El Sr. Quintanilla González ha demostrado la existencia de varios caminos (por la Chimorra y Obejo) que se dirigían hasta Pedroche todavía a inicios del siglo XV. D. Félix Hernández y D. J. Sánchez Sánchez exponen numerosas pruebas de la existencia de un camino hacia Toledo que pasaba por Gafiq.
     La segunda premisa que acepto es que hubo varios caminos de Córdoba a Toledo por el norte de la provincia cordobesa, uno por Pedroche y otro por Belalcázar. Como el segundo alargaba la ruta en muchos kilómetros, la tercera premisa aceptada es que el que transita por Belalcázar se empleó en un determinado tiempo por las circunstancias históricas del momento, dejando de usarse al cambiar éstas.
     Descarto por imposible, y además porque no puede ser, que para ir desde Córdoba a Toledo al llegar a la hoy Pedroche hubiera que dirigirse al poniente, a Belalcázar, para luego girar al noreste. No voy a reubicar topónimos, o hacer que aparezca una segunda fortificación llamada Gafiq, para hacer que Idrisi tenga razón. Así pues, es evidente la incompatibilidad de la descripción de Idrisi con las tres premisas que hemos aceptado como válidas.
     La respuesta al dilema salta a la vista: “el error está en Idrisi o en el manuscrito”, escribe D. Antonio Arjona. Creo que, en concreto, el error de Idrisi se debe a que funde en una sola distintas rutas que fueron tomando auge sucesivamente a partir de las incursiones de Alfonso VII sobre el territorio de Córdoba. Precisamente, en el mismo momento en que el buen geógrafo andalusí estaba en Palermo escribiendo para el ilustrado monarca normando.
     Durante el Califato el camino para Toledo más empleado era el del Armillat (v. la entrada anterior), pero exigía unas costosas obras de infraestructura y mantenimiento que se desmantelaron tras la fitna que acabó con la dinastía Omeya, haciendo que quedaba deshabilitado a mediados del siglo XI. Cuando Idrisi estuvo en Córdoba casi un siglo después, para ir al centro de la Meseta el camino más empleado era el que iba por Pedroche. Pero estando en plena redacción de su obra en Sicilia, los cristianos emprenden una serie de campañas que afectan a los caminos de la mitad oriental de los Pedroches, cuando en 1155 se apodera, entre otras, de las fortalezas del Mochuelo, Pedroche y Almogábar (sólo por esta cita ya se debería descartar que este lugar sea la Gafiq que dice Idrisi).
     La ruta para Toledo hubo de trasladarse más al oeste, remontando el Guadiato y luego girando al norte para buscar la protección de Gafiq-Balalcázar. Tras la conquista de Córdoba en 1236, y trasladarse la actividad bélica al sur del Guadalquivir, este camino, de circunstancias, por Gafiq, se dejará de emplear por alargar demasiado la distancia a recorrer, volviendo a emplearse en los siglos XIV y XV el de Córdoba a Pedroche, reactivado también con la Mesta. A finales del XIV retomará un gran auge el Camino de las Ventas, por Adamuz y Conquista.
     En definitiva, la obra es Idrisi debe calificarse de buena, pero escribió en unos momentos en que las circunstancias bélicas impelieron a variar la traza de los caminos que él había conocido.
(Hay más información sobre la evolución de los caminos entre el Valle del Guadalquivir y el dentro de la Meseta en mi artículo publicado en el número 18 de la revista Almirez, editada por el Centro de la UNED de Córdoba: http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=4195926 )