En el dolmen de Las Agulillas

viernes, 21 de agosto de 2015

La liosa transmisión de apellidos (II) durante la Edad Moderna: el apellido Rojas de Villanueva de Córdoba.

     Me comentaba el otro día un amigo que había comprado los escudos de su primer apellido y el de su esposa. Como motivo decorativo pueden quedar la mar de monos, pero, desgraciadamente, lo más probable es que esos "escudos" nada tengan que ver con la familia de mi amigo. Este es un estereotipo falso pero muy arraigado, y para desmontarlo hay que ir, como Jack, por partes. Veamos primero que són los "escudos de armas", luego las familias o linajes para concluir con un ejemplo práctico de nacimiento y transmisión de apellidos.

Los escudos heráldicos.

     Durante la Plena Edad Media los caballeros acudían al combate con una armadura que los cubría por completo, lo que imposibilitaba su reconocimiento. En el siglo X, pero sobre todo ya iniciado el XI, es cuando surgen en Francia, Inglaterra, Alemania y España los escudos de armas, como un modo de distinguir a los caballeros en los combates. También eran un signo de identidad. Dado que en el equipo militar de la época el escudo defensivo era la pieza que tenía una superficie más amplia, susceptible de ser decorada, fue el lugar preferido para dibujar los símbolos de cada guerrero. Al principio, los escudos eran personales, como signo de identificación militar exclusivamente, pero avanzando el tiempo su uso se extiende a la familia, ampliándose también a mujeres y religiosos
     Si en su origen fueron distintivos de los guerreros que necesitaban identificarse durante el fragor de la batalla, evolucionó para convertirse en un símbolo de distinción de una familia o linaje. Además de los guerreros y sus familias, posteriormente, los blasones también fueron usados por los miembros más acomodados del estado llano, y más adelante pasaron a identificar estados, poblaciones o corporaciones.
     En el siglo XV se comienza la ordenar la materia con la instauración de reglas heráldicas, pues la primitiva adopción de escudos era algo voluntario y de carácter personal, careciéndose entonces de normas de regulación de su uso. Ocurría que algunas personas no se conformaban con recibir el blasón de sus antepasados, sino que preferían uno particular. [No eran de la opinión de Clotulfo, personaje de "La venganza de Don Mendo": "Que en la más alta torre / luzca el pendón de su abuelo, / que no hay un pendón más grande, ni más noble, ni más viejo." Obviamente, esas personas preferían pendones nuevos.]

Apellidos hereditarios.

     Según el DRAE, apellido es el nombre de familia con el que se distinguen las personas. También tiene otra acepción como sobrenombre o mote.
     La función del apellido es servir de complemento al nombre, pues dada la repetición de nombres cuando en la misma población vivían varias personas como el mismo nombre, había que distinguir a unos de otros, como "Juan el de la Fuente" o "Juan el Herrero".
     Los apellidos comenzaron a fijarse durante la Edad Media, con la aparición de documentos legales y notariales. Los escribanos anotaban junto al nombre del interesado el de su padre, profesión u origen, con el fin de identificarlo plenamente. Al principio, esta documentación fue exclusiva de las élites, pero la paulatina extensión de la documentación notarial (ventas, herencias, transmisiones...) como la de los archivos parroquiales, hizo que se extendiera al conjunto de la población el uso de un distintivo junto al nombre de pila, que acabaría convirtiéndose en nuestros apellidos hereditarios.
     Para la formación de este segundo nombre hubo distintos caminos. Uno de los más antiguos habría sido el empleo de algún apodo o mote. Se ha valorado que, incluso actualmente, se mantiene en las zonas rurales la costumbre de emplear apodos para denominar a alguna persona, y que estos motes se heredan: del mismo modo, se hicieron hereditarios los segundos nombres o apellidos.
     En Castilla, León y Navarra se hizo tradición emplear como apellido el nombre del padre de la persona, seguido del sufijo "-ez", con el significado de "hijo de". Así, por ejemplo, Juan Pérez venía a significar "Juan, hijo de Pedro" (en ruso, sería Ivan Petrovich). Estos apellidos, denominados patronímicos, son los más abundantes actualmente en España (de los veinte apellidos más frecuentes, solo dos no tienen este origen en el nombre paterno: Moreno, el 15º más frecuente, y Romero, el 18º).
     No siempre se usó el nombre del padre de este modo, algunos lo tomaron de modo natural (sin el "-ez"), o añadiendo la preposición "de". García o Martín era, a la vez, nombres de pila y apellidos patronímicos: Juan Martín, "Juan, hijo de Martín"; Francisco García, "Francisco, hijo de García".
     Veamos un ejemplo de estos tiempos, un documento fechado en 1295 referente a una donación que hace un matrimonio cordobés. Él se llamaba Fernando Meléndez, hijo de Melén Peláez y doña Velasquita, y ella era Sancha González, hija de Gonzalo Ibáñez de Palma y doña Urraca Fernández. Salta a la vista que los apellidos de ambos derivan directamente del nombre de sus padres.
     En el mismo documento se citan a otras personas, como Fernando Pérez el carbonero, o Pedro Martín el Rubio: ambos sobrenombres, apodos o profesiones, acabarían por convertirse en apellidos hereditarios.
     Éstos surgen como tales, a transmitirse de padres a hijos, hacia los siglos XIII y XIV: en cuanto a la documentación legal o notarial, cualquier persona o familia que tuviera alguna propiedad o derechos estaba interesada en hacer constar un nombre hereditario, como identificativo de su familia, para hacer constar y valer sus derechos sucesorios.
     Al principio, hubo una libertad absoluta para adoptar el segundo nombre o apellido. En el siglo XV aparecen más o menos consolidades los apellidos hereditarios, debido en parte a la instauración en las parroquias de los libros de bautismos, matrimonios y defunciones. Pero no en todos los sitios fue así. Ya comprobamos cómo hasta mediados del siglo XVIII la mitad las personas que contraían matrimonio en Villanueva de Córdoba contaban con apellidos que no guardaban relación alguna con los de sus padres (en estos casos sí la tenían mayoritariamente con los apellidos de sus abuelos.) No sería hasta la instauración del Registro Civil en 1870 cuando se fijase el uso obligatorio y de carácter hereditario de los apellidos paternos, y quedara fijada la forma de escribirse el apellido (Sanz, por ejemplo, fue en su origen la abreviatura de "Sánchez", convirtiéndose en apellido propio.)
     Uniendo los dos epígrafes, escudos y apellidos, se colige que el escudo representa a una familia o linaje determinado (el linaje es la ascendencia o descendencia de cualquier familia). Pero no todas las personas con el mismo apellido pertenecen al mismo linaje: los más de tres millones de españoles que tienen a García por apellido no descienden de la misma persona, sino de un número indeterminado de personas que se tenían a García por nombre de pila, y lo transmitieron como apellido patronímico. Por lo tanto, no todas las personas con igual apellido, especialmente patronímico, tienen "derecho" al mismo escudo". La única manera objetiva y fiable de conocer el linaje de cada persona, la ascendencia o descendencia de una familia, es ir remontándose generación a generación en la documentación conservada en registros y archivos.

Un ejemplo de la complejidad en la transmisión de apellidos: Rojas de Villanueva de Córdoba.

     Mis dos abuelos tuvieron por apellidos Palomo Rojas, y mi abuela paterna fue Rojas Zamora. Al hacer el estudio de la genealogía familiar comprobé que en los tres casos el apellido Rojas procedía de la misma persona, Antonio de Rojas.
     Se casó el 22-04-1725, y según consta en su partida de matrimonio los padres de Antonio de Rojas fueron Pedro Sánchez de Luna y Francisca Martínez.:



      Antonio de Rojas nació el 04-03-1702, y en su partida de bautismo:


también consta que sus padres fueron Pedro Sánchez de Luna y Francisca Martínez. Esta disparidad de apellidos entre una persona (Rojas, en nuestro caso) y el de sus padres (Sánchez de Luna y Martínez) fue frecuente (como se ha apuntado antes) hasta mediados del siglo XVIII en Villanueva de Córdoba.
     En la gran mayoría de casos esta divergencia se explica porque los apellidos se transmitían de abuelos a nietos, así que busqué la partida de matrimonio de sus padres, Pedro Sánchez de Luna y Francisca Martínez. Éste se produjo el 04-02-1686:


     En este documento se dice que los padres de Pedro Sánchez de Luna fueron Juan de la Cruz del Castillo y Ana del Pozo, y los de Francisca, Antón Delgado y Francisca Ruiz la Paloma. (Era también frecuente que la misma persona apareciera con distintos apellidos en la documentación: Francisca Martínez cuando tiene a su hijo Antonio, y Francisca Ruiz cuando se casa.)
     Durante años estuve confuso por completo, al no poder comprender de dónde le había venido el apellido Rojas a mi ancestro, hasta que un día, al revisar su partida de bautismo, me percaté en un detalle que se me pasó por alto la primera vez:

    La madrina de bautismo de Antonio de Rojas fue María Ruiz la Rojas. La sorpresa fue mayúscula. Así que Antonio debía su apellido no a los de sus padres o abuelos, ¡¡sino al de su madrina!!


     Volviendo al origen del artículo, los escudos heráldicos, si una persona natural de Villanueva con el apellido Rojas acudise una de las numerosas páginas que hay en la red sobre la materia, al consultar su apellido se encontraría un escudo como éste:

y este comentario: "Su primitivo solar radicó en el lugar de las Rojas, de cuyo nombre se derivó el apellido; ese lugar, hoy villa, que pertenece al partido judicial de Briviescas y provincia de Burgos, y se tiene por seguro que allí tuvo su arranque la familia..." (descripción y escudo tomados de   http://www.blasoneshispanos.com/, entrada en linaje "Rojas").
      La verdad es que no sé qué relación pudo tener María Ruiz la Rojas con los Rojas de Briviescas, pero Antonio de Rojas, tatarabuelo de mi tatarabuelo, ninguna.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Pregón de la feria de Villanueva de Córdoba 2015

     He tenido abandonado al blog durante todo el mes de julio, porque a primeros del mes la Corporación Municipal me propuso que diera el pregón institucional de la Feria y Fiestas de Villanueva de Córdoba de este año. Ser el representante de tu pueblo es un honor, pero también es una gran responsabilidad, y por ello dediqué todo mi esfuerzo al pregón.
     El domingo pasado tuvo lugar su lectura en la Biblioteca Municipal. Desde hace cuatro años se vienen editando los pregones anuales en unos pequeños libritos, y hasta que se edite voy a incluir en este blog una parte de mi pregón. Éste constaba de tres partes: ferias, fiestas y Villanueva de Córdoba; copio la segunda, la referente a las fiestas.



2.- FIESTAS.

2.1.- El carácter de las fiestas.

Las fiestas son el segundo elemento a considerar. Aunque parezca una contradicción, las fiestas son una cosa muy seria. El mismísimo Yahvé, poco dado a las bromas, se lo dejó bien claro, y por escrito, a Moisés en sus tablas de la ley: santificarás las fiestas; él mismo se había tomado un día de fiesta tras la creación del Universo.
Creo que las fiestas tienen su causa primera en una característica de nuestra especie que nos distingue del resto de homínidos: la capacidad para entrar en la mente del otro, para saber lo que piensa. Los conocimientos y la experiencia se multiplican y se transmiten, tanto horizontalmente, entre los miembros de un conjunto, como verticalmente, de generación en generación. Esto nos llevó a evolucionar no como individuos, sino como grupo. Pero esta común unión puede generar tensiones, tanto en las relaciones de los individuos entre sí como entre diferentes grupos. Así que de tanto en cuanto haya que realizar ritos o ceremonias que reafirmen el carácter grupal de una comunidad. Al unirse a la perspectiva religiosa, los ritos y celebraciones impusieron el acatamiento de los principios que permitían la cohesión y el orden sociales.
El carácter comunitario de las fiestas ha sido resaltado por quienes las han analizado desde un punto de vista sociológico y antropológico. Por citar a dos grandes, Émile Durkheim consideraba que la fiesta primitiva era como una efervescencia colectiva, una de las formas elementales de la vida colectiva y la expresión de una solidaridad mecánica. El uno totalitario predomina sobre el átomo individual. Don Julio Caro Baroja, en su obra El carnaval, define a la fiesta como el hundimiento del individuo en el subconsciente colectivo.
El tiempo es un componente esencial de la fiesta, pues, además de su carácter de cohesión social, la fiesta es una ruptura del hábito, la negación de lo cotidiano y la trasgresión de las normas establecidas. El tiempo festivo es universal y cósmico, se produce y reproduce constantemente; hay un nacimiento, un desarrollo y una muerte de la fiesta, lo que sirve para generar y regenerar la cultura de un grupo social.
La fiesta es también el momento de inserción en la comunidad de nuevos miembros, que asumen los valores culturales del grupo, o de reencuentro de los que se encuentran diseminados.
Al igual que el sueño nos sirve para eliminar los residuos de la actividad diaria, las fiestas son también las ocasiones que sirven de catarsis, de limpieza purificadora de la comunidad.
La fiesta, pues, se nos muestra como una Jano Bifronte (o el águila imperial de los Austrias de nuestro escudo), con dos caras aparentemente opuestas pero que forman parte de un único cuerpo, de una única realidad social: ceremonias y ritos de cohesión social de carácter grupal, pero también “regocijo dispuesto para que el pueblo se recree”, como dice el DRAE.
Hasta prácticamente mediados de la década de 1960, cuando la cultura del ocio estaba aún por descubrirse, eran muchas familias que vivían en los campos durante meses, y tenían en esos pocos días de feria el único escape anual a la rutina de las labores agrícolas. Y como tal era vivida, con el regocijo que ofrece lo escaso.
Hoy en día nuestros hábitos han cambiado, los motivos que dieron lugar al cambio a agosto de la feria ya no se dan, y quizá fuera positivo que la feria volviese a septiembre, al primer martes de septiembre, por ejemplo, para que no coincidiera con las vacaciones de agosto de la mayoría de la población, ni tampoco con el calendario escolar. Nuestra feria y fiestas locales deben potenciarse, pues no debemos olvidar que constituyen un elemento primordial de nuestra identidad grupal, tanto para nosotros mismos como ante las comunidades vecinas.

2.2.- Otras fiestas de Villanueva de Córdoba.

La feria de agosto, antes de San Miguel, es la fiesta que celebra de forma institucional la comunidad de Villanueva de Córdoba, pero hay en el ciclo anual otras que también pueden definirse de jarotas, tanto por su forma o por la manera de manifestarse.
La primera en el calendario es la de San Sebastián, el 20 de enero. Es la fiesta de los aceituneros, pues era en esos días cuando se estaba desarrollando la plena recolección de aceitunas. Es una fiesta jarota en tanto otras localidades cercanas celebran la misma fiesta días antes, el de San Antonio. Cuando las gentes pasaban largos periodos en los olivares, este era un día especial; la víspera del Santo se hacían grandes candelas en los cortijos, visitándose unas faneguerías a otras y culminando la velada con cantos y bailes. Hoy en día, las candelas que se hacen en lo Alto del Santo, junto a la ermita de su titular, mantienen esta tradición.
Prosiguiendo en el calendario, a la espera de la primera luna llena de la primavera, la Semana Santa se inaugura en Villanueva diez días antes del Domingo de Ramos, en una procesión exclusivamente jarota: La procesión de las Velitas. Su origen pudo estar en el traslado de la imagen de la Virgen de los Dolores desde la iglesia de San Miguel a la ermita de Jesús, en la calle Real, aunque luego acabara consolidándose como uno de los elementos más singulares de la cultura jarota, pues junto a la Virgen, los protagonistas de ella son los niños, que la acompañan portando velas, cuyo adorno tradicional eran azucenas de papel. El desfile de los niños acompañando a la Virgen de los Dolores es absolutamente entrañable y lleno de emotividad, y sientes que es el futuro de Villanueva el que pasa delante de ti.
Cincuenta días después del Domingo de Resurrección, en el Lunes de Pentecostés, tiene lugar la que considero la auténtica fiesta nacional jarota: la romería de la Virgen de Luna, en la que su imagen es traída desde su ermita a Villanueva, donde permanece hasta el segundo domingo de octubre, en que es llevada de nuevo al santuario. El que podamos hacer hoy esta romería no fue gratuito, nuestros antepasados jarotes tuvieron que luchar, y no solo en sentido metafórico, para realizarla. Los primeros pleitos con otro municipio cercano datan de 1589, reactivándose durante 1681-1685. No cejamos en nuestro empeño, y cada año celebramos su llegada. La procesión del Lunes de Pentecostés en Villanueva de Córdoba es como el Aberri Eguna o la Diada jarota, pero con la diferencia de que es mucho más antigua, y no es artificial, sino que  nació del pueblo, quien la mantuvo y la vive con júbilo. Es cuando se muestra de modo inequívoco el, digamos, sentimiento nacional jarote. Por eso, cuando se produjo el gran éxodo migratorio de los años 60-70 del pasado siglo, en los dos lugares donde residían más personas naturales de Villanueva, en Barcelona y Madrid, se crearon hermandades de la Virgen de Luna. Fue usual entre los emigrantes andaluces que, para reafirmar su identidad al residir en otros lugares, se unieran o crearan cofradías de la Virgen del Rocío. A los jarotes que habitaban en Madrid o Barcelona no les hacía falta, nuestra Virgen de Luna era el símbolo, el icono de nuestra comunidad, Villanueva de Córdoba, lo que la representaba y lo que la definía. No nos hacía falta nada más, y mucho menos si era ajeno a nuestra tradición. Bien visto, ¿cuántos pueblos hicieron lo que nuestros paisanos allí, seguir manteniendo su cultura, ritos y símbolos, allá en tierra extraña?

miércoles, 1 de julio de 2015

Descarga libre del libro "Historia de la Cooperativa San Miguel de Villanueva de Córdoba (1959-2011)"

     Este libro podría haber sido publicado en marzo de 2013, pero circunstancias ajenas a mi voluntad y deseos hicieron que naciera dos años después. Bien está lo que bien acaba, dicen por estas tierras.
     La edición en papel fue de un millar de ejemplares, que prácticamente se han repartido entre los socios y trabajadores de la cooperativa, más los que la Diputación Provincial de Córdoba reparte en bibliotecas públicas.
     Juani Moreno, que se encargó de la maquetación de la obra, la ha pasado a formato .pdf para que quien lo desee la pueda descargar:

Historia de la Cooperativa San Miguel de Villanueva de Córdoba (1959-2011)


Salmorejo jarote: un fósil gastronómico de época cervantina.

     Algo que siempre me ha atraído es la historia de la vida cotidiana de la gente que habitó antes que nosotros en las dehesas de los Pedroches: conocer cómo eran las casas dónde vivían (la arquitectura tradicional), los nombres que tenían esas personas, de qué se alimentaban... Vamos a tratar, precisamente, de un plato típico de Villanueva de Córdoba, el salmorejo jarote (recordemos que jarote es el gentilicio de los naturales de Villanueva).


     Durante la visita del Papa Juan Pablo II a España en agosto de 2011 fue agasajado con un menú de platos tradicionales españoles, entre los que se incluía un salmorejo cordobés con huevos de codorniz cocidos y jamón ibérico (aunque sin ajo).
     Cuatro siglos antes, el Diablo Cojuelo llevó a don Cleofás a la Venta de Orán (sita a unos 13,5 km al SE de Villanueva, y a 4,5 km de la actual estación del AVE), donde se comieron un salmorejo con perdigón y conejo, supongo que rico, rico, rico. (Aunque en la obra de Vélez de Guevara, publicada en 1641, dice "Venta de Darazután", ésta se encuentra a medio camino de Toledo y Ciudad Real, mientras que el Cojuelo iba a una venta "que es en Sierra Morena". Además, hay varias referencias en el mismo capítulo a Adamuz, que es la villa más próxima a Venta de Orán en dirección a Córdoba).
     La cuestión es: ¿comieron Su Santidad y don Cleofás el mismo plato? Al menos, se llamaba igual.
     El salmorejo, palabra derivada del latín salemuria, es, según el DRAE, una especie de gazpacho que se hace con pan, huevo, tomate, pimiento, ajo, sal, agua, vinagre y aceite, todo ello muy desmenuzado y batido para que resulte un puré. El salmorejo cordobés que le sirvieron a Juan Pablo II es una sabia mezcla de pan, aceite, tomate, vinagre y sal, con otros aditamentos (para unos básicos, para otros prescindibles) como ajo, pepino o pimiento, batido para tener la textura de un puré más bien espeso, y al que se adorna con jamón y huevo cocido.
     En el Tranco V del Diablo Cojuelo, cuando entran en la Venta de Orán piden de comer al ventero, y este les contestó "que no había quedado en la venta más que un conejo y un perdigón, que estaban en aquel asador entreteníense a la lumbre.
     -Pues trasládenlos a un plato, dijo don Cleofás, señor Ventero, y venga el salmorejo, poniéndonos la mesa, pan, vino y salero".
     Considerando que el tomate es un ingrediente fundamental del salmorejo cordobés, pero que era un desconocido aún en los huertos españoles a mediados del siglo XVII, y que tardaría un siglo en llegar a las mesas -al igual que el pimiento-, lo que tomaron el Cojuelo y su compañero en la Venta de Orán no pudo ser el denominado hoy salmorejo cordobés. Además, éste no tiene entre sus ingredientes básicos la carne de caza o de ave. La conclusión es evidente: aunque tuvieran el mismo nombre, "salmorejo", Juan Pablo II (2011) y don Cleofás (1641) tomaron platos bien distintos. (Hay, sin embargo, quien considera que el salmorejo es uno y cordobés, cual califato Omeya: No hay más Salmorejo que un único Salmorejo. Pues no, es plural y poleteísta, como el gazpacho.)
     Sabemos cómo era el salmorejo que se tomaba en las ventas de Sierra Morena en el siglo XVII porque se ha conservado en la gastronomía de Villanueva de Córdoba. Si el arroz en paella caracteriza a la cocina levantina, los asados a la castellana o la fabada a la asturiana, el salmorejo jarote, que no es un puré, sino una sopa fría, puede ser considerado como el "plato nacional jarote" por excelencia.
     Sus ingredientes básicos los tenía a su disposición cualquier ventero de los que describiera don Miguel: aceite, sal, vinagre, huevos cocidos y ajos asados que se preparaban rápidamente mientras seguían entreteniéndose a la lumbre el perdigón y el conejo (sustituidos hoy por el prolífico pollo). En un dornillo, tallado en el nudo de una encina, el ventero ponía las yemas de los huevos cocidos, los ajos asados, aceite, sal y vinagre. Los majaba hasta formar una crema suave, a la que se incorporaban la clara de los huevos y los trozos del perdigón, conejo (o pollo). Al conjunto se le echaba agua fresquita del pozo, en la cantidad suficiente y necesaria para dotarlo de una textura acuosa: el salmorejo jarote no es una crema o un puré, sino una sopa fría.
     Así se ha conservado hasta nosotros, y seguimos tomándolo en Villanueva del mismo modo que pudo hacerlo Cervantes en las ventas que tan bien conocía, aunque ahora se puedan incorporar elementos postcolombinos, como pimiento y tomate asado, con los que el salmorejo jarote casa muy bien.
     Bien visto, es un plato apropiado para el verano caluroso de Sierra Morena, por su aporte de líquidos, oligoelementos y vitaminas. También es equilibrado por sus grasas, en las que domina el aceite el oliva, y el ligero aporte proteínico del pollo, conejo o perdigón, junto a la clara del huevo.
     Es una receta que se transmitió de generación en generación, y aunque no fuera de consumo habitual, sino para días especiales como podía ser una boda, se mantuvo en el ámbito deméstico. Desde hace unos años salió de él para incorporarse en los menús de restaurantes locales o banquetes nupciales, con muy buena aceptación para quienes no lo conocían. Los jarotes, claro está, seguimos disfrutando de nuestro salmorejo.   

domingo, 21 de junio de 2015

Un dolmen iluminado en el amanecer del solsticio estival

     Se conoce genéricamente como "dolmen" a las estructuras arquitectónicas funerarias levantadas en Europa durante la Prehistoria Reciente (desde el Neolítico en adelante), con un carácter -al menos- funerario. Hay distintos tipos que reciben diferentes nombres por los especialistas (tholos, sepulcros de corredor, galería, cista...), aunque, en general, son más conocidos como dólmenes.
     Mayoritariamente constan de un recinto, construido con grandes piedras u ortostatos, con una entrada de acceso, que casi siempre suele estar orientada al este (90º E) . Por eso me extrañó el que se encuentra en la zona de Torrubia, término de Cardeña y a unos 6,5 km al SE de Conquista, porque su pasillo no tiene esa orientación general, sino que tiene una marcada diferencia: 60º ENE. Dado que en esa orientación se encuentran las sierras de Fuencaliente, donde se concentra una gran cantidad de abrigos con arte esquemético, mi primera impresión es que pudiera estar relacionado con ellas. Mas luego reparé que había otra explicación, muy atractiva.
     El dolmen se levanta sobre un pequeño otero con una visibilidad sin obstáculos hacia el norte. Aun es perceptible la corona de piedras que lo circundaba para que no se desmembrase. Es el tipo conocido como "sepulcro de corredor", contando con una cámara y un pasillo de acceso, diferenciados una de otro.
     Es de pequeño tamaño, con una cámara de 122 cm de longitud en su dimensión este-oeste, y 87 cm en el eje norte-sur. El más grande de los que conozco en la comarca, el dolmen de los Fresnillos (Villanueva de Córdoba), actualmente prácticamente desmantelado (hecho que quizá ocurriera en la misma Prehistoria Reciente), contaba con 406 cm de norte a sur; el más majestuoso de los conservados, el dolmen de las Aguilillas (Villanueva de Córdoba), cuenta con una cámara de 1,9 metros de anchura y cuatro de longitud.
     Visto desde el pasillo, por su cara este, este dolmen de Torrubia se ve así:

y así desde la cara sur:


    La otra opción que se me ocurrió para explicar la peculiar disposición del dolmen es que tuviera vinculación con algún hecho astronómico, pues precisamente esa orientación es la que tiene el Sol durante el solsticio estival, en el día más largo del año. Planteada la idea sólo era cuestión de comprobarla.
     Así que, a la del alba sería, estaba listo antes de las siete de la mañana esperando ver la salida del Sol desde las montañas de Fuencaliente, tomando como punto de mira el eje longitudinal, este-oeste, del dolmen. Mi cámara de fotos es del montón, pero se hizo lo que se pudo, y este es el resultado de la sesión de fotos:


 

 
 
  

     Me comenta mi buena amiga Marta (v. el blog Yacimientos en al-Andalus), que en Almendralejo (Badajoz), se encuentra  el tholos de Huerta Montero. Los tholoi son un tipo especial de megalito, con planta circular y una cubierta que no es adintelada, sino de falsa cúpula. Durante unos mil años se inhumaron en él al menos a 109 individuos: es de carácter colectivo, pero no para toda la comunidad, sino para algunos miembros concretos. Cuenta con un gran corredor de quince metros de longitud, y la tumba está diseñada para que los días 21 ó 22 de diciembre (solsticio invernal) entren los rayos del Sol iluminando el fondo del recinto.
     Aunque el lugar más famoso que relaciona megalitos y astronomía es Stonehenge, al sur de Inglaterra, donde hoy se han congregado varios miles de personas para ver la salida del sol en el solsticio veraniego.
     Este "juego" entre el sol y lugares sacros se ha  hecho en distintos lugares y épocas. En el templo egipcio de Abu Simbel, construido por Ramsés II hace algo más de 3.200 años, dos días al año entran rayos solares para iluminar durante unos minutos la cara del faraón.
     Mucho más cerca, en la Sinagoga del Agua (Úbeda, Jaén) también en el solsticio de verano penetran en su interior los rayos solares por un ventanuco.
     En la iglesia románica de San Juan de Mondragón (Guipuzcua) hay una estatua de su titular sobre el tímpano de la puerta. El día de su advocación (24 de junio) y fechas próximas (o sea, en el solsticio estival) un rayo de sol penetra e ilumina durante unos minutos la estatua.
     Sea como fuera, estas mañanas he contemplado el mismo espectáculo que las gentes que levantaron el dolmen hace unos 4.500 años. Merece la pena madrugar para verlo.

viernes, 19 de junio de 2015

Un menhir inédito de los Pedroches.

Me llena de orgullo, y evidentemente satisfacción, traer a este blog otra primicia histórica (lo que se llama ahora exclusiva): un menhir hasta ahora inédito al norte de Torrecampo (Córdoba).


     Todos sabemos que Obélix, el inseparable amigo de Astérix, era muy fuerte porque de pequeño se cayó en una marmita de la poción mágica que confería una fuerza descomunal. Por ello su profesión era repartidor de menhires:


(http://static.comicvine.com/uploads/scale_small/0/1143/82066-156688-obelix.gif)

     Es un guiño histórico más de sus padres, Goscinny y Uderzo, que, dicen, llevaban continuamente en la mochila La guerra de las Galias de Julio César para escribir los guiones. Y precisamente es el noroeste francés, la Bretaña, donde estaba la aldea de los irreductibles galos, el lugar con más concentración de menhires de Europa.
     Menhir significa "piedra larga" en lengua bretona, y es eso, un bloque de piedra (por lo general parcialmente tallado o en bruto) que se encuentra clavado en el suelo, y que, como los icebergs, cuenta con una parte profunda en el interior de la tierra.
     Su tamaño es muy variable. El más grande los conocidos era el de Locmariaquer (Morbiham, Francia), con más de veinte metros de altura y 350 toneladas de paso; hoy está partido en cinco trozos. Los más grandes de los conservados en la actualidad tienen unos diez metros, aunque la gran mayoría tiene unas dimensiones menores.
     Los menhires pueden presentarse aislados o formando alineaciones, que en algunos lugares como Ménec o Carnac (también en Morbiham, en la Bretaña francesa) son espectaculares, con más de mil monolitos alineados en diez u once hileras.
     Su cronología es más difícil de precisar que la de los dólmenes funerarios. Las representaciones en algunos de ellos, o elementos muebles recogidos en sus inmediaciones, indican que son de época Neolítica, aunque otros pudieron levantarse más tarde, incluso en las Edades del Bronce o del Hierro.
     El gran problema es su sentido, su funcionalidad. Algún investigador considera que tuvo una función funeraria, aunque no de deposición de cadáveres, pues para eso estaban unas estructuras muy características en esta época, sino para fijar el alma de los muertos.
     Otros, considerando especialmente las alineaciones, piensan que pudieron tener cierto papel en las observaciones astronómicas; el problema es que no sabemos cuántos han sobrevivido hasta nuestros días, y si esos que conocemos aislados formaron parte en sus orígenes de un conjunto superior.
     Algunos menhires parecen tener una forma itifálica, lo que ha inducido a considerar que eran como los elementos masculinos que entraban profundamente dentro del femenino (la Tierra) para que ésta se fecundara y produjera grandes frutos.
     También están quienes piensan que los menhires son representaciones, si no de divinidades sí de antepasados poderosos, creando un vínculo entre ellos y la legitimidad de la posesión de ese espacio por parte del grupo que los levantó. En este sentido, habrían tenido una misión de afirmación territorial.
     Los hay, igualmente, denominados "hipercríticos", que niegan que todos sean menhires de la Prehistoria Reciente, y los relacionan con algún tipo de deslinde. En este sentido conozco algo la documentación existente, arqueológica o documental, del NE de Córdoba desde tiempos del Imperio romano, y no hay nada que induzca a pensar que haya podido ser la marca de alguna delimitación en tiempos históricos: ni de límites entre ciudades romanas, aqalim de tiempos de al-Andalus, posesiones de las órdenes militares en la Baja Edad Media o términos de las Siete Villas de los Pedroches.
     Otra perspectiva que se valora es que tuvieran una función de culto, fuera cual fuese. Habrían sido situados en lugares donde se celebrasen ceremonias religiosas o sociales. El santuario es un lugar especial, sacro, donde se desarrolla un ritual, es el sitio donde lo ordinario se convierte en significativo o "sagrado" por el mero hecho de desarrollarse allí.
      La verdad, triste y dolorosa, es que no sabemos qué eran los menhires para la gente que los levantó, ni que función o consideración tuvieron entre ellos. Formaron parte de un paisaje social, conocido y con sentido entre sus contemporáneos, pero que a nosotros se nos escapa. Los egiptólogos, por ejemplo, tienen una enorme cantidad de textos, inteligibles, que les permiten conocer lo que están sacando de una sepultura. Para el periodo de la Prehistoria Reciente en la Península Ibérica no tenemos nada parecido.
     Los menhires son conocidos en la península, más al norte que en el sur, pero la verdad es que no sé si ello se debe a que esa distribución mayor es porque allí hay más o porque en el tercio mericional de la península se ha investigado menos. Pero habellos, haylos por la antigua Bética; por ejemplo, en su estudio sobre arte megalítico en Andalucía, M. Bueno documentaba cinco menhires en la antigua Bética con manifestaciones artísticas (además de otros seis en los Millares, Almería.


      Vamos al grano. Hace unos meses me comentó un amigo que cerca de la propiedad de su familia, unos cuatro kilómetros al norte de Torrecampo, existe una gran piedra hincada en el suelo. Lo que le había extrañado desde niño es que era de granito, mientras que la tierra donde se encontraba era de pizarra. La forma que me definió, larga, delgada, alta como una persona, e hincada en el suelo, me hizo pensar en el bueno de Obélix. Cuando estuvo en Hispania con su compañero Astérix para devolver a Pericles (Pepe, en su familia) a su padre, el indómito Sopalajo de Arriérez y Torrezo, ¿podría haber dejado algún menhir de recuerdo? Bromas aparte, lo que me interesó vivamente es que fuera una lastra de granito, en un lugar lejano del que debiera corresponderle naturalmente.



     El norte de la provincia de Córdoba se caracteriza geológicamente por un magno batolito granítico que lo surca de noroeste a sureste, con un relieve de suave llanura ligeramente ondulada (penillanura). Al norte y sur del granito se encuentran estratos sedimentarios, sobre todo del Carbonífero, conocidos localmente como "pizarra" por el tipo de roca que domina en ellos. La frontera entre la "saliega" (nombre local de las tierras graníticas) y la "pizarra" es muy sutil, se pasa de una a otra en apenas decenas de metros, por lo que en Villanueva de Córdoba se conoce popularmente a este ecotono como "raya de la pizarra".
     Abajo se muestra un detalle de la hoja 859 del Mapa Geológico Nacional, sobre el que he marcado la posición de la localidad de Torrecampo. Puede comprobarse cómo se encuentra en la "raya de la pizarra", entre los materiales ígneos -graníticos- (color azul-violáceo) y los sedimentarios del carbonífero -pizarra- (beige con punteado en rojo). (Una situación, por cierto, muy acertada, pues podrían aprovecharse los recursos de ambos ecosistemas.)


      Pues bien, tomadas las coordenadas esa piedra larga e hincada, de granito, se encuentra a 2.850 m, linealmente, de la "raya de la pizarra". Es decir, que una vez que la gran laja fue sacada de la cantera hubo de arrastrarla al menos tres kilómetros para depositarla en el lugar en que se encuentra.


     La laja tiene 167 cm de altura, con la parte superior triangular. La cara oeste tiene 60 cm en la base, y la sur, 48 cm. El grosor es apenas de una decena de centímetros. No se aprecian en sus esquinas las marcas profundas que habrían dejado los pinchotes de acero empleados por los canteros actuales. Según me explicó uno de ellos, Ángel Moreno, para poder sacar de la roca viva una lastra así, sin utilizar herramientas de hierro, primero se marcaba la línea de fractura; sobre ella se tallaban unas oquedades, anchas y poco profundas, en las que se introducían unas cuñas de madera, que se empapaban de agua. Al dilatarse las cuñas, y golpear sobre la línea previamente tallada, se desprendía la lastra. Es un proceso lento, complejo y delicado, que requiere conocer perfectamente la naturaleza de la roca para poder sacar una gran laja sin que se fracture.
     La composición de la piedra y su situación me hacen desechar la opción de que pudiera haber servido de hito delimitador de algo: si lo que se hubiese pretendido es hacer un mojón (con perdón), colocar una "señal permanente que se pone para fijar los linderos de heredades, términos y fronteras", según el DRAE, habría bastado con levantar una marca con elementos cercanos, y para poner éste donde está hubo que transportarlo más de tres kilómetros. Este gran curro (tercera acepción en el mismo DRAE) tuvo que tener su sentido para el grupo humano que lo depositó donde hoy se conserva.


     No está en un lugar prominente, en un otero o algo así, sino al contrario, está muy próximo al brusco recodo que hace un pequeño arroyo.
     Hay otra circunstancia que me parece bien significativa: al igual que este menhir granítico se encuentra adentrado tres kilómetros adentro de la tierra de pizarra, práticamente a la misma distancia al sur del batolito, igualmente en terrenos sedimentarios del Carbonífero, se construyó el dolmen del Rongil (aunque en este caso se aprovechó un pequeño afloramiento granítico natural, de apenas una hectárea de extensión). Son dos elementos de carácter netamente simbólico (aunque desconozcamos su código), construidos en granito aunque lejos del batolito. Me da la impresión de que, además de la consideración religiosa o cultural que les confiriesen las gentes que los construyeran, tuvieron una función vindicativa, de afirmación de la posesión de ese espacio. ¿Y qué había de interés en el batolito? Numerosas vetas de mineral de cobre, por ejemplo. algo muy apropiado durante el Calcolítico.



     En los Pedroches los sepulcros megalíticos se conocen por docenas, pero para contar los menhires sobran dedos de una mano. Siendo tan escasos, merece la pena que continuemos con ellos en otras entradas.

(Las fotografías del menhir de Torrecampo son propias. Créditos de las imágenes de menhires peninsulares:

Menhires de Cantabria 
Menhir de Álava
Menhir de Navarra
Menhir de Facinas, Tarifa )

jueves, 14 de mayo de 2015

Unos cardan la lana... (Industria pañera en los Pedroches, siglos XVI-XVII.)


     En 1553 Villanueva de Córdoba y Añora adquirieron la condición de villa, la primera desde "lugar de Pedroche" y como "aldea de Torremilano" la segunda; al unirse a las otras cinco villas (Pedroche, Torremilano, Torrecampo, Pozoblanco y Alcaracejos) se constituyeron las Siete Villas de los Pedroches. En la práctica conformaron una auténtica mancomunidad, pues tenían el aprovechamiento compartido de la gran Dehesa de la Jara.
     La evolución de la población de las ya Siete Villas puede conocerse gracias a los vecindarios de las averiguaciones de alcábalas fechados en 1561. Como los registros de bautismos comienzan en la parroquial de Villanueva de Córdoba una década después no podemos establecer tasas de natalidad que confirmen, o desmientan, la validez demográfica de esos datos, pero ya vimos que las relaciones de alcábalas de finales del XVI ofrecen tasas de natalidad mucho más creíbles que otros censos usualmente considerados, como el de los obispos de 1587 o el de Tomás González de 1591. Para finales del XVII tenemos la relación de vecinos de un repartimiento de tropas de 1694, que sí da una tasa de natalidad admisible.
     En el transcurso de un siglo y un tercio (1561-1694) la población conjunta de las Siete Villas descendió muy levemente, manteniéndose prácticamente estacionaria (en 1561 había 3.538 vecinos, y 3.363 en 1694), pero el análisis localidad por localidad es muy diferente.
      Alcaracejos, Añora, Torrecampo y Torremilano perdieron efectivos para tener a finales del siglo XVII entre el 58-90% de los vecinos de ciento treinta años antes. Muchísimo más acusado fue el descenso de la capital histórica de las Siete Villas, Pedroche, que en 1694 apenas si tenía el 30% de población que en 1561. En cambio, Pozoblanco y Villanueva de Córdoba aumentaron en habitantes, siendo especialmente acusado el incremento de esta última, que el tiempo de análisis multiplicó su población por 2,5.
     Entre mediados del XVI y finales del XVII se produjo una redistribución demográfica en la comarca: si en el primer tiempo las dos villas más pobladas, Pedroche y Torremilano, suponían el 44,5% del conjunto de los Pedroches, en 1694 son Pozoblanco y Villanueva de Córdoba las que cuentan con mayor vecindario, que conjuntamente suponía el 52% del total de las Siete Villas.


     En principio, cualquier población aumenta de tamaño en función de dos factores: con un crecimiento natural positivo o porque también tenga este carácter el  movimiento migratorio. Ya los primeros estudiosos de la demografía española como J. Nadal se percataron de la relación que había habido en la Edad Moderna entre las crisis de subsistencia y las de mortalidad y que, al contrario, en los años de cosechas abundantes y cereales con bajos precios, aumentaban los nacimientos.
     Sobre las migraciones, sabemos que a finales del XIX y comienzos del XX, como consecuencia de las desamortizaciones de los bienes de propios, acudieron a los Pedroches numerosos trabajadores procedentes de Granada, Almería o Cuenca, muchos de los cuales pasaron a vivir definitivamente en el norte de Córdoba. En Venta del Charco, pedanía de Cardeña, por ejemplo, supusieron la mayoría de habitantes de la localidad. También sabemos que la población de los Pedroches se vio muy reducida en el decenio 1960-1970 por un proceso inverso, de emigración masiva.
     Para poder intentar analizar las diferencias en el poblamiento de las Siete Villas de los Pedroches en el tiempo de nuestro estudio (siglos XVI y XVII) creo que hay que entrar en el campo de la economía. Para que una población aumente, para poder sacar adelante muchos chiquillos, hay que contar con los recursos necesarios para criarlos e, igualmente, si la tierra donde uno nace no ofrece los suficientes para mantener a la familia, se va a buscarlos a otro lugar.
     Por lo que sabemos, la economía de las Siete Villas durante los siglos XVI y XVII se basaba, mayoritariamente, en el aprovechamiento agropecuario y en la fabricación textil, especialmente paños. Comencemos por esta última al ser la más significativa para este tiempo. (Para abundar en la materia puede consultarse Córdoba en el siglo XVI. Las bases demográficas y económicas de una expansión urbana, de José I. Fortea Pérez, de donde se extraen datos y cifras.)

La industria pañera en Córdoba en el siglo XVI: articulación rural-urbana.

    Ya en el siglo XV se había constituido en Córdoba una pujante industria textil que se fundamentó en la articulación rural-urbana del proceso productivo. En otros lugares como Segovia se basaba en la diferencia entre la pañería rural y la urbana tanto por la calidad de sus productos como por los mercados a los que atendía. En Córdoba, en cambio, se practicó una división de las distintas etapas, según la cual las labores de preparación de los paños (hilado, cardado y tejido) se hacían de modo disperso en los medios rurales, mientras que las labores finales de apresto (bataneado, tundido, teñido) y la venta se hacía desde la capital cordobesa.
     El mercado en el que quería penetrar la pañería cordobesa estaba en plena expansión, y los principales instigadores, los mercaderes, apostaron por la calidad para introducirse en él. El acoplamiento y división de funciones entre los ámbitos rural y urbano permitía rentabilizar al máximo los recursos disponibles y sortear las dificultades.
     En el "Reino" de Córdoba había una abundante cabaña ovina que ofrecía lanas de diferente calidad, bastas en la Campiña y finas en la Sierra. Pero, por otra parte, la fabricación de paños requería de costosas infraestructuras (batanes, por ejemplo) o de unos caros productos tintóreos que había que importar. Para los pequeños productores el ciclo completo de producción habría supuesto unos importantes desembolsos de capital, de construcción y mantenimiento de infraestructuras, de conocimientos de los mecanismos financieros y comerciales necesarios, que estaban fuera de su alcance. Por lo tanto, era mejor concentrar en el medio urbano todas las labores de apresto si se querían hacer buenos productos capaces de penetrar en el mercado nacional, o incluso para la exportación. Así que se produjo la división del trabajo entre los centros productores, especialmente los Pedroches, y la ciudad. Consecuente a este proceso fue la pérdida de autonomía de la producción textil rural, encaminada a su envío a la ciudad para sus adobíos y venta. Y, también, que fueran los mercaderes cordobeses quienes más se beneficiaran de esta articulación rural-urbana, ya que fueron quienes aportaron la base financiera y estaban además capacitados para conocer las exigencias de un mercado en expansión.

Calidad igual a cantidad.

     Junto al Guadalquivir y al sur de él había centros textiles (Montoro, Aldea [Villa] del Río, Bujalance, Castro del Río, Baena) que elaboraban productos de bajo valor, dedicados en buena medida al consumo interno. Los telares de los Pedroches, en cambio, se especializaron en tejer paños de gran calidad.
     A comienzos del siglo XVI las fuentes documentales indican que en Pedroche (o Villapedroche, como se la denomina también) se fabricaban velartes, palmillas y paños veinticuatrenos. La calidad estaba determinada en gran medida por la cantidad de materia prima empleada en cada tipo, y el veinticuatreno era el paño para el que se se empleaban en su urdimbre 24 centenares de hilos (en Bujalance o Castro del Río se tejían paños bastos catorcenos o dieciochenos, por mucho, con 14 y 18 centenares de hilo por urdimbre). El velarte era un paño furtido y lustroso, de color negro, con el que se elaboraban las típicas capas españolas.
     La materia prima para la industria textil al norte de Córdoba procedía de los numerosos rebaños riberiegos de ovejas merinas que, entonces como ahora, se nutrían de la pradera natural.


     Aunque también en los Pedroches se tejieran productos de menor calidad para el consumo propio, su auténtica especialidad era tejer paños de alto valor "en jerga", semielaborados, en los que su apresto final se realizaba en Córdoba. De 1508 es un arancel de salarios textiles de Pedroche, donde se manifestaba expresamente que "la cosa más útil y provecha y más principal de la vivienda de los vecinos y moradores de esta villa es el oficio que tienen de hacer paños, por donde esta villa ha sido y es más aumentada". Casi al final del siglo, en las averiguaciones de alcábalas de 1590-1595, el regidor de Pedroche manifestaba que "el trato de paños es el principal de esta villa y tan general que casi todos los vecinos de la dicha villa trataban en él y con poco caudal se hace un paño diez o doce veces al año". En otros documentos se expresa que hacia 1560 sólo la villa de Pedroche producía unos tres mil o cuatro mil paños veinticuatrenos al año.
     Algo similar nos encontramos en Torremilano. En 1500 el concejo de la villa impuso una ordenanza en la que se prohibía que hubiera factores o corredores en busca de paños, "porque es el trato de la gente y no vive de otra cosa" (se pretendía evitar la explotación de los pequeños telares locales por parte de mercaderes, corredores o factores). En 1589 afirmaba el concejo local que "el trato y granjería de esta villa es lanas y paños, y heredades y labor, aunque lo de heredares o labor es poco".
     Pero, al igual que comprobamos al analizar la población, no hubo uniformidad en la producción pañera entre todas las villas de los Pedroches, sino que hubo diferencias entre ellas más que notables.

Niveles de producción comarcal.

     Lo cierto es que sólo disponemos de volúmenes de elaboración para el tiempo final del siglo XVI, época en la que ya era evidente una contracción de la producción. Entre 1590-1595 se contrataron anualmente unos 12.500 paños en el mercado cordobés, mientras que diez años antes la media era superior a 16.000, y a mediados del XVI, época dorada de la pañería cordobesa, se hablaba incluso de treinta mil piezas al año.
     En 1588 el corregidor de Córdoba pidió información a los concejos de las villas de los Pedroches sobre sus niveles de elaboración textil, estimándose en unos siete mil anuales, es decir, el 56% de la producción pañera cordobesa de calidad. Esto es superior a centros textiles tan importantes en la época como Cuenca, que a mediados del siglo XVI fabricaban unas cuatro mil piezas por año.
     Los datos se muestran en la siguiente tabla, sobre la que hay que hacer alguna precisión. La población no es el que decían los concejos en sus informes, porque la tasa de natalidad que se obtiene a partir de ellas no es creíble, y porque son cifras sospechosamente redondeadas a la centena o cincuentena. Prefiero emplear los vecindarios incluidos en las averiguaciones de alcábalas fechados un par de años antes, en 1586, por dos motivos: primero, porque la tasa de natalidad (respecto a los bautismos de Villanueva de Córdoba) que se obtiene con ellas sí resulta factible; segundo, porque son las cifras de vecindarios y año empleados por Francisco Javier Vela Santamaría  en su estudio sobre el aprovechamiento agropecuario en Andalucía, lo que nos permite establecer relaciones y comparaciones.
     En cuanto a la valoración por pieza, a finales del XVI en Alcaracejos un paño de treinta varas costaba 6.000 maravedís, por lo que uno de 40 varas, que era la medida establecida por las ordenanzas, supondría 8.000 maravedís. Es cierto que no todos los paños fabricados en los Pedroches tenían las 40 varas reglamentarias de longitud (33,31 metros), pero como también se elaboraban piezas de menor calidad no incluidas en el informe, puede ir una cosa por otra. Aclarados estos términos, estas son las cifras:

 (A partir de José I. Fortea, 1980, 390.)

      Los siete mil paños de ese año supusieron unos ingresos de 56 millones de maravedís, una auténtica pasta, equivalente a 160.000 escudos que, con el peso estándar de cada uno, habrían supuesto unos 540,8 kg de oro; al cambio actual de unos treinta euros el gramo aúreo, "maomenos", como decían los Luthiers, vendrían a ser (con todas las salvedades habidas y por haber) 16,22 millones de euros. A ver, hay que dejar claro que no es una equivalencia, sino una simple estimación para que podamos hacernos una idea. Por aquellos mismos años en que se hacía el informe, el ejemplar escudero Sancho le decía a su señor don Alonso Quijano que con veintiséis maravedís al día cubría la mitad de sus gastos: su jornal habría sido real y medio. Un siglo después, en 1692, un jornalero de Pozoblanco que saliese de su casa para cavar, podar, esquilar ganado u otras cosas cobraba un real y medio desde el primero de octubre al primero de abril, y dos reales el resto del año. Por estos tiempos un real equivalía a 34 maravedís, y un escudo de oro a 350.

     (Una cuestión sobre precios y valores. Mientras que un artesano de los Pedroches cobraba unos 200 maravedís por vara de paño a finales del siglo XVI -se supone que yendo a su cuenta la adquisición de materia prima-, un mercader de Córdoba lo vendía por 530. Es cierto que a su cargo iban las cuestiones de financiación -de hacerla-, bataneado, cardado, teñido, transporte y venta, pero es indudable que era también quien obtenía el mayor beneficio. Algo similar a lo que ha venido ocurriendo con el cerdo ibérico: en las dehesas de los Pedroches se alimenta en montanera; vendido en vida, era en otros lugares donde se sacrificaban, poniéndoles su marchamo y vendiéndolos como propios; figurarán como "Jamón de Guijuelo", por un poner, pero se crió en la Dehesa de la Jara, Navalazarza o Nalonguilla, en el NE de los Pedroches.)

      Analizando la tabla se constata que, cuantitativamente, eran los tres municipios más poblados, Torremilano, Pozoblanco y Pedroche, los que acaparaban el 78,6 de la producción de la comarca. Cualitativamente, en la relación de maravedís por vecino, eran Torremilano y su antigua aldea, Añora, junto con Pozoblanco, las principales villas beneficiadas. Alcaracejos y Torrecampo ofrecían un promedio de un paño por vecino al año, con unos ingresos de unos 7.600-8.000 maravedís por cada uno.
     El verso suelto lo constituye Villanueva de Córdoba, con unas cifras muy inferiores a las medias comarcales: apenas si se fabricaba un paño por cada tres vecinos, y los ingresos por cada uno eran diez veces inferiores a los de Torremilano; con más del doble de población que Añora, se fabricaban la mitad de paños que allí. Hacia 1585-1589 sólo había cuatro o cinco tejedores en la localidad; siendo más abundantes los vecinos que compraban pequeñas cantidades de lana para hilarlas en casa. Dada la escasa entidad de la industria local, el cabildo cordobés autorizó que esas hilazas fueran vendidas en otras villas de la comarca.

      Considerando que en 1586 la renta agrícola por cada vecino de Villanueva de Córdoba era de 11.856 maravedís -la media comarcal, 11.167 maravedís- (F. J. Vela Santamaría, 1983)-, los 2.914 maravedís procedentes de los paños sólo eran la quinta parte de los ingresos locales por vecino. Así que hay que matizar la opinión de J. I. Fortea Pérez (1981, 285): "Los pueblos de la comarca vivían mayoritariamente de la labor de los telares, cuya producción excedía con creces las necesidades de su cosumo local e incluso comarcal": no en todos las villas fue así. La industria pañera fue muy relevante durante el siglo XVI en Pedroche, Torremilano, Pozoblanco o Añora, pero de muy pequeño tamaño en Villanueva de Córdoba.
     El mismo autor considera que el motivo para que se desarrollase la industria textil en la comarca de los Pedroches fue la incapacidad de la tierra para crear excedentes agrícolas, especialmente cereales, lo que obligaba a importarlos desde la fértil campiña cordobesa. Los paños les habrían generado los recursos suficientes para adquirirlos. Este modelo no explica, sin embargo, el espectacular crecimiento demográfico de Villanueva de Córdoba: si en el campo no había trigo para alimentar a muchos niños, y tampoco había paños con los que obtener los maravedís necesarios para comprarlos, ¿cómo pudo crecer su población mucho más que ninguna otra de los Pedroches? Dejemos esta cuestión para analizarla en otra entrada.
     "El pequeño taller doméstico parece constituirse en la unidad básica de la producción de la pañería" de los Pedroches (J. I. Fortea, 1981, 353), coexistiendo diversos modelos de producción. En uno de ellos el artesano [equiparable, digamos, a un autónomo actual] adquiría la lana necesaria y elaboraba los paños en jerga, semielaborados, que eran trasladados a Córdoba para su adobío final. Así que en muchas ocasiones no se hicieran piezas de 40 varas, como disponían las ordenanzas, sino de 25 ó 30 varas, tal y como se decía en el cabildo cordobés en 1565, porque en la comarca "había mucha gente pobre cuyo caudal no alcanza para hacer paños enteros y con hacer medias se entretienen y pasan su vida".
     Otro sistema, potenciado por los comerciantes sobre todo a finales del siglo XVI, era el conocido, en la actualidad, como verlags-system o putting-out system (con perdón), por el cual el capital se empleaba sólo para facilitar la materia prima y comercializar el producto, pero no en el sistema de proceso productivo. El mercader adelantaba la lana (o concedía préstamos para adquirirla) a los productores rurales y luego controlaba la distribución del producto, dejando lo que era la fabricación en sí en manos de pequeñas empresas familiares. Y eso podía producir abusos.
     En 1500 el concejo de Torremilano prohibió la existencia de corredores y factores que empleaban este modelo comercial, pues podían aprovecharse de la pobreza de muchos trabajadores textiles y explotarlos. Entre 1585 y 1589 los concejos de Pozoblanco, Montoro y Villanueva de Córdoba consiguieron diversos mandamientos de la ciudad por los que se prohibía que en esas villas hubiese factores de los comerciantes.
     El concejo de Montoro expresaba claramente los motivos: "Algunos vecinos de ella, especialmente los corredores y arrieros, tienen por trato y granjería tener en su poder dineros en depósito de mercaderes y otras personas, vecinos de esta ciudad y otras partes, para comprar ganados, paños y otras mercaderías a los vecinos de la dicha villa, lo cual era causa de que los vecinos de la dicha villa fuesen apremiados y molestados para que pagasen a día diado sus deudas, y los deudores no les esperasen por ellas; y, forzados y compelidos, venden sus ganados y paños y otras mercaderías a los dichos corredores, arrieros y otras personas a menos precio de lo que valen de contado, y ellos no les quieren dar más por ver la necesidad que los vendedores tienen, y que los vendedores les aprietan por las deudas y que, con esto, la mayor parte de los vecinos de la dicha villa están perdidos y destruidos".
     Casi dos siglos después, el 22-07-1689, el concejo de Pozoblanco continuó con la misma medida, ordenando que "ningún comprador de Palma o Coria deje dinero a los tales tejedores para paños, ni los tejedores los tomen para sí u otra persona alguna".

La crisis de finales del XVI.

      A finales del siglo XVI se conjugaron una serie de causas en Córdoba que provocaron una grave crisis en todos los órdenes. El primero es demográfico, con las epidemias de peste que asolaron a la capital en 1582-83 y 1601-1602. No hay constancia de que afectara a ninguna localidad de los Pedroches, aunque la serie de bautismos de Villanueva de Córdoba muestra un serio descenso en 1584: fueron sólo 46, frente a los 86 de media de ese decenio.
     Por la misma época  se produjo un colapso agrícola también generado por diversos factores: malas cosechas debidas a cuestiones meteorológicas; aumento de los adehesamientos; ocupación de tierras baldías y venta de las mismas que fueron en perjuicio del pequeño propietario de ganados.
     Aunque, para los contemporáneos, la causa de esta crisis generalizada fue la creciente presión fiscal. Ante los enormes gastos del reinado de Felipe II las remesas de metales preciosos americanos no bastaban; es un mito que ellos fueran el sustento de la Hacienda española, pues sólo representaban el 20% de los ingresos. (La auténtica columna vertebral de la economía de los Austrias fueron las costillas de los campesinos castellanos -los de la Corona de Aragón iban por libre-.) El recurso fue ir incrementando los impuestos. Córdoba (la capital y villas dependientes de ella) habían pagado por alcábalas y tercias 12 millones de maravedís en 1548-1553, 16,6 millones en 1574, 61 millones en 1576 y 42 millones entre 1580-1595. Los sectores artesanal y comercial fueron quienes más vieron subir su contribución. Al producirse esto en el mismo momento en que la producción y comercialización de paños comenzaba a descender, "el Fisco satisfacía a corto plazo las exigencias de la Corona, pero socavaba a la larga las mismas bases de las que se nutría" (Fortea Pérez, 1981, 441).
     Todo este conjunto afectó a la industria textil de los Pedroches. La crisis de la ganadería podría repercutir en el abastecimiento básico de los telares de la comarca, los rebaños de ovejas, la auténtica base de la red de pequeños talleres domésticos..
     La crisis económica endeudó al pequeño agricultor, que no contaba con los recursos suficientes para adquirir paños o sedas. También la sangría demográfica contrajo el potencial mercado comprador.
     Los comerciantes, que desde finales del XV habían promovido actividades productivas, prefieren ahora invertir en otras especulativas, como préstamos usurarios.
     Según José I. Fortea (1981, 459) a finales del siglo XVI se rompen las estructuras en las que se había basado la actividad textil de los Pedroches: "La crisis de producción agrícola, al imposibilitar o reducir la comercialización de excedentes, alteró los términos de intercambio entre sierra y campiña. La especialización artesanal de la primera se fue haciendo cada vez más inviable haciendo aún más agudo su crónico déficit de mantenimientos. La reconversión de actividades o la pura y simple despoblación fueron las respuestas más inmediatas a este estado de cosas... El fenómeno afectó antes y con mayor intensidad a los núcleos industriales que a los agrícolas, precisamente por la extrema dependencia de aquéllos respecto a éstos en la importación de productos alimenticios. Una vez que se inicie el estancamiento agrícola, cuanto más su decadencia, los centros fabriles perderán una de sus apoyaturas básicas, mientras que en los segundos el proceso se irá produciendo con mayor lentitud, pero no por ello de forma menos irreversible a medio plazo".
     A tenor de los datos disponibles, mi visión es otra. En primer lugar, en el conjunto de las Siete Villas de los Pedroches no hay un declive de población a finales del siglo XVI, al contrario, la población continuó aumentando hasta mediados del siguiente siglo. Sí es cierto que algunas, Pedroche y Torrecampo, pierden efectivos en todo este tiempo, pero el saldo comarcal es positivo: 3.538 vecinos en 1561; 4.025 hacia 1590-1595; 4.305 en 1657. La gran caída se produce en la segunda mitad del siglo XVII, cuando en todas las villas apenas si se contabilizaban 3.363 vecinos en 1694. El siguiente gráfico es expresivo:




     El modelo industrial textil como base de la riqueza, tal y como se apuntó, no es aplicable al conjunto de las Siete Villas, pues la que más creció, Villanueva de Córdoba, fue precisamente aquélla en la que menos trascendencia tenía para su economía.

Los chinos del siglo XVII: holandeses, ingleses y franceses.

     Aunque para el siglo XVII no se dispone de la nutrida información que para el anterior, con la que disponemos se constata que hubo una continuidad durante él de la industria textil en los Pedroches, aunque no tengamos datos para cuantificarla. Pudo haber cambios en la estructura de los pequeños talleres domésticos, pero no en las villas de los Pedroches donde se había venido desarrollando.
     Si durante el reinado de Felipe II, un rey trabajador donde los hubo y con vocación de jefe de negociado, existe una nutrida información demográfica y fiscal que podemos emplear, para el de su hijo, Felipe III (según John Lynch el rey más perezoso de la historia española), estamos a oscuras en documentación estatal.
     En 1686 el jurado cordobés Antonio de Mesa elevaba al corregidor de la ciudad un informe sobre la situación de la industria textil en la época. En él decía que unos treinta años antes se fabricaban con los Pedroches ocho mil paños y bayetas anualmente, que se bataneaban en Córdoba, mas que en el tiempo de redactar el informe apenas si llegaban trescientos paños y bayetas. Las cifras quizá sean demasiado elevadas para ser aceptadas sin más, considera José I. Forte Pérez, estudioso de la cuestión, pero revelan el mantenimiento de la actividad en la comarca.
      En realidad, en el informe del jurado Antonio de Mesa no se dice que en los Pedroches sólo se produjeran 300 piezas de paños anualmente, sino que era esa la cantidad que desde la sierra llegaba a la capital cordobesa. La crisis de finales del XVI pudo provocar la ruptura de la articulación rural-urbana que había caracterizado la industria textil cordobesa desde al menos un siglo antes, pero no que desapareciera la industria textil en los Pedroches. Hubo intentos para relanzar la industria textil en la capital cordobesa a finales del siglo XVII, que acabaron fracasando. La cuestión que se plantea es por qué sobrevivieron los telares de los Pedroches cuando no pudieron hacerlo los de Córdoba.
     Como es común en Historia fueron múltiples causas las que generaron este proceso, pero los contemporáneos lo achacaron sobre todo a la invasión de productos extranjeros procedentes del noroeste europeo.
     En Holanda, Inglaterra y ciertas partes de Francia se había desarrollado una nueva pañería en la que se disminuían notablemente los costes de producción al aplicar nuevas técnicas. Mezclando la lana con otras fibras (lino o seda, por ejemplo) aumentaban la gama de productos, a lo que se unía que poseían un colorido más vivo y atractivo que los paños indígenas. En la época se consideraba que los productos nacionales eran más caros que los importados porque su calidad era mayor al emplear más cantidad de materia prima. El bajo precio, decían, se debía a lo poco compacto y delgado que era el tejido extranjero, pero éste acabó imponiéndose.

Calidad como distintivo.

     Para introducir productos nuevos con garantías de éxito en el mercado es necesario que cumplan alguna de estas condiciones: que sean más baratos que los existentes; que los mejoren en calidad o prestaciones; o que sean completamente distintos y novedosos. Los tejidos de los "chinos" del XVIII, ingleses, holandeses o franceses, cumplían la primera y la tercera de ellas. Si los telares de los Pedroches resistieron la embestida fue porque continuaron apostando por la segunda, ofrecer productos de excelente calidad.
     La decadencia de la industria textil de Córdoba en la segunda mitad del XVII estuvo originada por más factores que la competencia extranjera: la alta presión fiscal; el absentismo de los mercaderes (que durante el XVI habían financiado buena parte de la industria pañera); la pérdida de mercados y la carencia de materias primas. Esta última causa fue considerada por los propios contemporáneos como la responsable de que el sector textil no pudiera crecer en España, y eso a pesar de que la península era la cuna de la raza merina, la que aportaba las lanas de mejor calidad para la fabricación de paños.
     Desde la Baja Edad Media se había promovido un modelo de exportación de vellones e importación de paños, que generó muy buenas ganancias a los dueños de los gigantescos rebaños de la Mesta, y a la Corona vía impuestos. Pero así no se promovía en absoluto la industria textil nacional. Desde el siglo XV existía del derecho de tanteo, por el cual la tercera parte de la lana que se fuera a exportar podía ser comprada por mercaderes o telares locales para su uso, pero parece que en el siglo XVII este derecho ya no se tenía en consideración.
     Los telares de los Pedroches se seguían nutriendo de los rebaños locales, por lo que el concejo de Pozoblanco se mostró especialmente diligente en preservar tanto a éstos como a la pradera natural que necesitaban, al ser la industria textil la principal fuente de recursos de sus vecinos.
      Esto es lo que se desprende de las actas del concejo de Pozoblanco durante el siglo XVII (García y Carpio, 1993). Según se refleja en ellas esta actividad continuó siendo la más relevante económicamente para sus vecinos. Y hay que recordar que fue la que más creció en población, para convertirse en la más poblada de las Siete Villas a mediados del siglo XVII:

* Acta del 14-08-1628: "Por cuanto las haciendas de esta villa son cortas y el trato principal es labrar lana, con que se sustentan los vecinos, y ho hay heredades de consideración, juros ni rentas, sino sólo el caudal que se trae en el dicho trato".
* Acta del 01-03-1680, en el que se rebajan los precios de distintos artículos tras la devaluación de la moneda: "Cada vara de paño lobuno batanada, a doce reales, y la de pardo a once reales. Cada vara de paño a lo angosto, a cinco reales".
* Acta del 26-06-1681, en el que se fijan precios de diferentes artículos relacionados con la artesanía y el comercio:  "Tejedores de paños: los tejedores de paños veinticuatrenos han de llevar de tejer un paño lobuno o pardo, a treinta reales; y por los blancos a veinticinco reales". (No sé por qué la lana parda o lobuna se cotizaba más que la blanca, cuando en la actualidad ocurre todo lo contrario.)
* Acta del 22-07-1689: "[Los oficiales] de este concejo dijeron que el trato principal de esta villa es el de los paños que en ella se fabrican...", por lo que prohibían que comerciantes de Palma o Coria dejasen dinero a tejedores locales (que se convertían así en factores suyos).
* Acta del 04-01-1692, donde se fijan los salarios para diferentes oficios:
"Tejedores: que los maestros de tejedores veinticuatrenos lleven por su trabajo de tejer cada paño pardo, veinticuatreno, veintiséis reales, y el blanco, veintidós reales.
Hilanderas: que las mujeres que tomaren de los labradores de paños a hilar sus tramas, hayan de llevar por cada libra de pie compuesto de lo necesario, doce cuartos, y de trama, diez; y que hayan de recibir de los traperos por cada pie veintidós libras pesadas, y lo mismo hayan de entregar"
También se citan otros oficios relacionados de la industria textil, como tundidores. Éstos eran quienes realizaban las últimas labores de refinado, tras haber sido teñidos y lavados. Por el acta de 01-03-1680 se sabe que también que se batanaban en la localidad, lo que quiere decir que en este tiempo no sólo se tejían paños en jerga, semielaborados, para ser acabados en Córdoba, sino que en Pozoblanco se realizaba todo el proceso productivo, al menos en parte de los paños. (En el arancel de salarios de Pedroche de 1508 no se nombra a los tundidores.)

     No sólo se mantenía la industria textil en Pozoblanco, también en otras localidades de la comarca, como se desprende de la disputa entre los concejos de esta villa y el Villanueva de Córdoba por la gestión de la comunal Dehesa de la Jara:
     Tras diversas discrepancias con la administración central, las Siete Villas de los Pedroches habían consolidado a mediados del XVII su aprovechamiento exclusivo de ella. El concejo de Villanueva proponía sobre sus principal aprovechamiento (pastos y bellota) que "no se vendiere, sino que se dejare baldía para que se gozase por los vecinos que tuviesen ganados" (vecinos de cualquiera de las Siete Villas, se sobreentiende). El de Pozoblanco consideraba, al contrario, que "el que hubiere menester de hierba y bellota, la compre". Los motivos que aducía era que ese arrendamiento generaba unos sustanciosos beneficios a los municipios con los que aliviar las cargas impositivas de sus habitantes, y más "no teniendo como no tienen de ocho partes de vecinos la una de ganado para gozarla" (de lo que se colige que los vecinos de Villanueva de Córdoba, o al menos su oligarquía representada en el concejo, sí tenían una cabaña ganadera de consideración). La fuente básica de sus ingresos, continuaba exponiendo el de Pozoblanco, eran los prados naturales de las dehesas comunales de los que se alimentaban los rebaños de ovejas que generaban la materia prima para sus telares: "Por cuanto solo la dicha hierba la compran las personas que tienen ganado de lana, a las cuales, por no guadárseles sus quintos e hierbas, las crías de sus ganados son muy cortas, y siempre van a menos, de que se sigue grandísimo perjuicio a estas villas, por ser el trato principal de ellas el de dicho ganado de lana y paños que con sus lanas se fabrican". Más claro, el agua: los contemporáneos consideraban que la industria pañera era en algunas villas era su principal fuente de ingresos (no en todas, en Villanueva de Córdoba durante el siglo XVII, al igual que durante el siglo XVI, no; la cuestión cambió en el siguiente).
     Aunque Pozoblanco fuera ya desde mediados del XVII la de mayor población, si salieron adelante sus argumentos frente al concejo de Villanueva fue por que contó, evidentemente, con el apoyo y los votos de la mayoría de las otras villas, que también habrían tenido unos intereses semejantes. Por ejemplo, en el acta del concejo de Pozoblanco de 22-07-1689 se citan expresamente "los pies y telas que se traen a vender de Villa Pedroche" (los pies son hilos de lana estambrados, torcidos, usados para la urdimbre en la fabricación textil).

     De lo expuesto se deduce que la industria textil pañera tuvo una especial relevancia económica  en la mayoría de las Siete Villas de los Pedroches durante el siglo XVI, y que continuó durante el XVII, aunque en este tiempo se hubiera roto la articulación rural-urbana que había caracterizado la producción cordobesa de la centuria anterior.
     También se constata que la producción pañera en Villanueva de Córdoba fue muy pequeña y prácticamente irrelevante para la economía general de la localidad. Así que si nos vamos al principio de esta entrada, a la evolución de la población entre mediados del XVI y finales del XVII, es evidente que el desarrollo demográfico de Villanueva de Córdoba en su primer siglo y medio de existencia como villa NO se debió a la fabricación de paños.
     Hay que valorar, como se ha venido indicando, que fue de las siete villas la que más creció, la única junto con Pozoblanco, aunque con mucha mayor intensidad. Es lógico considerar que si creció tanto es porque su economía era capaz de mantener a nuevos efectivos, o tener muchos atractivos para atraer a otros foráneos. Continuando con el axioma, si no fue por la industria textil, hubo de haber otro sector económico capaz de generar y mantener un enorme ritmo de crecimiento del 18,44 por mil entre 1553 (año de su creación como villa) y 1657, y ser la única de las Siete Villas capaz de no perder población durante la segunda mitad del XVII,  época caracterizada por su retraimiento demográfico. Ante la ausencia de otros recursos, como minas o comercio, el principal candidato es el agropecuario, cuyo análisis corresponde elaborar en otra entrada.