En el dolmen de Las Agulillas

viernes, 25 de septiembre de 2015

La cora de Fahs al-Ballut: ¿herencia visigoda?

      Según el historiador del siglo X al-Razi la articulación política y administrativa de al-Andalus se basó inicialmente en la que se encontraron los musulmanes al llegar a la península. Algunos investigadores actuales comparten esta opinión, mientras que para otros el marco territorial de al-Andalus no tuvo que ver nada con los precedentes romano y visigodo. 

     El norte de la actual provincia de Córdoba estuvo encuadrado durante al-Andalus dentro de una demarcación (cora) conocida como Fahs al-Ballut. Para intentar conocer su origen analizaremos sus límites, antigüedad, y especialmente, su relación (o no) con las administraciones territoriales anteriores de la comarca, en las etapa romana y visigoda.


     El norte de la actual provincia de Córdoba fue conocido ya a finales del siglo VIII como Fahs al-Ballut (Campo o Llano de las Bellotas), aunque el viajero Idrisi, a mediados del siglo XII, llamara a la zona al-Balatita (Provincia de las Bellotas). Ya vimos que se trataba de una cora, de una división de la administración territorial de al-Andalus, que se articulaba en tres niveles: de menor a mayor, la qarya o alquería, iqlim (circunscripción) y kura (provincia). Así que cualquier lugar o persona se podía encuadrar en el territorio de una aldea (qarya), que a su vez pertenecía a una circunscripción (iqlim) de tal provincia (kura).

Límites por el sur de al-Balatita en los Pedroches.

     Se pueden conocer los límites meridionales de los tiempos finales de la cora. Tras la conquista de la capital cordobesa por Fernando III en el año 1236 comenzó la ordenación del territorio. Para ello se emplearon los cánones castellanos (concejos, parroquias), pero manteniendo la antigua división administrativa andalusí. En el último tercio del siglo XIII las parroquias de Obejo (en la sierra cordobesa) y de Pedroche establecieron su límite, magníficamente estudiado por E. Ricardo Quintanilla González (2003), cronista de Obejo. El límite del alfoz de la parroquia de Obejo vendría a corresponder con el de al-Balatita.



     Como puede comprobarse en el mapa de arriba, el límite sur de la Provincia de las Bellotas es casi coincidente con el del batolito granítico de los Pedroches. Las sierras colindantes con la planicie granítica estarían directamente bajo el control de la ciudad de Córdoba.
     Al este del meridiano de Villanueva de Córdoba es difícil precisar cuáles fueron los límites de la cora. Si los límites del Arcedianato de Pedroche en el siglo XIII eran herederos directos de la administración territorial almohade, al-Balatita se extendería hacia el este hasta el actual limite entre Villanueva de Córdoba y Cardeña (Montoro hasta 1930).

Antigüedad de la cora de Fahs al-Ballut.

     La que se consideró tradicionalmente la referencia más antigua a esta provincia se databa a mediados del siglo IX, durante el reinado de Muhammad I. Pero en las mismas fuentes textuales árabes nos encontramos con una referencia directa mucho más antigua, otra indirecta pero igualmente evidente de una mayor antigüedad, y, por otro lado, un indicio en la misma existencia y nombre de Fahs al-Ballut.
     Recordemos que en la Historia de los Jueces de Córdoba de al-Jusani se cuenta en la biografía de un cadí natural de los Pedroches, Sulayman b. Aswad, cómo, poco antes de cumplir cien años lunares, mostró a sus amigos un documento en el que su padre, Aswad b. Sulayman, había anotado la fecha de su nacimiento. Tal documento era una carta dirigida por el emir Hisam I a Aswad b. Sulayman, juez de la parte norte de Andalucía, del Llano de las Bellotas y comarcas vecinas, en el que se le ordenaba recaudar y distribuir ciertas contribuciones que se detallaban en el documento. (Esta era una de las funciones de los jueces militares, cargo que tuvo el padre de Sulayman b. Aswad). Dado que Hisam I gobernó entre los años 788-796, quiere decirse que la cora de Fahs al-Ballut estaba perfectamente formada y definida a finales del siglo VIII. Se comprueba también que la parte al norte de Córdoba, "el Llano de las Bellotas y comarcas vecinas" estaba bajo la autoridad de una persona; un motivo podría haber sido la ausencia o escasez de núcleos urbanos de entidad en la que asentarse. (Durante el califato fue frecuente que un gobernador tuviese a su cargo varias provincias, entre ellas Fahs al-Ballut, lo que hizo suponer a algunos que la cora habría desaparecido entonces. No parece que fuera así, pues hay referencias específicas a cadíes de Fahs al-Ballut en tiempos de los dos primeros califas, y que la costumbre de agrupar a Fahs  al-Ballut con otros territorios para que fueran gobernados por una sola persona venía de tiempos antiguos.)
     Otro dato que confirma la antigüedad de Fahs al-Ballut al menos a finales del siglo VIII es la nisba "al-Balluti". La nisba es la parte del nombre árabe que hace mención al origen étnico, tribal, familiar o geográfico de una persona. Una persona que lo portó fue Abu Hafs Umar ibn Suayb al-Balluti, quien en el año 818 participó en el famoso motín de Saqunda, en el que los cordobeses de este arrabal al otro lado del río se rebelaron contra el emir. Tras ser derrotados muchos salieron para el exilio; un grupo de ellos, liderado por Umar al-Balluti, logró apoderarse de la isla de Creta, en donde se mantuvo su dinastía casi siglo y medio. Dadas las fechas y los hechos, Umar debió de nacer en los últimos años del siglo VIII, o como mucho en los inicios del IX, y dada su nisbaFahs  al-Ballut debía existir ya cuando él nació.
     El tercer elemento que podría remontar la antigüedad de Fahs al-Ballut a los primeros tiempos de al-Andalus es su propio nombre, que implica la existencia de un encinar, que fuera descrito en el siglo X por al-Razi o en el XII por al-Idrisi. Como bien sabemos quienes vivimos en la gran Dehesa de la Jara, la dehesa es fruto de la intervención humana en el monte mediterráneo, eliminando el matorral para favorecer el crecimiento de arboleda y pastos, creando un espacio, seminatural, susceptible de un aprovechamiento agropecuario. Las excavaciones realizadas en el poblado madrileño de Gózquez, habitado entre los siglos VI-VIII, muestran que el paisaje alrededor de la aldea aparentemente fue desforestado, con grandes áreas de praderas para pastos que favorecerían la aparición de una economía mixta, apoyándose tanto en la agricultura como en la ganadería: eso es precisamente una dehesa.
     Las excavaciones realizadas por Ángel Riesgo en los Pedroches entre 1921-1935, más los hallazgos posteriores, muestran que la comarca de los Pedroches tuvo tuvo una población relativamente abundante durante la etapa visigoda; así que si los musulmanes denominaron a estas tierras como el "Llano de las Bellotas" es porque cuando llegaron ya se encontraron los encinares.

La administración territorial romana.

     Durante el periodo romano la comarca de los Pedroches estaba integrada dentro del convento jurídico de Córdoba. Conocemos relativamente bien la administración territorial de la comarca durante este tiempo, gracias al trifinio de Villanueva de Córdoba. Hacia donde está actualmente esta población confluían los territorios de tres ciudades. Dos de ellas, Epora (Montoro) y Sacili (Alcurrucén, Pedro Abad) estaban al sur, junto al rio Guadalquivir, mientras que la tercera, Solia (Virgen de las Cruces, El Guijo) se hallaba al norte del trifinio. Esto quiere decir que la jurisdicción territorial de Epora y Sacili llegaba en tiempos romanos hasta Villanueva, siendo quizá la frontera entre estas dos ciudades y su vecina Solia la divisoria de cuencas entre el Guadiana o Guadalquivir, o algún otro hito como una calzada que discurriera en dirección W-E. Como sabemos que en época almorávide la linde meridional de la cora de al-Balatita estaba situada muy al sur de Villanueva, se desprende que los límites por el sur de Fahs al-Ballut no dependieron de la administración territorial romana.


     No alcanzo siquiera a atisbar ningún interés en el gobierno omeya por desvincular el norte de la actual provincia de Córdoba del control directo de la capital omeya, qué beneficio le podría suponer esa situación. A menos que, como dijera Ahmad al-Razi (historiador de cabecera omeya), los musulmanes mantuvieran la división provincial que existía a su llegada. Y sí existe un tiempo, en la segunda mitad del siglo VI, en la que podría haber producido la ruptura política y administrativa entre Córdoba y el norte de la actual provincia

La desconocida etapa visigoda.

     Para el periodo posterior romano no disponemos de ninguna fuente documental (literaria o arqueológica) que nos ilumine sobre la cuestión de la administración del territorio durante la etapa hispanovisigoda, y entramos en lo que es el campo de las conjeturas, aunque intentando aplicar el sentido común: no hemos de suponer que sólo existió lo que se ha conservado en las fuentes literarias, pero si se plantean argumentos desde conjeturas, el esfuerzo de razonamiento ha de ser superior.
     La base para la articulación política y administrativa del reino de Toledo fueron las ciudades. Ignoramos si en el norte de Córdoba existió algún lugar de población con tal categoría. En la Virgen de las Cruces, lugar donde estuvo con gran probabilidad, la ciudad romana de Solia, hay evidencias de su actividad entre los siglos I d.C. y comienzos del IV d.C., pero sólo hay un fragmento de inscripción de época visigoda. El baptisterio tetralobulado en la actual ermita y una pátena litúrgica de finales del siglo VII o comienzos del VIII indican la existencia de una iglesia, aunque no su pervivencia como ciudad.
     Tampoco sabemos cuándo se produjo la fundación de la que fuera capital de Fahs al-Ballut, Bitrawsh (Pedroche), si fue en el periodo de al-Andalus o ya estaba antes, aunque en la tradición local de la comarca se han mantenido leyendas sobre su origen visigodo.
     Me parece muy significativo que Fahs al-Ballut estuviera desvinculada territorial, administrativa y jurídicamente de la capital cordobesa en la etapa musulmana, cuando había estado bajo su órbita en el periodo romano. Las únicas circunstancias históricas que conozco que pudieran haber provocado tal ruptura se produjeron en el siglo VI. El que los documentos que nos han llegado de esa no nos digan nada sobre esto, repito, no quiere decir que no se produjera, obviamente.
     Tras el colapso del Imperio romano y las migraciones a comienzos del siglo V, las aristocracias nativas coparon el poder, y en muchos casos no estaban dispuestas a cedérselo a unos nuevos soberanos, visigodos, que decían ser portadores de la legitimidad. Dentro de esta óptica, y no desde las tensiones religiosas, hay que entender la lucha entre Agila y los cordobeses.
     En el año 550 el rey Agila entraba en Córdoba, y según San Isidoro de Sevilla, profanó la iglesia del mártir local Acisclo, usándola como establo. Los godos eran arrianos frente al catolicismo de los hispanorromanos, pero no solían emplear la fuerza en materia religiosa; su peculiar confesión era una manera de afirmar su identidad grupal, siendo una minoría de la población hispana.
     Los cordobeses derrotaron a Agila, apoderándose del tesoro real y matando a un hijo suyo. Agila tuvo que retirarse a Mérida y unos pocos años después fue asesinado allí, eligiendo la nobleza a Atanagildo. El nuevo rey había llamado en su apoyo a los bizantinos, pero Justiniano, que se había apoderado del norte de África y gran parte de la península itálica, aspiraba a reconquistar Hispania para sus dominios. Las tropas imperiales se asentaron en una franja costera, con ciudades importantes como Cartagena. No hay constancia de que dominaran directamente Córdoba, pero su sola cercanía haría que los monarcas visigodos tomaran medidas, como copiar a los bizantinos e instalar colonos militares de forma permanente cerca del enemigo en tierras reales a cambio de sus servicios. La nobleza goda habría ido asumiendo a la vez más funciones militares y fiscales.
     Atanagildo reconquistó Sevilla, pero fracasó en los intentos de apoderarse de Córdoba (566-567 d.C.). En el año 572, ya en el reinado de Leovigildo, se produjeron numerosas revueltas campesinas que obligaron al rey a someter a muchas ciudades y fortalezas. En Córdoba habitaban los potentiores, la gran aristocracia latifundista hispanorromana, que no estaba en absoluto contenta con el intento de unificación y control del territorio peninsular por parte de Leovigildo. En ese mismo año de 572 Leovigildo logró conquistar Córdoba tras un sangriento asalto nocturno.
     Once años después, derrotado Hermenegildo se refugió en Córdoba. En la ciudad existía una guarnición bizantina, que fue sobornada por Leovigildo, apresando luego el rey a su hijo rebelde. La presencia de tropas imperiales aprovechando la coyuntura demuestra lo delicado de la situación.
     ¿Es posible que durante el tiempo en que duró la insurrección cordobesa la comarca de los Pedroches hubiera quedado fuera de su control directo? ¿O fue esa insurrección la que obligó a algún rey, quizá Leovigildo, a crear una entidad territorial ajena al ámbito de la capital cordobesa? Era una zona no lejana de la frontera, susceptible de un aprovechamiento agropecuario capaz de generar los excedentes suficientes para mantener al campesinado y equipar guerreros. Y, creo que especialmente, porque por la comarca discurrían los caminos más cortos y rápidos entre Toledo y Córdoba.
     Quizá fuera entonces, en la segunda mitad del siglo VI cuando se creara una circunscripción territorial acorde con los intereses del Reino de Toledo, desligada de la levantisca ciudad de Córdoba y con la que se encontraron los musulmanes tras arribar a la península, conservando sus límites pero dándole un nuevo nombre acorde a su esencia geográfica: Fahs al-Ballut.

viernes, 21 de agosto de 2015

La liosa transmisión de apellidos (II) durante la Edad Moderna: el apellido Rojas de Villanueva de Córdoba.

     Me comentaba el otro día un amigo que había comprado los escudos de su primer apellido y el de su esposa. Como motivo decorativo pueden quedar la mar de monos, pero, desgraciadamente, lo más probable es que esos "escudos" nada tengan que ver con la familia de mi amigo. Este es un estereotipo falso pero muy arraigado, y para desmontarlo hay que ir, como Jack, por partes. Veamos primero que són los "escudos de armas", luego las familias o linajes para concluir con un ejemplo práctico de nacimiento y transmisión de apellidos.

Los escudos heráldicos.

     Durante la Plena Edad Media los caballeros acudían al combate con una armadura que los cubría por completo, lo que imposibilitaba su reconocimiento. En el siglo X, pero sobre todo ya iniciado el XI, es cuando surgen en Francia, Inglaterra, Alemania y España los escudos de armas, como un modo de distinguir a los caballeros en los combates. También eran un signo de identidad. Dado que en el equipo militar de la época el escudo defensivo era la pieza que tenía una superficie más amplia, susceptible de ser decorada, fue el lugar preferido para dibujar los símbolos de cada guerrero. Al principio, los escudos eran personales, como signo de identificación militar exclusivamente, pero avanzando el tiempo su uso se extiende a la familia, ampliándose también a mujeres y religiosos
     Si en su origen fueron distintivos de los guerreros que necesitaban identificarse durante el fragor de la batalla, evolucionó para convertirse en un símbolo de distinción de una familia o linaje. Además de los guerreros y sus familias, posteriormente, los blasones también fueron usados por los miembros más acomodados del estado llano, y más adelante pasaron a identificar estados, poblaciones o corporaciones.
     En el siglo XV se comienza la ordenar la materia con la instauración de reglas heráldicas, pues la primitiva adopción de escudos era algo voluntario y de carácter personal, careciéndose entonces de normas de regulación de su uso. Ocurría que algunas personas no se conformaban con recibir el blasón de sus antepasados, sino que preferían uno particular. [No eran de la opinión de Clotulfo, personaje de "La venganza de Don Mendo": "Que en la más alta torre / luzca el pendón de su abuelo, / que no hay un pendón más grande, ni más noble, ni más viejo." Obviamente, esas personas preferían pendones nuevos.]

Apellidos hereditarios.

     Según el DRAE, apellido es el nombre de familia con el que se distinguen las personas. También tiene otra acepción como sobrenombre o mote.
     La función del apellido es servir de complemento al nombre, pues dada la repetición de nombres cuando en la misma población vivían varias personas como el mismo nombre, había que distinguir a unos de otros, como "Juan el de la Fuente" o "Juan el Herrero".
     Los apellidos comenzaron a fijarse durante la Edad Media, con la aparición de documentos legales y notariales. Los escribanos anotaban junto al nombre del interesado el de su padre, profesión u origen, con el fin de identificarlo plenamente. Al principio, esta documentación fue exclusiva de las élites, pero la paulatina extensión de la documentación notarial (ventas, herencias, transmisiones...) como la de los archivos parroquiales, hizo que se extendiera al conjunto de la población el uso de un distintivo junto al nombre de pila, que acabaría convirtiéndose en nuestros apellidos hereditarios.
     Para la formación de este segundo nombre hubo distintos caminos. Uno de los más antiguos habría sido el empleo de algún apodo o mote. Se ha valorado que, incluso actualmente, se mantiene en las zonas rurales la costumbre de emplear apodos para denominar a alguna persona, y que estos motes se heredan: del mismo modo, se hicieron hereditarios los segundos nombres o apellidos.
     En Castilla, León y Navarra se hizo tradición emplear como apellido el nombre del padre de la persona, seguido del sufijo "-ez", con el significado de "hijo de". Así, por ejemplo, Juan Pérez venía a significar "Juan, hijo de Pedro" (en ruso, sería Ivan Petrovich). Estos apellidos, denominados patronímicos, son los más abundantes actualmente en España (de los veinte apellidos más frecuentes, solo dos no tienen este origen en el nombre paterno: Moreno, el 15º más frecuente, y Romero, el 18º).
     No siempre se usó el nombre del padre de este modo, algunos lo tomaron de modo natural (sin el "-ez"), o añadiendo la preposición "de". García o Martín era, a la vez, nombres de pila y apellidos patronímicos: Juan Martín, "Juan, hijo de Martín"; Francisco García, "Francisco, hijo de García".
     Veamos un ejemplo de estos tiempos, un documento fechado en 1295 referente a una donación que hace un matrimonio cordobés. Él se llamaba Fernando Meléndez, hijo de Melén Peláez y doña Velasquita, y ella era Sancha González, hija de Gonzalo Ibáñez de Palma y doña Urraca Fernández. Salta a la vista que los apellidos de ambos derivan directamente del nombre de sus padres.
     En el mismo documento se citan a otras personas, como Fernando Pérez el carbonero, o Pedro Martín el Rubio: ambos sobrenombres, apodos o profesiones, acabarían por convertirse en apellidos hereditarios.
     Éstos surgen como tales, a transmitirse de padres a hijos, hacia los siglos XIII y XIV: en cuanto a la documentación legal o notarial, cualquier persona o familia que tuviera alguna propiedad o derechos estaba interesada en hacer constar un nombre hereditario, como identificativo de su familia, para hacer constar y valer sus derechos sucesorios.
     Al principio, hubo una libertad absoluta para adoptar el segundo nombre o apellido. En el siglo XV aparecen más o menos consolidades los apellidos hereditarios, debido en parte a la instauración en las parroquias de los libros de bautismos, matrimonios y defunciones. Pero no en todos los sitios fue así. Ya comprobamos cómo hasta mediados del siglo XVIII la mitad las personas que contraían matrimonio en Villanueva de Córdoba contaban con apellidos que no guardaban relación alguna con los de sus padres (en estos casos sí la tenían mayoritariamente con los apellidos de sus abuelos.) No sería hasta la instauración del Registro Civil en 1870 cuando se fijase el uso obligatorio y de carácter hereditario de los apellidos paternos, y quedara fijada la forma de escribirse el apellido (Sanz, por ejemplo, fue en su origen la abreviatura de "Sánchez", convirtiéndose en apellido propio.)
     Uniendo los dos epígrafes, escudos y apellidos, se colige que el escudo representa a una familia o linaje determinado (el linaje es la ascendencia o descendencia de cualquier familia). Pero no todas las personas con el mismo apellido pertenecen al mismo linaje: los más de tres millones de españoles que tienen a García por apellido no descienden de la misma persona, sino de un número indeterminado de personas que se tenían a García por nombre de pila, y lo transmitieron como apellido patronímico. Por lo tanto, no todas las personas con igual apellido, especialmente patronímico, tienen "derecho" al mismo escudo". La única manera objetiva y fiable de conocer el linaje de cada persona, la ascendencia o descendencia de una familia, es ir remontándose generación a generación en la documentación conservada en registros y archivos.

Un ejemplo de la complejidad en la transmisión de apellidos: Rojas de Villanueva de Córdoba.

     Mis dos abuelos tuvieron por apellidos Palomo Rojas, y mi abuela paterna fue Rojas Zamora. Al hacer el estudio de la genealogía familiar comprobé que en los tres casos el apellido Rojas procedía de la misma persona, Antonio de Rojas.
     Se casó el 22-04-1725, y según consta en su partida de matrimonio los padres de Antonio de Rojas fueron Pedro Sánchez de Luna y Francisca Martínez.:



      Antonio de Rojas nació el 04-03-1702, y en su partida de bautismo:


también consta que sus padres fueron Pedro Sánchez de Luna y Francisca Martínez. Esta disparidad de apellidos entre una persona (Rojas, en nuestro caso) y el de sus padres (Sánchez de Luna y Martínez) fue frecuente (como se ha apuntado antes) hasta mediados del siglo XVIII en Villanueva de Córdoba.
     En la gran mayoría de casos esta divergencia se explica porque los apellidos se transmitían de abuelos a nietos, así que busqué la partida de matrimonio de sus padres, Pedro Sánchez de Luna y Francisca Martínez. Éste se produjo el 04-02-1686:


     En este documento se dice que los padres de Pedro Sánchez de Luna fueron Juan de la Cruz del Castillo y Ana del Pozo, y los de Francisca, Antón Delgado y Francisca Ruiz la Paloma. (Era también frecuente que la misma persona apareciera con distintos apellidos en la documentación: Francisca Martínez cuando tiene a su hijo Antonio, y Francisca Ruiz cuando se casa.)
     Durante años estuve confuso por completo, al no poder comprender de dónde le había venido el apellido Rojas a mi ancestro, hasta que un día, al revisar su partida de bautismo, me percaté en un detalle que se me pasó por alto la primera vez:

    La madrina de bautismo de Antonio de Rojas fue María Ruiz la Rojas. La sorpresa fue mayúscula. Así que Antonio debía su apellido no a los de sus padres o abuelos, ¡¡sino al de su madrina!!


     Volviendo al origen del artículo, los escudos heráldicos, si una persona natural de Villanueva con el apellido Rojas acudise una de las numerosas páginas que hay en la red sobre la materia, al consultar su apellido se encontraría un escudo como éste:

y este comentario: "Su primitivo solar radicó en el lugar de las Rojas, de cuyo nombre se derivó el apellido; ese lugar, hoy villa, que pertenece al partido judicial de Briviescas y provincia de Burgos, y se tiene por seguro que allí tuvo su arranque la familia..." (descripción y escudo tomados de   http://www.blasoneshispanos.com/, entrada en linaje "Rojas").
      La verdad es que no sé qué relación pudo tener María Ruiz la Rojas con los Rojas de Briviescas, pero Antonio de Rojas, tatarabuelo de mi tatarabuelo, ninguna.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Pregón de la feria de Villanueva de Córdoba 2015

     He tenido abandonado al blog durante todo el mes de julio, porque a primeros del mes la Corporación Municipal me propuso que diera el pregón institucional de la Feria y Fiestas de Villanueva de Córdoba de este año. Ser el representante de tu pueblo es un honor, pero también es una gran responsabilidad, y por ello dediqué todo mi esfuerzo al pregón.
     El domingo pasado tuvo lugar su lectura en la Biblioteca Municipal. Desde hace cuatro años se vienen editando los pregones anuales en unos pequeños libritos, y hasta que se edite voy a incluir en este blog una parte de mi pregón. Éste constaba de tres partes: ferias, fiestas y Villanueva de Córdoba; copio la segunda, la referente a las fiestas.



2.- FIESTAS.

2.1.- El carácter de las fiestas.

Las fiestas son el segundo elemento a considerar. Aunque parezca una contradicción, las fiestas son una cosa muy seria. El mismísimo Yahvé, poco dado a las bromas, se lo dejó bien claro, y por escrito, a Moisés en sus tablas de la ley: santificarás las fiestas; él mismo se había tomado un día de fiesta tras la creación del Universo.
Creo que las fiestas tienen su causa primera en una característica de nuestra especie que nos distingue del resto de homínidos: la capacidad para entrar en la mente del otro, para saber lo que piensa. Los conocimientos y la experiencia se multiplican y se transmiten, tanto horizontalmente, entre los miembros de un conjunto, como verticalmente, de generación en generación. Esto nos llevó a evolucionar no como individuos, sino como grupo. Pero esta común unión puede generar tensiones, tanto en las relaciones de los individuos entre sí como entre diferentes grupos. Así que de tanto en cuanto haya que realizar ritos o ceremonias que reafirmen el carácter grupal de una comunidad. Al unirse a la perspectiva religiosa, los ritos y celebraciones impusieron el acatamiento de los principios que permitían la cohesión y el orden sociales.
El carácter comunitario de las fiestas ha sido resaltado por quienes las han analizado desde un punto de vista sociológico y antropológico. Por citar a dos grandes, Émile Durkheim consideraba que la fiesta primitiva era como una efervescencia colectiva, una de las formas elementales de la vida colectiva y la expresión de una solidaridad mecánica. El uno totalitario predomina sobre el átomo individual. Don Julio Caro Baroja, en su obra El carnaval, define a la fiesta como el hundimiento del individuo en el subconsciente colectivo.
El tiempo es un componente esencial de la fiesta, pues, además de su carácter de cohesión social, la fiesta es una ruptura del hábito, la negación de lo cotidiano y la trasgresión de las normas establecidas. El tiempo festivo es universal y cósmico, se produce y reproduce constantemente; hay un nacimiento, un desarrollo y una muerte de la fiesta, lo que sirve para generar y regenerar la cultura de un grupo social.
La fiesta es también el momento de inserción en la comunidad de nuevos miembros, que asumen los valores culturales del grupo, o de reencuentro de los que se encuentran diseminados.
Al igual que el sueño nos sirve para eliminar los residuos de la actividad diaria, las fiestas son también las ocasiones que sirven de catarsis, de limpieza purificadora de la comunidad.
La fiesta, pues, se nos muestra como una Jano Bifronte (o el águila imperial de los Austrias de nuestro escudo), con dos caras aparentemente opuestas pero que forman parte de un único cuerpo, de una única realidad social: ceremonias y ritos de cohesión social de carácter grupal, pero también “regocijo dispuesto para que el pueblo se recree”, como dice el DRAE.
Hasta prácticamente mediados de la década de 1960, cuando la cultura del ocio estaba aún por descubrirse, eran muchas familias que vivían en los campos durante meses, y tenían en esos pocos días de feria el único escape anual a la rutina de las labores agrícolas. Y como tal era vivida, con el regocijo que ofrece lo escaso.
Hoy en día nuestros hábitos han cambiado, los motivos que dieron lugar al cambio a agosto de la feria ya no se dan, y quizá fuera positivo que la feria volviese a septiembre, al primer martes de septiembre, por ejemplo, para que no coincidiera con las vacaciones de agosto de la mayoría de la población, ni tampoco con el calendario escolar. Nuestra feria y fiestas locales deben potenciarse, pues no debemos olvidar que constituyen un elemento primordial de nuestra identidad grupal, tanto para nosotros mismos como ante las comunidades vecinas.

2.2.- Otras fiestas de Villanueva de Córdoba.

La feria de agosto, antes de San Miguel, es la fiesta que celebra de forma institucional la comunidad de Villanueva de Córdoba, pero hay en el ciclo anual otras que también pueden definirse de jarotas, tanto por su forma o por la manera de manifestarse.
La primera en el calendario es la de San Sebastián, el 20 de enero. Es la fiesta de los aceituneros, pues era en esos días cuando se estaba desarrollando la plena recolección de aceitunas. Es una fiesta jarota en tanto otras localidades cercanas celebran la misma fiesta días antes, el de San Antonio. Cuando las gentes pasaban largos periodos en los olivares, este era un día especial; la víspera del Santo se hacían grandes candelas en los cortijos, visitándose unas faneguerías a otras y culminando la velada con cantos y bailes. Hoy en día, las candelas que se hacen en lo Alto del Santo, junto a la ermita de su titular, mantienen esta tradición.
Prosiguiendo en el calendario, a la espera de la primera luna llena de la primavera, la Semana Santa se inaugura en Villanueva diez días antes del Domingo de Ramos, en una procesión exclusivamente jarota: La procesión de las Velitas. Su origen pudo estar en el traslado de la imagen de la Virgen de los Dolores desde la iglesia de San Miguel a la ermita de Jesús, en la calle Real, aunque luego acabara consolidándose como uno de los elementos más singulares de la cultura jarota, pues junto a la Virgen, los protagonistas de ella son los niños, que la acompañan portando velas, cuyo adorno tradicional eran azucenas de papel. El desfile de los niños acompañando a la Virgen de los Dolores es absolutamente entrañable y lleno de emotividad, y sientes que es el futuro de Villanueva el que pasa delante de ti.
Cincuenta días después del Domingo de Resurrección, en el Lunes de Pentecostés, tiene lugar la que considero la auténtica fiesta nacional jarota: la romería de la Virgen de Luna, en la que su imagen es traída desde su ermita a Villanueva, donde permanece hasta el segundo domingo de octubre, en que es llevada de nuevo al santuario. El que podamos hacer hoy esta romería no fue gratuito, nuestros antepasados jarotes tuvieron que luchar, y no solo en sentido metafórico, para realizarla. Los primeros pleitos con otro municipio cercano datan de 1589, reactivándose durante 1681-1685. No cejamos en nuestro empeño, y cada año celebramos su llegada. La procesión del Lunes de Pentecostés en Villanueva de Córdoba es como el Aberri Eguna o la Diada jarota, pero con la diferencia de que es mucho más antigua, y no es artificial, sino que  nació del pueblo, quien la mantuvo y la vive con júbilo. Es cuando se muestra de modo inequívoco el, digamos, sentimiento nacional jarote. Por eso, cuando se produjo el gran éxodo migratorio de los años 60-70 del pasado siglo, en los dos lugares donde residían más personas naturales de Villanueva, en Barcelona y Madrid, se crearon hermandades de la Virgen de Luna. Fue usual entre los emigrantes andaluces que, para reafirmar su identidad al residir en otros lugares, se unieran o crearan cofradías de la Virgen del Rocío. A los jarotes que habitaban en Madrid o Barcelona no les hacía falta, nuestra Virgen de Luna era el símbolo, el icono de nuestra comunidad, Villanueva de Córdoba, lo que la representaba y lo que la definía. No nos hacía falta nada más, y mucho menos si era ajeno a nuestra tradición. Bien visto, ¿cuántos pueblos hicieron lo que nuestros paisanos allí, seguir manteniendo su cultura, ritos y símbolos, allá en tierra extraña?

miércoles, 1 de julio de 2015

Descarga libre del libro "Historia de la Cooperativa San Miguel de Villanueva de Córdoba (1959-2011)"

     Este libro podría haber sido publicado en marzo de 2013, pero circunstancias ajenas a mi voluntad y deseos hicieron que naciera dos años después. Bien está lo que bien acaba, dicen por estas tierras.
     La edición en papel fue de un millar de ejemplares, que prácticamente se han repartido entre los socios y trabajadores de la cooperativa, más los que la Diputación Provincial de Córdoba reparte en bibliotecas públicas.
     Juani Moreno, que se encargó de la maquetación de la obra, la ha pasado a formato .pdf para que quien lo desee la pueda descargar:

Historia de la Cooperativa San Miguel de Villanueva de Córdoba (1959-2011)


Salmorejo jarote: un fósil gastronómico de época cervantina.

     Algo que siempre me ha atraído es la historia de la vida cotidiana de la gente que habitó antes que nosotros en las dehesas de los Pedroches: conocer cómo eran las casas dónde vivían (la arquitectura tradicional), los nombres que tenían esas personas, de qué se alimentaban... Vamos a tratar, precisamente, de un plato típico de Villanueva de Córdoba, el salmorejo jarote (recordemos que jarote es el gentilicio de los naturales de Villanueva).


     Durante la visita del Papa Juan Pablo II a España en agosto de 2011 fue agasajado con un menú de platos tradicionales españoles, entre los que se incluía un salmorejo cordobés con huevos de codorniz cocidos y jamón ibérico (aunque sin ajo).
     Cuatro siglos antes, el Diablo Cojuelo llevó a don Cleofás a la Venta de Orán (sita a unos 13,5 km al SE de Villanueva, y a 4,5 km de la actual estación del AVE), donde se comieron un salmorejo con perdigón y conejo, supongo que rico, rico, rico. (Aunque en la obra de Vélez de Guevara, publicada en 1641, dice "Venta de Darazután", ésta se encuentra a medio camino de Toledo y Ciudad Real, mientras que el Cojuelo iba a una venta "que es en Sierra Morena". Además, hay varias referencias en el mismo capítulo a Adamuz, que es la villa más próxima a Venta de Orán en dirección a Córdoba).
     La cuestión es: ¿comieron Su Santidad y don Cleofás el mismo plato? Al menos, se llamaba igual.
     El salmorejo, palabra derivada del latín salemuria, es, según el DRAE, una especie de gazpacho que se hace con pan, huevo, tomate, pimiento, ajo, sal, agua, vinagre y aceite, todo ello muy desmenuzado y batido para que resulte un puré. El salmorejo cordobés que le sirvieron a Juan Pablo II es una sabia mezcla de pan, aceite, tomate, vinagre y sal, con otros aditamentos (para unos básicos, para otros prescindibles) como ajo, pepino o pimiento, batido para tener la textura de un puré más bien espeso, y al que se adorna con jamón y huevo cocido.
     En el Tranco V del Diablo Cojuelo, cuando entran en la Venta de Orán piden de comer al ventero, y este les contestó "que no había quedado en la venta más que un conejo y un perdigón, que estaban en aquel asador entreteníense a la lumbre.
     -Pues trasládenlos a un plato, dijo don Cleofás, señor Ventero, y venga el salmorejo, poniéndonos la mesa, pan, vino y salero".
     Considerando que el tomate es un ingrediente fundamental del salmorejo cordobés, pero que era un desconocido aún en los huertos españoles a mediados del siglo XVII, y que tardaría un siglo en llegar a las mesas -al igual que el pimiento-, lo que tomaron el Cojuelo y su compañero en la Venta de Orán no pudo ser el denominado hoy salmorejo cordobés. Además, éste no tiene entre sus ingredientes básicos la carne de caza o de ave. La conclusión es evidente: aunque tuvieran el mismo nombre, "salmorejo", Juan Pablo II (2011) y don Cleofás (1641) tomaron platos bien distintos. (Hay, sin embargo, quien considera que el salmorejo es uno y cordobés, cual califato Omeya: No hay más Salmorejo que un único Salmorejo. Pues no, es plural y poleteísta, como el gazpacho.)
     Sabemos cómo era el salmorejo que se tomaba en las ventas de Sierra Morena en el siglo XVII porque se ha conservado en la gastronomía de Villanueva de Córdoba. Si el arroz en paella caracteriza a la cocina levantina, los asados a la castellana o la fabada a la asturiana, el salmorejo jarote, que no es un puré, sino una sopa fría, puede ser considerado como el "plato nacional jarote" por excelencia.
     Sus ingredientes básicos los tenía a su disposición cualquier ventero de los que describiera don Miguel: aceite, sal, vinagre, huevos cocidos y ajos asados que se preparaban rápidamente mientras seguían entreteniéndose a la lumbre el perdigón y el conejo (sustituidos hoy por el prolífico pollo). En un dornillo, tallado en el nudo de una encina, el ventero ponía las yemas de los huevos cocidos, los ajos asados, aceite, sal y vinagre. Los majaba hasta formar una crema suave, a la que se incorporaban la clara de los huevos y los trozos del perdigón, conejo (o pollo). Al conjunto se le echaba agua fresquita del pozo, en la cantidad suficiente y necesaria para dotarlo de una textura acuosa: el salmorejo jarote no es una crema o un puré, sino una sopa fría.
     Así se ha conservado hasta nosotros, y seguimos tomándolo en Villanueva del mismo modo que pudo hacerlo Cervantes en las ventas que tan bien conocía, aunque ahora se puedan incorporar elementos postcolombinos, como pimiento y tomate asado, con los que el salmorejo jarote casa muy bien.
     Bien visto, es un plato apropiado para el verano caluroso de Sierra Morena, por su aporte de líquidos, oligoelementos y vitaminas. También es equilibrado por sus grasas, en las que domina el aceite el oliva, y el ligero aporte proteínico del pollo, conejo o perdigón, junto a la clara del huevo.
     Es una receta que se transmitió de generación en generación, y aunque no fuera de consumo habitual, sino para días especiales como podía ser una boda, se mantuvo en el ámbito deméstico. Desde hace unos años salió de él para incorporarse en los menús de restaurantes locales o banquetes nupciales, con muy buena aceptación para quienes no lo conocían. Los jarotes, claro está, seguimos disfrutando de nuestro salmorejo.   

domingo, 21 de junio de 2015

Un dolmen iluminado en el amanecer del solsticio estival

     Se conoce genéricamente como "dolmen" a las estructuras arquitectónicas funerarias levantadas en Europa durante la Prehistoria Reciente (desde el Neolítico en adelante), con un carácter -al menos- funerario. Hay distintos tipos que reciben diferentes nombres por los especialistas (tholos, sepulcros de corredor, galería, cista...), aunque, en general, son más conocidos como dólmenes.
     Mayoritariamente constan de un recinto, construido con grandes piedras u ortostatos, con una entrada de acceso, que casi siempre suele estar orientada al este (90º E) . Por eso me extrañó el que se encuentra en la zona de Torrubia, término de Cardeña y a unos 6,5 km al SE de Conquista, porque su pasillo no tiene esa orientación general, sino que tiene una marcada diferencia: 60º ENE. Dado que en esa orientación se encuentran las sierras de Fuencaliente, donde se concentra una gran cantidad de abrigos con arte esquemético, mi primera impresión es que pudiera estar relacionado con ellas. Mas luego reparé que había otra explicación, muy atractiva.
     El dolmen se levanta sobre un pequeño otero con una visibilidad sin obstáculos hacia el norte. Aun es perceptible la corona de piedras que lo circundaba para que no se desmembrase. Es el tipo conocido como "sepulcro de corredor", contando con una cámara y un pasillo de acceso, diferenciados una de otro.
     Es de pequeño tamaño, con una cámara de 122 cm de longitud en su dimensión este-oeste, y 87 cm en el eje norte-sur. El más grande de los que conozco en la comarca, el dolmen de los Fresnillos (Villanueva de Córdoba), actualmente prácticamente desmantelado (hecho que quizá ocurriera en la misma Prehistoria Reciente), contaba con 406 cm de norte a sur; el más majestuoso de los conservados, el dolmen de las Aguilillas (Villanueva de Córdoba), cuenta con una cámara de 1,9 metros de anchura y cuatro de longitud.
     Visto desde el pasillo, por su cara este, este dolmen de Torrubia se ve así:

y así desde la cara sur:


    La otra opción que se me ocurrió para explicar la peculiar disposición del dolmen es que tuviera vinculación con algún hecho astronómico, pues precisamente esa orientación es la que tiene el Sol durante el solsticio estival, en el día más largo del año. Planteada la idea sólo era cuestión de comprobarla.
     Así que, a la del alba sería, estaba listo antes de las siete de la mañana esperando ver la salida del Sol desde las montañas de Fuencaliente, tomando como punto de mira el eje longitudinal, este-oeste, del dolmen. Mi cámara de fotos es del montón, pero se hizo lo que se pudo, y este es el resultado de la sesión de fotos:


 

 
 
  

     Me comenta mi buena amiga Marta (v. el blog Yacimientos en al-Andalus), que en Almendralejo (Badajoz), se encuentra  el tholos de Huerta Montero. Los tholoi son un tipo especial de megalito, con planta circular y una cubierta que no es adintelada, sino de falsa cúpula. Durante unos mil años se inhumaron en él al menos a 109 individuos: es de carácter colectivo, pero no para toda la comunidad, sino para algunos miembros concretos. Cuenta con un gran corredor de quince metros de longitud, y la tumba está diseñada para que los días 21 ó 22 de diciembre (solsticio invernal) entren los rayos del Sol iluminando el fondo del recinto.
     Aunque el lugar más famoso que relaciona megalitos y astronomía es Stonehenge, al sur de Inglaterra, donde hoy se han congregado varios miles de personas para ver la salida del sol en el solsticio veraniego.
     Este "juego" entre el sol y lugares sacros se ha  hecho en distintos lugares y épocas. En el templo egipcio de Abu Simbel, construido por Ramsés II hace algo más de 3.200 años, dos días al año entran rayos solares para iluminar durante unos minutos la cara del faraón.
     Mucho más cerca, en la Sinagoga del Agua (Úbeda, Jaén) también en el solsticio de verano penetran en su interior los rayos solares por un ventanuco.
     En la iglesia románica de San Juan de Mondragón (Guipuzcua) hay una estatua de su titular sobre el tímpano de la puerta. El día de su advocación (24 de junio) y fechas próximas (o sea, en el solsticio estival) un rayo de sol penetra e ilumina durante unos minutos la estatua.
     Sea como fuera, estas mañanas he contemplado el mismo espectáculo que las gentes que levantaron el dolmen hace unos 4.500 años. Merece la pena madrugar para verlo.

viernes, 19 de junio de 2015

Un menhir inédito de los Pedroches.

Me llena de orgullo, y evidentemente satisfacción, traer a este blog otra primicia histórica (lo que se llama ahora exclusiva): un menhir hasta ahora inédito al norte de Torrecampo (Córdoba).


     Todos sabemos que Obélix, el inseparable amigo de Astérix, era muy fuerte porque de pequeño se cayó en una marmita de la poción mágica que confería una fuerza descomunal. Por ello su profesión era repartidor de menhires:


(http://static.comicvine.com/uploads/scale_small/0/1143/82066-156688-obelix.gif)

     Es un guiño histórico más de sus padres, Goscinny y Uderzo, que, dicen, llevaban continuamente en la mochila La guerra de las Galias de Julio César para escribir los guiones. Y precisamente es el noroeste francés, la Bretaña, donde estaba la aldea de los irreductibles galos, el lugar con más concentración de menhires de Europa.
     Menhir significa "piedra larga" en lengua bretona, y es eso, un bloque de piedra (por lo general parcialmente tallado o en bruto) que se encuentra clavado en el suelo, y que, como los icebergs, cuenta con una parte profunda en el interior de la tierra.
     Su tamaño es muy variable. El más grande los conocidos era el de Locmariaquer (Morbiham, Francia), con más de veinte metros de altura y 350 toneladas de paso; hoy está partido en cinco trozos. Los más grandes de los conservados en la actualidad tienen unos diez metros, aunque la gran mayoría tiene unas dimensiones menores.
     Los menhires pueden presentarse aislados o formando alineaciones, que en algunos lugares como Ménec o Carnac (también en Morbiham, en la Bretaña francesa) son espectaculares, con más de mil monolitos alineados en diez u once hileras.
     Su cronología es más difícil de precisar que la de los dólmenes funerarios. Las representaciones en algunos de ellos, o elementos muebles recogidos en sus inmediaciones, indican que son de época Neolítica, aunque otros pudieron levantarse más tarde, incluso en las Edades del Bronce o del Hierro.
     El gran problema es su sentido, su funcionalidad. Algún investigador considera que tuvo una función funeraria, aunque no de deposición de cadáveres, pues para eso estaban unas estructuras muy características en esta época, sino para fijar el alma de los muertos.
     Otros, considerando especialmente las alineaciones, piensan que pudieron tener cierto papel en las observaciones astronómicas; el problema es que no sabemos cuántos han sobrevivido hasta nuestros días, y si esos que conocemos aislados formaron parte en sus orígenes de un conjunto superior.
     Algunos menhires parecen tener una forma itifálica, lo que ha inducido a considerar que eran como los elementos masculinos que entraban profundamente dentro del femenino (la Tierra) para que ésta se fecundara y produjera grandes frutos.
     También están quienes piensan que los menhires son representaciones, si no de divinidades sí de antepasados poderosos, creando un vínculo entre ellos y la legitimidad de la posesión de ese espacio por parte del grupo que los levantó. En este sentido, habrían tenido una misión de afirmación territorial.
     Los hay, igualmente, denominados "hipercríticos", que niegan que todos sean menhires de la Prehistoria Reciente, y los relacionan con algún tipo de deslinde. En este sentido conozco algo la documentación existente, arqueológica o documental, del NE de Córdoba desde tiempos del Imperio romano, y no hay nada que induzca a pensar que haya podido ser la marca de alguna delimitación en tiempos históricos: ni de límites entre ciudades romanas, aqalim de tiempos de al-Andalus, posesiones de las órdenes militares en la Baja Edad Media o términos de las Siete Villas de los Pedroches.
     Otra perspectiva que se valora es que tuvieran una función de culto, fuera cual fuese. Habrían sido situados en lugares donde se celebrasen ceremonias religiosas o sociales. El santuario es un lugar especial, sacro, donde se desarrolla un ritual, es el sitio donde lo ordinario se convierte en significativo o "sagrado" por el mero hecho de desarrollarse allí.
      La verdad, triste y dolorosa, es que no sabemos qué eran los menhires para la gente que los levantó, ni que función o consideración tuvieron entre ellos. Formaron parte de un paisaje social, conocido y con sentido entre sus contemporáneos, pero que a nosotros se nos escapa. Los egiptólogos, por ejemplo, tienen una enorme cantidad de textos, inteligibles, que les permiten conocer lo que están sacando de una sepultura. Para el periodo de la Prehistoria Reciente en la Península Ibérica no tenemos nada parecido.
     Los menhires son conocidos en la península, más al norte que en el sur, pero la verdad es que no sé si ello se debe a que esa distribución mayor es porque allí hay más o porque en el tercio mericional de la península se ha investigado menos. Pero habellos, haylos por la antigua Bética; por ejemplo, en su estudio sobre arte megalítico en Andalucía, M. Bueno documentaba cinco menhires en la antigua Bética con manifestaciones artísticas (además de otros seis en los Millares, Almería.


      Vamos al grano. Hace unos meses me comentó un amigo que cerca de la propiedad de su familia, unos cuatro kilómetros al norte de Torrecampo, existe una gran piedra hincada en el suelo. Lo que le había extrañado desde niño es que era de granito, mientras que la tierra donde se encontraba era de pizarra. La forma que me definió, larga, delgada, alta como una persona, e hincada en el suelo, me hizo pensar en el bueno de Obélix. Cuando estuvo en Hispania con su compañero Astérix para devolver a Pericles (Pepe, en su familia) a su padre, el indómito Sopalajo de Arriérez y Torrezo, ¿podría haber dejado algún menhir de recuerdo? Bromas aparte, lo que me interesó vivamente es que fuera una lastra de granito, en un lugar lejano del que debiera corresponderle naturalmente.



     El norte de la provincia de Córdoba se caracteriza geológicamente por un magno batolito granítico que lo surca de noroeste a sureste, con un relieve de suave llanura ligeramente ondulada (penillanura). Al norte y sur del granito se encuentran estratos sedimentarios, sobre todo del Carbonífero, conocidos localmente como "pizarra" por el tipo de roca que domina en ellos. La frontera entre la "saliega" (nombre local de las tierras graníticas) y la "pizarra" es muy sutil, se pasa de una a otra en apenas decenas de metros, por lo que en Villanueva de Córdoba se conoce popularmente a este ecotono como "raya de la pizarra".
     Abajo se muestra un detalle de la hoja 859 del Mapa Geológico Nacional, sobre el que he marcado la posición de la localidad de Torrecampo. Puede comprobarse cómo se encuentra en la "raya de la pizarra", entre los materiales ígneos -graníticos- (color azul-violáceo) y los sedimentarios del carbonífero -pizarra- (beige con punteado en rojo). (Una situación, por cierto, muy acertada, pues podrían aprovecharse los recursos de ambos ecosistemas.)


      Pues bien, tomadas las coordenadas esa piedra larga e hincada, de granito, se encuentra a 2.850 m, linealmente, de la "raya de la pizarra". Es decir, que una vez que la gran laja fue sacada de la cantera hubo de arrastrarla al menos tres kilómetros para depositarla en el lugar en que se encuentra.


     La laja tiene 167 cm de altura, con la parte superior triangular. La cara oeste tiene 60 cm en la base, y la sur, 48 cm. El grosor es apenas de una decena de centímetros. No se aprecian en sus esquinas las marcas profundas que habrían dejado los pinchotes de acero empleados por los canteros actuales. Según me explicó uno de ellos, Ángel Moreno, para poder sacar de la roca viva una lastra así, sin utilizar herramientas de hierro, primero se marcaba la línea de fractura; sobre ella se tallaban unas oquedades, anchas y poco profundas, en las que se introducían unas cuñas de madera, que se empapaban de agua. Al dilatarse las cuñas, y golpear sobre la línea previamente tallada, se desprendía la lastra. Es un proceso lento, complejo y delicado, que requiere conocer perfectamente la naturaleza de la roca para poder sacar una gran laja sin que se fracture.
     La composición de la piedra y su situación me hacen desechar la opción de que pudiera haber servido de hito delimitador de algo: si lo que se hubiese pretendido es hacer un mojón (con perdón), colocar una "señal permanente que se pone para fijar los linderos de heredades, términos y fronteras", según el DRAE, habría bastado con levantar una marca con elementos cercanos, y para poner éste donde está hubo que transportarlo más de tres kilómetros. Este gran curro (tercera acepción en el mismo DRAE) tuvo que tener su sentido para el grupo humano que lo depositó donde hoy se conserva.


     No está en un lugar prominente, en un otero o algo así, sino al contrario, está muy próximo al brusco recodo que hace un pequeño arroyo.
     Hay otra circunstancia que me parece bien significativa: al igual que este menhir granítico se encuentra adentrado tres kilómetros adentro de la tierra de pizarra, práticamente a la misma distancia al sur del batolito, igualmente en terrenos sedimentarios del Carbonífero, se construyó el dolmen del Rongil (aunque en este caso se aprovechó un pequeño afloramiento granítico natural, de apenas una hectárea de extensión). Son dos elementos de carácter netamente simbólico (aunque desconozcamos su código), construidos en granito aunque lejos del batolito. Me da la impresión de que, además de la consideración religiosa o cultural que les confiriesen las gentes que los construyeran, tuvieron una función vindicativa, de afirmación de la posesión de ese espacio. ¿Y qué había de interés en el batolito? Numerosas vetas de mineral de cobre, por ejemplo. algo muy apropiado durante el Calcolítico.



     En los Pedroches los sepulcros megalíticos se conocen por docenas, pero para contar los menhires sobran dedos de una mano. Siendo tan escasos, merece la pena que continuemos con ellos en otras entradas.

(Las fotografías del menhir de Torrecampo son propias. Créditos de las imágenes de menhires peninsulares:

Menhires de Cantabria 
Menhir de Álava
Menhir de Navarra
Menhir de Facinas, Tarifa )