En el dolmen de Las Agulillas

jueves, 13 de marzo de 2014

El santuario rupestre de Sibulco (Célticos por los Pedroches, III)

“Perdido entre el arroyo el Valle, de solitarias y abruptas márgenes, y el camino arenoso de la Loma de la Higuera, se encuentra en los matorrales serranos, en uno de los bravos parajes de la Sierra Morena, el arcaico castillo de Sibulco, de ciclópeos muros, que han persistido desafiando la inclemencia de los tiempos; resto venerable por sus años, bajo cuyas murallas y recintos destruidos acaso se ocultan claves de las incógnitas de que se halla plagado el albor de la historia de España” (Carbonell, 1926, 478-479).


       Hace un año mi movilidad estaba bastante reducida, y disponiendo de tiempo de sobra surgió la idea de crear este blog de historia de los Pedroches, el cuadrante nororiental de la provincia de Córdoba. El motivo básico ya se expuso, el desinterés de los investigadores por esta zona al considerar que los yacimientos del norte cordobés son muy inferiores, en cantidad y calidad, a los de la Campiña y Subbética. Es cierto que en el Neolítico, Bronce o Roma éstos son mucho más abundantes y ricos, pero hay periodos (Calcolítico, Hispania Tardía) en que los yacimientos de los Pedroches son muy superiores a los de sus homólogos del sur cordobés. Y existen otros que son únicos en la antigua Bética y que, cualitativamente, no tienen nada que envidiar a un santuario ibérico. No se trata de ir contra nadie, sino de vindicar lo propio; el ninguneo, debido al desconocimiento e injustificado, molesta.
       Para celebrar el primer aniversario traemos al blog uno de estos yacimientos; en puridad, no es una novedad, pues ya fue publicado en 1926, pero sí es una primicia su interpretación, de lo que se trata: un altar rupestre de sacrificios: Sibulco. 
       La primera vez que vi el castillo de Sibulco fue hace 33 años. El lugar forma parte del límite entre dos grandes propiedades, las Pilillas y la Loma de la Higuera. El cerro en el que se se levanta Sibulco


se encuentra en el término municipal de Montoro (Córdoba), a unos 22 km -en línea recta- al NW de esta localidad y a 18 al SE de Villanueva de Córdoba. A un kilómetro y medio al este discurre el camino viejo entre Montoro y Villanueva por la Loma de la Higuera, coincidente con la calzada romana que unía las localidades de Epora y Solia (Majadaiglesia, El Guijo)
       A los pies del cerro discurre el arroyo de igual hidrónimo, Sibulco (afluente del arroyo del Valle, tributario a su vez del Arenoso y éste del Guadalquivir por su margen derecha), que lo bordea al norte y al oeste, siendo la cara de poniente la que presenta una orografía más abrupta. A unos doscientos metros al NE de la cúspide del cerro existe hoy en día una fuente con agua todo el año, en un pequeño regajo procedente de las Pilillas (este topónimo, las Pilillas, proviene de las sepulturas excavadas en la roca existentes en el lugar, por su similitud con las pilas de piedra que sirvieron tradicionalmente para lavar la ropa en los Pedroches).
       Administrativamente, Sibulco se encuentra en el término de Montoro, mas entendemos que se sitúa en esa porción serrana de ese municipio que, administrativamente dependiente del mismo desde época romana, se agrega desde un punto de vista ecológico, geográfico, económico, demográfico e histórico a la comarca natural del NE cordobés, los Pedroches, y que se caracteriza por el plutón granodiotírico que la surca. Es por tanto en este ámbito donde debe estudiarse este yacimiento, más que en atribuciones basadas en las delimitaciones territoriales actuales. Precisamente, si su nombre, Sibulco, se mantuvo a lo largo de los siglos fue porque "desde el norte al él llegaba la tierra explotada por los hombres, y gracias a ello pudo conservarse al menos el nombre de aquel montón de ruinas ciclópeas hasta nuestros días" (Carbonell, 1926, 475.
       El lugar perteneció a los bienes comunales de Montoro hasta las desamortizaciones civiles de mediados del XIX, por medio de las cuales grandes extensiones de los mismos pasaron a manos de propietarios de Villanueva de Córdoba. Es a partir de este momento cuando se ponen en cultivo, empleando la misma técnica que se había empleado durante siglos en los Pedroches: adehesamiento mediante el descuaje del matorral para favorecer la producción de pastos. Con esto se conseguía un aprovechamiento múltiple agro-silvo-pastoril.
       Hasta entonces fue un bosque mediterráneo en pleno clímax, como muestra la observación realizada en las libretas de campo de los trabajos topográficos realizados en 1871 para elaborar el primer mapa a escala 1:50.000 de España. Al realizar la medición del arroyo de Sibulco, el operador, Topógrafo 2º Bernardo Maté, comentaba: "Este regajo es de muy poca importancia y no ha sido posible llevar el itinerario por su orilla por inaccesible y por el mucho monte, y sólo se ha hecho por indicar la dirección".




(Trabajos topográficos en el término de Montoro; Cuaderno nº 2, Zona nº 5, itinerario 6. Fechado el 25 abril 1871. I. G. N.)

       La primera referencia sobre el yacimiento de Sibulco es de 1926, y procede del incansable ingeniero de minas Antonio Carbonell Trillo-Figueroa, quien observó que el nombre que daban los lugareños al “Castillo de Sibulco” no coincidía con el topónimo que figuraba en la primera edición de 1893 de la hoja 882 a escala 1:50.000 del Instituto Geográfico y Estadístico, “Sibusco”, (errata que se ha mantenido en las sucesivas ediciones cartográficas). Desde entonces la erosión, la instalación de mallas cinegéticas y la repoblación de pinar en la posguerra han alterado la fisonomía del lugar desde que lo visitara Carbonell, por lo que es pertinente utilizar los croquis que realizó.


(Castillo de Sibulco. Según A. Carbonell, 1926, 470.)

       Carbonell nos describe un cerro fortificado, con defensas constituidas por cuatro recintos amurallados de fisonomía irregular, ya que su construcción se encuentra determinada por la morfología del terreno, aprovechando los escarpes naturales y completando la obra con lienzos de murallas compuestos por grandes bloques de granito colocados en seco y calzados con otros más pequeños. Definía a estas murallas como "ciclópeas", y esa es la impresión que dan, pues hay bloques de granito canteados de dos metros de longitud y un peso aproximado de 7,5 Tm. 





        Las diferencias constructivas entre los distintos recintos son ostensibles. Los dos más alejados de la cúspide del cerro (de unos 70 y 45 m de lado, respectivamente), parecen "más bien cercas defensivas que elementos amurallados propiamente dichos... Por el contrario, los amurallamientos del primeros y del segundo recinto aparecen claros" (Carbonell, 1926, 471).


(Planta del castillo de Sibulco. Según A. Carbonell, 1926, 474).

       En la cúspide del cerro aflora un potente canchal granítico diaclasado labrado por la mano humana que, por su singularidad, merece un tratamiento aparte. Veamos ahora la interpretación del lugar y su encaje con los datos y procesos históricos que conocemos, comenzando por el propio nombre.

Etimología.
       El vocablo Sibulco es indudablemente de origen indoeuropeo. Un gran lingüista, Antonio Tovar, consideró que proviene del vocablo celta olca, "tierra de labor". Según el especialista Jaime Díez Asensio (1994, 84) está relacionado con el elemento indoeuropeo -olka, derivado de la raíz *qwel-, con idea de "terreno cercado, dehesa", vinculado con el significado del antiguo término castellano huelga, "terreno acotado junto a la vivienda". El término "dehesa" tiene el mismo origen: derivado del vocablo latino tardío "defensa", implica un terreno acotado y aclarado de matorral para dificultar los ataques por sorpresa de enemigos y poder practicar labores agrarias con mayor facilidad y seguridad por la cercanía. Se coincide en un origen etimológico indoeuropeo (recordemos que uno de los escasos grupos de lenguas que no pertenecieron al gran tronco indoeuropeo fue el de las ibéricas del sur y levante peninsular).
       Topónimos relacionados con el elemento –olka son Obulco (Porcuna, Jaén), Octaviolca (Cantabria) y Titulcia, cerca del río Tajuña. También aparece en el étnónimo Olkades. Este pueblo, extendido por las estribaciones meridionales del Sistema Ibérico, es citado por Polibio (III, 33,9) entre las tropas mercenarias indígenas de las guerras púnicas (“Las tropas que pasaron a África la proporcionaron los tersitas, mastianos, oretanos, iberos y ólcades…”), y fueron los primeros en ser atacados por Aníbal en el 221 a. C. antes de su campaña contra Sagunto (Tito Livio, XXI, 5, 3). La ciudad de Ilurco (Cerro de los Infantes, Pinos Puente, Granada) situada por Plinio (NH III, 10) en la Bastetania, puede adscribirse también a esta etimología. Relacionados con este mismo radical, Julio César (BG VI, 24, 2; VI, 31, 5) nombra en la Galia a los volcas tectosages, que se establecieron en la orilla germana del Rin, y a Catuvolco, rey de los eburones.
       En cuanto al primer elemento del nombre, Si-, en el ámbito turdetano hay abundantes nombres iniciados en Sis-, como la ciudad de Sisapo. Pero al carecer de la segunda ese me planteé si tal vez podría derivar de la raíz indoeuropea *segh- "vencer" / *seghos- "victoria", y que en la Galia y Germania produjo topónimos con base *Sieg- "victoria". (El hidrónimo Singilis, procede de la misma raíz.) Le planteé esta hipótesis a don Jaime Díez Asensio y, sin que me la confirmara, al menos no la consideró radicalmente descabellada. Si esto fuera así, podríamos traducir a Sibulco como "Dehesa de la Victoria".

Recinto fortificado.
       Las imponentes murallas son, a primera vista, lo más característico de Sibulco. En las alineaciones de las construcciones se aprovecharon los elementos naturales del terreno, que en algunos lugares condicionaron la construcción. La obra de la naturaleza se completó en los lugares más expuestos con paramentos compuestos por grandes elementos, sin cemento ni mezcla alguna entre ellos. 



       Construcciones de este tipo son frecuentes en la antigua Bética, y su origen es bastante controvertido. Para algunos autores estos recintos coinciden básicamente con las turres Hannibalis citadas por Plinio (NH II, 181), y que habrían sido tomadas por los indígenas de los púnicos, quizá con el objetivo de proteger el tránsito minero. Para otros, los nativos habrían tomado estos modelos "ciclópeos" de la arquitectura griega (Vaquerizo, 1999, 31-33; 49-52). Tras estudiarse algunos recintos de este tipo en el sur de la provincia de Córdoba se consideró que fueron realizadas hacia los siglos IV-III a.C. por pueblos iberos indígenas, aunque quizá fueran reutilizados por los cartagineses (J. Fortea y J. Bernier, 1970). Sin embargo, investigaciones posteriores vinieron a indicar la inexistencia de este tipo de recintos fortificados durante el horizonte ibérico pleno de mediados del siglo V a finales del IV a.C., y los trasponen a épocas anteriores o posteriores, bien al siglo VI a.C. o incluso a época romana, estando en relación con la actividad minera (P. Ortiz y A. Rodríguez, 1998, 270; A. Rodríguez y P. Ortiz, 1989, 62).
       En El Higuerón (Nueva Carteya, Córdoba) se apreciaron dos recintos, uno exterior (que podría ser según unos del 400 a.C., y para otros de finales del siglo VI o comienzos del V a.C.), y otro interior con sillares almohadillados, fechado en la segunda mitad del siglo I d.C. De todo lo expuesto se desprende que existen dos momentos diferentes en la construcción de este tipo de recintos formados por grandes mampuestos, y que no son pertinentes las generalizaciones sobre su origen basándose sólo en el aspecto ciclópeo de la construcción.
       Fuera construido por los tartesios, iberos, púnicos o romanos, el "castillo" de Sibulco continuó siendo usado en el periodo de la Hispania Tardía. En la zona de la Loma de la Higuera Riego localizó una treintena de sepulturas en diez agrupaciones, de podrían haber correspondido a otros tantos pequeños pagi. No fueron las únicas sepulturas encontradas en la zona, las tapas de otras fueron empleadas para formar pesebres para el ganado:


(M. Aulló, 1925, lámina XVI.)

       También de la Loma de la Higuera procede la lucerna tardoantigua conservada en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid.
       Isidoro de Sevilla explicaba en sus Etimologías (XV, 2, 1 y ss.) que existían distintas unidades de poblamiento en el ámbito rural:
* Los castra (castros), lugares en alto con defensas militares en los que residían los soldados.
* Los castella (castillos), con características semejantes pero de menor tamaño, y con derecho restringido de residencia.
* Los oppida o plazas fortificadas, donde los pueblos guardaban sus riquezas; no tenían, sin embargo, el estatus jurídico de las ciudades.
* Los vici (aldeas), sin murallas, compuestos por casas y calles.
* Los pagi, población diseminada en caseríos, que sería la forma de vida más común en los campos.
       Por las inmediaciones de las Pilillas y la Loma de la Higuera son perceptibles villares de buen tamaño, restos de hábitat antiguos de edad y categoría desconocida. Por la documentación de Riesgo podemos dar por supuesto la existencia de un número relativamente considerable de pagi, que habrían tenido en Sibulco su punto fuerte donde guarecerse o poner a salvo sus pertenencias en situaciones bélicas, aunque ignoramos cuál pudo ser su estatus jurídico. 

El santuario rupestre.
       En la cúspide del cerro aflora un gran canchal de granito, "encima del cual hay una especie de sitial, toscamente labrado, como puesto de vigía de aquella toca obra defensiva" (Carbonell, 1926, 478), con cuatro escalones tallados en un gran peñasco redondeado por la erosión.




        Frente a él, y a un par de metros, sobre otro risco similar, hay unas oquedades que, aunque bastante erosionadas, son de clara factura humana:



       La escalinata está orientada en dirección este-oeste, a poniente las escaleras y a saliente las oquedades.
       Si digo que se trata de un altar rupestre no es porque me parezca así, sino porque esta estructura es idéntica a la del santuario de Panóias (Vila Real, Tras os Montes, Portugal), lugar que puede ser considerado como el paradigma de espacio sagrado al aire libre entre los pueblos indígenas del tronco indoeuropeo de la Hispania Antigua:

(Altar rupestre de Panóias. En M. Bendala Galán, 2000, 279.)

       El santuario de Panóias esta formado por un gran roquedo con dos plataformas unidas por una rampa y que, al igual que en Sibulco, presenta una escalera tallada en el peñón y unas cubetas y cavidades excavadas en la roca. En el lugar aparecieron cinco inscripciones (CIL II 2395 a-e) dedicadas a inicios del siglo III d.C. por G. C. Calpurnius Rufinus, ciudadano de clase alta (uir clarissimus), a numerosas dividinades, entre ellas al egipcio Serapis, cuyo culto mistérico acaso se acoplara, mediante un proceso de interpretatio, con la concepción de las divinidades indígenas adoradas tradicionalmente en el lugar, denominadas Lapiteae. Tres de estas inscripciones hacen mención a un templum, y no quedando vestigio alguno de ninguna edificación, A. García y Bellido supuso que con tal término se designase al conjunto, por el ser el vocablo que mejor se adaptase a espacio consagrado a los dioses.
       A tenor de una de las inscripciones halladas en él (CIL II 2395 e), parece que quedan pocas dudas de la función sacrificial del altar rupestre y de las cubetas de Panóias:

(Diis?…)
Huius hostiae quae ca
dunt hic inmolantur extra intra quadrata
contra cremantur
in quo hostiae uoto cremantur
sanguis laciculis iuxta
superfu(nd)itur.

“A los dioses y diosas de este recinto sacro. Las víctimas que se sacrifican se matan en este lugar. Las víctimas se queman en las cavidades cuadradas enfrente. La sangre se vierte aquí al lado sobre las pequeñas cavidades…”. El humo llevaba las ofrendas a los dioses celestes, mientras que la sangre se infiltraba en el suelo para llegar a los ctónicos. Todos contentos. Explica Francisco Marco Simón (1994, 368) que "el término hostiae sirve para designar a ofrendas expiatorias a los dioses, para distinguirlas de las uictimae, que son ofrendas de acción de gracias".
     A partir de esta inscripción de Panóias, cabe asignar este tipo de santuario rupestre a las prácticas sacrificiales. El sacrificio, entendido como una acción ritual que conlleva la destrucción de un ser vivo, tiene dos caras: la ofrenda a la divinidad y la pérdida material de lo que se ofrece. Su carácter e interpretación está en función de los distintos marcos sociales en los que se produce: en los que prevalecen las estructuras de comunicación con el mundo sobrenatural el sacrificio tiene un carácter de intercambio; en cambio, en aquellos otros en los que dominan las estructuras de subordinación al otro mundo, el sacrificio puede entenderse como un acto de sumisión a los dioses.
     En opinión de Manuel Bendala Galán, "en general, las ceremonias sacrificiales, que son una constante en las culturas antiguas, generalmente de animales, debían de tener en los ambientes indoeuropeos o célticos, incluidos los hispanos, su lugar principal de ejercicio  en santuarios al aire libre con afloramientos rocosos, adaptados como grandes altares naturales con escaleras talladas en la roca y pilas para contener los miembros o sangre de las víctimas" (Bendala, 2000, 280). Sibulco cuenta con esas mismas escaleras y cubetas.
     Los altares rupestres son especialmente frecuentes en el NW peninsular; también pertenecen a este tipo la denominada "Silla de Felipe II" de El Escorial o el de Ulaca (Solosancho, Ávila), éste en el interior del asentamiento.


(Altar de Ulaca. http://www.celtiberia.net/imagftp/ulaca_Altar.jpg )

      Esta forma de santuario rupestre al aire libre, con plataformas en distintos niveles y cavidades excavadas en la roca, ha sido relacionada con cultos fisiolátricos que, según Martín Almagro-Gorbea (1992, 8), formaron parte de las creencias y ritos de los pueblos indoeuropeos peninsulares que denomina "protoceltas", pues tienen claras similitudes con los pueblos célticos hispanos "clásicos", si bien de carácter más arcaizante y cronológicamente anteriores al desarrollo y expansión celta.
       En definitiva, Sibulco constituye un espectacular yacimiento, más que por su recinto amuralladado por su altar de sacrificios, del que no tengo conocimiento que haya otro similar en Andalucía. Tenía razón don Antonio Carbonell, Sibulco puede despejarnos algunas incógnitas de la protohistoria del NE cordobés.




sábado, 8 de marzo de 2014

Noci: de Lombardía a la Jara

       Es difícil conocer el origen de los apellidos. "Sánchez", "Fernández" o "Díaz" son de origen patronímico,  y es indudable que hubo un número indeterminado de "Sanchos", "Fernandos" o "Diegos" que dieron lugar a esos apellidos. Esto quiere decir que no todas las personas con apellido "Sánchez" están emparentadas entre sí, que pertenecen al mismo linaje, sino a múltiples de ellos. (Se entiende por linaje la ascendencia y descendencia de una persona determinada, por lo que linaje y apellido en absoluto son sinónimos.)
       Por ello, encontrar perfectamente documentado cómo surgió un apellido hace un par de siglos, que a la par coincide con un linaje, es una auténtica suerte. Es el caso del apellido "Noci", que a pesar de sus raíces italianas es genuinamente jarote (gentilicio de los naturales de Villanueva de Córdoba, por estar esta población en la gran Dehesa de la Jara, y haber sido conocida -aunque sin ser nunca el oficial- por el nombre de Villanueva de la Jara).
       Hacia 1725 llegó a Villanueva un matrimonio compuesto por Marco Antonio Julio Nuez y Magdalena Jiménez. Marco Antonio era hijo de Lucas Nuez y María de Rivas, y había nacido en la ciudad italiana de Cremona hacia 1690, por la edad que tenía cuando se hizo el Catastro de Ensenada.
       Esta ciudad está al sureste de Milán, en el valle del río Po que forma la Lombardía. Fue fundada como colonia romana en el siglo III a.C. para frenar el avance de los galos. La región fue invadida en el año 568 por un pueblo germano, los lombargos o longobardos, que le dieron el nombre. Su duomo o catedral de Santa Maria Assunta es del siglo XII:

(http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/9/9a/Cremona_Duomo.jpg)

       En el año 2011 Cremona contaba con 72.179 habitantes. Si se ha hecho mundialmente famosa es porque fue la cuna de varias familias de luthiers que construyeron algunos de los mejores instrumentos de cuerda del mundo: Amati, Guarnieri y Stradivarius. De echo, Marco Antonio Julio Nuez y Antonio Stradivari fueron contemporáneos.
       El Milanesado perteneció a la monarquía española desde su conquista por Carlos V hasta el Tratado de Utrech (1713-1714), que daba fin a la Guerra de Sucesión y por el que pasaba al emperador de Austria. Quizá por ello Marco Antonio, o su familia, regresara a España, pues Nuez es apellido aragonés.
       Su esposa, Magdalena Jiménez, también era aragonesa, nacida en Villahermosa del Campo, en la comarca del Jiloca (al NE de la provincia de Teruel), a 956 m de altura; en el año 2012 contaba con 99 habitantes. Sus padres, Gerónimo Jiménez y María de la Sierra, también eran naturales de Villahermosa. Su iglesia está consagrada a Santa María Magdalena, el mismo nombre que la esposa de Marco Antonio:

(http://www.laspain.com/fotos-de/teruel/villahermosa-del-campo/3650.html#.UxuEBuN5OxA)

       Conocemos estos datos a partir de la partida de bautismo de uno de sus hijos, Gerónimo, nacido el 21 septiembre 1731 en Villanueva de Córdoba:


       Desconozco los motivos por los que el matrimonio pasó a residir en Villanueva. Un descendiente suyo, Esteban Noci (S.T.T.L.) me comentó que se mantuvo en la tradición familiar que estaban relacionados con la minería, y podría ser, pues una de sus hijas pequeñas se llamó Bárbara, nombre poco habitual en la época y que es precisamente la patrona de las actividades mineras. Sea como fuera, Marco Antonio y Magdalena se asentaron definitivamente en Villanueva, teniendo ocho hijos, desde el primero de ellos, Lucas, nacido en 1726, a la más pequeña, Antonia, que vio la luz en 1744.

       Como era frecuente en ese tiempo, algunos niños no llegaron a la edad adulta, muriendo en la infancia. Por ejemplo, el cuarto hijo del matrimonio, Juan, nacido en 1734, recibió "las aguas del socorro", es decir, que fue bautizado inmediatamente después de su nacimiento ante el peligro inminente de muerte. Por esta razón cuando nació otro varón cuatro años más tarde, le impusieron el mismo nombre, Juan.
       Vayamos al apellido. Nuez es un apellido aragonés, como se ha comentado, mas Marco Antonio nació en Italia, donde habría sido Noce. Tanto él como sus hijos aparecen en los registros de nacimientos y matrimonios con el apellido "Nuez", o sus variantes según los escribanos: "Noez" o "Nouez". Fueron sus nietos quienes italianizaron el apellido, transformándolo en plural, Noci (=Nueces). Por ejemplo, el primogénito del matrimonio entre Marco Antonio y Magdalena, Lucas, tuvo al menos dos hijas. La primera se casó el 10 octubre 1793 con Domingo Sánchez, y en los registros figura como María Josefa Noez. Su hermana, María Manuela, se desposó el 10 abril 1795 con Francisco Sánchez del Castillo, pero ya aparece registrada como María Manuela Noci.
       Las dos variantes del apellido, "Nuez" y "Noci" seguirán conviviendo en los primeros años del siglo XIX, pero a partir de estas fechas se va perdiendo la primitiva denominación "Nuez" para imponerse en toda la descendencia de Marco Antonio y Magdalena la que hoy se mantiene, Noci. Desconozco por completo las causas de este cambio, pero podemos barruntar alguna. Los nietos de Marco Antonio habrían sido sus "nuececillas", sus "Noci", y quizá porque su abuelo italiano los llamara así, así pasaran a llamarse. Igualmente se ha preservado el nombre propio “Jerónimo” (por la costumbre de poner a los nietos el nombre de pila de los abuelos), común en el linaje Noci, y que procede del suegro de Marco Antonio Julio Nuez.
       Según el Instituto Nacional de Estadística hay en España 304 personas con el apellido Noci. De ellas el 62% nació en la provincia de Córdoba, el 10,6% en la de Barcelona y el 7,5% en la de Madrid. Algo lógico, por el lugar de origen del apellido. Otras provincias con personas con este apellido son Alicante (3% del total del mismo), Álava (2%) y Valladolid (1,7%). Aunque no podemos dar por sentado que esas 304 personas desciendan todas de Marco Antonio Julio Nuez y Magdalena Jiménez, pues Noci es un apellido italiano y podría darse el caso de que alguna de ellas provenga de Italia. El único modo de comprobarlo sería ir remontándose hacia atrás en los antepasados de cada uno y corroborar si llegan a ese matrimonio. Aunque si una persona tiene de nombre de pila Jerónimo o Esteban, o tiene algún familiar con ese nombre, la relación con Marco Antonio Julio Nuez es prácticamente segura.

domingo, 2 de marzo de 2014

De Hermenegildo a Cervantes: el Camino Real de la Plata

       La red viaria histórica de una comarca o región se caracteriza por su dinamismo, por su capacidad de variar sus trazados para irlos acomodando a los distintos procesos y acontecimientos históricos que se fueron sucediendo. En el norte de la provincia cordobesa, el Camino Real de la Plata entre Córdoba y Toledo, por Adamuz y Conquista (PE2 en el plano siguiente) es auténticamente un arquetipo en este sentido.


(J. Palomo, 2012, 107)

       Fue usado en época romana y, sobre todo, en el periodo visigodo, mas tenía un grave problema estratégico: tras dejar la provincia de Córdoba al cruzar el río Guadalmez, su paso por La Garganta y El Horcajo (al sur de la actual provincia de Ciudad Real) podían convertirlo en una ratonera, por lo que un poco después, durante el Califato cordobés, se empleó otro (Camino del Armillat, PE1), paralelo al Camino de la Plata y a menos de dos leguas de él al saliente. Cómodo y práctico al transitar por el batolito de los Pedroches, el Camino del Armillat exigía unas importantes obras de infraestructura para ascender la sierra desde el valle del Guadalquivir; al derrumbarse el Califato, y derruirse los puentes del camino, fue abandonado.
       Tras la conquista de Toledo, la presión cristiana sobre el extremo nororiental de Córdoba se acentuó. En 1143 milicias de Toledo, Ávila y Segovia al mando de Munio Alonso derrotaban a los gobernadores almorávides de Sevilla y Córdoba; el nombre de este último habría dado lugar al topónimo actual del sitio donde tuvo lugar la batalla, Azuel (PE3). A mediados del siglo XII la ruta para dirigirse desde el Valle del Guadalquivir hasta el Tajo se desplazó hacia el oeste, por Pedroche (PW1, PW2). Pero la conquista de esta plaza por Alfonso VII en 1155 provocó que el trazado del camino se desplazara más al oeste aún, por la entonces Gafiq (y actual Belalcázar) (PW4).
       La conquista de Córdoba en 1236, y el desplazamiento de la frontera al sur de Córdoba, modificó de nuevo la red viaria. Se abandonó el camino de circunstancias por Belalcázar, a la vez que con la Mesta se incentivaba una antigua calzada romana que se tomó como parte de la Cañada Real Soriana Oriental de la Mesta (PW3Cñd). También se modificó en parte el camino de Córdoba a Pedroche (PW3), que compartía parte de su itinerario con la Cañada Real.
       A finales del siglo XIV el Concejo de Córdoba impulsó el tránsito desde su ciudad hacia Toledo por el camino mejor por ser el más corto y práctico, el Camino Real de la Plata (PE2), al no existir ya razones de tipo bélico que dificultaran su habilitación. Desde mediados del siglo XV fue la principal arteria de comunicación entre el centro de la Meseta y el Valle del Guadalquivir hasta 1773, cuando se promovió la comunicación entre la Meseta y el Valle del Guadalquivir por Despeñaperros. Profundicemos en la historia de este camino que "tenía la ventaja de seguir la línea más fácil y de menor resistencia aprovechando los pasos naturales, los terrenos abiertos y considerables espacios despoblados. Resultaban, de esta forma, 272 km de Córdoba a Toledo, mientras que por Bailén y Manzanares son 350. De Córdoba a Ciudad Real había 173 km, que por Montoro y Puertollano ascienden a 196 y se elevan a 265 km por Valdepeñas y Almagro" (J. Sánchez Sánchez, 2006).
       Quienes sólo emplean fuentes literarias reconocen su incapacidad para confirmar, o rechazar, que determinados caminos fueran empleados en tiempos romanos, pues es escasa la documentación que nos ha llegado de ese periodo. Pero existen otras fuentes de información, además de las textuales, como son la toponimia y la arqueología, y es por ellas por las que puedo afirmar que fue una calzada empleada, al menos, desde tiempos romanos y visigodos (digo "al menos" porque varios monumentos megalíticos -el sepulcro de las Aguilillas, los tholoi del Minguillo- están muy próximos a él).
       La primera de estas fuentes es el propio nombre, Camino de la Plata. En España son docenas los caminos que llevan este epíteto, "de la Plata". Fueron los arabistas quienes hicieron derivar el topónimo del árabe balat, pavimento de piedra, camino, calzada, y de hecho existen numerosos topónimos como Albalate, Albaralejo en castellano; Alvalade, en portugués; o Albalat, en catalán. No existe en castellano, sin embargo, el paso intermedio que debería haber sido "Albalata".
      En 1999 G. García Pérez y J. Rodríguez Morales demostraban, de modo independiente en la revista especializada en caminería antigua El Miliario Extravagante, que el origen etimológico del topónimo "de la Plata" era muy anterior a la invasión musulmana. Por ejemplo, Isidoro de Sevilla dice en sus Etimologías (XV, 16, 6): "Ipsa (strata) est et delapidata, id est lapidibus straba": La calzada está además empedrada, es decir, recubierta de piedras". Desde delapidata es más fácil pasar a de la Plata que desde el árabe al-balat, y más si está ausente el topónimo intermedio, Albalata. Por lo tanto, el topónimo "de la Plata" se corresponde con una antigua via romana.
       [Existen en el NE de Córdoba otros tres caminos que también tienen la misma denominación, "de la Plata", y que parten desde Montoro (la antigua Epora romana): el camino viejo de Villanueva de Córdoba a Montoro por la Loma de la Higuera; el camino de Pozoblanco a Montoro; y el camino de Montoro a Fuencaliente), que vendrían a corresponden con las calzadas que unieron a Epora con Solia, Epora con Baedro, y Epora con las numerosas explotaciones mineras de los actuales términos de Cardeña (Córdoba) y Fuencaliente (Ciudad Real).]
       Este Camino Real de la Plata conserva parte de su empedrado original en el Minguillo (al sur de Conquista), en Ventas Nuevas y en la Venta del Fresnedoso (después se verán las ventas que servían al camino en la Edad Moderna).
       Al norte del término de Adamuz, muy próximo a su linde con el de Villanueva de Córdoba, en Los Pobos, se encuentra una mina explotada en tiempos de la República romana, muy próxima al trazado del camino (J. García Romero, 2002, 130), que tenía en este camino la vía para dar salida a su producción.
       En la época romana habría sido una vía secundaria, pues la red viaria principal era de carácter periférico. La situación cambió cuando Atanagildo asentó la capital del reino visigodo en Toledo. La monarquía necesitaba de una vía que comunicara lo más rápidamente posible la capital con las importantes ciudades del sur como Córdoba y Sevilla, y más cuando éstas se habían mostrado insumisas a aceptar de buen grado el predominio político de los monarcas godos. Los cordobeses derrotaron al rey Agila (550) y resistieron varios ataques de Atanagildo (566-567), hasta que Leovigildo se apoderó de la ciudad en el año 572. Poco tiempo después Leovigildo le concedió el gobierno de la Bética a su hijo Hermenegildo, quien acabó rebelándose contra su padre apoyado por la aristocracia nativa de la región. Más que como conflicto religioso (que también lo hubo) cabe entender esta rebelión en clave de lucha por el poder: las élites hispanas preferían su propio autogobierno que el modelo de monarquía que pretendían los reyes godos. Hermenegildo fue derrotado y en el 584 se refugió en Córdoba. Su padre sobornó al comandante de las fuerzas bizantinas que se habían introducido en Córdoba y acabó aprisionando a su hijo.
       En estas condiciones, el Camino de la Plata adquirió un gran valor estratégico, e igualmente parece que ocurrió en los Pedroches, comarca escasamente poblada susceptible de un poblamiento que permitiera la producción de excedentes para el ejército, a la par que se convertía en un glacis defensivo frente a los imperiales bizantinos asentados en el sur peninsular. De los casi tres centenares de sepulturas del tiempo de la Hispania Tardía que Ángel Riesgo descubrió en los Pedroches, 177 se encuentran a menos de un par de kilómetros de este camino, entre Ventas Nuevas y el cerro de la Fresnedilla, es decir, en apenas una docena de kilómetros. Hay que destacar que las nueve sepulturas halladas en el Chaparral de Madueño (Adamuz), entre la Fresnedilla y Venta los Locos) se encontraban en el borde del mismo camino.
       Como esta calzada no fue recogida en la obra de E. Melchor Gil (1995) sobre vías romanas de la provincia de Córdoba, no es tenida en consideración por quienes se interesan por la cuestión, creyendo que el camino descrito por Idrisi a mediados del siglo XII (PE2) fue el único empleado por los romanos para ir desde Córdoba a Toledo. Pues no, hemos visto que hay evidencias de sobra del uso del Camino de la Plata por romanos y visigodos, pero en la Edad Media las circunstancias que mostrábamos al comienzo hicieron que dejara de emplearse hasta ser revitalizado a partir de finales del siglo XIV.
       En ese tiempo el Concejo de la ciudad de Córdoba promovió la comunicación entre su ciudad y Almodóvar del Campo y Ciudad Real, de modo que ofreciese la suficiente tranquilidad para sus viajeros. Para ello solicitó a Enrique III que no pagasen tributo alguno las doce ventas que quería instalar en el camino que conducía de Córdoba a Almodóvar del Campo y Villa Real (Ciudad Real), en los dos tramos del Villar y Adamuz. El rey accedió a esta petición el 17 enero 1394, que transcribo al castellano actual : "El Concejo y Alcaldes de la muy noble ciudad de Córdoba me enviaron decir que por cuanto los caminos que de la dicha ciudad van a Almodóvar del Campo y a Villa Real, uno por Adamuz y el otro por el Villar, son yermos, por lo que los arrieros que van por ellos van con temor porque son todos de montaña... [para] que los dichos caminos se poblasen, porque los que por ellos fueren hallen donde se acojan a viandas y lo que menester hubieren para ellos y para sus bestias, acordaron franquear a doce venteros para que estén en ambos los dos dichos caminos porque los tenga poblado" (F. Hernández, 1959, 50).
       El primero de ellos es el camino del que tratamos, el Camino Real de la Plata, por Adamuz y Conquista, que acabó imponiéndose como la principal ruta entre Córdoba y Toledo desde mediados del siglo XV. En una declaración de límites entre Obejo y Pedroche de 1477 se manifestaba que la linde iba en el año 1427 por "... el camino de Toledo que se seguía entonces y de allí a Cigueruela" (E. R. Quintanilla González, 2002, 114), de donde salía el camino hacia el Gahete (Belalcázar). La mención concreta al camino que se seguía entonces (1427) me parece esclarecedora: a comienzos del siglo XV se viajaba desde Córdoba a Toledo por el Vacar y Pedroche (PW3), siendo un trayecto ya en desuso en 1477. El Rey Católico viajó por el Camino Real de la Plata en 1482 para ir en auxilio de Alhama, y en 1508, con motivo de la disputa con el marqués de Priego "partió dicho monarca de Toledo el 28 de agosto, y fue por las Ventas, el Molinillo, Ciudad Real, Caracuel, el Pedroche, Adamuz y entró en Córdoba a 7 de septiembre" (F. Hernández Jiménez, 1959, 54-55).
       Partiendo desde Córdoba, se emprendía el cruce de Sierra Morena por Adamuz hacia el norte, y desde aquí hasta la siguiente población, Almodóvar del Campo (Ciudad Real) existían diecisiete leguas; de ahí la importancia que le dio el Concejo cordobés para promover la instalación de ventas, donde viajeros, arrieros y bestias pudiesen acogerse a viandas y a lo que menester hubieren. Conocemos los nombres de las ventas que había a mediados del siglo XVI gracias a la guía de caminos más antigua de España, obra de Pedro Juan de Villuga en 1546: "Repertorio de todos los caminos de España hasta agora nunca visto, en el cual hallará cualquier viaje que quiera andar, muy provechoso para todos los caminantes". En su camino nº 89, de Toledo a Córdoba, figuran en su Repertorio las ventas siguientes en el noreste cordobés:


       Con el tiempo, alguna de estas ventas desapareció (la Venta de la Cruz), surgiendo otras nuevas: en 1695 el vecino de Villanueva de Córdoba Francisco Muñoz Velasco se comprometió con el Correo Mayor de España en servir las postas que iban desde la Venta del Alcalde (en Ciudad Real) hasta la Venta del Puerto, con caballos, mulos, piensos, forrajes... De este hecho surgió Venta Velasco (no citada en el Repertorio de Villuga), entre las ventas de la Aljama y la de los Locos.
       En el cruce del Camino Real de la Plata con el que se dirige desde Villanueva de Córdoba a Cardeña y Azuel apareció la Venta del Cerezo, valorada en 1766 en 16.969 reales (J. Ocaña Torrejón, 1970, 12-14). En el siglo XVIII comenzaba la colonización por parte de los habitantes de Villanueva de Córdoba de los terrenos comunales pertenecientes entonces a Montoro, y que concluiría en 1930 con el nacimiento como municipio independiente de Cardeña y sus poblaciones anexas, Azuel y Venta del Charco.
       La vida en estas ventas quedó inmortalizada en la obra de Miguel de Cervantes, quien, por su profesión, las conoció perfectamente. "En la venta del Molinillo, que está puesta en los fines de los famosos campos de Alcudia, como vamos de Castilla a Andalucía" se encontraron Diego Cortado y Pedro del Rincón; también en este mismo camino, en Venta Tejada, residió Marinilla, otra fregona famosa por su belleza, al igual que la "Ilustre" Constanza.
       Con la llegada de los Ilustrados de Carlos III se emprendieron una serie de reformas. A instancias de Esquilache, en junio de 1761 se decretó un plan de caminos reales de carácter radial. Otro gran proyecto fue el de las Nuevas Poblaciones de Andalucía y Sierra Morena. Para promover los nuevos asentamientos en el norte de Jaén, se prohibió en 1773 que las postas fuesen por el Camino Real de la Plata, para usar el nuevo paso abierto en Despeñaperros (J. Sánchez, 2006). Aquí los "Ilustrados" se mostraron, más bien, "Iluminados", pues fue un craso error que aún seguimos padeciendo al partir de un absurdo geográfico, no sólo por incrementar la distancia a recorrer, sino también por las enormes obras de infraestructura que se han venido haciendo sin cesar en Despeñaperros, sin que por ello dejen de existir atascos y problemas en el tráfico.
       El Camino Real de la Plata dejó de ser la principal vía de comunicación entre la Meseta y la Bética. En el Itinerario español de Joseph Mathias Escribano de 1775 se cita al "Camino de herradura que llaman de la Plata", y que desde la Venta del Aguadú se encaminaba hacia Villanueva de Córdoba. En 1840 habían dejado su actividad las ventas del Fresno, del Puerto, los Locos, Orán y La Aljama (Ramírez y las Casas-Deza, 1840, 359).
       En el Mapa del Reino y Obispado de Córdoba de Tomás López, de 1797, (del que se muestra el cuadrante NE) aparecía este camino:

(I.G.N.)
     
       Las nuevas infraestructuras estatales de gran importancia han vuelto a demostrar la idoneidad de los Pedroches para las comunicaciones entre el centro y sur peninsular: el AVE Madrid-Sevilla tiene un trazado casi paralelo al Camino Real de la Plata por Adamuz y Conquista en el norte de Córdoba, y así mismo por los Pedroches discurren el gaseoducto Huelva-Madrid y el oleoducto Rota-Zaragoza.

domingo, 9 de febrero de 2014

Placas de cinturón liriformes. (Broches de cinturón de época visigoda de los Pedroches, V.)

     El modelo más abundante dentro de los distintos tipos de broches de cinturón empleados durante el periodo visigodo corresponde a los

* Broches de cinturón liriformes.

       Se distinguen de los de placa rígida en que la hebilla es independiente de la placa, articulándose estos dos elementos (junto con el hebijón o aguja de la hebilla) por medio de una charnela. La hebilla es de forma arriñonada, con aguja de base alargada. Lo más característico de ellos es la forma de lira de la placa, lo que les ha otorgado el nombre.
       Es un modelo aparecido en el mundo bizantino que se expandió por todo el Mediterráneo. Escribe la profesora Gisela Ripoll en su tesis doctoral (fº 197): "No existe dentro de las artes industriales hasta ahora estudiadas un broche de cinturón que tenga mayor difusión y extensión geográfica que el tipo liriforme. Se encuentra desde el Mar Negro hasta Gibraltar, ocupando sin excepción todos los países de la cuenca mediterránea. Siempre que aparece un broche de cinturón liriforme en algún yacimiento su clasificación cronológica es rápida: siglo VII".
       Precisamente a partir de este siglo se incrementan las influencias bizantinas sobre el Reino de Toledo, tanto comerciales como de otro tipo, aunque eso no implica que haya que poner en relación estas placas con las tropas imperiales del SE de la península, pues aparecen donde ellas nunca llegaron. El motivo más importante para la difusión de los broches liriformes fue el comercio.
       El tipo originario de placa liriforme bizantina es el que se conoce internacionalmente como "Trebisonda":


       Gisela Ripoll estudió un importante conjunto de broches de cinturón de este tipo, unos ochenta, procedentes del sur de la península y depositados en el Museo Romano-Germano de Maguncia. A partir de ellos y de un par de colecciones depositadas en el Museo Arqueológico Nacional (Ripoll, 1986; Arias y Novoa, 1996), también procedentes del sur de Hispania, elaboró una tipología en la que se pueden incluir la mayoría de las placas originarias de la Bética:

(G. Ripoll, 1998, 133.)

       Hasta Hispania llegaron los prototipos de origen bizantino, comenzando a fabricarse aquí. La serie hispana con el extremo distal arriñonado, dos motivos foliformes en el centro y el otro extremo con un rectángulo partido (el tipo A del cuadro de arriba) deriva directamente del protomodelo "Trebisonda". Posteriormente, los talleres locales realizaron distintas variantes sobre un esquema básico: placa independiente de la hebilla, a la que se articula por medio de una charnela; y extremo distal semicircular (en algunos casos, muy pocos, de forma triangular). Los artesanos hispanos incorporaron a la producción de estos broches elementos de orígenes distintos a los bizantinos, como el Tipo E de G. Ripoll, que se caracterizada por presentar umbos o bossettes (que los llaman los franceses) elevados, adornados con radios curvos. En el Museo PRASA de Torrecampo hay una placa de este tipo:

(V. Serrano, 1999, 116)

       Los umbos son característicos de las producciones aquitanas (como ya hemos visto en el blog), pero los del norte de los Pirineos se realizan mediante remaches, por medio de unos orificios realizados en la placa, mientras que en las liriformes de este tipo estos umbos son estructuralees.
        Es característica de estos broches de cinturón su decoración, especialmente los prótomos de grifo en las producciones de la Bética, que los identifica y distingue de los elaborados en otros lugares del Mediterráneo. "Fuera del territorio peninsular, pero no del ámbito del reino visigodo de Toledo, no existen ejemplares con las características propias de las series hispanas, sólo pueden mencionarse los hallazgos en la Narbonensis" (G. Ripoll, 1998, 166-167).
       Se ha dicho en este blog, por activa y por pasiva, que para que este tipo de objetos tengan un auténtico valor histórico hay que entablar una relación dialéctica entre ellos y los procesos de los tiempos en los que se emplearon. "La distribución masiva de los broches de cinturón de tipo liriforme en regiones hasta el momento muy poco pobladas por los visigodos, y esencialmente en la Bética, está en estrecha relación con un cambio muy claro, no sólo en las ya mencionadas costumbres indumentarias, sino también en la moda, fabricación, comercialización y distribución de los adornos personales... A algún germanista convencido le costará admitir que los visigodos, que ejercían el poder político sobre gran parte de la geografía peninsular, hayan abandonado otros objetos de adorno personal, lo que se explicaría por el proceso de integración y aculturación. Por razón de su romanización, ya antigua, los visigodos podrían considerar en interés propio el integrarse en la sociedad hispano-romana, superior en número, viendo la posibilidad de establecerse en otros territorios más aptos a un tipo de economía diferente a la de la Meseta castellana" (Gisela Ripoll, 1998, 126-127 y 119). El camino que se había impuesto el Reino de Toledo pasaba por un estado territorial, sin diferencias étnicas ni religiosas. Estos nuevos tiempos parecen reflejarse en nuevas modas, en nuevos objetos de adorno personal que ya no responden a modelos de distintos orígenes, germanos o romanos, sino a un único y nuevo estilo.
       Sobre su cronología, "por el momento, con los pocos datos hispánicas y los proporcionados por los hallazgos mediterráneos y centroeuropeos, se debe aceptar una cronología situada entre finales del siglo VI y principios del siglo VIII d.C., siendo la fase de producción más importante la correspondiente a mediados del siglo VII" (Gisela Ripoll, 1998, 175). 

     En los Pedroches este tipo de broche de cinturón es muy numeroso. En el Museo de Villanueva de Córdoba están depositadas una quincena de placas de este tipo, y hay otra, procedente también de Villanueva de Córdoba, en el Museo Arqueológico de Córdoba (nº inv. 32.479), mas el lugar donde mayor número se conservan es el Museo PRASA de Torrecampo. A partir de lo publicado en el número 1 (mayo 1998) en la revista El Museo, Boletín Informativo de la Obra Cultural del Grupo de Empresas PRASA, y por Verónica Serrano en Antiqvitas 10 (1999), he podido distinguir 21 broches y placas de este tipo en ese museo, aunque su número podría ser muy superior, pues V. Serrano sólo estudió 31 objetos del centenar de este periodo que compone su colección de esta época:


       Sumándolos todos, el número de broches de cinturón liriformes procedentes de los Pedroches asciende, al menos, a 40. Este número es verdaderamente alto, pues cuando la profesora G. Ripoll realizó su estudio en 1998 se conocían unos 250 broches o placas de cinturón de este tipo procedentes de Hispania (el 70% de la Bética), lo que hace que el conjunto de este tipo de broches de cinturón originario de los Pedroches signifique el 16% de lo conocido para Hispania a finales del siglo XX, en un territorio con una superficie del 0,5%, aproximadamente, del total peninsular.
       Esta abundancia de placas liriformes concuerda con los centenares de sepulturas de la misma época, y parece ser el reflejo de un notable incremento demográfico en la comarca de los Pedroches en la etapa de la Hispania Tardía (s. V al VIII). Durante el periodo romano en el NE de la actual provincia de Córdoba sólo existió, que sepamos, la ciudad de Solia, que los especialistas ubican en el centro de los Pedroches, en Majadaiglesia (El Guijo, Córdoba). Algunos enterramiento aislado de comienzos del siglo II d.C. o casi tres decenas de inscripciones del periodo del Alto Imperio, en su mayoría funerarias, son testimonios de un poblamiento, diseminado, que parece pequeño. Pero, como decía, desde que los monarcas godos comienzan a interesarse por la Bética aumentan de modo exponencial las evidencias materiales de ocupación humana en los Pedroches durante la etapa del Reino de Toledo. Creo que hay una explicación para esta circunstancia.
       La presencia de tropas bizantinas en el sur de la Península era un grave problema para la monarquía de Toledo, y "obligó a los visigodos a centrar de forma más decisiva su atención en esa zona. Por lo pronto, tuvieron que aumentar sus efectivos militares en el valle del Guadalquivir. Quizá por primera vez , copiando también el ello el cercano ejemplo del enemigo, fueron instalados colones militares de forma permanente en tierras reales a cambio de sus servicios" (J. F. Rodríguez Neila, 1987, 144). El escaso poblamiento de los Pedroches podría haber favorecido el asentamiento en una zona situada a un par de jornadas de camino de Córdoba. Una ciudad que, por cierto, se mantuvo rebelde desde que derrotaron a Agila en el 550 hasta su conquista por Leovigildo en el 572, y que apoyó la rebelión de su hijo doce años después, por lo que resultaría de interés para la monarquía contar en los Pedroches con tropas adictas (que no tenían por qué ser necesariamente germanas: el rey Teudis asentó su dominio gracias al ejército hispano que pudo reclutar por los recursos de su esposa). 
       En estas circunstancias, además de su posible valor logístico los Pedroches adquirieron valor estratégico, pues por el NE de Córdoba transitaba el Camino de la Plata por Adamuz y Conquista, la principal vía de comunicación entre el valle del Guadalquivir y Toledo, la más rápida, cómoda y corta. Precisamente a menos de un par de kilómetros de esta calzada es donde encontró Ángel Riesgo el 70% de los tres centenares de sepulturas de época visigoda que excavó. Creo que ambos factores explican la abundancia de vestigios del periodo de la Hispania Tardía en los Pedroches.

jueves, 6 de febrero de 2014

Broches de cinturón de transición (Broches de cinturón de época visigoda en los Pedroches, IV).

       El nivel tipo-cronológico IV (560/580 - 600/640) propuesto por G. Ripoll para este tipo de objetos corresponde básicamente a broches de cinturón de placa rígida, de los que ya hemos visto algunos tipos en este blog. El último tipo dentro de este nivel, detectado por esta investigadora, se caracteriza por tener caracteres híbridos entre este nivel y el siguiente. Son los

* Broches de cinturón de placa rígida y perfil liriforme, llamados de transición.

       Presentan la hebilla y la placa fundidas en una sola pieza, como las placas rígidas fabricadas en Hispania, pero su perfil de de forma de lira o ligeramente estrangulado en la zona central, característico de los broches llamados "liriformes" (del nivel V que se verá a continuación); estos broches de transición se diferencian de los liriformes "típicos" en que éstos son de placa articulada, independiente de la hebilla. Ésta puede ser rectangular, como en los broches de placa rígida, o arriñonada, como en los liriformes.
       Cuando la profesora Ripoll realizó su estudio en 1998 tenía conocimiento de 23 piezas de este tipo, todas de la Bética a excepción de una de Gerona y otra de León (cuya decoración figurada no tiene que ver nada con el resto y estudió junto a las placas liriformes). Procedentes de los Pedroches hay al menos cuatro fragmentos de placas de cinturón de este tipo en el Museo PRASA de Torrecampo.
       Debido al escaso número de ejemplares conocidos no se ha elaborado ninguna clasificación específica para ellos, mas el tipo más abundante en los Pedroches es el que tiene su placa formada en cuatro sectores, dos rectangulares y dos circulares, alternándose, modelo del que el Museo de Maguncia conserva un ejemplar con la placa completa procedente de la Bética:

(G. Ripoll, 1998, lám. X.)

       Podemos comprobar que tres de las cuatro placas de transición conocidas en los Pedroches responden a este modelo:


       La decoración de estas placas se basa en motivos geométricos simples, sin que aparezcan en ellas los motivos "clásicos" de las liriformes, como los prótomos de grifo. También es frecuente que en el extremo distal presenten un pequeño apéndice, lo que es característico de las placas liriformes.
       "Por su factura y por su decoración, estas placas de transición se relacionan tanto con el tipo que las precede como con el que las sigue, lo que permitiría suponer que fueron usadas durante los últimos años del siglo VI y los primeros años del siglo VII, sin excluir en absoluto que sean coevas tanto de los broches de placa rígida como de los liriformes". El apelativo que les dio Gisela Ripoll de "placas de transición" se debe "al paso de una toréutica realizada por artesanos visigodos con viejas influencias 'germánicas', a una toréutica de carácter bizantino-mediterráneo, llegada a la Península Ibérica a finales del siglo VI, a través del comercio de la cuenca mediterránea y de los comerciantes orientales establecidos en las colonias costeras y fluviales" (G. Ripoll, 1998, 114 y 109).


      Los broches con placa y hebilla formando una pieza son típicos de Hispania, pero el perfil liriforme es un modelo bizantino. Cabe entender que "quizá los artesanos locales, que conocían los broches de cinturón liriformes mediterráneos, intentaron crear un tipo propio antes de hacer imitaciones de excelente calidad de los mismos" (Ripoll, 1998, 114). Es pues probable que algún taller hispano comenzara a fabricar este tipo, basándose tanto en sus formas de obrar tradicionales como en las innovaciones estilísticas que provenían de Oriente. Y dado que casi todas las piezas de este tipo proceden de colecciones del sur peninsular, es también posible que ese taller estuviese situado en la Bética.

martes, 4 de febrero de 2014

Otro broche de cinturón de placa rígida y decorada (Broches de cinturón de época visigoda de los Pedroches, III)

       Estando interesado ahora en los testimonios del periodo de la Hispania Tardía en el NE de Córdoba no había reparado en un artículo de la revista El Museo nº 3 de julio 2000, el Boletín Informativo del Museo PRASA de Torrecampo, al llevar por título "Tartessos en la Casa-Museo 'Posada del Moro' de Torrecampo" (nombre que tenía el museo hasta que fue adquirido por el grupo de empresas PRASA en 1995). Al hojearlo vi que en la colección de fotografías que prosigue al texto hay algunas de objetos que, sin embargo, nada tienen que ver con el mundo tartésico, como dos placas de cinturón rígidas con decoración figurada del periodo visigodo.
       La que se muestra en primer lugar, fragmentada, ya se vio en este blog al tratar este tipo de broches de cinturon procedentes de los Pedroches:

aunque se vuelve a exponer para poderla comparar con la que se trae a continuación:

(Fuente de ambas fotografías: El Museo nº 3, 2000, pág. 15.)

       Como puede observarse, se trata de un broche de cinturón de placa rígida, en la que la hebilla y la placa forman un solo cuerpo; se ha perdido la aguja de la hebilla. Sus bordes son rectos, casi paralelos, y su extremo distal es semicircular, característicos de las producciones hispanas de este tipo de finales del siglo VI y comienzos del VII. A diferencia de la gran mayoría de las mismas presenta como remate un pequeño apéndice semicircular en el extremo distal, lo que es característico de los broches de cinturón de placa liriforme, que, cronológicamente, son algo posteriores a los de placa rígida.
       Una cenefa rodea casi todo el margen de la placa; parece que es un simple motivo decorativo, y no la serpiente que aparece en algunas placas de cinturón, pues no aprecio la cabeza de la misma. El interior tiene como motivo principal a dos cuadrúpedos que caminan hacia la izquierda, con la cabeza girada hacia atrás y mostrándola de perfil. Unos triángulos en la parte superior de ella parecen marcar las orejas, y sobre el cuello hay unas líneas verticales curvadas. Destaca la jeta (con perdón), más larga que la propia cabeza, rectangular, y con una línea horizontal que la divide por la mitad. Repasando la tesis doctoral de la profesora Gisela Ripoll no he encontrado paralelismos entre estos [presuntos] grifos y los que se encuentran decorando otras placas, bien rígidas bien caladas.
       La representación figurada en ambas placas es similar, con los cuadrúpedos caminando hacia la izquierda con la cabeza girada y su característico hocico, al que quizá haya que definir como "pico", pues creo que los animales representados en las placas son grifos mitológicos: según el DRAE, animales fabulosos, de medio cuerpo arriba águila, y de medio abajo león. El hocico alargado sería el pico de la cabeza de águila del grifo, mientras que las líneas verticales curvadas sobre el cuello representarían la melena leonina, de quien tomaría también el grifo su cuerpo cuadrúpedo y las garras. Hace falta bastante imaginación para ver en esa representación a unos grifos, quizá la misma que le tuvo que echar el artífice hispano que las hizo, creando las representaciones de unos animales fabulosos de los que sólo tendría conocimiento a partir de las decoraciones de otras placas de cinturón de variada procedencia.
       Es tanta la similitud entre los cuadrúpedos de ambas placas que es lógico suponer que salieran del mismo taller que, por sus características técnicas, fue hispano. No parece que fuera el mismo que elaboró el resto de placas rígidas con decoración zoomorfa de la Meseta, con el extremo semicircular sin ninguna aplicación. Sí existe un broche similar, de placa rígida sin charnela de articulación, con decoración zoomorfa (sí, los clásicos grifos) y apéndice en el extremo distal, procedente de Haza de la Torre, Jerez de la Frontera (Cádiz):

(http://www.jerez.es/typo3temp/pics/e709a2b1d3.jpg)

       Como se apuntaba, este apéndice es muy frecuente en las placas denominadas de transición (rígidas y de perfil liriforme) y las liriformes "típicas", con placa y hebilla independientes. Es posible que se tratase de un taller del sur peninsular que conoció las nuevas formas y modelos de broches de cinturón procedentes del Mediterráneo oriental, e introdujese en su producción el apéndice distal.
       En definitiva, otra pieza muy singular de la etapa de la Hispania Tardía procedente de los Pedroches y conservada en el Museo PRASA de Torrecampo.