En el dolmen de Las Agulillas

martes, 24 de septiembre de 2019

Terrenos con cercados de piedra en Villanueva de Córdoba en 1786.

     El pasado año de 2018 la UNESCO decidía incluir “los conocimientos y técnicas del arte de construir muros de piedra seca” de Croacia, Chipre, Francia, Grecia, Italia, Eslovenia, España y Suiza en su “Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad” .
     En la exposición de motivos de la concesión se decía: “Estas construcciones constituyen un testimonio de los métodos y prácticas usados por las poblaciones desde la prehistoria hasta la época moderna, con vistas a organizar sus espacios de vida y trabajo sacando el máximo partido de los recursos naturales y humanos locales. Los muros de piedra seca desempeñan un papel esencial en la prevención de corrimientos de tierras, inundaciones y avalanchas, en la lucha contra la erosión y desertificación de terrenos, en la mejora de la biodiversidad y en la creación de condiciones microclimáticas propicias para la agricultura. Los depositarios y practicantes de este elemento del patrimonio cultural son las comunidades rurales en las que está profundamente arraigado, así como los profesionales del sector de la construcción. Las estructuras en piedra seca se realizan siempre en perfecta armonía con el medio ambiente y las técnicas usadas son un ejemplo de relación equilibrada entre el ser humano y la naturaleza.”
     Es algo que incumbe de lleno a la comarca, pues las cercas, como se conocen localmente, construida con la piedra local son uno de los elementos más representativo del paisaje de los Pedroches orientales, especialmente en los términos de Pozoblanco, Villanueva de Córdoba, Pedroche, Torrecampo y Conquista.
     Sobre su origen, función significado y evolución, Bartolomé Valle Buenestado, el mejor conocedor de la geografía agraria de los Pedroches, trató en su obra homónima, y también publicó un artículo en la revista de feria de Villanueva del año 1991, que reproducimos al final por su interés. Pero, antes de entrar en la materia del artículo valga algún pequeño comentario.
     Durante los siglos XVI al XIX las tierras muradas con paredes de piedra tenían la función de delimitar ciertos espacios, en unos tiempos en que convivían las propiedades comunales y las privadas, e incluso éstas tenían algunas servidumbres. La extensión total de las superficies cercadas, como se verá luego, era muy escasa.
     En 1788 el rey Carlos III eliminó las trabas para que los propietarios pudieran cercar sus parcelas. Con las desamortizaciones civiles de mediados del XIX se modificó la estructura de la propiedad, y es a partir de finales de ese siglo y comienzos del XX cuando comenzó a surgir la amplia red de cercados que podemos ver en la actualidad.
     En principio, fueron los pequeños y medianos propietarios quienes cercaron sus propiedades (los grandes propietarios, de más trescientas hectáreas, podían aprovecharse de la abundante mano de obra existente). Con las tierras cercadas el ganado se mantenía dentro de los límites, impidiendo que salieran de la propiedad o que otros entraran en ella; se podía practicar a la vez la agricultura y la ganadería, impidiendo que los animales entrasen en los sembrados; se planificaba el uso, guardando cercas de hierba o bellota para su consumo posterior. También había un componente simbológico, al afirmar la propiedad individual en el tiempo en el que se habían comenzado a abandonar los seculares aprovechamientos comunitarios.
     Además, se constituyeron en un nuevo hábitat muy apreciado para numerosas especies de insectos o reptiles.
     Su abundancia en la parte oriental de los Pedroches, frente a su escasez en la occidental, se explica por el relieve plano; la abundancia de materiales procedentes de la meteorización del batolito granítico, que suponían una molestia para las labores agrícolas (que iban siendo recogidos y acumulados en unos montones llamados “majanos”, que sirvieron de rimero cuando se construyeron los cercados) y el componente psicológico de propiedad que decíamos antes.
     Dos años antes de que Carlos III eliminara las trabas a la construcción de cercados, el 20 de febrero de 1786, el Concejo de Villanueva recibía una orden del Corregidor de las Siete Villas por la que, por mandato del Rey, tenían que remitirle una “certificación jurada que contenga el número de cercas o de tierras particulares vecinos de esta villa o forasteros hacendados que tengan tierras muradas o cercadas de piedra, con expresión de sus dueños, cabida y lindes”. Tras nombrar a unas personas peritas, el 11 de marzo se efectúa la “relación jurada del número de cercas y tierras de particulares muradas” que se le remitieron al Corregidor, y cuyos datos exponemos.
     Se inventariaron 256 “cercas y tierras de particulares muradas” pertenecientes a seglares. Su superficie se expresaba en las medidas de la época, fanegas y celemines. Entiendo que se empleaba la fanega del marco de Córdoba, equivalente a 6.121 metros cuadrados, algo menor que la del marco de Castilla. El celemín era la doceava parte de una fanega de cuerda, equivalente a unos 510 metros cuadrados.
     En resumen, los 256 terrenos cercados de particulares en Villanueva de Córdoba en 1786 ocupaban 2.620 celemines (133,64 hectáreas), apenas un 0,86% de las tierras adscritas jurisdiccionalmente a Villanueva de Córdoba. Podemos comparar estas cifras con las que Bartolomé Valle Buenestado (Geografía agraria de los Pedroches, pág. 187) ofrece de Pedroche a mediados del siglo XVIII: había 300 cercados, pero ocupaban 553,2 hectáreas, un 5,27% de su territorio (aunque en este caso también se incluyen los cercados pertenecientes a instituciones religiosas).
     La parcela media tenía una extensión de 10,23 celemines (5.220 metros cuadrados). La más pequeña solo tenía un celemín de cabida (510 metros cuadrados, más o menos la vigésima parte de la extensión de un campo de fútbol) mientras que la mayor tenía diez fanegas (algo más de seis hectáreas).
     Para el análisis hemos establecido cuatro grupos: parcelas de uno a seis celemines; de siete a doce celemines; de una a tres fanegas; y superiores a las tres fanegas.
     El primer grupo de parcelas, con superficies inferiores a los 3.000 metros cuadrados, suponía algo más del total numérico (54,30%), aunque solo suponía la cuarta parte de la superficie total.
     El segundo, con superficies de entre media y una fanega (3.061-6.121 m2), era el más parejo en ambos parámetros, pues era casi la tercera parte en cuanto al número total (32,81%) y prácticamente lo mismo en la superficie (32,71%).
     Las 26 parcelas con espacios de entre una y tres fanegas (6.122-18.363 m2) eran pocas (10,16%), pero suponían la quinta parte de la superficie (21,22%).
     Por último, solo había siete cercados con más de tres fanegas (más de 18.364 m2), suponían el 2,73%, aunque ocupaban otro quinto de la extensión total (21,30%).

Extensión
% parcelas
Celemines
% superficie
1 a 6 celemines
139
54,30
649
24,77
7 a 12 celemines
84
32,81
857
32,71
13 a 36 celemines
26
10,16
556
21,22
Más de 37 celemines
7
2,73
558
21,30
Total
256
2.620

     Estos cercados tenían en su tiempo un gran valor económico localmente. El 18 de enero de 1787 el Vicario de la Parroquia de San Miguel, Francisco Martínez Moreno, respondía al cuestionario del geógrafo Tomás López, y le decía que estaba haciendo un cerco para proteger un plantío de 2.500 olivos del ramoneo del ganado. También le comentaba lo siguiente: “Hay también en toda la circunferencia del pueblo más prados cercados, los más de pocas fanegas como 1, 2, 3 y poco más, echan mucha hierba en invierno, utilísima para la cría de becerros y de bueyes que engordan más, y se venden entonces a gran precio, y en esto hay su cierta granjería, y estos cercados son las posesiones de más valor en esta tierra”.
     En cuanto a la situación de estos cercados, la descripción de límites en la relación de 1786 no es tan precisa como la del Catastro de Ensenada de 1752, pero en algunos nos permite conocer dónde estaban ubicados estos terrenos cercados.
     Así, nos los encontramos inmediatos o colindantes al núcleo urbano, pues entre los linderos se citan las “casas de Alonso Moreno”, “las casas de Juan del Castillo” o la “casa de Bartolomé Pedraza”. Explícita es la mención a “una cerca de prado en el callejón que nombran del Moral” (aparece también en el informe de encabezamientos de rentas provinciales dado por el Cabildo local y fechado el 7 de enero de 1786). En otros cercados se especifican las calles que lindaban con algunos de ellos, como “el barrio del Cuartel” (actual calle Córdoba), el “sitio del Pozo de Nieve”, “casas de la Cruz de Piedra”, “la calle Coloradas” (hoy calle Bailén), “casas de la calle Pedroche”, el “callejón de la Fuente Grande” (actualmente ya calle Luna), o los “corrales de la calle Pozoblanco”. Cuando el pueblo se fue expandiendo estos terrenos murados se fueron edificando. Esto explica que en la parte más antigua del pueblo (anterior a la expansión de finales del XIX) hay casas con muchos cientos de metros cuadrados de extensión, que cuentan con varios patios o huertos, con árboles, especialmente olivos, plantados en ellos, En la fotografía de abajo se observan en el perímetro formado por las calles Hermanos Martos, Cruz de Piedra, Ventura, Cañada Baja, Cerro y Parralejo:

(Fuente: Google Maps.)

     Otros topónimos sitúan los cercados inmediatos al “Egido de la villa” al sur de la misma; que lindan con “las viñas [del callejón] de las Zahurdillas” o la Dehesa de Navaluenga, del caudal de propios de la villa, al norte; “el pago de las viñas de Navalcaballo” al noroeste, o las “viñas de la Cañada”, lo que hoy conocemos como Cañamalena, al este. Estos pagos se encontraban como mucho a una distancia máxima de dos kilómetros del casco urbano de entonces. Se constata también, gracias a estas descripciones, que muchas las plantaciones de viñas se encontraban también próximas al pueblo.

CONSTRUCCIÓN DE LOS CERCADOS DE PIEDRA.
     Creo que es interesante conocer cómo se construyeron las cercas de los Pedroches. Para ello le he pedido su colaboración a un especialista en la materia, Antonio Jurado Toril.
     Me comenta que, en la zona de la saliega de sustrato granítico, prácticamente todas las paredes no iban a piedra seca (o vana, como se llama localmente), sino que se trababan con barro en sus dos tercios superiores, lo que aumentaba su firmeza, estabilidad y duración, aunque también incrementaba el precio hasta en un 30%. Así que una de las labores previas era garantizar el suministro de agua para hacer el barro, construyendo un pozo en caso necesario. En verano era usual hacer unas labores previas a la construcción, acumulando piedras en una doble hilada (a lo que se denominaba “regar” las piedras) donde se fuera a levantar la pared. Después, en invierno, el agua superficial era fácilmente accesible, lo que le daba una mayor rapidez a los trabajos.
     La altura normal era de una vara y media (un metro y cuarto) más la barda, una piedra ancha y plana que remataba la cerca. (Una pequeña digresión literaria: en la primera parte de El Quijote, capítulo 18, tras el manteo de Sancho en la venta, le decía su señor: “Y confirmo esto por haber visto que cuando estaba por las bardas del corral, mirando los actos de tu triste tragedia, no me fue posible subir por ellas…”. Las bardas también son citadas en la segunda parte. Fin de la digresión.)
     Lo usual era trabajar en cuadrillas de tres operarios. La pared se levantaba haciendo una doble hilada, a cargo cada una de un oficial, mientras que el peón acarreaba las piedras, barro y demás materiales para que los tuvieran a mano. Las piedras de tamaño medio y más normales para el trabajo recibían el nombre de “coladas”. Los huecos más pequeños se tapaban otras de dimensiones más reducidas, denominadas “ripios”.
     La construcción se hacía con una pequeña inclinación de un 5-10% más ancha en su base que en la cúspide (a esta diferencia se la llamaba “arrastre”), lo que le daba más aplomo. La medida más estándar, dependiendo siempre de los materiales disponibles, era una anchura en la base de unos 50-60 cm., y unos 35 cm. en lo alto.
     La pared se iba levantando por tramos conocidos como “emparejos”, de unos 40-50 cm de alto; normalmente, el primer emparejo a iba a piedra seca, sin trabazón de barro, parece ser que por cuestiones de rapidez, pues para evacuar el agua en los lugares de escorrentía natural se dejaban unos vanos, llamados albañales. De estar presentes, se colocaban en este primer emparejo de la base unas piedras de gran tamaño que se conocían por “catanas”. Para finalizar el emparejo se le colocaban unas pequeñas piedras planas llamadas asimismo “emparejas”, para formar una plataforma lo más plana posible.

Albañal

     Hecho el primer emparejo, se levantaban sobre él otros dos más. Si había piedras del tamaño necesario, de tanto en cuanto se situaban unas piedras alargadas transversales al eje de la pared (llamadas codales) y que sobresalían de ella, para darle más firmeza estructural (también son muy cómodos “saltaderos”).
     Acabados los tres emparejos se colocaban las piedras que remataban la obra, que ya hemos visto, las bardas, planas y algo más anchas que el grosor de la pared, para proteger el tramo superior de la intemperie.

Catanas y codal

     Dependiendo de la rapidez de acceso a los materiales necesarios, una cuadrilla de tres trabajadores podía hacer unos 12 metros al día, 15 metros en las mejores condiciones.

Glosario de construcción de paredes de piedra en los Pedroches:
Albañal: hueco rectangular que se deja en la base de la pared en lugares de escorrentía natural, para evitar el embalsamiento de agua.
Arrastre: diferencia de anchura entre la base, más amplia, y las bardas, más estrecha.
Barda: piedra plana y algo más ancha que el grosor de la parte superior pared, con la que se remata la obra.
Codal: piedra alargada que se coloca transversal al eje longitudinal de la pared para darle más estabilidad.
Colada*: piedra de tamaño medio y más usual en la construcción.
Catana*: piedra de grandes dimensiones, que se coloca usualmente en la base.
Emparejas*: piedras planas y lisas que se colocaban al final de cada emparejo para formar una base plana.
Emparejo*: cada uno de los tramos en que se iba construyendo la pared, generalmente tres para llegar a la altura de vara y media.
Majano: acumulaciones de piedras tras recoger las que se encuentran en la superficie.
Paredero*: especialista en la construcción de paredes (esta sería la grafía correcta, aunque tal y como lo pronunciamos es "paerero").
Regar: acumulación lineal de piedras, generalmente en verano, previa a la erección de la pared.
Ripio: piedra de pequeñas dimensiones para rellenar huecos.
(*: no aparecen en el DRAE o no tienen en él esta acepción.)

EPÍLOGO: BARTOLOMÉ VALLE BUENESTADO, “LAS CERCAS DE VILLANUEVA (SOBRE SU ORIGEN Y SIGNIFICADO)”, REVISTA DE FERIA DE VILLANUEVA DE CÓRDOBA, 1991.

Uno de los elementos más característicos del paisaje de los Pedroches y, particularmente, de Villanueva, es la red de cercados que cubre una buena parte de sus campos.
Desde el punto de vista agrario la mencionada red de cercas constituye un ejemplo antológico de lo que comúnmente denominamos “paisaje de campos cerrados”, y une a su espectacularidad paisajística el atributo de estar dotada de una extraordinaria significación en el contexto agrario de la comarca.
Una primera prueba al respecto la constituye la distribución geográfica de los cercados en el interior de la comarca. En efecto, dentro de ella se aprecia una clara oposición entre la subcomarca occidental, en la cual las parcelas tienen sus lindes exentas de muros de piedra, y la subcomarca oriental, en la cual aparece en toda su plenitud la malla de cercados a la que anteriormente hacíamos mención.
Esta distribución geográfica es consecuencia del distinto valor de los componentes ecológicos del medio, significadamente de la mayor o menor aptitud agrícola de los suelos. Al respecto, ha de significarse que la subcomarca oriental, la que comienza al este del meridiano de Pozoblanco y en la cual está enclavada Villanueva, presenta unos suelos arenosos, ácidos y pobres en materia orgánica, de reducida fertilidad natural y que exige entre dos cosechas consecutivas un largo periodo de intermisión o reposo. Esta es la razón por la cual las prácticas agrícolas han estado unidas, en la medida de lo posible, a las prácticas pecuarias, a fin de dotar a las explotaciones agrarias de un mínimo de solidez. Como más adelante veremos, ha sido esta circunstancia la que ha propiciado la conformación de un paisaje agrario de dehesa cuyos ingredientes más genuinos son, sin lugar a dudas, la encina y la cerca.
Así, pues, fueron surgiendo los cercados como un elemento clave en la ordenación agraria de la comarca, si bien ha de precisarse que su mayor concentración aparece en las áreas ocupadas por el granito, debido a la facilidad que ofrecen los terrenos de saliega para proveerse de la piedra necesaria para la construcción.
Asimismo, ha de significarse que su aparición y difusión han estado muy condicionadas por circunstancias de tipo histórico y humano y que su existencia es relativamente reciente.
En este sentido hemos de reparar en que la subcomarca a la que nos estamos refiriendo se corresponde con la que históricamente se denominó de las “Siete Villas de los Pedroches”, cuya capitalidad ostentaba Pedroche y cuyo rasgo más destacado al efecto que nos ocupa era el de tener unos amplísimos bienes de titularidad y aprovechamiento comunal.
En los términos municipales de estas villas coexistían, por tanto, las tierras de propiedad privada y las de titularidad pública. Estas últimas, bien en forma de bienes de propios y de bienes de comunes, eran objeto de explotación por parte de la comunidad de vecinos y en las condiciones previamente establecidos por los concejos.
Las tierras de propiedad privada eran objeto de aprovechamiento particular, pero conservaban a favor de la colectividad una serie de servidumbre tales como el aprovechamiento de bellota, la derrota de mieses o la provisión de leña. La única forma que tenían los propietarios particulares de sustraerse a las mencionadas servidumbres colectivas era, según lo reglamentado en la época, cercando las fincas, condición previa para que el titular de la tierra pudiera acceder a la condición de propietario pleno, es decir, de aquélla, de los elementos del suelo y del vuelo (arbolado).
No es de extrañar, por tanto, que durante siglos existiera en los particulares la voluntad de cercar o cerrar sus heredades. Pero ello no siempre era posible, antes al contrario, ya que topaban con una doble oposición: la de los vecinos de la localidad, que de consentir en el cercado ajeno verían mercado su patrimonio colectivo en perjuicio propio, y la de los vecinos de las villas adyacentes, ya que, como es sabido, las Siete Villas de los Pedroches tenían su término indiviso, de manera que éstas y sus habitantes también eran guardianes celosos en lo que a apropiaciones de tierras y cerramientos de fincas se refiere.
Ello explica, en contra de lo que pudiera pensarse inicialmente, que los cercados actuales tengan un origen relativamente reciente. Un dato ilustrativo al respecto es que a mediados del siglo XVIII en Villanueva de Córdoba solamente estaba cercado el 1,8% del término.
Fue a finales de este siglo cuando, al amparo de las legislación promulgada por Carlos III, los propietarios gozasen de libertad para cercar sus campos, si bien de un modo relativo, porque aunque relajadas, continuaban vigentes las antiguas sujeciones comunales, las que imponían a los propietarios de la tierra las servidumbres que anteriormente comentábamos, las cuales no fueron derogadas hasta el año 1836.
Consecuentemente, los cercados comenzaron a difundirse a partir de estos momentos, pero a un ritmo inferior al que cabría esperar. Tanto es así que en la primera mitad del siglo XIX el predominio en todos los términos municipales correspondía a la superficie no cercada, entre otras razones por la gran extensión que aún ocupaban los terrenos comunales. Habrá que esperar, por tanto, a la desaparición de éstos y a su conversión en propiedad privada para asistir a la eclosión de la red de cercados que hoy contemplamos.
La privatización de los antiguos espacios ocupados por bienes de propios y comunes, entre los cuales se contaban extensas y significadas dehesas como la Jara, Navaluenga, Ruices, Navas del Emperador, etc., se llevó a cabo en aplicación de la legislación desamortizadora emanada de las Cortes en 1 de mayo de 1855, conocida como desamortización civil o desamortización de Madoz.
La desamortización civil, en un proceso de inusitada duración, pues las ventas concluyeron a principios del siglo XX, supuso el trasiego a manos de particulares de una ingente cantidad de tierra y propició la aparición de unas explotaciones agrarias nuevas, a las que podemos denominar dehesas nuevas para diferenciarlas de las dehesas viejas, las que históricamente habían sido de aprovechamiento común.
Para su puesta en explotación fue preciso, en muchos casos, realizar faenas de acondicionamiento previo, entre las cuales destacaron las de desmonte y despedregado. Las segundas constituyeron el aprovisionamiento de materia prima para la construcción de cercas, pues era práctica común limpiar la besana y amontonar las piedras en majanos que luego servirían de rimero.
La generalización de los cercados, independientemente de las posibilidades que ofrecía el medio, estuvo favorecida por la integración de los aprovechamientos agrícolas y ganaderos en el seno de una misma explotación, a cuyo fin las cercas eran un elemento de gran utilidad en orden a la custodia del ganado, al aprovechamiento escalonado de los pastos y a la coexistencia de cultivos y ganadería.
Igualmente, las cercas se erigieron en un elemento de afirmación de la propiedad privada, lo cual era de suma importancia habida cuenta de la pervivencia del recuerdo comunal que gravitaba sobre muchas de las fincas, y de visualización de la misma, al tiempo que le permitía acogerse a las facultades que reconocía el recién promulgado Código Civil a las propiedades privadas en general y a la cerca en particular.
Con todo, el fenómeno de los cercados no afectó por igual a todas las explotaciones, sino que tuvo mayor difusión en las de tamaño inferior a 300 hectáreas. Cabe preguntarse porqué no se extendieron en igual medida sobre las grandes explotaciones agrarias. La razón puede encontrarse en que mientras para las primeras eran indispensables para la viabilidad económica de las mismas, en las segundas su gran extensión superficial permitía la contratación de una mano de obra ajena a la explotación, máxime teniendo en cuenta que ésta era abundante y barata y que además se contaba con un gran aliado en el régimen de aparcería. Por ello los propietarios latifundistas no estimaron necesario recurrir a la construcción de cercados, al menos de inmediato.
Durante lustros la situación permaneció inalterable. Sin embargo, en los años sesenta del presente siglo acontecieron cambios notables, relacionados con el incremento del nivel de vida de la población española y, consecuentemente, con la emigración o éxodo rural.
Las explotaciones agrarias extensivas entraron en una profunda quiebra al faltarle su tradicional aliado: la mano de obra abundante y barata a que hacíamos referencia más arriba. La crisis tuvo su mayor incidencia en las explotaciones latifundistas, especialmente en las ganaderas, que fueron las que acusaron de modo más intenso la pérdida de mano de obra y el encarecimiento de los costes de producción. Y ambos problemas, que no los relativos a la necesaria modernización de las explotaciones, trataron de paliarse mediante la construcción de una nueva red de cercados.
La construcción de alambradas, cuya función era ahora claramente la de servir de “pastor inerte”, cobró un ritmo vertiginoso a partir del año 1965, el cual estuvo justificado, en primer lugar, por una evidente necesidad y, en segundo lugar, por la ayuda que prestaron organismo oficiales como el IRYDA, entendiendo, con razón, que estos cercados eran un aspecto básico para la mejora de las fincas.
Culminó así un proceso que hiende sus raíces en los siglos precedentes, y que tuvo su máxima intensidad en el último tercio del siglo XIX y primero del XX. Su concreción en el espacio ha sido una red de cercas, convertida por muchas razones en uno de los componentes culturales más emblemáticos del paisaje de la mitad oriental de los Pedroches, significadamente de Villanueva de Córdoba.