En el dolmen de Las Agulillas

sábado, 31 de mayo de 2014

Y el hombre cogió su azadón (La aparición de la agricultura y los cambios en las creencias: ¿megalitismo europeo?).

Un pequeño divertimiento histórico, pues el origen del tema se escapa del ámbito de este blog, la comarca de los Pedroches, en el NE de Córdoba, pero existe cierta relación. Para intentar comprender la aparición del fenómeno megalítico, tan abundante en esta tierra, quizá haya que remontarse a los cambios ideológicos y religiosos que surgieron en el Próximo Oriente con la implantación de la economía de producción basada en la agricultura y la ganadería, y que se difundieron con la expansión del Neolítico.


     Durante millones de años los homínidos (entre ellos los anatómicamente modernos, vamos, nosotros) vivieron cazando animales y recolectando vegetales, trasladándose de lugar en busca de unos y otros. Quizá por ello haya tanto aficionado a la caza actualmente, o seamos legión quienes vamos a buscar vegetales silvestres. (Porque es así, una tortilla de espárragos trigueros es una delicia, pero el auténtico placer es cogerlos.) Hace unos 12.000 años ocurrió en el Próximo Oriente un cambio radical, cuando las personas comenzaron a vivir en comunidades estables que basaban su subsistencia en plantas y animales domesticados. Brian Fagan presenta una atractiva hipótesis que explica el por qué de la "revolución neolítica" que hizo cambiar por completo la forma de vida de los humanos.
     En realidad, la agricultura fue descubierta en otros lugares del planeta y en distintas épocas: hace unos 9.000 años en México; en el norte y sur de China y tanto más tarde; en los Andes hace unos 7.000 años y, por último, en el este de Norteamérica y en África al sur del Sahara hace unos 4.500 años. La forma de agricultura inventada en cada lugar estuvo condicionada por las plantas y animales auctóctonos: cebada y trigo, ovejas u cabras en el Próximo Oriente; maíz en México; arroz en China, y mijo y ganado en el África subsahariana. Se han buscado los factores que provocaron la aparición del Neolítico, y en todos los lugares citados es común que surgió como consecuencia de los grandes cambios climáticos tras la Edad del Hielo.
     En la actualidad nos encontramos en un "interglaciar" conocido como Holoceno, un largo verano, como lo denomina B. Fagan, que se inició hace casi 12.000 años. Pero no mucho antes, hace unos 20.000 años, el clima era distinto por completo, pues la Tierra atravesaba el Último Máximo Glacial. El frío era intentísimo y una buena parte de Europa estaba cubierta por los hielos; los icebergs llegaban hasta Lisboa. Tras el último pico de frío el clima fue atemperándose, el calor se fue incrementando y con él el repliegue de los hielos hacia el norte. La vegetación fue cambiando al calor de los tiempos.
     Hace unos 14.500 años las bandas de cazadores y recolectores del Próximo Oriente tenían condiciones muy favorables para su existencia ocasionadas por un clima templado y húmedo. Las tierras costeras y los valles fluviales estaban poblados de densos robledales, a la par que en otros lugares crecía una ubérrima estepa que producía una enorme cantidad de semillas comestibles. A estas estepas venían grandes manadas de gacelas que los cazadores cercaban y mataban. Si alguna vez, hasta entonces, hubo un lugar donde el hombre consiguió el pan (o al menos recolectó los cereales) sin demasiado sudor de su frente, fue aquí, en el Creciente Fértil, un término acuñado en la década de 1920 por el egiptólogo de la Universidad de Chicago Henry Breasted, y que se refiere a la franja que se extiende en el Levante por el valle del Jordán, el sureste de Turquía, las regiones montañosas de Irán y el norte de Irak.

 (http://www.adevaherranz.es)

     Estas condiciones tan afables para la existencia humana duraron unos dos mil años, y tuvieron grandes consecuencias. La primera es que el hombre se hizo sedentario, dejó la movilidad en búsqueda de alimento que lo había caracterizado desde sus inicios como especie. En algunos lugares como Mallaha (Israel) o Abu Hureyra (Siria) aparecieron aldeas permanentes, ocupadas a lo largo de muchas generaciones. Esto se demuestra porque en ellas han aparecido huesos de ratones comunes, ratas y gorriones, todos ellos animales plenamente domésticos y asociados a lugares donde los humanos tuvieron una estancia permanente y viviendas bien establecidas. Las dataciones absolutas son también claras respecto a que estos asentamientos estables aparecieron antes de que surgiera la agricultura, el periodo Neolítico.
     Brian Fagan encuentra el motivo a este hecho. Los humanos se habían desplazado desde siempre buscando plantas y animales, pero aquí los tenían en abundancia. Un factor determinante para la sedentarización, según Fagan, fue el procesamiento de los recursos naturales. Las bellotas de los robles producían una previsible cosecha al final de cada otoño, pero al contrario que las de los encinares de los Pedroches ("tan dulces e tan sabrosas que las non ha tanto en España", como afirmaba Ahmad ibn Muhammad al-Razi hace mil años) contienen sustancias que hay que eliminar antes de consumirlas, en un tedioso proceso de lixiviación. Cada semana, más o menos, las mujeres debían invertir bastantes horas en moler los frutos y lavar la harina, lo que las anclaba a la tierra. Alguna partida podría desplazarse para cazar, pero el grueso de la comunidad, que dependía del trabajo de las mujeres con semillas y bellotas, se hizo sedentario.
     Durante dos mil años los natufienses (nombre que se le hado a esta cultura) tuvieron a su alcance las cosechas de granos de la primavera, las de bellota y pistachos en el otoño y las gacelas durante todo el año, viviendo en aldeas estables generación tras generación; y eso tuvo sus consecuencias. En primer lugar, el crecimiento demográfico; en muchos lugares había una alta densidad, y cada aldea tendría un territorio propio, bien definido, dotado de una continuidad histórica. Aunque un grupo hubiese decidido trasladarse lo habría tenido difícil, pues los mejores lugares para vivir ya estaban ocupados. En segundo, un aumento de la complejidad de las relaciones sociales.Y, también, un cambio en las relaciones espirituales de las personas con el territorio que les suministraba alimento. Los natufienses enterraban sus muertos en sus aldeas, y tras muchas generaciones en unos determinados territorios tribales los antepasados habrían sido los guardianes de esa tierra propia, en los intercesores entre el mundo de los vivos y las caprichosas fuerzas sobrenaturales.

     Aquella idílica existencia se vio truncada hace, aproximadamente, unos 12.600 años por un suceso ocurrido a miles de kilómetros, en Norteamérica. Allí el casquete de hielo había cubierto prácticamente lo que es el actual Canadá. Al irse elevando las temperaturas el hielo se fue derritiendo, formando lagos en las concavidades del terreno que había provocado el peso de la gran masa de hielo. El más grande de ellos, al oeste de los Grandes Lagos de hoy, ha sido llamado lago Agassiz:

(http://ram.tiempo.com/numero11/imagenes/dryas2.gif)

     Por efecto de la elevación de las aguas y de la erosión, un arroyo puso en comunicación el lago con las aguas oceánicas y, en poco tiempo, meses o semanas quizá, sus aguas desembocaron en el Atlántico. Aquello tuvo unas gravísimas consecuencias para el clima.
     Si en las latitudes medias europeas hay un clima más templado y húmedo que en las de sus equivalentes americanas se debe a la Corriente del Golfo, que traslada estos elementos a las costas europeas. Es lo que se conoce como "cinturón transportador oceánico". Desde el Caribe una gran masa e agua cálida (y por lo tanto con alta concentración salina) fluye hasta el norte. Al llegar al mar de Labrador este agua, más pesada, se hunde en el océano formando una corriente profunda que se dirige al sur. Esto, a su vez, provoca una corriente que lleva temperaturas más elevadas a Europa. Pero cuando la gran masa de agua dulce y helada del Agassiz llegó al norte del Atlántico provocó como un cortocircuito en el cinturón transportador océanico, interrumpiendo la llegada de aguas cálidas cargadas de humedad a Europa durante mil años, en un periodo que los climatólogos llaman Dryas reciente.
     Fue una etapa de vuelta al intenso frío, que provocó que los bosques europeos retrocedieran hacia el sur. También afectó al Próximo Oriente, donde las masas de aire dominante procedían ahora del interior del continente asiático, frías y secas. Como es sabido, los robles son unas quercíneas con unos altos requerimientos de humedad (al contrario que las encinas, más adaptadas a climas secos) y poco a poco los robledades se fueron perdiendo. También disminuyó la productividad de semillas de la estepa, y el número las gacelas que se alimentaban en ellas. Aquellas primeras aldeas tenían una alta densidad de población, por lo que el desastre fue enorme. Intentaron aprovechar todos los recursos posibles, como vegetales con escaso valor nutritivo, mas, al final, no tuvieron otra opción que la que habían empleado sus antepasados durante milenios, desplazarse a otros lugares en busca de alimentos. Ya no existían las condiciones que habían permitido la sedentarización.
     Como se decía, dos mil años de convivencia con un determinado territorio habían transformado las relaciones de los hombres con el mismo, y aunque las bandas se desplazaran de un lugar a otro mantuvieron vínculos con la forma de vida anterior. Periódicamente se visitaban las antiguas aldeas, convertidas ahora en cementerios permanentes; en algunos casos se ha comprobado que se llevaban a ellas pilas de huesos, y sobre todo cráneos, procedentes de cementerios temporales establecidos mientras se desplazaban en busca de alimentos.
     Habría sido entonces cuando, por pura necesidad, algunos grupos comenzaron a plantar semillas para obtener más alimentos. Los cazadores-recolectores sabían de sobra que si una bellota o un grano de cereal caía al suelo y se enterraba, surgía un nuevo árbol o planta, y quizá se hubiesen hecho algunos intentos en la primera época sedentaria. Pero ahora había muchas bocas que alimentar, y muy poco alimento que procurarse. La solución fue producirlo. Había nacido la agricultura y comenzaba el Neolítico. Eso sí, Caín (agricultor) fue antes que Abel (pastor), y eso fue posible por la aclimatación de los plantas.
     Los cereales o leguminosas silvestres tienden a ir cayendo según van madurando para autosembrarse. Es una hábil estrategia, pues distribuyen esas semillas por el tiempo, que puede tener diferentes condiciones de calor y humedad. Pero eso no les interesaba a aquellos protoagricultores. Se ha considerado que en las estepas habría habido unos ejemplares mutantes de cebada o trigo con un fuerte raquis, que mantenían las semillas en la espiga aún maduras, como esperando al recolector. Al ser seleccionados estos ejemplares para guardarlos y plantarlos en otros lugares, esas escasas plantas mutantes fueron las que acabaron imponiéndose en los lugares cultivados (Mithen, 2001, 117).
     Otra opción es que la propia actividad de aquellos primeros agricultores hubiese modificado la secuencia genética de cereales y leguminosas silvestres. Se han realizado estudios sobre la cosecha de escanda silvestre, y "estos investigadores descubrieron que si el cultivo era cosechado en un estado cercano a la madurez, con hoces de hoja de piedra, o si sencillamente se arrancaba la espiga, entonces la domesticación completa se habría conseguido en solo veinte o treinta años... En unas pocas generaciones, en las que se realizó una cuidadosa selección de las plantas más productivas, los natufienses modificaron los genes de la escanda, sin percatarse de ellos" (B. Fagan, 2006, 149-148).
     El elenco de plantas comestibles domesticadas se amplió en poco tiempo: escanda, garbanzos, yeros, cebada, guisantes...Cuando un pasto silvestre, Aegilops squarrosa, que crece en los márgenes del Mar Caspio, se hibridó con el farro doméstico, apareció el trigo común, el más valioso de los cereales antiguos (tanto que el cristianismo lo tomó para hacer de él, mediante la transustanciación, la carne de Cristo). Unos mil años después de que surgiera la agricultura apareció la ganadería (primero, ovejas y cabras), ampliando el abanico de recursos para el hombre.
     No debieron de pasar muchas generaciones hasta que las parcelas cultivadas alcanzaran una gran productividad mayor que la de la recolección, por lo que lo que fue una estrategia ocasional se convirtió en una agricultura plenamente desarrollada. Cuando concluyó el frío del Dryas, hace unos 11.600 años, la agricultura era el recurso básico. Algunas de las antiguas aldeas que habían sido abandonadas durante la sequía del Dryas habían vuelto a ocuparse, con un tamaño mucho mayor que en el pasado.
     Sus habitantes volvían a estar atados a unas tierras determinadas, que antaño habían ocupado sus antepasados; las relaciones entre los vivos y muertos se habían mantenido durante la etapa del Dryas, cuando esas aldeas volvían a visitarse para enterrar a sus muertos, y ahora se fortalecían esos vínculos. El vivir cotidiano giraba ahora entre la siembra y la cosecha, entre la vida y la muerte, en un mundo en que los muertos eran los intermediarios entre la generación del momento y las fuerzas sobrenaturales que llevaban la lluvia o provocaban la sequía. Dice Brian Fagan (2006, 161): "El poder de los ancestros provenía de la tierra, que estaba dormida y cobraba vida, producía cosechas, parecía morir y luego repetía el mismo ciclo, tal como hacía la vida de los hombres. Cuando los humanos se transformaron en agricultores, estas relaciones se convirtieron en uno de los íntimos núcleos de la sociedad y las creencias espirituales".
     En Jericó la gente enterraba a sus muertos debajo del suelo de sus casas, principalmente practicando la exhumación y reentierro de los cráneos. En ocasiones se modelaban con yeso las facciones del muerto:


 (Cráneo de Jericó: https://www.britishmuseum.org)

    En Jericó y en otros lugares la veneración a los antepasados se presentó de distintas maneras. En Ain Ghazal (Ammam, Jordania) aparecieron unas figuras, que, cuanto menos, resultan inquietantes:

(Estatuas de Ain Ghazal: http://www.whitman.edu)

     Con sus largos cuellos y los ojos que miran fijamente al espectador algunos los han considerado evidencias de la presencia extraterrestre (no sé si esta gente ha visto muchas películas o, más bien, algunos guionistas se inspiraron en ellos para recrear a los alienígenas...). Me parece más apropiada la opinión del arqueólogo Gary Rollefson, que considera que en su tiempo habrían podido formar parte de algún tipo de altar, tal vez como una representación simbólica de los antepasados, a modo de maiorum imagines, las imágenes de sus antepasados ilustres que tenían los nobles romanos en el atrium de sus casas.
     Hace unos 11.600 años finalizó el frío periodo del Dryas reciente: el cinturón transportador oceánico volvió a fluir, la Corriente del Golfo volvió a traer calor y humedad a Europa y el Proximo Oriente. Para entonces la agricultura estaba plenamente implantada y el Neolítico comenzaba a expandirse hacia el oeste.
     Ya se trató en otra entrada del blog sobre los dos grandes modelos, autoctonismo y migracionismo. El primero, en boga en las últimas décadas del pasado siglo, no parece que sea posible en este caso. A la Península ibérica llegó el Neolítico a inicios del VI milenio anterior a nuestra era (a.n.e.), sobre todo en el este peninsular, y está claro que no surgió aquí como por generación espontánea, porque aparecen cereales y animales domésticos (cabras y ovejas) que eran hasta entonces desconocidos, e, igualmente, surge una nueva cultural material, como una cerámica plenamente desarrollada, sin que hubiese tampoco precedente alguno de ella anteriormente. El genetista Cavalli-Sforza y el arqueólogo Ammerman (en un estudio interdisciplinar en el que conjugaban genética y arqueología, que posteriormente Cavalli-Sforza amplió con la lingüística) plantearon en en 1984 su hipótesis de "frente u ola de avanza" para explicar la difusión del Neolítico por Europa, por el que por el que agricultores del Próximo Oriente se habrían expandido hacia el oeste a un ritmo de unos 25 km por generación (más o menos, un kilómetro al año). Pero, claro, esta gente llegaba a sitios que formaban parte de los terrenos de caza y recolección de la población autóctona. ¿Se puede cuantificar de algún modo la proporción de esos agricultores foráneos en el resultado final, la población resultante? Más o menos.
     Basándose en el estudio del ADN mitocondrial, que sólo se transmite por vía materna, el equipo de Bryan Sykes hizo un árbol evolutivo de la población europea. De su análisis se desprendía que cuatro de cada cinco europeos actuales proceden de personas que llevan viviendo en Europa desde hacía miles de años, desde el Paleolítico. Pero había también un gran linaje, al que Sykes denominó Jasmine (flor, en persa) que era el único que tenía su origen fuera del continente europeo, y al que pertenece el 12% de los europeos de hoy en día. Se originó en el Oriente Medio hace unos 8.500 años; los pertenecientes a este linaje son, a todas luces, los descendientes directos (por vía materna, se recuerda que el ADN mitocondrial sólo lo transmiten las madres) de los primeros agricultores que difundieron la agricultura por Europa.
     Los agricultores neolíticos y los cazadores-recolectores epipaleolíticos (nombre que reciben los últimos paleolíticos contemporáneos de los neolíticos) interactuaron, mantuvieron relaciones entre sí, hasta que la economía de producción acabó por imponerse en la forma en que la gente se buscaba las habichuelas (y nunca mejor dicho). Pero no sólo de pan vive el hombre, también habría de haber habido una interrelación en el mundo de las creencias. Y creo que es aquí donde hay que buscar el origen del megalitismo, o al menos eso es a lo que apuntan las dataciones más antiguas de los mismos y los lugares donde aparecieron.
     Al principio se consideró que los sepulcros megalíticos habrían llegado a Europa desde el este ("ex Oriente lux", Vere Gordon Childe dixit), pero numerosas dataciones radiocarbónicas han demostrado que los megalitos más antiguos aparecieron en el occidente europeo, precisamente en el tiempo en que el Neolítico comenzaba a penetrar en las poblaciones epipaleolíticas indígenas. Los megalitos serían el símbolo de la comunidad, "definida no por enterramientos individuales con elaborados ornamentos, sino por tumbas comunitarias. Las nuevas tradiciones provenían de una combinación de antiguas creencias de cazadores-recolectores y agricultores, que se reflejan en la construcción de troncos o piedras de las cámaras mortuorias enterradas debajo de túmulos de tierra. Estos túmulos eran monumentos erigidos a los ancestros en medio de terrenos plenos de lugares simbólicos e imbuidos en un poderoso significado sobrenatural... Cualquiera que fuese su emplezamiento, eran parte integral de un cosmos en el que los mundos sobrenatural y material convergían en el poder de los antepasados" (Brian Fagan, 2006, 185). "Los dólmenes fueron antes templos que castillos" (también Gordon dixit).
     En el túmulo de West Kennet (Avebury, sur de Inglaterra), en uso hacia el año 3400 a.n.e., durante 500 años se inhumaron los restos de al menos 46 personas de ambos sexos, incluyendo bebés, niños, jóvenes y ancianos, por lo que está claro que sólo fueron enterrados algunos individuos de la comunidad, quizá los más prominentes o los más significativos de ella, pero eso no le ha de restar valor al carácter de identidad de la comunidad que tuvieron los dólmenes. "Cada uno de estos sitios de enterramiento era un vínculo con comunidades individuales o grupos de aldeas protegidas por los antepasados. Inmediatamente después, los enterramientos comunitarios cedieron su lugar a las costumbres funerarias de nuevas sociedades, en las que el poder y el prestigio personal individuales daban forma a la vida humana. Los antepasados retrocedían al segundo plano" (Fagan, 2006, 187). Este cambio comenzó en la etapa del vaso campaniforme, intensificándose en la Edad del Bronce. Más que las cuestiones tecnológicas lo verdaderamente importante de estas etapas es su significado de cambio hacia una nueva mentalidad, relegando a las que habían nacido en el Próximo Oriente en las primeras etapas de sedentarización.

domingo, 25 de mayo de 2014

Broche de cinturón hispano tipo "Bienvenida" en los Pedroches (tipo hispano "Bienvenida").

Otra pieza inédita de la arqueología de los Pedroches, y también única en la arqueología cordobesa: un broche de cinturón hispano de los siglos IV-V.


   En el número 3 de la revista El Museo del año 2000, editado por el Museo PRASA de Torrecampo, aparecía en la página 15 un broche de cinturón que me tenía despistado:


     Lo anecdótico del asunto (pues con la dirección actual no habría pasado) es que estaba incluido en un artículo titulado "Tartessos en la Casa-Museo Posada del Moro", quizá por la similitud de la placa con el pectoral del tesoro del Carambolo (Castilleja de la Cuesta, Sevilla), hito de la arqueología tartésica:

(http://enciclopedia.us.es/images/thumb/5/57/Pectoral_Tesoro_del_Carambolo.jpg/250px-Pectoral_Tesoro_del_Carambolo.jpg)

     Pero ese broche de cinturón nada tiene que ver con la legendaria Tartessos, sino que es unos mil años, a ojo, posterior. La cuestión era concretar de qué época y de qué tipo. José Ángel Hierro, del Proyecto Mauranus, me puso en la pista: Bajo Imperio romano. Para los cinturones de este periodo en Hispania Joaquín Aurrecoechea Fernández ha realizado un magnífico estudio, así que el siguiente paso era consultar sus obras. Y, efectivamente, allí me encontré los referentes de esta pieza: se trata de un broche de cinturón hispano tipo "Bienvenida", como los de abajo:

 (J. Aurrecoechea, 1999, 71.)

     Este tipo de broche de cinturón se caracteriza por ser de tipo articulado y, sobre todo, porque su placa presenta sus lados mayores cóncavos; la decoración de la mayoría de ellos se basa en círculos concéntricos, aunque también los hay lisos. Sin embargo, la hebilla del broche de Torrecampo es en forma de "D", mientras que lo usual es que sea cuadrada y con apéndices en forma de "cuernos". También los precedentes conocidos tienen en la placa dos anillas para insertarse con la hebilla, mientras que el de Torrecampo tiene cuatro. Ante la duda, y como era mi primer acercamiento a este tipo de objetos, le planteé la cuestión a Joaquín Aurrecoechea, quien, con una gran amabilidad, me confirmó que se trataba de un broche de cinturón hispano tipo Bienvenida, y que no era extraño que tuviese ese tipo de hebilla, pues este tiempo se define por la gran variabilidad en este tipo de accesorios, no existía una producción estandarizada y la imaginación y creatividad del artesano que fabricaba estos objetos también contaba.
     Cronológicamente, se sitúan entre los siglos IV al V d.C. La distribución de los once broches de esta tipología conocidos hasta ahora (sin contar el del Museo PRASA) es mayoritariamente en la Meseta Sur (cinco en la provincia de Toledo, dos en Cuenca, dos en Segovia y uno en las de Ciudad Real y Jaén). En Andalucía sólo se conocía uno procedente de Mengíbar, Jaén (el número 1 de la imagen superior, también representado en este mapa):

( Según J. Aurrecoechea, 2001, 168. El círculo rojo que añado marca el broche de los Pedroches.)

     En el conjunto de la actual Andalucía se conocen muy pocos broches, placas o hebillas de este periodo. La verdad es que nunca había reparado en los cinturones del Bajo Imperio porque, hasta ahora, no me había topado con ellos; como se ha comentado anteriormente en el blog, en el NE de Córdoba lo que abundan en un alto número son los de tipo liriforme, pero son ya posteriores, del siglo VII. Y, sin embargo, me han resultado fascinantes, porque son un fiel reflejo de los avatares de la última etapa del Imperio Romano de Occidente según demuestra J. Aurrecoechea, que une un gran conocimiento a una claridad expositiva que es digna de agradecer. Aprovechemos la ocasión para repasar los -muy escasos- elementos de cinturón tardorromanos conocidos en Andalucía (aunque para el territorio básico de estudio del blog, el NE de Córdoba este planteamiento es algo artificioso, pues los Pedroches tienen muchas más relaciones ecológicas, geográficas o culturales con el SE de Extremadura o el SW de la Mancha que con Málaga o el mismo sur de la provincia de Córdoba).

     Escribe este autor: "En la antigüedad los cinturones eran usados únicamente en los tipos de vestido en los que realmente eran necesarios. En el mundo romano, tanto tardío como altoimperial, parecen haber sido prerrogativa de un determinado grupo social, el de los soldados y los cargos de la administración. Ello no es óbice para que en ciertos círcuclos sociales cercanos a los anteriormente expuestos pudiera darse la difusión de modelos semejantes" (Aurrecoechea, 2001, 209). Tenían un doble cometido: funcional (para pender de ellos las armas) y simbólico: como otros elementos decorativos situados en partes destacadas de la anatomía, informaban de la condición del portador y de su estatus, en este caso militar o al servicio de la administración.
    Durante los tres primeros siglos de nuestra era existió una gran uniformidad entre los cinturones de los legionarios romanos, desde Britannia al Danubio o al norte de África, pero esta situación cambió en el Bajo Imperio. Diocleciano y Constantino reformaron la estructura imperial, desde entonces dividido en dos, el de Oriente y el de Occidente (aunque la bajo la autoridad teórica de uno de los dos augustos). Cada uno de ellos se desglosaba a su vez en prefecturas, diócesis y provincias. Por ejemplo, las Península ibérica fue dividida en cinco provincias (Bética, Gallaecia, Tarraconensis, Carthaginensis y Lusitania) que junto a Mauritania Tingitana (en el norte de África) y las islas Baleares formaron la Diocesis Hispaniarum, con capital en Emerita Augusta. Esta diócesis, con las de la Galia y la de Britania formaban la Prefectura de las Galias.
     (También se modificó el ejército, incrementando sus efectivos: se calcula que durante el reinado de Diocleciano entre 450.000 y 600.000 soldados defendieron las fronteras desde Siria, el limes del Danubio-Rin, Britannia y el norte de África. Constantino modificó radicalmente la estructura, creándose dos tipos de tropas: de campaña (comitatenses) y de frontera (limitanei). Ante la creciente dificultad de encontrar un número suficiente de romanos para el servicio militar, desde Constantino se incrementa el número de bárbaros alistados en el ejército romano.)
     Los cingula militae, como se denominó a estas piezas en el Bajo Imperio romano, alcanzaron un alto grado simbólico, hasta el "extremo de que [terminaron] sirviendo para identificar al propio servicio público. La entrada en el servicio militar activo se designaba con los términos cingulum sumere o cingulum mereri, mientras que el cese en el mismo era conocido con la expresión cingulum deponere o liberari cingulum". Y si "algo define a los broches de cinturón tardíos es la heterogeneidad" (J. Aurrecoechea Fernández, 2001, 207 y 201). Esto es la consecuencia de las tendencias locales que surgieron cuando el poder imperial comenzó a disgregarse, favoreciendo que aparecieran gustos particulares, aunque tampoco hay que considerar que su fabricación fuera anárquica y que cada cual hiciera lo que mejor le pareciese, sino que estas "modas locales" respondían a unos mismos estímulos, a lo que Joaquín Aurrecoechea designa una misma "koiné bajoimperial", en que la administración militar se preocupó del acceso a la mercancía (a los estamentos militares y oficiales) y de su apariencia, marcando unos parámetros, lo que explica que aparezcan tipos parecidos en lugares muy separados. Así, se puede hablar de dos grandes modelos: los "universales" y los "regionales"; se diferencian tanto por su morfología como por su distribución, apareciendo los primeros en grandes áreas del Imperio, mientras que los segundos tienen su presencia en territorios definidos.
     Para los cingula militae bajoimperiales hallados en la Península se han establecido tres categorías: "no hispanos", "pseudohispanos" e "hispanos". Los dos primeros, que deben analizarse a la par, se encuadran dentro de los modelos "universales", y los "hispanos" en los regionales.
     Los broches "no hispanos" son los cinturones empleados por las tropas establecidas en zonas de combate y por los funcionarios civiles del Estado. Los "pseudohispanos" se inspiran en los cíngulos "no hispanos", pero adaptados a los gustos de la diócesis; la principal diferencia estriba en el modo de unirse al cuero, con roblones, mientras que los "no hispanos" lo hacían mediante remaches. Los "hispanos" se caracterizan por mantener un gusto por los antiguos cinturones altoimperiales, aunque recibieron algunas ideas de los nuevos cíngulos "universales"; son característicos de la Península. Veamos los ejemplares conocidos en Andalucía de cada categoría.

Cíngulos "no hispanos": 

Tipo "Mainz": son de placa rígida, que forma una sola pieza con la hebilla, con forma triangular calada y apéndice circular perforado en el extremo distal. Su cronología abarca todo el siglo IV, y quizá sean los más antiguos de los encontrados en Hispania. Sólo se conocen en la Península dos ejemplares, presumiblemente, pues forman parte de conjuntos procedentes de anticuarios de Andalucía depositados en los museos Romano Germano de Maguncia y el Arqueológico Nacional de Madrid. (Quizá no esté de más aclarar que el nombre español de la ciudad alemana de Mainz es Maguncia). A pesar de su rareza en Hispania son frecuentes desde Britania o Marruecos hasta Panonia; por ejemplo, sólo en la actual Serbia se conocen una docena de broches de este tipo.


Tipo "Teba": Su aro suele ser peltiforme (derivado de las hebillas altoimperiales), y cuentan con una pequeñísima placa calada cuya función era unir el cuero al broche. Cronológicamente se sitúan entre finales del siglo IV o comienzos del V d.C. De los nueve ejemplares de este tipo conocidos en la Península tres de ellos (procedentes presuntamente de la Bética) se encuentran también en el Museo Romano Germano de Maguncia; dos sí tienen origen conocido en el sur peninsular, en Teba (Málaga) y Jauja (Lucena, Córdoba), a izquierda y derecha en el dibujo de abajo:

(J. Aurrecoechea Fernández, 2001, 125.)

     Las familias más comunes de broches "no hispanos" en el resto de España están casi ausentes en Andalucía. Son los broches delfiniformes y los ejemplares excisos y troquelados.
     Se considera por algunos autores que los conocidos como broches excisos se realizaron bajo el mandato de Valentiniano I (364-375) para los que se han denominado "bárbaros imperiales" al servicio del ejército romano, continuando hasta el reinado de Honorio (384-423). Si lo que se pretendió con ellos fue reflejar el estatus militar de sus portadores, de distinguirlos e identificarlos, se consiguió plenamente, pues son ciertamente espectaculares, como el depositado en el Museo Arqueológico de Munich:

(http://www.romancoins.info/MilitaryEquipment-cingulum.html#Fourth%20Century%20Cingulum)

     Pero, como decía, no se conoce ninguna placa de este tipo, o de las denominadas troqueladas en Andalucía, aunque es posible que pertenezca a una de estas categorías la hebilla encontrada en la Cueva de los Murciélagos (Zuheros, Córdoba). Este tipo de hebillas es también zoomórfica, y se distinguen por tener en los extremos del aro cabezas de las fieras que "muerden" el eje de la charnela sobre el que se articula la hebilla:

 (J. Aurrecoechea Fernández, 2001, 144.)

     No se conoce ningún ejemplar en Andalucía de los tipos denominados "pseudohispanos".

Cíngulos hispanos.

Tipo "Simancas": Es el modelo más extendido por la Península, con casi cuatro decenas (entre boches completos, placas y hebillas sueltas). Es de tipo articulado, con hebillas y placas que se articulan mediante una charnela. La placa es rectangular, alargada y con decoración calada. En la fotografía de abajo puede verse un broche completo del tipo "Simancas" procedente de Fuentespreadas (Zamora). (Al verlo es difícil no evocar las placas caladas que aparecerán también sobre todo en la Meseta unos dos siglos después, ya en el periodo visigodo.)

 (http://ceres.mcu.es/pages/Main)

     Cronológicamente, se sitúan en el siglo IV y comienzos del V. Este tipo abunda en la mitad septentrional peninsular. En la actual Andalucía sólo se conoce un broche (con placa fragmentada, aunque conserva la hebilla) en Castulo, y dos hebillas cornudas correspondientes a este modelo, una también de Castulo y la otra del Collado de los Jardines (Santa Elena, Jaén):

(Cebrián, Repullo y Alarcón, 2013, pág. 86.)

     En los broches tipo "Simancas" se aúnan dos tradiciones. Por un lado, el ejército altoimperial, del que tomó un broche muy característico de ese periodo (rectangular con apéndices globulares en los extremos, por lo que es conocido como hebilla "cornuda") para hacer la hebilla del tipo Simancas. Abajo se muestran varios ejemplos de estas hebillas "cornudas" del Alto Imperio, procedentes de los Balcanes (fotografía) y Suiza (dibujos):

(http://www.roma-victrix.com/armamentarium/cingvli_fibula_cingulae.htm)

     Por otro lado, también influyeron en el diseño del tipo "Simancas" los broches "no hispanos" calados, decorados con lo que se conoce como "ojos de cerradura" y que aparecen en la segunda mitad del siglo IV:

(http://www.roma-victrix.com/armamentarium/cingvli_fibula_cingulae.htm)
    
      Parece lógico considerar que los broches "no hispanos" fueron portados por soldados y funcionarios procedentes del exterior de la Diócesis, y por personal de la misma los "pseudohispanos". La cuestión es quiénes eran los que llevaban los broches hispanos. Por su concentración en la Meseta Norte y en el medio rural, sobre todo el tipo "Simancas", se pensó que podrían pertenecer a las tropas privadas de los aristócratas, pero recientemente Bautista Ceprián, Carmen Repullo y Jorge Alarcón (2013) han presentado una hipótesis muy sugerente y atractiva: basándose en análisis estadísticos sobre los lugares donde aparecieron plantean que podrían haber pertenecido a las tropas destinadas en Hispania que, con ellos, pretendían identificarse y distinguirse de los soldados extrapeninsulares, que portaban unos cinturones muy diferentes.
     Tras la conquista definitiva de Hispania, desde finales del primer siglo de nuestra era sólo se mantuvo en la Península una legión y algunas unidades auxiliares, se calcula que entre 10.000-11.000 soldados, y, durante el Bajo Imperio, unas 1.500 personas al servicio de la administración estatal. Fueron tropas alejadas de los grandes frentes de batalla, en los que el oficio pasaba de padre a hijo, y habrían tenido cometidos de policía, vilancia, avituallamiento... y, como se ha apuntado por algunos investigadores, para controlar la annona militar, los impuestos en especie para mantener el ejército, pues la gran cantidad de tropas de las fronteras era un enorme devorador de recursos. Se ha estudiado en Hispania el tránsito y control de esta annona por el oeste y norte peninsular, pero sería más que extraño, aberrante, que una de las regiones agrarias más ricas de Hispania, la Bética, se hubiera mantenido al margen de esa aportación. Así que los autores citados arriba consideran que podría haber habido destacamentos de tropas en determinados lugares para este control, como en Castulo (Linares, Jaén) o Sisapo (La Bienvenida, Almodóvar del Campo, Ciudad Real). Con la contribución annonaria se ha puesto en relación el amurallamiento de ciudades a partir del siglo III d.C., por lo que particularmente me planteo si en Solia (Majadaiglesia, El Guijo, Córdoba) se levantaron sus murallas en este tiempo precisamente para esta función, pues una antigua calzada romana la comunicaba con Córdoba, y desde Solia  había una buena comunicación con Mérida, capital de la Diócesis de Hispania.
      Las tropas hispanas habrían adquirido a lo largo de los siglos una conciencia de pertenecer a las gloriosas legiones romanas, en la que también militaron sus antepasados, por lo que no les tendría que haber hecho muy mucha gracia compartir sus insignias con una gente a la que, hasta hacía muy poco, había estado combatiendo. La situación se habría agravado cuando a comienzos del siglo V Constantino III protagonizó una usurpación desde Britania contra el emperador Honorio que afectó a toda la Prefectura de las Galias. Geroncio, un general al servicio de Constantino III, penetró en la Península ibérica, enfrentándose a las tropas reunidas por los parientes del emperador Honorio. El ejército romano en Hispania, con escasos efectivos y probablemente disperso, poco podría haber hecho ante la invasión del ejército de Constantino III, y esto se habría reflejado en unos elementos particulares del ejército, los broches de cinturón, diferentes por completo de los portados por las tropas extrapeninsulares, los modelos "hispanos", como el tipo "Bienvenida" del Museo PRASA. Es una hipótesis interesante, abierta, como todo en Historia, a nuevos conocimientos o investigaciones.

lunes, 12 de mayo de 2014

¿Crisis inmobiliario funeraria en la Prehistoria? Reutilizando dólmenes

(Como se va a tratar de una cuestión que abarca distintos periodos de la Prehistoria, vamos a hacer un pequeño compendio de ellos. Las fechas pueden variar según las regiones:
Paleolítico (Vieja Piedra): desde los orígenes de la humanidad hasta 6000 antes de nuestra era en la península. Se caracteriza porque la economía es básicamente de caza y recolección.
Neolítico (Nueva Piedra): en la Península Ibérica, desde el 6000 a.n.e. hasta el 3000 a.n.e.; es más antiguo en el este. Su principal definición es que aparece la economía de producción, el hombre cultiva vegetales y cría animales para su consumo. También hay grandes cambios en la tecnología o en las creencias respecto al tiempo anterior. A mediados del periodo aparece el fenómeno megalítico, que se mantiene en el periodo posterior.
Calcolítico -del griego chalcos, cobre y lithos, piedra-, equivalente a Eneolítico -del latín aeneos, cobre- y Edad del Cobre: 3000 a.n.e. - 1500 a.n.e. Como su nombre indica, aparece la metalurgia, aunque ésta no parece que tuviera una gran repercusión en el comienzo en aquellas sociedades. Los útiles de piedra alcanzan notables logros técnicos y siguen siendo los más empleados. Son formaciones sociales en los que los lazos de parentesco otorgan primacía a la comunidad. Los sepulcros megalíticos siguen siendo usados en gran parte de la península (como en la comarca de los Pedroches, en el NE de Córdoba). Los megalitos, en general, se inutilizaron a mediados del III milenio a.n.e. En unos lugares las entradas se bloquearon, en otros hay pruebas de que fueron destruidos por el fuego. Es posible que se deba a un cambio radical en las creencias. También hay evidencias de que fueron reutilizados en tiempos muy posteriores a los de su creación.
Vaso campaniforme: 2500-1700 a.n.e. Considerado como la fase final del Calcolítico, es cuando se produce el esplendor de la metalurgia del cobre. Su nombre procede de las cerámicas de la época de época acampanada, que se extienden desde Irlanda y Portugal hasta Hungría, y desde Polonia a Marruecos. Hay nuevos modelos sociales y valores religiosos, o al menos eso se desprende de que ahora los enterramientos son individuales y con ajuares de gran riqueza.
Edad del Bronce: 1800-725 a.n.e., aunque es el periodo con mayores problemas par su ordenación y cronología, teniendo muy diversas manifestación en la península. Técnicamente se define por la aparición de las aleaciones a partir del cobre con otros minerales, especialmente estaño, dando lugar al bronce, que tiene mejores cualidades. Con este material se fabrican objetos de prestigio, como las primeras espadas. La sociedad se transforma mediante un proceso de jerarquización en los que se rompen los lazos parenterales de las sociedades calcolíticas. El ritual funerario es individual, como reflejo del nuevo modelo social en el que se han roto los lazos de parentesco e individualidad que reflejaban los ritos funenarios megalíticos.
Fin del exordio.)

     La preocupación de los hombres por tener otra vida tras ésta quizá sea poco posterior al descubrimiento de que "Hermano, morir habemus". Los egipcios fueron un pueblo especialmente preocupado por la cuestión, aunque la búsqueda de la inmortalidad atravesó distintos estadios en el antiguo Egipto. Hasta el Imperio Antiguo era privilegio exclusivo del faraón; después, se abrió la opción a los más allegados al monarca, hasta que en el periodo de máximo explendor, en el Imperio Nuevo, el privilegio de acceder a otra vida ya estaba abierto a un mayor número de personas. No se puede decir que fuera una "democratización de la vida eterna", sino más bien un aburguesamiento de la misma, pues sólo podían conseguirla las élites.
     ¿Qué ocurría mientras con la gente que se enterraba en los megalitos del oeste europeo? Ya hemos visto que se consideran colectivos en tanto que en el sentido de "sucesivos", de que se fueron depositando cadáveres en ellos a lo largo del tiempo, pero no parece que toda la colectividad tuviera acceso a ellos. Por ejemplo, en el magno megalito de las Casas de Don Pedro (Belmez, en el cuadrante NW de la provincia de Córdoba), sólo se depositaron en él, en principio, a dos mujeres, una joven y otra de edad más avanzada. Parece pues muy posible que el poder vivir en la otra vida después de ésta no fue algo común a todos los componentes de las sociedades del Calcolítico penínsular.
     Volviendo al Egipto de los faraones, mientras que quienes podían invertían una gran cantidad de recursos para garantizarse una eterna vida feliz, otros los aprovechaban para mejorar sus condiciones de vida en ésta. Escribe un egiptólogo español, José Miguel Parra: "La verdad es que resulta complicado que una tumba egipcia llegue intacta, o al menos solo sujeta a los estragos del tiempo, sobreviviendo a las ganas de los egipcios de apoderarse de las riquezas que contenían. Es un hecho conocido desde los comienzos mismos de la egiptología: los habitantes del valle del Nilo gustaban de enterrarse con un abundante ajuar funerario, y a sus vecinos les gustaba todavía más entrar en sus tumbas y robarles esos objetos preciosos destinados al Más Allá" (La Aventura de la Historia 186, p. 72).  Mientras que los egipcios estaban entretenidos con "este peculiar gusto faraónico por la redistribución de la riqueza enterrada", en la Península ibérica, en los tiempos posteriores al Calcolítico, las gentes de la época también estaban ocupadas con los menesteres funerarios, pues existen numerosos testimonios de que después de dejar de ser empleados los sepulcros megalíticos volvieron a ser reutilizados en la Edad del Bronce.Un buen exponente de esto se produjo durante la Edad del Bronce en Almería, en la conocida como cultura de El Argar. Aquí se ha propuesto que fue debido a las poblaciones sometidas a las élites del Argar, que quisieron seguir así manteniendo la memoria de sus ancestros. Es una hipótesis sugerente, pero la cuestión es que la reutilización dolménica no sólo tuvo lugar durante el tiempo de El Argar, sino también en otros ámbitos peninsulares.
     Un buen ejemplo lo tenemos documentado en el citado dolmen Casas de Don Pedro (Belmez), en el noroeste de Córdoba. Tras la primera inhumación de dos mujeres fue vuelto a abrir para depositar otro cadáver que contaba en su ajuar con objetos metálicos, ausentes en el primer momento.

     En los Pedroches también se cuenta con algún caso de reutilización dolménica, en concreto el de las Aguilillas.
 
     Escribe sobre él Ángel Riesgo en sus libretas de campo: "Fue hallado por mí este túmulo al iniciar las exploraciones de cistas en esta finca, al notar el rectángulo que aflorando a ras del suelo formaban las piedras de la cámara con el peñón... Las tierras estaban en desorden completo, mezcladas con piedras de muy diferente tamaño; el fondo debió ser enlosado son varias piedras, las cuales fueron levantadas de su sitio por los profanadores del túmulo. El ajuar se halló en todos los horizontes y aun entre las piedras de los paramentos de la cámara... Las vasijas halladas estaban juntas, unas dentro de otras en el ángulo del sudeste, y casi a flor de tierra, como colocadas allí según el profanador fue hallándolas, dejándolas por objetos sin importancia".
     Entre los objetos cerámicos se encuentra éste:


 (Fotografía de Valme Rodríguez Escudero. http://ceres.mcu.es/pages/Main )



     Por su forma alta y de borde exvasado no corresponde al periodo Calcolítico, sino al siguiente, la Edad del Bronce, lo que confirma la impresión de Riesgo de que el sepulcro megalítico había sido abierto y expoliado. Esta cerámica indica que lo fue para depositar, como en el de las Casas de Don Pedro, otro cadáver posteriormente.
     En época histórica esta costumbre pasó a ser anecdótica, aunque de tanto en cuanto los viejos dólmenes continuaron siendo utilizados en su función funeraria, hasta en periodo romano: en el Llano de los Frailes 2 (Almería) se encontraron monedas de Constancio II y Juliano (Lorrio y Montero, 2004, 106). Probablemente también ocurrió algo similar en el NE de Córdoba, pues en septi8embre de 1926 Ángel Riesgo descubría en el dolmen Navas II (Villanueva de Córdoba) una lucerna que califica de saguntina (es decir, de terra sigillata). Comente en broma en otra entrada que podría ser de algún romano aficionado a las antigüedades al que se le hizo de noche, pero es más probable que se tratara de un enterramiento romano, pues sabemos que las lucernas eran objetos frecuentes en los ajuares funerarios del Alto Imperio romano.

     No sabemos con seguridad a qué se debió esta costumbre de mantener a los dólmenes en su función funeraria mucho después del Calcolítico. Es el problema de no contar con fuentes escritas.

domingo, 27 de abril de 2014

Enseres para el otro mundo (ajuar funerario del dolmen de las Aguilillas)

     Cuando los emperadores romanos morían se convertían en dioses. La más alta consideración que pudiera conseguir un ser humano mortal. Aunque no todos lo tomaron así. Cuenta Suetonio (Vida de los Doce Césares) que el emperador Vespasiano, al notar los primeros síntomas de enfermedad, dijo: "¡Ay!, creo que voy a convertirme en Dios". Sólo le faltó terminar con "y que poquita gana tengo...".
     Comprendiendo que Caronte no dejaba de recoger a ninguno en su barca, fueron muchos, en cualquier continente o época, los que prepararon todo lo que iban a necesitar para pasárselo en la otra vida igual de bien que se lo habían pasado en ésta. Los más conocidos son los faraones egipcios, pero no fueron los únicos, ni los más fastuosos o espectaculares.
     Qin Shi Huang fue el primer emperador de la China unificada a finales del siglo III a.C. (221 a.C. - 210 a.C.) -es decir, justo cuando Aníbal les metía las cabras en el corral a los romanos en la batalla de Cannas (216 a.C.)-. Dedicó 38 años a construir su mausoleo (lo mismo que un faraón en su tumba), que ocupa más de dos kilómetros cuadrados de extensión. Como la excavación, aunque se haga con todo rigor científico, es una actividad destructiva los arqueólogos chinos van con poca prisa (ya se sabe eso de que despacio se llega lejos...) y aún no han abierto la cámara funeraria del emperador, pero sí han sacado a la luz el fabuloso ejército de guerreros de terracota, los famosos guerreros de Xian, que deberían otorgar al emperador el mismo poder que había tenido en vida.
     En la época en que Imperio romano entraba en una graves crisis, a mediados del siglo III d.C., en los Andes el conocido como Señor de Sipán, un gran sacerdote mochica, se hizo enterrar rodeado de una gran cantidad de objetos de metales y piedras preciosas, de cerámica y madera, de una enorme calidad y riqueza. También lo acompañaron sirvientes, chicas jóvenes y algunos animales.
     También la gente que vivió hace cuatro o cinco mil años por la saliega de los Pedroches (durante el periodo que se denomina Calcolítico o Edad del Cobre) se ocupó de que quienes fueron enterrados en los sepulcros megalíticos dispusieran de los bienes materiales necesarios para que pudiesen emplearlos en las faenas del otro mundo. De todos los dólmenes del NE de Córdoba el que más cantidad de objetos de ajuar o depósito ritual (como llaman a este conjunto los especialistas) ha aportado es el dolmen de las Aguilillas (Villanueva de Córdoba).


     Antes de realizar el análisis del ajuar, hay que hacer alguna consideración previa. Lo primero es que este tipo de enterramiento se considera que es "colectivo" en su carácter de "sucesivo". El número de personas depositadas en ellos es muy variable, desde centenares hasta muy pocos. Por ejemplo, en el majestuoso dolmen de Alberite (Villamartín, Cádiz), de 23 m de largo, sólo había dos inhumados, uno masculino y otro femenino. En el de las Casas de Don Pedro (Belmez), en el cuadrante NW de Córdoba, en primera instancia se depositaron a dos mujeres, una adulta y otra joven. Sin embargo, es evidente que para levantar esas construcciones fue necesario el concurso de muchas personas que, además, deberían tener una estructura social plenamente conformada, y las habichuelas garantizadas, como para invertir esta enorme cantidad de recursos en levantar estos sepulcros rupestres.
     También parece evidente que en Alberite o en Casas de Don Pedro no todos los que construyeron los dólmenes tuvieron derecho a ser inhumados en ellos. Esto entra en contradicción con la imagen tradicional que se tenía de las primeras sociedades agrícolas, a las que se las consideraba igualitarias. Las dos mujeres enterradas en Belmez hace unos 4.500 años vienen a decirnos que, de toda la vida de Dios (que dicen las abuelas de mi pueblo) siempre ha habido unas personas que han sido más iguales que otras.
     Dado el tiempo transcurrido, de los objetos que se depositaron en los dólmenes sólo nos han llegado aquellos capaces de resistir el paso de los milenios, como los realizados en piedra, cerámica, metal o hueso, por lo que no debe descartarse, sino al contrario, dar por supuesto, que junto a estos tipos de objetos se depositaran otros como alimentos, recipientes de madera o fibras vegetales, prendas...
     Vayamos directamente al análisis del ajuar funerario del dolmen de las Aguilillas. (Los dibujos de los diferentes objetos son de Concepción Marfil Lopera, publicados en la revista Cuadernos del Gallo nº 19 de 1997.)

Cerámica. Los tiestos son una invención humana posterior a la implantación de la agricultura y ganadería como medio principal de vida (es decir, en el denominado periodo Neolítico) que apareció en el Próximo Oriente (en el mismo lugar donde nació la agricultura y el Neolítico). Modelar arcilla y secarla en un horno no requiere de grandes necesidades técnicas, aunque sí de pericia, claro está.
     El modelado de los objetos se hacía a partir de una masa de barro previamente preparada, o mediante el sistema de aplicar rollos o tiras que se iban uniendo hasta realizar el esbozo del tipo de pieza deseada. Para evitar la plasticidad del material y que se fragmentara en la cocción se le incorporaban unos elementos llamados desgrasantes, que podían ser orgánicos o minerales. Con ello se conseguían distintos resultados: bien recipientes con un buen acabado, en los que se buscaba la belleza, digamos, pero que no podían soportar la acción directa del calor; bien otros más bastos pero capaces de resistir la acción directa del fuego sin peligro de rotura.
     Las superficies podían decorarse: se podían alisar o bruñir, para darle brillo; podían recubrirse con una capa de engobe, normalmente rojizo, que le daba ese color; también podían hacerse impresiones en la pasta con algún elemento, como las conchas de los berberechos (caraterística de las primeras cerámicas ibéricas denominadas "cardiales"), cordones, incisiones...; también se le podían aplicar pequeños apéndices denominados mamelones.
     En el dolmen de las Aguilillas aparecieron vasijas globulares abiertas, antiguas, de tradición neolíticas, y otras (una con carena y otra con mamelones) que se tratarán en otro lugar, pues corresponden a una época posterior.






Piedra pulida. Es otra de las características del Neolítico, incluso la que le dio su nombre: "Piedra Nueva", frente a la "Piedra Vieja" del Paleolítico anterior, aunque es el resultado de un proceso más complejo que incluye la talla, desbastado, piqueteado y el propio pulido. El pulimento se empleaba para la fabricación de útiles de corte transversal utilizados con percusión lanzada, como hacha y azuela, herramientas empleadas en el trabajo de la madera.
     Las hachas se caracterizan por tener un perfil simétrico en su parte activa. Son herramientas relativamente macizas que debieron emplearse en labores de desforestación y un primer tabajo de la madera. Aparecieron durante el periodo Neolítico, continuando durante el Calcolítico hasta ir siedo reemplazadas posteriormente por útiles metálicos. Normalmente, las más antiguas presentan secciones gruesas de tendencia circular u oval, mientras que a partir del Neolílico Medio y Final toman secciones más aplanadas.
     Las azuelas se distinguen y definen porque su parte activa tiene un perfil asimétrico. Suelen ser de menores dimensiones que las hachas y con la superficie completamente pulida, al contrario que en las hachas, que sólo tienen pulimentado su filo. Las azuelas se emplearon en procesos más delicados del trabajo directo de la madera.
     En el dibujo de abajo puede verse la reconstrucción del enmangue de hachas y azuelas y la forma en que eran empleadas.


(B Martí Oliver, 2007, 199.)

      En el Museo Arqueológico de Córdoba hay 59 hachas de piedra pulimentada en la Colección Riesgo (de objetos procedentes sobre todo del NE de Córdoba). Correspondientes al dolmen de las Aguilillas constan un hacha (nº inv. 27989) y una azuela (nº inv. 27942):


La azuela conserva la etiqueta manuscrita de Riesgo (http://ceres.mcu.es/pages/Main ):



Objetos de adorno. Cuentas de collar. Tecnológicamente, se incluirían dentro de la piedra pulida, aunque, por su carácter, merecen mención aparte.
     Ya durante el Neolítico aparecieron objetos cuya función era primordialmente decorativa de distinto tipo: brazaletes (como los de mármol de la cueva de los Murciélagos de Zuheros, Córdoba), pulseras, colgantes y cuentas de collar. En la comarca de los Pedroches sólo se conocen éstas dos últimas categorías. Las hay de distintas formas: discoidales, bitroncocónicas (a modo de barrilito), ovales con estrechamiento en la parte inferior (imitando a los caninos atrofiados de los ciervos)... Para realizarlas fueron necesarias unas herramientas especiales, unos taladros, para practicar la perforación central. Eran objetos que, a pesar de su pequeño tamaño, requerían una considerable inversión de esfuerzo, habilidad y tiempo.
     En el dolmen de las Aguilillas se anotaron cuatro cuentas de collar, aunque fue en los dos tholoi de la comarca (Minguillo I y Minguillo IV) donde se recogió mayor número de cuentas de collar, como éstas del tholos Minguillo I en una fotografía de Ángel Riesgo:


     En ésta otra, también de Á. Riesgo, pueden verse un par de collares elaborados con cuentas de collar de los sepulcros megalíticos de los Pedroches:



     Son los que están a la izquierda y derecha, pues el del centro es como tres mil años posterior, del periodo de la Hispania Tardía. Procede de la misma zona donde se encontró el anillo de los ibis. (Igual ocurre con las otras piezas: los dos platos de vidrio son también de la época de la Antigüedad Tardía o de la etapa visigoda, mientras que los tres objetos cerámicos pertencen a la Prehistoria Reciente, al Calcolítico; dos de ellos, como se indica en la anotación, proceden del dolmen de las Aguilillas.)
     Las cuentas de collar, o los brazaletes, no son objetos con una funcionalidad práctica directa, es decir, no por llevar un hermoso collar se cazaba un cierzo más gordo o se recogían más frutos. Son algo que tienen más que ver con la sociedad de la época, con la necesidad de señalar las necesidades de diferenciación y prestigio, siendo vehículos con los que se desarrollaban los aspectos del imaginario del individuo y de la colectividad. Pero al carecer de fuentes escritas que nos informen sobre el sistema social, este es un aspecto que apenas si se puede bosquejar.

Piedra tallada. El nombre de la etapa Calcolítico, Edad del Cobre, puede resultar engañoso, pues, en puridad, los objetos de metal son raros aún en este tiempo, y no por ese nombre se deja de trabajar la piedra del mismo modo que se venía haciendo desde millones de años, tallándola. Incluso se llega a una mayor perfección técnica que en la etapa anterior, como muestran las puntas de flecha de forma triangular. El sílex será la materia lítica preferida, aunque también se trabajará en otras como cuarcita o cristal de roca.
     Uno de los elementos más característicos de los dólmenes del Calcolítico son las puntas de flecha triangulares que presentan una diversa tipología: con aletas, con pedúndulo, con la base plana, cóncava o bien convexa. De los dólmenes estudiados por Concepción Marfil (no se incluye el tholos Minguillo IV) proceden 146 puntas de flecha, 64 de ellas de las Aguilillas. Frecuéntemente eran retocadas para otorgarle un filo de corte. La longitud oscila entre los 13 y los 30 mm, y la anchula de 9 mm a 30 mm; el grosor es de 2 mm a 9 mm.



     En esta fotografía de las puntas de flecha de los tholoi Minguillo IV y Minguillo I se pueden apreciar mejor estas pequeñas joyas:


Láminas de sílex. Otro útil típico del Calcolítico son las laminas de sílex, como la de esta fotografía:
(http://www.museo3d.faico.org/Pieza/Details/15)

    La gente de la Prehistoria Reciente conocía bien como sacar partido a los elementos naturales. El material preferido fue, como se apuntó, el sílex, incluso en aquellas zonas como el batolito granítico de los Pedroches, donde este tipo de roca no es nada frecuente. Aplicando calor, y mediante presión, conseguían extraer del núcleo principal pequeñas láminas con aguzados filos en los bordes. En los dólmenes del NE de Córdoba obtuvo Riesgo 46 de estas láminas, 30 de ellas en el del Peñón de las Aguilillas.





     No encontró Ángel Riesgo nada que pueda relacionarse directamente con la espiritualidad en el dolmen de las Aguilillas. Los únicos objetos que pueden considerarse así en el conjunto del megalitismo de los Pedtroches son los peculiares ídolos-falange del Atalayón de Navalmilano.
     En definitiva, quienes fueron enterrados en el dolmen del Peñón de las Aguilillas portaron para el otro mundo un nutrido conjunto de enseres prácticos: herramientas para trabajar la madera (con la que se conseguían materiales de construcción, combustible, útiles como cuencos o cucharas...); tiestos con los que preparar y almacenar comida y bebida; puntas de proyectil para la caza o la defensa; pequeños cuchillos con bordes cortantes en ambos lados, útiles para la vida cotidiana; cuentas de collar que reflejaban la identidad y el estatus de cada persona. Lo imprescindible para pasar una vida eterna feliz.

domingo, 13 de abril de 2014

Más malo que un tabardillo (1738, epidemia de tifus en Villanueva de Córdoba).

     La población española se vio asolada durante la Edad Moderna por unas cíclicas crisis de mortalidad de variado origen. Unas veces eran crisis de subsistencias, provocadas por la escasez de alimentos; en otras, epidemias de diverso tipo eran las responsables, aunque las más frecuentes, y las que provocaban una mayor letalidad, eran las "mixtas", cuando el hambre y el germen se unían en maléfica alianza. La mayor fuente de documentación para analizar estos procesos son los registros parroquiales (recordemos que el Registro Civil comenzó en España en 1871), pues, como decía el profesor J. Nadal "las actas de bautismos, entierros y matrimonios reflejan el pulso diario de una población".
     En conjunto, las anotaciones de bautismos, matrimonios y entierros reflejan los avatares por los que discurrió la población de Villanueva de Córdoba. El crecimiento demográfico estaba condicionado por la disponibilidad de recursos, que podían verse afectados por diversos factores de orden natural, cultural o social. Son numerosos los estudios que demuestran la íntima relación entre defunciones y subidas considerables del precio de los cereales. “En la España de los Austrias, las puntas de sobremortalidad más altas corresponden a los años 1589-1592, 1597-1601, 1629-1630, 1647-1652, 1684-1685 y 1694-1695, que son, en todos los casos, periodos de escasez” (Nadal, 1976, 24). Al contrario, en los años de buenas cosechas y bajos precios, la natalidad ascendía al año siguiente o un par de años después. En las crisis de mortalidad de carácter mixto (es decir, cuando se unían escasez de granos y una epidemia), que ya se ha comentado eran las más temibles, se acentuaban notablemente estos parámetros: los valores de natalidad descendían a mínimos, elevándose de modo muy notable los de mortalidad. Pasado un año o dos desde la crisis el número se matrimonios aumentaba respecto a la media de años anteriores, lo mismo que los nacimientos, aunque de modo menos ostensible (Pérez Moreda, 1980, 95). Este modelo explica perfectamente los valores que presentan los años 1685, 1738 y 1786, años con una mortalidad catastrófica de la que existe información por otras fuentes documentales.
     Analicemos ahora lo que ocurrió en 1738, aunque hay que hacer una observación respecto a las cifras de entierros: aunque en la parroquia de San Miguel de Villanueva de Córdoba comenzaran a anotarse en 1726, en principio se omitía de ellos a los "párvulos", que aún no estaban edad de "comunión" o "confesión" (aproximadamente, menores de siete años). Solo comienzan a registrarse todas las defunciones a partir de julio de 1801, mediante una carta extendida por el Obispado de Córdoba (transcrita en el Libro nº 2 de Entierros de la Parroquia de San Miguel) en consecuencia con una Orden del Consejo de Castilla, en la que se decía expresamente que “con respecto a los párbulos por no haber sido costumbre anotarse sus partidas de difuntos… es indispensable que en adelante no se omitan por motivo alguno la existencia de estas partidas, sino que se formalicen en el modo y forma que todas las demás”. Esta observación es muy importante, pues quiere decir que hasta 1801 no se podrán establecer índices y tasas de mortalidad.
     Dado que las defunciones se anotan a partir de 1726, tomemos los datos demográficos de un tercio de siglo:


     Durante el periodo 1726-1760 la media anual fue de 56 defunciones de personas mayores de siete años. La tendendia lineal en la etapa fue mantenimiento, con un muy ligero descenso. En el polígono de entierros destaca 1738, que con 148 suponía que se ese año se incrementó en un 264% la mortalidad media de la década. Se puede decir que ese año ocurrió una crisis de mortalidad en Villanueva.
     En cuanto a los otros registros, nacimientos y matrimonios, son los siguientes:


     La tendencia lineal (línea verde) de los bautismos es de una continua alza. Para evitar las distorsiones que producen los dientes de sierra del polígono anual de nacimientos (línea azul) se emplea la media móvil de cinco años (línea naranja), que nos permite afinar en los procesos. Siguiéndola, podemos comprobar cómo el número de bautismos tiende a disminuir en la década de 1730, para elevarse en las dos siguientes.
     En cuanto a los matrimonios, se produjeron a una media de 38,3 anuales. Los 56 matrimonios de 1738 superan ampliamente esa media. 
     La cuestión es: ¿a qué se debió esta sobremortalidad de 1738? J. Ocaña Torrejón (1972, 88) recogía información sobre una epidemia durante ese año, que afectó a miles de personas en la ciudad de Córdoba, y comenta que ese mismo año se constituyó en Villanueva la cofradía de San Roque, uno de los tradicionales abogados contra la peste. Aunque ello no supone que se tratara de esta enfermedad, la peste debe descartarse como causante, pues había desaparecido en España desde finales del siglo anterior. Con motivo de la peste de Marsella de 1720 manifestaban expresamente los contemporáneos “no haber ocurrido con posterioridad en Europa ninguna epidemia [de peste]” (Nadal, 1976, 95).
     Un elemento que puede ayudar a discernir la causa de la epidemia de 1738 es la distribución mensual de las defunciones, pues determinadas enfermedades tenían una estacionalidad muy marcada:


      Podemos comprobar cómo en 1738 la mayoría de las defunciones se produjeron en los meses de marzo, abril y mayo, es decir, durante el final del invierno y comienzo de la primavera. En estos tres meses se concentró el 46,6% de los entierros, lo que contrasta vivamente con la media mensual de las defunciones durante ese decenio (que en esos tres meses suponía el 17,5% del total anual). Sin una mortalidad de crisis, marzo, abril y mayo eran los meses "más sanos", con menor número de óbitos, que se concentraban sobre todo de agosto a octubre (finales del verano y comienzo del otoño).
     La sobremortalidad de adultos de 1738 hace que no se deba considerar la viruela como el agente causante de la epidemia. Por la estacionalidad, también debe desecharse el paludismo, propio del pleno verano y comienzos del otoño, dado que su vector de transmisión, un mosquito, requiere bastante calor. Las fiebres tifoideas ocasionadas por aguas o alimentos infectados también presentan la misma estacionalidad, pues antes de las lluvias otoñales (de llegar, claro) las aguas estancadas de los pozos eran una fuente de peligro (ya decía el refrán que el agua corriente no mata a la gente).
     [Una pequeña digresión: me comentó don Bernardo Valero, médico veterano, que en la década de los cincuenta del pasado siglo las autoridades sanitarias cerraron el pozo del Gusanito, pues el porcentaje de personas afectadas de tifoideas en el barrio que se abastecía de ese pozo era muy elevado. Concluida la guerra civil, quince personas fallecieron en Villanueva de Córdoba a consecuencia de la fiebre tifoidea, la última una niña de cuatro años el 06 diciembre 1959.]
     En principio, podría valorarse de que se tratase de una epidemia de tifus, pues aparecía sobre todo en invierno y hasta bien entrada la primavera, y porque su letalidad era superior en las personas mayores de 40 años que entre los jóvenes (Pérez Moreda, 1980, 239), aunque no sabemos cuántos "párvulos" fallecieron ese año. La literatura médica avala esta impresión.
     En la Epidemiología española de Joaquín Villalba (1803) se lee (pág. 128) que tras un periodo “de gran sequedad en la tierra, esterilidad, falta de frutos, carestía, hambre y miserias… a principios del año 1738 acometió a la ciudad de Córdoba con la epidemia de fiebres malignas catarrales que se observaban en pobres y ricos…”. En el Compendio histórico de la medicina española (1850) de Mariano González y Sámano (pág. 363), se confirmaba este suceso: “En 1738 se desenvolvió una fiebre epidémica continua, catarral, maligna y contagiosa, ocasionada por la gran falta de buenos alimentos, en las ciudades de Écija, Córdoba, y más particularmente en Bujalance”. Las fuentes documentales nos indican que ese año hubo una carencia de alimentos a la que se unió una enfermedad caracteriza por una fiebre a la que denominan "catarral". El doctor Félix Janer (Tratado general y particular de las calenturas (1861) aclara que las calenturas catarrales se complicaban con el tifus en los países fríos, y que por ello los alemanes fueron inducidos a dar el nombre de "calentura catarral maligna" al tifus, al ser los catarros propios de la época en que también se desarrollaba más frecuentemente el tifus.
     Aunque los nombres sean semejantes y tengan manifestaciones parecidas como el exantema, no hay que confundir el tifus exantemático con las fiebres tifoideas, la Salmonella, como se la conoce hoy popularmente por el nombre de su agente causante, bacterias. Su mecanismo de contagio es fecal-oral, a través de agua y alimentos que han sido contamidos con deyecciones. Era propia del final del verano y comienzo del otoño, antes de que las lluvias renovaran los acuíferos.
     El tifus exantemático, en cambio, es causado por otra bacteria (del género Rickettsia) que se transmitía por otro vector, los parásitos externos (especialmente los piojos). En esta época también era llamada "fiebre pútrida". Solía aparecer en invierno, continuando hasta avanzada la primavera. El tifus "era, con mucho, la enfermedad más relacionada con el estado alimentario habitual de una población" (Vicente Pérez, 1980, 71-72), de tal modo que en Inglaterra fue conocida como "fiebre del hambre". Tras una cosecha corta y una época larga de subalimentación en verano y otoño, el precio de los granos podía llegar a niveles máximos en el periodo invernal, época también en que el frío no favorecía el baño o lavado de ropa, permitiendo que los piojos siguieran propagando el tifus. Estas mismas condiciones de carestía de alimentos apoyan la hipótesis de que se produjo una epidemia de tifus, lo que, en ese tiempo, se llamó "una peste de tabardillos".
     "Eres más mala que un tabardillo", le dijeron a Tristana en la novela homónima de Pérez Galdós (y sus abuelas a más de un nieto travieso). En el Diccionario de Autoridades (Tomo VI, 1739) se define así al tabardillo: "s. m. Enfermedad peligrosa, que consiste en una fiebre maligna, que arroja al exterior unas manchas pequeñas como picaduras de pulga, y á veces granillos de diferentes colores: como morados, cetrinos, &c. Covarr[ubias] dice que se llamó assi del [r.203] Latino Tabes, que significa putrefacción, porque se pudre, y corrompe la sangre. Lat. Morbus, vel febris tabifica. CERV. Nov. 12. pl. 394. Y que una calentura lenta acaba con la vida, como la de un tabardillo. P. SANT. TER. Int. Amig. Cons. 2. Mot. 1.
Es como el tabardillo este dolor;
Que á las veces le vemos encubrir,
Para después acometer traidór".