En el dolmen de Las Agulillas

domingo, 28 de mayo de 2017

Tumbas excavadas en roca de Carboneras Altas (Torrecampo).

     En los Pedroches la mayor concentración de tumbas talladas en la roca viva, y que pasan a formar parte del paisaje antrópico, está en la parte más septentrional, destacando el término de Torrecampo, donde se concentran 41 de las 93 que hasta el momento llevamos contabilizadas el amigo Román Domínguez y yo (concretamente, en las históricas Siete Villas de los Pedroches y la dos que surgieron después de ellas, Conquista y Cardeña).
     El grupo del que se va a tratar se encuentra en Carboneras Altas, once kilómetros y medio al este de Torrecampo y cinco al noreste del castillo de Almogábar. Unos tres kilómetros al norte se encuentra el río Guadalmez, la frontera entre las provincias de Córdoba y Ciudad Real. Estas sepulturas talladas en la roca viva no están incluidas en los dos artículos que sobre las mismas escribió D. Esteban Márquez Triguero en 1985 y 1993, aficionado a la Historia y fundador del actual Museo PRASA de Torrecampo.


     El conjunto esta formado por cinco sepulturas. Tres se encuentran labradas sobre un lastrón granítico y a pocos metros unas de otras (Nº I, II, III), próximas al corijo de Carboneras Altas. La cuarta se sitúa en una meseta al SE de las primeras, mientras que la quinta está al sur y próxima a un arroyo. Forman un triángulo isósceles de 400 m de lado y 350 m de base



     Como se puede apreciar en el mapa geológico,

 
el conjunto se encuentra casi en el límite del batolito granítico de los Pedroches (de color rosa en el mapa) con los materiales sedimentarios del Carbonífero que lo orlan por el norte (de color gris). Es decir, se encuentra en un ecotono, en el lugar de encuentro de dos ecosistemas diferentes (en el decir popular, la "saliega" granítica y la "Pizarra"), lo que permite el aprovechamiento de ambos.
     También debe destacarse la existencia algo más de un kilómetro al norte de tierras del Terciario ("raña", de color amarillo), al norte del arroyo Navaluenga, con una alta capacidad cerealística.
     Esta zona de contacto es también rica en minas, como también se refleja en este mapa. Además, apenas dos centenares de metros al oeste del grupo de tres discurre el camino de los Molinos de la Rivera, es decir, el antinguo camino del Armillat, la principal vía de comunicación entre Córdoba y Toledo durante el periodo califal.
     Unos trescientos metros al norte del cortijo, y doscientos metros al este del camino del Armillat, sobre una pequeña meseta se aprecian restos de hábitat, en concreto fragmentos de cerámicas y tégulas caracterizados por sus gruesos desgrasantes, y restos de cimentaciones.

Descripción.

     Cercano al ecotono (o "raya de la Pizarra") abundan poderosos roquedos graníticos, por lo que sobra "materia prima" para tallar las sepulturas.
     Las nº I, II y III se encuentran en un roquedo próximo a un pequeño arroyo, afluente del Navaluenga que, a su vez, es tributario del río Guadalmez por su margen izquierda. Las dos primeras se asemejan a un sarcófago, sobre todo la nº II, mientras que la tercera apenas resalta de la lastra en la que se talló.



     La nº I está muy deteriorada, habiendo perdido buena parte de su cabecera.



     Mejor conservada está la nº II, que muestra una planta antropoforma, es decir, con las zonas del cuerpo y cabeza bien diferenciadas. Para marcar la cabecera y pies emplea el mismo método que en las de la necrópolis de la Haza de las Ánimas, dejando sin tallar cubos en las cuatro esquinas.




     La nº III está prácticamente soterrada, por lo que es difícil de establecer su forma en tanto no se limpiase de tierra, aunque no parecen percibirse los cubos sin tallar en las esquinas que definen las tumbas antropomorfas de la comarca. (Como ya nos ha ocurrido en otras ocasiones, las sombras de las vecinas inmeditas no favorece la claridad de las fotografías.)




     A unos cuatrocientos metros al SE se encuentra la nº IV, y si bien las tres anteriores están en el pequeño valle del arroyo, ésta se halla sobre una meseta elevada con una gran visibilidad al norte y al oeste.


     Su fisonomía es bastante peculiar, pues en las esquinas no se dejan unos cubos sin tallar para resaltar la figura humana, como los que se ven en la nº II, sino que la forma de labrar configura como unos espacios en forma de media luna en los extremos del eje longitudinal. En absoluto su planta se puede relacionar con la forma humana, sino que parece definir un pequeño espacio diferenciado dentro de la misma sepultura. No conocemos ninguna otra (al menos por ahora) en el NE de Córdoba con estas características. El lugar elegido tiene, como decimos, una vista dominante, pero el roquedo elegido para tallar la roca es de pequeña altura, sin la impresión de sarcófago incrustado en el terreno que tiene la nº II.




     También es muy peculiar la nº V. Se encuentra aguas arriba del mismo arroyo junto al que se encuentran las tres primeras. Está también casi enterrada, pero se vislumbra una planta trapezoidal o rectangular, es decir, que no se presenta forma antropomorfa. Lo que destaca es que está a los pies de un gran roquedo de metro y medio de altura, una gran masa de granito que podría albergar docenas de sepulturas que podrían destacar, como en la Haza de las Ánimas.


Sin embargo, decidieron hacerla en el suelo, donde pasa casi desapercibida. En las circunstancias actuales es difícil de ver incluso en el propio terreno, por lo que marco su situación en las fotografías. La impresión que da es que está relacionada de algún modo con el gran peñón en que se encuentra. Una relación de respeto y de subordinación. Es solo una impresión personal, pues considero que no se deja al azar algo tan importante como el lugar donde una persona va a pasar el resto de la eternidad, y más cuando exige un considerable desembolso de recursos.




¿Por qué, para qué, para quién, cuándo...?

     La copiosa bibliografía que han generado las tumbas excavadas en la roca se ha centrado, casi exclusivamente, en ellas mismas, sin prestar atención al contexto histórico en que se desarrollaron. El estudio se basaba solo en el aspecto tipocronológico, es decir, la época en que se elaboraron a partir de sus formas, pero entiendo que el oficio de historiador no puede limitarse a labores meramente descriptivas, sino que es necesaria una interpretación sobre su existencia que pueda integrarse en los procesos históricos. Afortunadamente, hay excepciones, autores que han superado estos esquemas meramente formalistas y cuyos análisis permiten avanzar en el conocimiento de este tipo de manifestaciones arqueológicas tan abundantes en el territorio peninsular. Entre estos autores debo destacar a Jorge López Quiroga e Iñaki Martín Viso.
     Cuando comenzamos a estudiar este tipo de sepulturas en el norte de Córdoba teníamos claro que había que integrarlas dentro del paisaje social y del contexto de la época en que se hicieron, de ahí la importancia de la cronología, cuestión en la que Jorge López Quiroga ha indagado en profundidad.
     Por su parte, el profesor Iñaki Martín Viso (2012, 168-ss) plantea un modelo de estudio basado en "entender las tumbas como parte de un sistema territorial más complejo y dentro de un código cultural, repleto de referencias para los habitantes". El territorio en que vivían las comunidades rurales altomedievales "estaba lleno de referencias a antiguos propietarios o pequeñas historias locales, denominado a partir de microtopónimos que se refieren a esa memoria, que lo dotaban de un contenido simbólico, cultural... Una hipótesis factible es que las tumbas excavadas en roca se encontrasen en el centro de esa memoria social campesina basada en la construcción de un paisaje, es decir, de un espacio percibido y cargado de significado cultural por parte de los autores sociales. Por lo tanto, los espacios funerarios funcionaban como instrumentos que generaban y administraban la memoria de los antepasados, una memoria que servía para crear una identidad familiar o comunitaria--- [Los espacios funerarios] se sitúan en un territorio, en un emplazamiento deliberadamente elegido, y se asocian a las familias que entierran a sus difuntos y que les recuerdan". En este tipo de análisis es necesario el "estudio de las relaciones de los sitios con tumbas excavadas en roca con otras realidades del territorio, con el objetivo de comprender mejor cómo se articulan los espacios funerarios dentro de la estructuración de un paisaje", como son los asentamientos, núcleos de poder, centros de culto, vías de comunicación, potencialidad de explotación económica...
     También se puede realizar el estudio desde términos de poder. Para algunos autores este análisis ha de realizarse en función de la riqueza de los ajuares funerarios, pero, además de ignorar si hubo siquiera ajuares en su interior, creo que es este caso el propio continente denota poder, pues su confección en la dura roca granítica sin herramientas de acero suponía una gran inversión de recursos, al necesitarse al menos de tres a seis meses para labrar una de ellas. Un tiempo y unos medios muy superiores al tipo de tumbas más frecuentes en la comarca de ese periodo, fosas excavadas en el terreno revestidas lateralmente por lajas y cubiertas por lastras de granito. Por ejemplo, en sus excavaciones de 1921-1935 Ángel Riesgo contabilizó 23 tumbas excavadas en la roca (todas abiertas cuando él las vio), mientras que excavó tres centenares de sepulturas de fosa tipo cista.

     El primer aspecto a tratar es el cuándo. En numerosos artículos se da por supuesto su carácter medieval, presumiendo (como antes el valor en el servicio militar) una cronología de los siglos IX-XI. Se llega a denominarlas como "mozárabes", al dar por supuesto que fueron creadas por cristianos durante el tiempo de al-Andalus, mas en el yacimiento de Marroquíes Bajos (Jaén) se descubrieron tumbas excavadas en la roca con los inhumados según el rito islámico durante el tiempo del Emirato.
      Entre finales de la década de los sesenta e inicios de los setenta del pasado siglo, el profesor Alberto del Castillo Yurrita realizó diversos trabajos de investigación en sepulturas excavadas en roca en Aragón, Castilla-León y Cataluña. Denominó "olerdolanas" a las sepulturas antropomorfas. Su trabajo se basó en las distintas formas que tenían las sepulturas, que, según Alberto del Castillo, surgieron en momentos distintos: las antropomorfas (u "olerdolanas") en los siglos IX-X, pero las que tenían otro tipo de planta (rectangulares, ovales...) serían de siglos anteriores. En concreto, escribió (del Castillo, 1970, 838): "Esta forma de tumbas ["olerdolanas" o antropomorfas] parece privativa hispánica y hay que situarla en relación con la Reconquista y la Repoblación. Conocemos tumbas excavadas en la roca de época tardorromana y visigótica. Pero son de forma rectangular o bañera, no antropomorfas". Ponía como ejemplo la tumba en forma de bañera junto a la iglesia de Sans Vicens de Obiols, en cuyo interior había una moneda de oro de Egica (697-702), que relacionaba con el ritual pagano del pago al barquero Caronte. Pero no son pocos, como decía, los que han tomado la parte por el todo, y adjudicando una cronología de los siglos IX en adelante a todas las sepulturas.
     Las propuestas de orden tipocronológico se han ido abandonando, como opina Iñaki Martín Viso, ante "ante la convivencia de formas diferentes en el mismo yacimiento, la ausencia de datos estratigráficos que soporten dicha afirmación y la preponderancia de las tumbas antropomórficas". Por el contrario, Jorge López Quiroga cree que es válido el postulado básico de Alberto del Castillo: tras analizar minuciosamente la cronología de numerosos yacimientos con este tipo de sepulturas, rechaza la relación que estableció del Castillo con la Repoblación de la reconquista; considera que las de planta no antropomorfa aparecen en el siglo VII, mientras que las antropomorfas lo hacen a partir del VIII, estando ligada su forma al cristianismo y la creencia en la resurrección íntegra del cuerpo.
     Podemos quedarnos con una idea básica: las sepulturas excavadas en la roca aparecen en la Península Ibérica en tiempos de la Hispania visigoda, al menos en el siglo VII, como ya adelantó en 1998 González Cordero en su estudio de las tumbas excavadas en roca de la provincia de Cáceres.

     En cuando al por qué y para qué, empeñados los humanos en buscar un buen acomodo para la otra vida, o esperar la resurrección, desde tiempos del Antiguo Egipto los sarcófagos se convirtieron en unos prácticos vehículos para tal fin. Fenicios, etruscos o romanos también los emplearon.
     En los tiempos del Bajo Imperio las élites emplearon unos magníficos sarcófagos. En Hispania no solo se importaban desde Italia, sino que se desarrollaron en la península talleres para satisfacer esta demanda de gentes que querían mostrar su estatus mediante ellos.
     Pero a partir del siglo V se producen enormes transformaciones, dando fin a las estructuras de poder centralizado que, al menos en teoría, habían marcado el periodo imperial: las invasiones de los pueblos bárbaros (digo bárbaros y no germanos porque uno de estos pueblos, el alano, no tenía orígenes germánicos) y el fin del Imperio Romano de Occidente en el año 476. Tras su derrota ante los francos en la batalla de Vouillé (año 507) los visigodos entraron masivamente en la península, aunque tardaron tiempo en consolidar su dominio, hasta que el rey Recaredo entabla una alianza con el mayor poder local, la Iglesia, en el III Concilio de Toledo (589).
     En los amplios territorios que quedaron fuera del control directo de los suevos o visigodos, o en los lugares donde no se restableció el poder romano tras las invasiones de comienzos del siglo V, las élites locales asumieron el poder, con el objetivo de organizar los recursos, mantener el principio de autoridad, dando visibilidad al mismo, y sometiendo a la población al mismo. Un buen ejemplo lo constituye la ciudad de Córdoba.
     Tras el breve periodo de presencia de los vándalos en la Bética, Córdoba se mantuvo prácticamente independiente desde mediados del siglo V. Se enfrentaron al rey visigodo Agila (año 550), al que derrotaron, matando a su hijo y apoderándose de parte de su tesoro. También resistieron los embates de su sucesor, Atanagildo (556-557). Fue finalmente el rey Leovigildo quien se apoderó de la ciudad a sangre y fuego en el 572, acabando con la autonomía de los cordobeses.

     Parece ser que las primeras sepulturas talladas en la roca aparecieron en ciudades del norte de Argelia entre los siglos V-III a.C., posiblemente por influencia de los sarcófagos antropomorfos fenicios, muy de moda entonces. La costumbre se mantuvo en el lugar durante el periodo romano hasta que en los siglos VI-VII d.C. saltan a la Toscana italiana, algunos lugares de Francia y la Península Ibérica.
     Creo que su aparición en Hispania se explica por la conjunción de varios factores. Por un lado la desaparición de los fastuosos sarcófagos tardorromanos, pero manteniendo las élites la necesidad de mostrar una forma de enterrarse de un rango superior al del común de las gentes, pues, como considera el profesor Iñaki Martín Viso, "los rituales de enterramiento deben vincularse con procesos de formación y desarrollo de una memoria social relacionada con la construcción de identidades de diverso cuño". En este tipo, que se observa en el grupo de Carboneras Altas, de un número reducido de sepulturas aisladas, "puede hablarse con bastante certeza de la presencia de innumaciones aisladas y diferencias, que deben probablemente asociarse con enterramientos de carácter familiar que se perpetúan en el tiempo, dada la conocida tendencia a la reutilización de estas tumbas... Son lugares que configuran una memoria asociada a las familias, con criterios de elección condicionados por sus propias necesidades" (Martín Viso, 2012, 168 y 171).
     Cuando las tumbas labradas en la roca se extienden por la península, a mediados del siglo VII, el poder ya no se manifestaba porque los mayores propietarios participaran de las tareas estatales, sino que el poder era la posesión de la tierra. (Por esta razón los grandes propietarios prefirieron pactar uno a uno, defendiendo sus intereses personales, con los invasores islámicos, antes que presentan un frente común contra ellos.) Son tiempos de competencias y conflictos entre los diferentes poderes, y las necrópolis se constituyen en escenarios simbólicos de esta rivalidad social, con una activa función competitiva en el mundo de los vivos. Algo que se representaría en una persona o familia con la capacidad suficiente para mantener a varios artesanos durante meses para tallar una costosa tumba en el duro granito.
     Se ha propuesto que este tipo de sepulturas en roca, aisladas, dominarían visualmente los lugares más productivos, reafirmando el control de las mejores áreas de producción. En el caso de Carboneras Altas se podría considerar para la nº IV, pero en absoluto la nº V,  estando en el valle de un pequeño arroyo y eclipsada por la gran masa del peñón junto al que se sitúa; en realidad, los espacios productivos en ese lugar no son demasiado dispares.
     En el caso de la nº V me planteo si el lugar elegido pudiera estar relacionado con cultos paganos, pues el canon II del XVI Concilio de Toledo (año 693), al tratar de los "adoradores de ídolos" (idolorum cultoribus) citaba expresamente a los "veneradores de las piedras" (veneratores lapidum). A finales del siglo VII el cristianismo aún no había conseguido implantarse por completo en todo el territorio del Reino de Toledo, debido en gran parte, como se afirmaba en el tomus de dicho Concilio, por el escaso interés y cualificación del clero. Es solo una conjetura.

domingo, 12 de marzo de 2017

Nuevas calles del ensanche de Villanueva de Córdoba (1883-1919)


     En otro artículo se ha tratado en este blog sobre el ensanche urbano que se produjo en Villanueva de Córdoba en las últimas décadas del siglo XIX y primeras del siguiente, periodo en el que aumentó considerablemente la superficie edificada.
 
     El principal responsable fue el incremento demográfico que se produjo en este tiempo. Basándonos en los padrones parroquiales, de los 6.581 habitantes de 1865 se pasó a 9.311 al primero de enero de 1899.

(Resumen del padrón parroquial de Villanueva de Córdoba a 01 enero 1899.)

    Ello supone un vigoroso crecimiento del 12,57 por mil anual en el último tercio del siglo XIX, una cifra ciertamente notable tanto por lo elevado de la cifra como por el tiempo en que se mantiene (el famoso baby boom español de la década de 1970 tuvo un incremento del 11,03 por mil).

      Pero no existían edificios suficientes para albergar a esta población en aumento, pues en 1865 apenas si había una decena de casas deshabitadas de las 1.120 registradas en el padrón. Como es sabido que “el casado, casa quiere” había que construir muchos nuevos edificios, lo que se favorecía porque la estructura económica había cambiado tras las desamortizaciones y con la puesta en cultivo del olivar de sierra, capaces de producir excedentes suficientes para transformarlos en casas habitables.
 
     Estas nuevas construcciones se hicieron en dos lugares diferentes. El primero, dentro del perímetro histórico hasta finales del siglo XIX, prosiguiendo las construcciones a partir de las existentes (v. g., en 1865 la calle Concejo solo tenía 17 viviendas; la calle Castillejos, 19); también habilitando como urbanizado amplios espacios de corralones, como por donde se abrió a inicios del siglo XX la calle Olivo.
 
     El segundo, haciendo casas y abriendo calles nuevas, bien tomando como ejes antiguos caminos, bien creando las calles ex novo al suroeste. Es a este segundo grupo al que hemos denominado ensanche, y es al que le vamos a prestar atención, dado que cuenta con un grado de protección conjunta en las normas urbanísticas. (No es el único sitio donde se produjo el ensanche, pues en 1882 empezaron a hacerse casas en la calle Luna, y entre 1886-1890 se habría la calle Navaluenga, en el camino a Conquista.)
 
     La principal fuente documental son los padrones parroquiales que cada año elaboraban los sacerdotes de la parroquial de San Miguel de Villanueva (única parroquia existente hasta 1954). Sobre ellos he insistido que parecen ser fiables, al constar los nombres, edad y parentesco de los habitantes de cada casa. Al irse haciendo nuevas casas, y tras ser habitadas, los sacerdotes recogían esta circunstancia en su padrón, algo que nos resulta muy útil para nuestro estudio. No contamos, empero, con toda la serie de padrones, solo los de los años 1883, 1884, 1885, 1890 y 1900. A estos datos podemos unir el plano levantado por el Instituto Geográfico y Estadístico en 1919 para saber cómo fue gestándose y creciendo el ensanche de Villanueva, cuyo resumen se muestra abajo.


1883

       Hasta 1882 el límite por el suroeste estaba definido por las calles María Jesús Herruzo, Torno Alta y Juan Ocaña. Perpendiculares a este límite cruzaban algunos caminos o callejones, como las actuales calles Moreno de Pedrajas y San Miguel, que en su origen eran el Camino de la Loma (hacia Córdoba por Obejo) y el de la Bermejuela.
     En este año de 1883 aparecen seis casas nuevas en lo que hoy es calle San Miguel, y otras tres, colindando, en la actual de Génova. No estaban pegadas a los edificios antiguos, continuando las edificaciones existentes, por lo que da la sensación de haber sido una parcela que se edificó con esas nueve nuevas casas. Las seis de la calle San Miguel aparecen en el registro del padrón como “continuación de calle Padre Cantador”, nombre entonces de la hoy calle Padre Llorente, pero comprobando los nombres de sus primeros propietarios con padrones posteriores, se constata que pertenecen a los números 9, 11, 13, 12, 14 y 16 de calle San Miguel.

 (Calle San Miguel 12, uno de los primeros edificios del ensanche urbano de Villanueva.)

1884 
     Surge en el padrón de ese año una calle nueva, “Cruz Chiquita”, nombre que conserva aún en el vecindario la parte más próxima a la Plaza de la actual calle Moreno de Pedrajas. Fueron doce nuevos edificios los que se habitaron en ese año sobre el antiguo Camino de la Loma. (La "Cruz Chiquita" se encuentra hoy pegada a la pared entre las calles Atahona y Ramón y Cajal, pero antes, cuando aún no era calle y solo camino, la cruz se encontraba en la parte más elevada, junto al actual número 12 de calle Moreno de Pedrajas.)


 (Primeros edificios de la calle Moreno de Pedrajas de los números pares.)


1885
 
     La calle de la Cruz Chiquita pasa a tomar el nombre oficial de calle Córdoba (recordemos que la que hoy tiene ese nombre se llamaba entonces calle Tetuán), pues, como se comentó, el Camino de la Loma sobre el que se creó la nueva calle tenía esa dirección. Este año ya son veinte las casas habitadas en esta calle.
     Perpendicular a la entonces calle Córdoba se abrió una nueva calle, que por tal mérito recibió ese nombre: calle Nueva. Era la primera calle que se edificaba fuera del antiguo casco urbano en mucho tiempo, pues las calles San Miguel y Moreno de Pedrajas eran antiguos caminos urbanizados. La traza recta, a cordel, de la calle Nueva contrasta con su paralela, la sinuosa calle Torno Alta, otro antiguo camino que adaptaba su traza a las curvas de nivel. Igual ocurre con la rectilínea calle San Miguel, planificada con buena anchura y aceras de grandes dimensiones, frente a las estrecha y curvilínea Padre Llorente, un camino que fue edificándose sin planteamiento urbanístico alguno. Las calles que aparecen con el ensanche (San Miguel, Moreno de Pedrajas, Nueva, Libertad, Independencia, Fomento Alegría) presentan un claro trazado ortogonal.

 (Calle Nueva 5, construida en 1885.)

1886-1890

      En el trascurso de este quinquenio hubo una gran actividad constructiva. La calle San Miguel se pobló de casas hasta su final en el Calvario. Junto al otro eje (calle Moreno de Pedrajas), la calle Nueva se había edificado por completo, a la par que se habían abierto dos calles nuevas, Libertad e Independencia, creando un espacio urbano reticulado. Estas nuevas calles son diferentes a lo sucedido con la calle San Miguel, cuya acera oeste se prolonga hasta el Calvario en una gran manzana de 180 metros de longitud. Da la impresión de que eran terrenos particulares, en los que lo que importaba era sacar la mayor rentabilidad a la superficie, mientras que las construcciones cercanas a la calle Moreno de Pedrajas se realizaron en terrenos públicos, lo que permitió a los gobernantes planificar el espacio público con estas nuevas calles. Los nombres (Libertad, Independencia, luego Fomento, Alegría, Progreso…) fueron impuestos por alcaldes liberales, mientras que posteriormente los conservadores tomaron el hábito de dar nuevos nombres a las calles en función del santo del alcalde: San Cayetano, San Martín, San Bernardo…

 (Calle San Miguel 6, levantada entre 1886 y 1890.)

1891-1900 
 
     Durante este decenio continuaron construyéndose nuevos edificios: la calle Génova llegaba hasta el Calvario, a la vez que entre las de San Miguel y Moreno de Pedrajas se habría una nueva calle, Fomento. Los antiguos caminos que podían ampliar su extensión (como calles Torrecampo, Pedroche o Córdoba, entonces Tetuán) siguieron edificándose. Dentro del casco urbano anterior a 1883 se construyeron casas en un antiguo callejón que bordeaba la ermita de San Sebastián hasta el Peñascal, la Calleja del Santo.

1901-1919

     Durante esta etapa la calle Luna (en la que sus tres primeras casas se habitaron en 1882) se une a la de Viveros en la Fuente Grande.

     Entre estas dos calles y la de Génova se hicieron dos calles nuevas, Progreso y Dos de Mayo, pero únicamente con salida al Calvario, con los inconvenientes que creaba esta circunstancia (poco después los vecinos solventaron la situación por el expeditivo método de abrir una calle nueva en una noche, la calle San Bernardo: como ya dijimos, un ejemplo claro de democracia directa).

     La retícula de las calles San Miguel – Moreno de Pedrajas se completó con la apertura de la calle Alegría; parece ser que al estar orientada al sur, hacia la magna dehesa de la Jara, que se podía contemplar entonces en todo su esplendor, alegría era lo que producía aquella calle.

     Ampliando el antiguo casco urbano de 1883 hacia el Calvario se hicieron dos calles más, San Cayetano y San Martín (lo que indica que la alternancia de la Restauración ya se había producido en la Corporación Municipal).


     Los edificios que se construyen dentro del ensanche tienen una gran homogeneidad, con no demasiadas variaciones en el tamaño o forma exterior. El modelo básico es de un edificio de dos plantas, con la superior de menor altura, pues no tiene función de vivienda, sino de almecenaje. El vano de la puerta tiene una estructura dolménica, al estar flanqueada por bloques de granito en jambas y dintel. Es característico de esta época que el grosor de los mismos es pequeño (entre 25-40 cm), frente a los grandes dinteles de siglos anteriores. Los vanos de las ventanas, sobre todo de la puerta baja, también se orlan de granito.

     El conocer las fechas en que se levantaron nos permite a distinguir las casas nuevas construidas dentro del antiguo casco urbano por las mismas fechas, pero con los nuevos cánones arquitectónicos con los que se hicieron las casas del ensanche de Villanueva de Córdoba a finales del siglo XIX y comienzos del XX.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Colador ritual romano de los Pedroches



     Tras el paréntesis oleícola volvemos al blog, reservando su espacio ahora a un objeto procedente de la comarca de los Pedroches y que se encuentra depositado en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid: un colador de plata romano datado en los dos últimos siglos anteriores a nuestra era, es decir, durante la etapa republicana.

(Fotografía de Miguel Ángel Otero en http://ceres.mcu.es/pages/Main )

     Se trata de uno de esos objetos en el que al interés arqueológico e histórico se une el artístico, pues es una pieza muy bella, aunque lo desconocemos todo del contexto de aparición. Junto con otros muchos, pertenecía a un conjunto adquirido por el Estado Español a D. José Ignacio Miró en 1875, para dotar al por entonces joven Museo Arqueológico Nacional (el Decreto por el que se fundó tiene fecha 20 marzo 1867); lo único que se indica de él es que procede de Pedroche, o la comarca de los Pedroches. (Lo que no es categórico, pues ya se trajo al blog una lucerna tardoantigua que aparecía en una publicación del Museo Arqueológico Nacional. Se indicaba en el artículo que su origen estaba en Villaricos, Almería, cuando procedía de la Loma de la Higuera (Montoro, Córdoba), habiendo sido fotografiada y publicada en 1925.)

     El objeto del que se trata de un colador (mejor, su nombre específico, trulla¸ con número de inventario del MAN 16871), realizado en plata mediante las técnicas de torneado, perforación y martillado. Tiene 6,4 cm de altura, 8,8 cm de diámetro y un peso de 108,21 gr.

     De forma hemisférica, la parte superior presenta una pequeña franja lisa, pero la mayor parte de su superficie se encuentra decorada con pequeños puntos que traspasan su superficie en cuatro zonas decoradas con esvásticas entrelazadas, hojas acorazadas, un reticulado geométricos y estrellas con un número variable de puntas.

     En el Arqueológico Nacional hay otro colador similar a éste (nº inv. 16870), procedente de Mangíbar (Jaén), que presenta una decoración parecida, con la franja más ancha de esvásticas entrelazadas. [Quizá no esté de más recordar que este tipo decorativo, una cruz griega con el extremo de sus lados doblados en ángulo recto, es muy frecuente de encontrar, v. g. en urnas de la Edad del Hierro o en mosaicos romanos contemporáneos al colador.]


(Fotografía de Gonzalo Cases Ortega en http://ceres.mcu.es/pages/Main )

     Su funcionalidad de filtrado de líquidos parece evidente por sus perforaciones, pero para conocer mejor a este tipo de objetos nos puede ayudar el denominado “tesoro de Arcisate”, que cuenta con un colador como éste.


     Este conjunto fue encontrado en la ciudad homónima, al norte de Lombardía, en el año 1900, siendo vendido casi de inmediato al Museo Británico, donde se conserva. Consta de cinco objetos, todos hechos en plata: un jarro, una taza (con sus dos asas perdidas), un colador, una cuchara y una espátula. Es decir, se trata de un servicio para mezclar y servir vino. Estudios recientes datan el conjunto entre el 100 y el 50 a.C.
Para los romanos, al igual que antes los griegos, el beber vino puro, sin añadir agua u otros aditamentos, era algo propio de bárbaros (curiosamente, ahora se considera muestra de enorme salvajismo echarle gaseosa a un Vega Sicilia Valbuena 5º…), para lo cual los helenos ya crearon un nutrido número de formas cerámicas. Así pues, existían cráteras donde echar el vino y el agua; jarros para sacarlo; coladores para eliminar impurezas del vino en rama; cucharones para la mezcla; copas y cuencos para beberlo.

     Hay varias inscripciones que dicen que los propietarios fueron Titus Utius, hijo de Vivio; y Utia, hija de Titus. Parece ser que era una familia acomodada, con origen en Samnio (al sur de la capital, Roma), que por motivos quizá comerciales se desplazó muy al norte.

     Se ha discutido sobre la funcionalidad última del conjunto; su empleo como depósito ritual funerario se desechó al no haber fórmulas dedicatorias, por lo que se ha considerado su uso cultural en libaciones domésticas, o en ceremonias realizadas en el hogar, banquetes, entierros o sacrificios. Las inscripciones lo vinculan más al ámbito doméstico que a un santuario.

     Tanto por la cantidad de plata empleada, como por el trabajo artístico el conjunto debió de ser bastante caro, pues la inscripción del cucharón dice que pesaba tres libras romanas y cuatro onzas, por lo que sólo estaría al alcance de las familias más pudientes. Las de economía más modesta también podían realizar el mismo tipo de ritos usando recipientes de barro, por ejemplo.

     Extrapolando estos datos al colador de los Pedroches, creo que podría haber pertenecido a alguna familia romana que, por cualquier circunstancia, vino a recalar a la tierra de los Pedroches, del mismo modo que la familia Utia se desplazó a las tierras fronterizas con las Galias. La ausencia de datos sobre su origen hace que solo se puedan hacer conjeturas sobre él, pero eso no impide que podamos disfrutar de su belleza y echar la imaginación a volar.

jueves, 20 de octubre de 2016

La Reina Cava de Pedroche. (Pedroche, ¿fundación visigoda?)



     Una de las leyendas más conocidas de Pedroche es la de la Reina Cava. Se trata de una leyenda asociada al fin del Reino de Toledo y la conquista de al-Andalus que ha sido estudiada por numerosos eruditos. Veamos primero lo que se dice de ella en las fuentes locales, para ascender luego a las nacionales.

La tradición local.
     En Pedroche se recogen distintas variantes. En la primera, Pedroche era un castillo construido por el rey godo Teodoredo, donde se reunían los hijos de los nobles para su formación. Entre ellos se encontraba Cava, hija del conde don Julián, de gran belleza y al servicio de la reina Egilona, esposa del rey don Rodrigo. Impresionado por la joven, el rey se apasionó por ella, y ante sus negativas, la violentó por la fuerza. Cava informó a su padre, el conde don Julián, que se encontraba entonces en el norte de África. Julián se hizo el tonto, y convenció al rey del peligro que había por el norte de la península, mandando allí el grueso de sus ejércitos. La circunstancia fue aprovechada por los musulmanes para invadir Hispania, y combatiendo a su lado estuvo el conde don Julián.

     Según otra versión, Florinda era la hija del conde don Julián, gobernador del norte de África, que había sido enviada a la corte toledana para adquirir la educación de una noble. El rey Rodrigo se enamoró de su belleza, y aunque la joven se resistió el rey acabó violándola. A partir de entonces fue conocida como Cava, que en árabe significa prostituta. Una criada la convenció para que le contara a su padre lo que había ocurrido, haciéndole llegar una carta. Don Julián disimuló no conocer nada, pero en secretó tramó su venganza, entrando en contacto con los musulmanes y facilitándoles su entrada en la península. En el año 711 los musulmanes cruzaron el estrecho, y el rey Rodrigo salió a su encuentro. Julián y los hijos del anterior rey, Witiza, al principio estaban entre los combatientes de Rodrigo, pero apenas iniciado el combate se pasaron al enemigo, causando la derrota y muerte de Rodrigo.

     Tras la conquista, Cava se refugió en el castillo de Pedroche, construido por Teodoredo, donde, según recoge el Cronista Francisco Sicilia Regalón, “llevó una vida llena de penitencia y virtudes, puesto que durante toda su vida ella consideró que había sido la causa indirecta de la pérdida de España. Antes de morir arrojó sus tesoros al fondo de un pozo, que desde entonces lleva el nombre de Fuente de la Cava, el mismo al que solía acudir para llorar la muerte de su hijo y maldecir su destino y al que ella misma se arrojó”. Tras su muerte, fantasmas de una mujer y un hombre armado aparecían en el torreón del castillo, hasta que un ermitaño bendijo la Fuente de la Cava, acabando con el fantasma de Florinda la Cava.


La leyenda de la pérdida de Hispania

     La leyenda de Florinda o de la Cava, como se la ha venido a conocer, se encuadra dentro de un grupo de leyendas surgidas tras la conquista de al-Andalus.

     La derrota de Rodrigo ante los invasores musulmanes fue rápida y contundente, tras la batalla de Guadalete los peninsulares no presentaron un frente unido; aunque hubiera algún foco de resistencia, muchos de los aristócratas indígenas trabaron pactos con los recién llegados que les permitían seguir manteniendo el poder en sus territorios.

     Tras los hechos, aparecieron relatos que describían los primeros momentos de la conquista musulmana a través de los personajes más relevantes: Don Rodrigo, los hijos del anterior rey Witiza y el conde Don Julián por un lado; y Tariq y Muza por el otro. Como expone Julia Hernández Juberías (autora a la que seguiremos en este epígrafe), los autores musulmanes no sólo tenían intención de dar cuenta de la conquista, sino que “a medida que avanzan los relatos, se puede observar cómo la opinión del lector está siendo dirigida con un objetivo concreto: justificar la actuación de los principales protagonistas y el desarrollo que tomaron los acontecimientos” (Julia Hernández, 1996, 163). Junto a las crónicas musulmanes existieron tradiciones propias de los mozárabes (cristianos que vivían en al-Andalus) y de los cristianos del norte, que irán añadiendo a sus versiones elementos de las crónicas árabes.

     Parece ser que tras la muerte del rey Witiza su sucesión se vio llena de polémicas. Sus hijos se consideraban sus legítimos herederos, pero la tradición germana, sancionada en el IV Concilio de Toledo, mandaba que el proceso de sucesión fuera electivo entre la elite de la aristocracia goda (los hispanorromanos quedaban relegados de poder acceder al trono. La elección de Rodrigo no fue del agrado de los hijos de Witiza, pero no era ese el único problema. En el NE, en las provincias Tarraconense, Cartaginense marítima y Narbonense gobernó otro rey, Agila, entre 710-713, que acuñó su propia moneda. “La zona catalana sólo llega a tener noticias de la existencia y reinado de Rodrigo en el 1266, cuando se traduce la obra del obispo toledano Ximénez de Rada” (J. Hernández, 1996, 168-169).
La visión de cada tradición sobre la sucesión de Don Rodrigo es muy diferente: “Las crónicas cristianas afirman casi con unanimidad que Rodrigo llegó legítimamente al poder mientras que para las fuentes musulmanas Rodrigo usurpó el trono a los descendientes de Witiza. Entre ambas posiciones se encuentran las versiones de la Crónica mozárabe de 754, un pasaje de la Crónica del moro Rasis recogido en la Crónica Sarracina y el texto que ofrece Ajbar maymu’a, en los que se defiende el acceso legítimo de Rodrigo al trono pero que, asimismo, dejan constancia de que este hecho vino acompañado de serios desórdenes internos.
Es lógico pensar que, dado el curso de los acontecimientos, éstos dieran lugar en ambas culturas al nacimiento de relatos con los que se intentó explicar el rápido y concluyente cambio de poder. Desde época temprana queda constancia de que la versión de la leyenda de la pérdida de Hispania que circulaba entre mozárabes y cristianos del Norte fue atribuida, en la misma medida aunque con ciertas diferentas, a la figura del rey Witiza hasta que esta leyenda cristiana acaba por fundirse con la versión musulmana. Entre los relatos defendidos por la tradición cristiana del Norte y musulmanes, encontramos un puente intermedio: las versiones mozárabes que utilizan y transforman a su gusto elementos pertenecientes a ambas y, ya posteriormente, aquellas versiones cristianas que, conocedoras asimismo de la tradición musulmana, refunden los dos relatos en un mismo texto hasta que la leyenda atribuida a Rodrigo termina por absorber a la protagonizada por Witiza” (Julia Hernández, 1996, 173-174).

Oliba, la hija del conde Don Julián, luego conocida como Cava o Florinda.

     “El ciclo de la conquista de Hispania da comienzo en las fuentes árabes con el fragmento que hace alusión a la violación de la hija del conde Don Julián por el rey Rodrigo. El interés que ha suscitado este episodio se ha dirigido unánimemente hacia el origen de este modelo presente, asimismo, en otras literaturas. Se ha venido defendiendo procedencias germánica, mozárabe y musulmana, todas ellas apoyadas en la existencia de tradiciones semejantes que comparten el mismo desarrollo argumental aunque en ellas se hace recaer mayoritariamente el papel femenino en la esposa y no la hija del consejero… Entre los siglos V-VII este modelo será utilizado por dos literaturas ajenas: la denomina por Menéndez Pidal ‘novela general europea’ y la musulmana que lo reproduce al menos en dos episodios recogidos por Marcos Marín: la seducción de Abriza por el rey al-Nu’man y la batalla del valle de Yarmuk…
     La primera versión cristiana del relato [de la conquista de Hispania], recogida en la Crónica de Moissac (siglo IX), no hace una referencia explícita a este episodio [de la violación de la hija del conde Don Julián]. La primera ocasión en que se encuentra, no ya simplemente mencionado sino recreado literariamente, es en una obra nacida en un entorno musulmán. La Crónica Pseudo-Isidoriana [de hacia el año 1000 d.C] es la primera obra mozárabe en la que se halla incluida la historia de Oliba, hija de Julián, conde de la Tintigana, versión cuyo desarrollo argumental es semejante al de las fuentes árabes. [El nombre en ella es Oliba]; la tradición cristiana posterior olvida este nombre para denominarla en el siglo XIV Alacaba, Alataba o la Taba, y ya en el siglo XV, Cava. La oscilación en los nombres recibidos queda patente en el fragmento recogido en la Crónica de 1344… A partir del siglo XV se intenta buscar la etimología de este nombre en el que se quiere ver una deformación del nombre hebreo de Eva. Posteriormente, el nombre se convierte en epíteto, haciéndolo proceder del término árabe cava (ramera) por lo cual se necesitaba buscar otro nombre para la hija del conde, que pasa a llamarse Florinda…

     El relato que recoge la Crónica Pseudo-Isidoriana ofrece elementos que se hallaban ya presentes en la ‘novela general europea’ de la que Menéndez Pidal ofrece dos ejemplos: la obra de Procopio de Cesárea (m. hacia s. VI d.C.) y la narración recogida por Fredegario (s. VII d.C.) protagonizada por el emperador Avito y la mujer del senador Lucio, siendo los francos el pueblo invasor… La influencia de la versión musulmana de la conquista puede explicar por qué el episodio de la violación está presente en la versión mozárabe mientras que se halla ausente de la crónicas cristianas anteriores y contemporáneas a ella…

     La tradición cristiana del Norte debió conocer igualmente este elemento de la ‘novela general europea’ pero los textos consultados ponen de manifiesto que en las versiones cristianas tempranas este episodio se halla ausente o bien alterado ya que la violación es transformada en deshonra al incumplir el rey la promesa de matrimonio dada a la muchacha que termina convertida en concubina. Las distintas versiones cristianas a las que hemos tenido acceso muestran claramente que, aun cuando termine por introducirse en ellas el motivo de la violación o deshonra de la hija del conde, este episodio carece del significado que le otorga la tradición musulmana ya que la pérdida de Hispania sigue recayendo, sin vacilación, en los diversos pecados del rey Witiza y, en igual medida, en la traición de los hijos de Witiza y de sus concejeros más cercanos, Julián, conde de la Tangitana. La transformación del episodio de la violación en deshonra ha querido explicarse por el hecho de que la mayor parte de los redactores de las versiones cristianas y mozárabes eran monjes, a los que este elemento no agradaría. Esta teoría no explicaría, sin embargo, la relativa o escasa importancia que este relato guarda en estas versiones cuyo objetivo, en nuestra opinión, es el de no desviar la atención de un hecho que todas ellas recogen: la participación de los hijos de Witiza en la entrada de los musulmanes y la función de intermediario entre ambos grupos que desempeñó Julián. Esta intención queda patente en algunas de las versiones, según las cuales la participación de Julián (recordemos que se le describe como uno de los consejeros más cercanos de Witiza), estuvo motivada en primer lugar por el deseo de ayudar a los hijos de Witiza a recuperar el trono. Una vez que Julián accede a participar en la trama estas versiones añaden que, además, le movían razones personales al haber deshonrado Rodrigo a su hija…

     El episodio de la violación de la hija del conde Don Julián desempaña una función primordial en la versión musulmana al ser el factor que desencadena la entrada en la península del ejército musulmán. Las versiones de este relato que hemos encontrado coinciden en el desarrollo de la trama: la hija de Julián, siguiendo las costumbres de los nobles de la época, es enviada al Palacio Real de Toledo para completar su educción, añadiendo algunas fuentes que al mismo tiempo se concertaban matrimonios entre los hijos de los notables, enlaces que eran favorecidos por el rey… La versión de Ibn Abd al-Hakam… podría formar parte de una tradición oral cuyo origen es difícil de establecer: ‘Julián había enviado a una de sus hijas a Rodrigo, señor de al-Andalus, para que éste la educara y enseñara y Rodrigo la violó. Este hecho llegó a conocimiento de Julián, que dijo: “No veo más castigo ni más retribución que enviar a los árabes contra él”. Julián envió un mensaje a Tariq que decía así: “Yo te hare entrar en al-Andalus”…’.La versión ofrecida por Ibn Abd al-Hakam recoge los elementos principales del relato que serán reproducidos más tarde por otros autores…
     La influencia musulmana en las versiones mozárabes y cristianas tardías ha sido ya mencionada; sin embargo, esta influencia debió de darse, asimismo, en el otro sentido. Es curioso observar el diferente marco en el que la tradición árabe y la primer versión mozárabe, recogida en la Crónica Pseudo-Isidoriana, localiza la acción. Mientras que para ésta última el rey, informado de la extraordinaria belleza de la hija del conde, la hace acudir a su palacio de Sevilla, las fuentes árabes, ya desde la primera versión conservada, sitúan la acción en Toledo y bajo unas circunstancias diferentes: la muchacha había sido enviada al Palacio Real para completar su educación. El hecho de que este relato conociera esta costumbre, cuya existencia está confirmada y que se mantuvo en la corte de los reyes de León y Castilla, herederos de la tradición institucional y cortesana hispano-gótica, indica la presencia en el relato de información que debió de proceder de fuentes o informadores cristianos al tanto de las prácticas de la corte visigoda” (Julia Hernández, 1996, 177-183).

     En definitiva, la leyenda de la Cava, hija del conde Don Julián, pertenece a una tradición literaria conocida en el mediterráneo en los siglos VI y VII, tanto en ámbitos cristianos como árabes. La primera vez que aparece la historia de Oliba en la literatura mozárabe es el año 1000, en la Crónica Pseudo-Isidoriana, por lo que intentar relacionar a la leyenda de la Cava con los eddas islandeses no parece posible, éstos se escribieron dos siglos más tarde que la crónica mozárabe.

El castillo de Pedroche.

     Toda leyenda surge de algún hecho real. En la de la cava de Pedroche hemos de desdeñar que la presunta hija del conde Don Julián residiera en el castillo de Pedroche; quizá ese hecho histórico es que durante la etapa visigoda hubiese una fortificación en Pedroche, como recogen las variantes de la tradición de Pedroche.

     En ambas se dice que fue mandado construir por Teodoredo. Hubo dos monarcas con tal nombre, más conocido como Teodorico. Ambos gobernaron el reino de Tolosa, al norte de los Pirineos, y sus relaciones con Hispania fueron escasas. Teodorico II vino a combatir a los suevos, a los que derrotó en la batalla del río Órbigo, cerca de Astorga, regresando a la Galia tras cumplir su cometido.

     En absoluto se puede considerar que la mayor parte de la península estuviese en sus tiempos, primera mitad del siglo V, bajo control visigodo, pues nominalmente pertenecía al Imperio romano, aunque éste careciera de medios para imponerse. Es en este tiempo también cuando, ante el vacío de poder, las aristocracias locales asumen el mando en algunas ciudades y regiones, pasando a ser prácticamente autónomas, como Córdoba. Por lo tanto, parece bastante improbable que ninguno de los dos reyes Teodorico construyese castillo alguno en Pedroche; lo cual no quita que otro monarca pudiera haberlo hecho levantar.

     El lugar, como recoge la tradición local, se encontraba en un camino hacia el centro de la península, en una antigua vía romana, que dejó de usarse en la Plena Edad Media al habilitarse otros caminos pero que tomó nueva fuerza rehabilitándose con la Mesta, y pasando a formar parte de la Cañada Real Soriana.

Fahs al-Ballut.

     En cuanto a las crónicas cristianas de los siglos V al VIII ningún texto que haya llegado hasta nosotros ofrece información alguna de los sucesos producidos en el norte de Córdoba durante le época visigoda. Juan de Biclaro hace referencia a la rebelión de la ciudad de Córdoba frente al emperador Agila, al que derrotaron, mataron a su hijo y se apoderaron del tesoro real; de cómo la ciudad continuó insumisa ante el nuevo rey Atanagildo, resistiendo sus ataques, y cómo, finalmente, Leovigildo la conquistaba a sangre y fuego en 572. Pero de lo que hoy son los Pedroches, repito, no hay nada escrito en esa época. Gracias a la arqueología, la epigrafía o la numismática, sabemos que el norte cordobés tuvo un nutrido poblamiento durante el tiempo del Reino de Toledo, pero nada en absoluto de su articulación territorial, administración o fiscalidad, por ejemplo. Podemos irnos a la documentación posterior, de al-Andalus, por si pudiéramos inferir alguna información de tiempos anteriores.
     Como es sabido, el norte de la actual provincia cordobesa perteneció a una cora (provincia) denominada Fahs al-Ballut (a la que también se incluían comarcas colindantes de las actuales Ciudad Real y Badajoz). Hay un par de elementos que avalan que la cora como tal estaba perfectamente definida a finales del siglo VIII.

     Uno es el testimonio del cadí (juez) Sulayman b. Aswad, quien estando próximo a cumplir cien años (lunares) les mostro a sus amigos una carta que le había enviado el emir Hisam I a su padre, Aswad b. Sulayman, juez de la parte norte de Andalucía, del Llano de las Bellotas y comarcas vecinas, en el que se le ordenaba recaudar y distribuir ciertas contribuciones que se detallaban en el documento, y al dorso del cual estaba anotada la fecha de nacimiento de Sulayman b. Aswad. Hisam I gobernó entre los años 788-796, periodo en el que nació el famoso cadí Sulayman b. Aswar.
     El otro es la nisba de dos personas nacidas en la cora. La nisba es la parte del nombre árabe que indica el lugar de origen, la filiación tribal o ascendencia de una persona. Si algún andalusí tenía al final de su nombre la nisba “al-Ballutí” es porque había nacido en la provincia de Fahs al-Ballut.
     Hubo bastantes personajes que portaron esa nisba, pero voy a destacar a dos de ellos. El primero, Abu Hafs Umar ibn Su’ayb Aliz al-Balluti, participó en el famoso motín del arrabal de Saqunda del año 818. Tras la expulsión de los amotinados encabezó a varios miles de ellos, que desde Alejandría conquistaron la isla de Creta en el año 825.
     El segundo fue Ayyub al-Abid al Balluti, del que cuenta Rafael Pinilla (1990, 176): “Asceta y hombre pío. Fue considerado en vida como un santón, y se le atribuían facultades milagrosas contra calamidades de la Naturaleza. Ibn Hayyan narra una anécdota suya, a propósito de una rogativa contra cierta plaga de langostas que sembró el hambre en todo al-Andalus, durante el reino de Abd al-Rhamán II (año 207 H. / 822 d.C.) e Ibn Sa’id cita otra en la que hizo llover después de una prolongada sequía”.
     Por las fechas en que se produjeron los hechos protagonizados por estos personajes, años 825 y 822, se infiere que debieron nacer en las décadas finales del siglo VIII, en un lugar plenamente conformado y nominado, Fahs al-Ballut, que le dio su nombre, Ballutí.Resulta evidente que la provincia de Fahs al-Ballut existía a finales del siglo VIII.
      Fahs al-Ballut no tiene nada que ver con la administración territorial romana. Con Roma el norte de Córdoba estaba integrado en el convento jurídico cordobés, mientras que con los omeyas éste aparece desvinculado de la antigua Colonia Patricia.

     Conocemos relativamente bien la administración territorial de la comarca durante este tiempo, gracias al trifinio de Villanueva de Córdoba. Hacia donde está actualmente esta población confluían los territorios de tres ciudades. Dos de ellas, Epora (Montoro) y Sacili (Alcurrucén, Pedro Abad) estaban al sur, junto al rio Guadalquivir, mientras que la tercera, Solia (Virgen de las Cruces, El Guijo) se hallaba al norte del trifinio. Esto quiere decir que la jurisdicción territorial de Epora y Sacili llegaba en tiempos romanos hasta Villanueva, siendo quizá la frontera entre estas dos ciudades y su vecina Solia la divisoria de cuencas entre el Guadiana o Guadalquivir, o algún otro hito como una calzada que discurriera en dirección W-E. Como sabemos que en época almorávide la linde meridional de la cora de al-Balatita estaba situada muy al sur de Villanueva, se desprende que los límites por el sur de Fahs  al-Ballut no dependieron de la administración territorial romana.

Comentaba en otra entrada que no encuentro razones para que la administración musulmana tuviera interés alguno de comportase de modo distinto de la romana, y dejara de tener a los actuales Pedroches dentro de la órbita de la capital cordobesa, pues por esa tierra transitaban los caminos que unían a la capital de al-Andalus con Toledo y el centro peninsular. Recuerdo haber leído la opinión de que esta vinculación surgió durante la guerra civil de finales de la República romana, estableciéndose la comarca a modo de glacis defensivo que protegiera a Córdoba de posibles ataques de Sertorio. Hay que entender que al tener la categoría de kura, provincia, contaba con un gobernador propio (que atendía a cuestiones fiscales, administrativas y militares) y un cadí, juez, que entendía de cuestiones jurídicas y religiosas.
     La cuestión es si la administración territorial andalusí se creó de nuevas o es heredera de otras anteriores. Historiadores actuales consideran que eso último pudo ser así, e igual expuso el historiador de la etapa omeya Ahamad al-Razi, que los musulmanes mantuvieron la división provincial que se encontraron a su llegada. Esto explicaría que la cora Fahs  al-Ballut estuviese plenamente conformada a finales del siglo VIII. Pues si esta provincia en absoluto tiene relación con la administración territorial romana lo único que nos queda es que fuera una herencia de la etapa visigoda o una fundación de los emires de al-Andalus que, como digo, no encuentro lógica.

Pedroche, ¿fundación visigoda?

     Las fuentes documentales contemporáneas a la etapa visigoda son escasas y no dan mucha información, como se comentaba no hay nada ninguna referencia a Pedroche en particular o el norte de la provincia de Córdoba en general. Sobre fundación de ciudades los textos cristianos hablan de la creación por Leovigildo de dos ciudades, Recópolis y Victoriaco. Pero el historiador musulmán al-Himyari (autor del siglo XV que estudió la historia de al-Andalus basándose en narraciones anteriores), escribe sobre Montoro: "Esta ciudad fue construida por Recaredo, hijo de Leovigildo, rey de los godos; fue este rey quien unificó las sectas cismáticas del país, puso fin a las herejías, suprimió las controversias religiosas y creó ochenta diócesis con otros tantos obispos. Fijó su residencia en Toledo. Edifició grandes iglesias en diversas regiones de al-Andalus y también fue el que reconoció el dogma de la Trinidad".

     Epora era el nombre de la actual Montoro en tiempos romanos, una de las escasas federadas con Roma. Acaso con la crisis del Imperio del siglo V desapareciera como urbe, al haber perdido su funcionalidad de centro administrativo. Pero su posición era muy estratégica, en la antigua Via Herculea que comunicaba la Bética con Roma por el litoral mediterráneo, y, además, a caballo entre Sierra Morena y la campiña cordobesa. La rehabilitación urbana de la antigua Epora era beneficiosa para Recaredo, que contaba con un punto fuerte para marcar a la tradicionalmente levantisca ciudad de Córdoba, controlando uno de los principales caminos que la comunicaban con el centro peninsular. Creo que con Pedroche ocurrió algo similar.
     Los textos de historiadores musulmanes que hagan referencia a Pedroche son bastante tardías, el primero es al-Idrisi, a mediados del siglo XII, en una cita muy conocida pero que merece la pena recordar: "Desde Córdoba a Ritraws (Pedroche) hay cuarenta millas. El castillo de Pedroche está bien construido, bien poblado y dotado de altas fortificaciones. Sus habitantes son valientes y emprendedores cuando se trata de rechazar al enemigo. La región, tanto en la montaña como en el llano, está cubierta de encinas, cuyas bellotas superan en calidad a todas las del mundo. Los habitantes se esfuerzan por conservarlas y cuidarlas, pues sus frutos les proporcionan una buena cosecha y son de gran utilidad en años de hambre".

     En cuanto a las fuentes arqueológicas, un par de lápidas del siglo XI revelan que había un cementerio musulmán en donde debía de estar en una ciudad andalusí, fuera del perímetro urbano e inmediato a un camino. Pero si existía una cora debía de haber necesariamente una ciudad en la que residiese el gobernador y el cadí dictase justicia. Las dos únicas ciudades que conocemos en la zona de Fahs  al-Ballut correspondiente a la actual provincia de Córdoba eran Bitraws (Pedroche) y Gafiq (Belalcázar).
     No hay, repito, ninguna cita literaria o documento arqueológico o epigráfico que relacionen la fundación de Pedroche con la monarquía visigoda, pero si fuera solo por los documentos cristianos no sabríamos de la habilitación urbana de Montoro por parte de Recaredo. Pues a este rey sí que le interesaba que el norte de Córdoba dejara de depender directamente de Córdoba capital.
     Ya hemos comentado el largo tiempo que la ciudad tuvo un gobierno autónomo, sin reconocer a la monarquía goda, combatiéndola incluso por las armas. A Recaredo, o su padre Leovigildo, sí que le interesaba controlar los actuales Pedroches, dado que por la comarca transitaban los caminos más cortos y prácticos que unían el valle del Guadalquivir con el centro de la Meseta. A tenor de los restos romanos conocidos, no parece que estuviese muy habitada, lo que facilitaba que pudiesen llegar a la comarca nuevos habitantes, pues había otro grave problema al sur: los bizantinos.

     Tras llegar a mediados del siglo VI, los imperiales ocuparon buena parte de la franja meridional peninsular, e incluso si se confirma que la basílica de Coracho (Lucena, Córdoba) se rehabilitó para adaptar la estructura anterior a la liturgia bizantina, significaría que los imperiales se asomaban a la campiña cordobesa. Ante el peligro que suponían esas tropas en zonas tan ricas, con los precedentes insumisos de los cordobeses, en los Pedroches se podría conformar una segunda línea ante ambos problemas; la capacidad ganadera de la comarca (patente hoy en día) favorecería la entrada de nuevas gentes, pues el registro arqueológico de ese tiempo muestra una auténtica explosión demográfica que surge ex novo, sin relación de continuidad con tiempos anteriores.
     Por estas razones pudo, quizá Recaredo, ordenar erigir Pedroche, como capital de una nueva provincia acorde a sus intereses, circunstancia que posteriormente mantuvieron los musulmanes con la cora de Fahs al-Balut.

lunes, 10 de octubre de 2016

Evocando los buenos viejos tiempos germanos (broche tipo “Cástulo” del Museo de Villanueva de Córdoba).



     El museo de Historia de Villanueva de Córdoba cuenta con una interesante vitrina de la etapa “hispanogoda”. No se trata de grandes piezas arquitectónicas, sino de pequeños objetos de la vida doméstica o del mundo funerario. Son en concreto una quincena de piezas cerámicas (jarros sobre todo, pero también ollas y platos); collares; platos de vidrio, tan peculiares de los Pedroches; el fragmento de una inscripción en mármol del siglo VII; y numerosos pequeños bronces, en su mayoría pertenecientes a broches de cinturón. No son objetos tan espectaculares como canceles o placas decoradas, pero su estudio puede permitirnos conocer datos de la economía, de la producción, del comercio de las personas que los usaron, y hasta de sus rituales y sus modas.

     Valga como ejemplo un broche de cinturón conservado en el museo, con número de inventario 1765. Es de pequeño tamaño, 6,2 cm de longitud por 3,5 cm de anchura máxima, y un peso de 39 gramos. Se trata de un broche rígido, en el que la placa y la hebilla están fundidas en una sola pieza. La hebilla tiene forma oval, mientras que la placa es rectangular, con un espacio para un cabujón central, y decoración biselada que surge desde el mismo hacia los vértices y laterales. Cuenta con dos escotaduras en la parte de la hebilla que se une a la placa; en el centro de la misma cuenta con un orificio circular para insertar el hebijón, hoy perdido. La parte posterior tiene cuatro pequeñas arandelas para asirlo al cuero.

 
       Los broches de este tipo han sido estudiados por Joan Pinar en sus tesis, a los que denomina “Broches de placa rígida rectangular con decoración biselada: tipo Cástulo”. Además del broche de Cástulo que da nombre al tipo, este autor cita otros nueve ejemplares similares, que unidos al del Museo de Villanueva suponen once para el total de la península. De ellos siete proceden de Soria, Segovia y Salamanca. Solo dos, el prototipo de Cástulo y el depositado en el Museo de Villanueva de Córdoba, se encuentran en la antigua Bética.


[Broche tipo “Cástulo” procedente de Estebanvela, Segovia, datada en las dos últimas décadas del siglo VI.]


(Fotografía de José María Espallargas Herrera en http://ceres.mcu.es/)


     Sobre este tipo “Cástulo” escribe el especialista Joan Pinar (p. 156 de su tesis): “La morfología general de este grupo de broches puede ponerse en relación con el contexto formal marcado por las piezas de tipo Sucidava y sus variantes, originarias del Mediterráneo oriental y que circularan y serán imitadas por todo el espacio mediterráneo a mediados y durante la segunda mitad del siglo VI. Al mismo tiempo, su forma rectangular y su decoración indican vínculos estrechos con los grandes broches articulados con decoración biselada de mediados del siglo VI hallados en Hispania y la Galia meridional”.

     Los broches tipo Sucidava son broches de cinturón en bronce de origen bizantino. Están hechos en una sola pieza, con hebilla rectangular y placa perforada:


(Fotografía de Katalin Escher, Plaques-boucles byzantines et apparentées de la période VIe-VIIe siècle trouvées en France, https://rae.revues.org/8164?lang=en )


     Como se puede observar en la fotografía de arriba, ambos tipos (las bizantinas Sucidava y las hispanas Cástulo) comparten el ser rígidas, formar la hebilla y la placa un único cuerpo, y tener la hebilla cuadrada. También, como observa J. Pinar, el tipo Cástulo está relacionado con grandes broches con decoración biselada de mediados del siglo VI, pero que no son rígidos, sino articulados (la hebilla y la placa son partes independientes que se articulan con un pasador), como este procedente de Uxama, Soria:

(Zeiss, 1935, lámina I.)

     El broche de Cástulo que da nombre al tipo es el único que ha aparecido contextualizado, y de cuyo estudio se pueden inferir algunos datos. Apareció en una tumba de la necrópolis de la Puerta Norte, y se data en el último tercio del siglo VI:

(Fotografía: Bautista Ceprián del Castillo en http://ceres.mcu.es/)

     Como el de Villanueva es de tipo rígido, pero se diferencia de él en su modo de unirse al correaje, con cuatro clavitos que mantenían sujeta una plaquita de hierro en su superficie inferior. Este es un modo de sujeción más antiguo (como se puede observar en el broche articulado de Uxama) que el de las arandelas del broche de Villanueva, que es el modo usado en los broches de tipo liriforme; quizá esto indique que el broche del Museo de Villanueva sea algo más reciente que el de Cástulo, aunque no demasiado, datándose quizá ambos en el mismo tiempo, las tres últimas décadas del siglo VI. Como me comentaba amablemente Joan Pinar, este tipo de broches como el de Villanueva son “una especie de ‘fusión’ de rasgos de los broches articulados con decoración incisa y los broches de placa rígida”.

    La hebilla del broche de Villanueva también se aparta del estándar del tipo, pues no es cuadrado (derivado del tipo bizantino Sucidava), sino ovalado, al estilo de los broches de cinturón articulados “germanos”.

     Lo interesante de este broche es el tiempo en que se fabrica. Es en la época en que Leovigildo y su hijo Recaredo están intentando imponer su autoridad, creando un estado central fuerte con capital en Toledo, una monarquía que toma como modelo la del Imperio bizantino y en la que no caben diferencias étnicas o religiosas que puedan suponer disensiones y enfrentamientos al poder real. Es por eso que Recaredo ordenó que los godos abandonaran su tradición arriana en el III Concilio de Toledo (año 589), convirtiéndose en masa al catolicismo: la corona buscaba una alianza con la jerarquía eclesiástica para afianzar su poder. Pero no todos los godos lo aceptaron con alegría, y alguna parte de la aristocracia reaccionó en contra.

     La primera rebelión estuvo encabezada en 587 por el obispo Suna de Mérida y un noble llamado Segga, siendo ambos derrotados y exiliados. En Toledo fueron la reina madre Goswinta (madrastra de Recaredo) y el obispo arriano Uldila quienes se rebelaron; el obispo fue exiliado y la Goswinta murió sin conocerse las causas. Tampoco tuvo suerte la encabezada por Argimundo, dux de la Cartaginense, que fue descalvado y encerrado de por vida en un monasterio. En el noreste, en la Narbonense, los protagonistas fueron el obispo Araloco y los condes Granista y Wilgiderno los que encabezaron una guerra civil que provocó numerosas bajas, siendo sometidos por el dux Claudio. Los rebeldes le pidieron ayuda a los francos, y, curiosamente, éstos se la prestaron, a pesar de que eran católicos como quería serlo Recaredo: o sea, católicos apoyando a herejes arrianos en contra de otro rey católico. (Ya se lo dijo Lobo Lobate a Cabrín Cabrate: ante la necesitate, no hay pecate…)

     Como ya postuló Zeiss en 1935, el cambio de las modas de vestuario que se producen a finales del siglo VI (se abandona la tradición germana de broches cuadrados y articulados, para imponerse los de origen bizantino, como los rígidos y los liriformes y sus derivaciones) puede deberse al cambio de mentalidad que se produce tras el III Concilio de Toledo. Para la monarquía ya no hay godos arrianos e hispanorromanos católicos, sino súbditos con igualdad de deberes para con ella.

     Las fuentes literarias muestran una cierta oposición a la conversión por una parte, quizá pequeña, de la nobleza y elite religiosa (la mayor parte de obispos arrianos se pasó con armas y cartucheras al catolicismo, manteniendo su rango). No sabemos qué ocurrió entre la mayoría de descendientes de “germanos” pertenecientes a clases inferiores. Su poder de oposición no debía de ser mucho, pero acaso algunos lo demostraran de otro modo. Frente a los nuevos cinturones que tenían sus precedentes en el Mediterráneo oriental, el del Museo de Villanueva parece una “reacción” ante ellos, manteniendo el diseño clásico germano articulado (placa cuadrada y hebilla oval), aunque con las “innovaciones tecnológicas” propias de los últimos años del siglo VI: rígida y con pequeñas arandelas que sustituyen a los remaches en las esquinas para asirlo al cuero. Un cinturón, en definitiva, con el que alguien pretendiera mostrar orgulloso su origen “germano” en esos convulsos tiempos de cambio y de disolución de etnicidades. Es solo una hipótesis.

     (Mi agradecimiento para Gabriel Duque, Concejal de Cultura de Villanueva de Córdoba, y David Rey y Eva Vacas, voluntarios que están trabajando en el Museo de Villanueva de Córdoba. Y mi reconocimiento expreso para Joan Pinar y Fernando Pérez Rodríguez-Aragón por su amabilidad y compartir sus conocimientos.)



martes, 30 de agosto de 2016

Personas, casas y calles de Villanueva de Córdoba en 1865



     He trascrito el padrón de Villanueva de Córdoba correspondiente a 1865 elaborado desde la parroquia local. En él se recogen las calles, casas y personas que habitaba en cada una, lo que, como ya se ha comentado, lo convierte en un muy interesante documento para la demografía o el urbanismo, pues el modo de elaborarlo, yendo de casa en casa y anotando los datos de cada persona, demuestra ser muy fiable.


     Se anotaba de cada casa el nombre y apellidos de sus moradores, edad y estado civil; por ejemplo, después de cada matrimonio se daban solo los nombres de sus hijos. A veces la casilla del estado civil permanece en blanco para algunas parejas; no creo que sea por olvido (que alguno habría), sino que eran lo que hoy se denomina “parejas de hecho”.

     Dentro de cada casa se seguía distinguiendo también entre sus vecinos; más que por unidades familiares, el concepto de “vecino” estaba relacionado con “unidades contributivas”: un matrimonio con seis hijos era un vecino, mientras que un viudo que viviese solo era también un vecino.

     Las fechas de elaboración constan en el primer partido, 01 marzo 1865; y el segundo, 16 febrero1865. No se fecha cuándo se hizo el tercero, pero dado que en él figura una niña que tenía 15 días, y que nació el 20 de enero, se deduce que se elaboró el 04 febrero 1865.

     En resumen, en 1865 Villanueva de Córdoba estaba formada por 52 calles y una plaza. Había 1.120 casas, de las cuales solo nueve estaban cerradas. La población estaba compuesta por 1.824 vecinos y 6.581 habitantes, lo que da una media de 3,61 personas/vecino, o de 5,87 personas/casa.

    En la trascripción he preferido hacer calles completas, en vez del itinerario que hacían los párrocos: en la calle Real interrumpían la relación de ésta al llegar a la calle Atahona, para continuar con la calle Real. Se han mantenido los nombres de las calles de la época, aunque he adaptado la ortografía a la actual.

     El padrón íntegro se puede descargar pinchando en el siguiente enlace: